¿Aún no llegamos a la cumbre de ese cerro?
Subiendo vamos. Ya lo veis, estamos jadeantes.
Muy llano me parece el camino.
¡Si es horriblemente escarpado! ¡Escuchad! ¿Oís el mar?
No, en verdad.
Entonces es que vuestros otros sentidos se entorpecen con el dolor de vuestros ojos.
Debe ser eso, ciertamente. Paréceme que tu voz está cambiada y tu lenguaje es más pulido y mesurado que antes.
Mucho os engañáis; nada cambió en mí, sino el vestido.
Pienso que hablas ahora con mejor discurso.
Venid, señor. Este es el sitio. No os mováis. Qué espanto da y qué vértigo el dirigir la vista tan abajo. Los cuervos y las cornejas que vuelan por la mitad de esta altura parecen abejorros. También a media montaña se ve colgado un hombre. Hinojo está cogiendo. ¡Duro oficio! No parece mayor que su cabeza. Los pescadores que andan por la playa son como ratones, y aquel gran barco allí anclado parece tan pequeño como su chalupa, su chalupa como una boya que hay al lado y que apenas si la vista la descubre. El rumor de las olas que se estrellan contra las innumerables es inertes guijas de la playa no se percibe desde tal altura. No quiero mirar más, no sea que me coja el vértigo y, enturbiándoseme la vista, me despeñe.
Ponme donde tú estás.
Dadme la mano. Ya estáis a un paso del borde mismo. Por cuando hay bajo la luna, no daría yo aquí un salto.
Suéltame la mano.
[Dándole otra bolsa] Toma. Ahí tienes, amigo, esta otra bolsa. En ella va una joya, que bien puedes hacer la dicha de un pobre. Las hadas y los dioses hágante este don propicio. Vete y déjame solo. Dime adiós, y que oiga yo como te alejas.
Adiós, pues, buen señor.
¡Adiós con toda mi alma!
[Aparte]No más que por salvarle juego con su desesperación.
[Arrodillándose] ¡Oh, dioses soberanos! Al renunciar a este mundo, ante vosotros echo pacientemente al olvido mi gran desgracia. Si aún pudiera sobrellevarla sin caer en la tentación de rebelarme contra vuestro querer incontrastable, dejaría consumirse por sí sola esta pavesa inmunda de mi vida. Si aún vive Edgardo, bendecidle. Ahora, amigo, ¡adiós!
Me voy, señor. ¡Adiós!
[GLOCESTER da un salto y cae en tierra.]
[Aparte]Y, sin embargo, no concibo cómo por capricho pretendemos robar el tesoro de nuestra vida, cuando la vida por sí misma cede a este robo. Si estuviera él donde pensaba, ya habría acabado ahora de pensar.
[Acercándose] ¿Vivo o muerto? ¡Eh, señor! ¡Amigo! ¿Me oís, señor? ¡Hablad! ¿Habrá muerto, en efecto? No, ya vuelve en sí. ¿Quién sois, señor?
Vete y déjame morir.
Fueras no más villano, pluma o aire, y, al precipitarte desde esta altura, te hubieras estrellado como un huevo. Pero respiras y tienes cuerpo sólido, y no sangras, y puedes hablar, y estás cabal. Diez mástiles empalmados no darían la altura de donde caíste a plomo. Milagro es que vivas. Habla otra vez.
Pero ¿habré caído o no?
De la espantosa cumbre de este gredoso tajo. Levanta la vista. De tan lejos no se ve la alondra ni pueden oírse sus agudos gorjeos. Pero alza la vista.
¡Ay de mí! No tengo ojos. ¿Acaso a la desventura ni el beneficio le cabe de dar fin a sí misma con la muerte? ¡Consuelo había, sin embargo, en pensar que así se burlaba la saña del tirano y se frustraba su querer soberbio!
[Ayudándole a levantarse] Dadme el brazo, levantad; así. ¿Cómo estáis? ¿No sentís dolores en las piernas? Os sostenéis.
Demasiado bien, demasiado bien.
Es sobre toda ponderación maravilloso. ¿Quién era alguien que al llegar a la cima se separó de vos?
Un desdichado mendigo.
