Acto IV

Escena VII

[Una tienda en el campamento francés.] [El REY LEAR duerme en un lecho, a los acordes de una dulce música, rodeado por CABALLEROS y servicio.]
[Entra CORDELIA, EL CONDE DE KENT y UN MÉDICO.]
CORDELIA.

¡Oh, noble Kent! ¿Cómo podré yo vivir para rivalizar con tu bondad? Mi vida será corta y toda recompensa deficiente.

KENT.

Vuestro reconocimiento, señora, me paga con exceso. Cuanto os he referido es la pura verdad, sin poner ni quitar, ni más ni menos.

CORDELIA.

Vestíos más dignamente; esas prendas son memoria de días aciagos. Mudadlas, yo os lo ruego.

KENT.

Perdonad, amable señora, pero si me diera a conocer malograría mis propósitos. Por favor os pido que vos misma no me reconozcáis hasta que yo juzgue llegada la ocasión.

CORDELIA.

Sea así, pues, noble señor.
[Al MÉDICO] ¿Cómo está el Rey?

MÉDICO.

Aún duerme, señora.

CORDELIA.

¡Oh, dioses clementes, curad esta honda llaga de su maltrecha vida! ¡Oh, entonad los discordes y estridentes sentidos de mi padre, convertido en niño!

MÉDICO.

Su vuestra majestad lo permite, podría despertarse al Rey. Ha mucho que duerme.

CORDELIA.

Que vuestra ciencia ordene, y seguid en todo vuestro parecer. ¿Le han vestido ya?

CABALLERO.

Sí, señora; aprovecharon su profundo sueño para vestirle de ropas limpias.

MÉDICO.

Que os tenga cerca al despertar, buena señora; seguro estoy de su sosiego.

CORDELIA.

Como decís.

[Acercándose al lecho de LEAR.]
MÉDICO.

Más cerca, si así os place.
[A los músicos] Aquí la música, que se oiga mejor.

CORDELIA.

¡Oh, mi querido padre! ¡Oh, salud, pon en mis labios tu medicina y puedan mis besos reparar los crueles ultrajes que mis dos hermanas hicieron a su respeto!

KENT.

¡Oh, amable y querida princesa!

CORDELIA.

Aunque no hubiera sido su padre, estos blancos copos de su cabeza debían bastar para imponerles piedad. ¿Es esta una faz para arrostrar el furor de los vientos y el horrísono fragor de los truenos centelleantes, en el más terrible fuego de sus rápidos relámpagos? ¡Y él velando a la ventura, sin otro yelmo que sus canas...! El perro de mi enemigo, aunque me hubiera mordido, tendría sitio, en noche semejante, al amor de mi hogar... Y tú, ¡pobre padre mío!, solo hallaste abrigo entre cerdos y miserables vagabundos, sobre un montón de paja sucia. ¡Ay de mí! Maravilla es que tu vida, con tu razón, no haya perecido totalmente. Ya despierta; habladle.

MÉDICO.

Señora, habladle vos; será mejor.

CORDELIA.

¿Cómo está mi real señor? ¿Cómo sigue vuestra majestad?

REY LEAR.

Mal hacéis en sacarme de la tumba. Eres un alma bienaventurada; mas yo estoy atado a una rueda de fuego, de suerte que mis lágrimas queman como plomo líquido...

CORDELIA.

Señor, ¿me conocéis?

REY LEAR.

Eres un espíritu; lo sé. ¿Cuándo has muerto?

CORDELIA.

Aún, aún desvaría.

MÉDICO.

Apenas está despierto. Dejadle solo un instante.

[Se aparta del lecho.]
REY LEAR.

¿Dónde estaba yo? ¿Dónde estoy? ¡Hermosa luz del día! Mucho me han atormentado; si a otro cualquiera hubiera visto padecer lo que yo, me hubiera muerto de pena. No sé qué decir... No me atrevo a asegurar que sean estas mis manos. Voy a ver... Siento la punzada de este alfiler... Quisiera saber de cierto mi condición.

CORDELIA.

¡Oh! Miradme, señor, y tended vuestras manos para darme vuestra bendición. [LEAR intenta ponerse de rodillas ante CORDELIA y esta le sujeta.]
¡No, señor, no os arrodilléis!

REY LEAR.

No os burléis de mí, os lo suplico. Soy un pobre viejo alelado. Tengo ochenta de paso, ni una hora más ni menos, y, hablando con franqueza, temo no estar en mi cabal juicio. Paréceme que te conozco, y también a ese hombre, pero estoy dudoso, pues ignoro en absoluto dónde me hallo, ni puedo comprender, por más que pienso, lo que significa este vestido... No os riais de mí, que, tan cierto como soy hombre, creo que esta dama es mi hija Cordelia.

CORDELIA.

Y lo soy, lo soy.

REY LEAR.

¿Son lágrimas tuyas las que me mojan...? Sí, en efecto. Por favor, no llores. Si has preparado para mí un veneno, lo beberé. Ya sé que no me amas, pues tus hermanas, según recuerdo, fueron crueles conmigo; tú tienes motivo, ellas no.

CORDELIA.

[Sollozando] Ningún motivo, ningún motivo.

REY LEAR.

¿Estoy en Francia?

CORDELIA.

En vuestro propio reino, señor.

REY LEAR.

No me engañéis.

MÉDICO.

Cobrad ánimo, señora. Su violento frenesí, como veis, se aplacó en él, pero es peligroso recordarle nada de lo pasado. Invitadle a retirarse, y no le turbéis más hasta que se halle restablecido.

CORDELIA.

¿Gustaría vuestra alteza de pasear?

REY LEAR.

Habéis de tener paciencia conmigo, os lo suplico. Perdonad y olvidad... Soy viejo y lelo.

[Vanse todos menos EL CONDE DE KENT y UN CABALLERO.]
CABALLERO.

¿Es cierto, señor, que han dado muerte al Duque de Cornualles?

KENT.

Muy cierto, señor.

CABALLERO.

¿Quién manda ahora sus fuerzas?

KENT.

Según se dice, el hijo bastardo de Glocester.

CABALLERO.

He oído que Edgardo, su hijo proscrito, está en Alemania con el Conde de Kent.

KENT.

Hay otras versiones. Es hora de vigilar. Las fuerzas del Reino se acercan con presteza.

CABALLERO.

El choque ha de ser sangriento. Adiós, señor.

[Vase.]
KENT.

Mis planes y esfuerzos, para bien o para mal, tendrán la misma suerte de la batalla que va a librarse.

[Vase.]