Desde aquí abajo donde estaba me pareció que sus ojos eran como dos lunas llenas, que tenía mil narices y cuernos retorcidos, y se agitaba como el mar furioso. Sin duda, algún demonio. Así, pues, feliz anciano, piensa que los serenos dioses, que tienen a gala obrar prodigios, te han salvado.
Ahora recuerdo... Desde hoy soportaré mis penas hasta que ellas mismas griten: “¡Basta, basta!”, y muera. En cuanto al ser que vos decís, yo le tomé por un hombre. Cierto que decía a cada paso: “¡El demonio, el demonio!”. Él fue quien me condujo a aquel lugar.
Tomad resignación y tranquilícese vuestro espíritu. Mas, ¿quién llega?
[Entra el REY LEAR, fantásticamente adornado con flores y hierbas silvestres.]
Jamás el sano juicio adornaría a su señor de tal manera.
No, no pueden prenderme por acuñar moneda. ¡Soy el mismo Rey!
¡Oh, el corazón se parte ante esta vista!
La Naturaleza está sobre el Arte en este punto. Toma tu soldada. –Ese mozo maneja el arco como un espantapájaros.– Traedme una flecha larga de una vara. –¡Mirad, mirad! Un ratón. ¡Cuidado, cuidado! Con ese pedacillo de queso se le atrapa. –Ahí está mi manopla; la probaré contra un gigante. ¡Traed las alabardas! –¡Oh magnífico vuelo, pajarillo! ¡En el blanco, en el blanco! –¡Eh! ¿Quién va? El santo y seña.
Olorosa mejorana.
Podéis pasar.
Conozco esa voz.
¡Ah! ¡Gonerila, con barbas blancas! Me adulaban como a un perro; me decían que tenía pelos blancos en mi barba, cuando aún no los tenía negros. Solo respondían “sí” o “no” a todo lo que decía. Y todavía era un “sí” y un “no” de escasa buena fe. Pero una vez la lluvia llegó a calarme y el cierzo me hacía tiritar, y el trueno no callaba a mi mandato. Allí los encontré; por allí los olfateaba. ¡Quita allá, no son hombres de palabra! Me decían que lo era todo. ¡Mentira! No estoy a prueba de fiebre.
Bien recuerdo el timbre de esa voz. ¿No es el Rey?
Sí; cada pulgada un rey. A mis miradas tiemblan los vasallos... Perdono la vida a este hombre. ¿De qué crimen te acusan? ¿Adulterio? No morirás. ¡Castigar con la muerte el adulterio! Nunca. El mismo reyezuelo lo comete y la dorada mosquita se refocila ante mi vista. Que se ayunten como quieran; el bastardo de Glocester fue más tierno para su padre que mis hijas engendradas en lecho legítimo. ¡Al avío, lujuria! ¡Al contubernio todos, pues necesito soldados! ¿Veis aquella dama de gazmoña sonrisa, cuyo ingenuo rostro es presagio de nieve entre sus piernas? Con melindres de honestidad, vuelve la cabeza al solo nombre del placer... y ni la mona ni el garañón ahíto corren más alborotados a saciar su torpe afán. De la cintura abajo son Centauros; en lo demás, mujeres. De cintura arriba aún reinan los dioses, mas por debajo todo es del demonio; allí es el infierno, allí las tinieblas, allí el antro sulfúreo; allí el ardor, el hervidero, pestilencia y corrupción. ¡Qué asco, qué asco! ¡Puah!, ¡puah! Dame una onza de algalia, buen boticario, para perfumar mi espíritu. Ahí tienes dinero.
¡Oh, dejad que bese vuestra mano!
Dejad que antes la limpie; huele a mortalidad.
¡Oh, ruina lastimosa! Y de igual suerte el mundo todo será así a nada reducido. ¿Me conocéis?
Sí; bien me acuerdo de tus ojos. ¿Por qué me miras de soslayo? No, es inútil que te esfuerces, ciego Cupido; no quiero amar... Lee ese cartel de desafío; repara que bien plumeado está.
Aunque fuera cada letra como un sol, ni una sola vería.
[Aparte]Si alguien me lo contara, no lo creería; pero así es, y mi corazón se rompe al verlo.
Leed.
¿Cómo, señor? ¿Con las cuencas de los ojos?
¡Oh!, ¡oh! ¿Con estas me venís ahora? ¿Sin ojos en la cara y sin dinero en el bolsillo? Entonces, tan grave será el estado de vuestros ojos como leve el de vuestra bolsa. Pero aún podéis ver cómo anda el mundo.
Lo veo por lo que siento.
¿Estás loco? Aun sin ojos puede un hombre ver cómo anda el mundo. Mira con los oídos. Contempla cómo ese juez se ceba en ese infeliz ladrón. Ahora escucha al oído. Como al juego de pasa, pasa, cambia de sitio. ¿Puedes decirme, acaso, quién es el juez y quién es el ladrón? ¿Has visto al perro del hortelano cuando ladra a un mendigo?
Sí, señor.
¿Y cómo el infeliz aprieta a correr huyendo del perro? Pues ahí puedes ver la perfecta imagen de la autoridad; obedecen al perro porque está en el poder. –Y tú, bergante esbirro, ¡detén tu sangrienta mano! ¿Por qué azotas a esa ramera? Sacúdete a ti mismo las espaldas, ya que tú ardientemente apeteces de ella lo mismo por cuya causa la flagelas. El usurero quiere ver ahorcado al tramposo. A través de raídas vestiduras se traslucen los menores vicios: ropajes y manteos bien aforrados todo lo tapan. Chapea de oro el crimen, y la fuerte lanza de la justicia se quiebra inofensiva; revístele de harapos y una paja en manos de un pigmeo lo atraviesa. ¡Nadie es culpable, nadie! ¡Nadie, digo! ¡Yo respondo de todo! Toma esto, amigo, de mi persona, que tiene poder bastante para sellar los labios del acusador. Ponte ojos de vidrio, y como un ruin político haz como que ves lo que no ves. –¡Pronto, pronto, pronto, pronto! Sacadme las botas; tirad más fuerte, más fuerte... así.
¡Oh, sensatez y desvarío juntamente! ¡Razón en la locura!
Si quieres llorar mis desgracias toma mis ojos. Bien sé quién eres; tu nombre es Glocester. ¡Has de tener paciencia! Vinimos aquí llorando; no ignoras que apenas hubimos olfateado el aire, todo fue gemir y llorar. Voy a predicarte; escucha.
¡Ay, triste día!
Cuando nacemos, lloramos de parecer sobre este gran teatro de locos. –¡Buena horma de sombreros! No fuera torpe estratagema forrar de fieltro los cascos de los caballos. He de hacer la prueba y cuando haya atrapado esos yernos míos, entonces, a matar, matar, matar, matar, matar, matar!
Aquí está. Tenedle. Señor, vuestra hija predilecta...
¿No viene socorro? ¿Soy, pues, prisionero? Nací para bufón de la fortuna. Tratadme bien; obtendréis buen rescate. Haced venir los cirujanos, tengo un tajo en los sesos.
Tendréis todo cuanto os plazca.
¿Nadie me secunda? ¿Todos me abandonan? ¡Ah! Esto convertirá a un hombre en fuente de lágrimas y haría de sus ojos buenos surtidores de jardín; sí, para sentar el polvo de otoño.
Amable señor...
Quiero morir bizarramente como gentil galán. Si... veréis, que jovial. Venid, acercaos. Soy Rey, señores míos, sabedlo.
Rey sois, en efecto, y por tal os acatamos.
Pero aun hay vida en él, y si queréis cogerle, tendrá que se corriendo. ¡Hala, hala!
¡Triste espectáculo es ver así al más vil granuja; más triste de lo que las palabras pueden expresar el ver así a todo un Rey! Por suerte aún tienes una hija que sabrá redimir la naturaleza de la maldición que sobre ella han acarreado las otras dos.
Salud, noble señor...
Decid pronto, ¿qué deseáis saber?
¿Oísteis algo referente a un combate muy cerca de aquí?
Nada más cierto ni más común; pudo oírlo todo el que sea capaz de percibir ruido.
¿Podéis decirme, si gustáis, a qué distancia está el otro ejército?
Cerca está y en veloz carrera. Créese que el cuerpo principal ha de estar pronto a la vista.
Gracias, señor, era todo lo que deseaba.
Aunque la Reina permanece aquí, por motivos particulares, sus fuerzas están ya en marcha.
Gracias, señor.
¡Dioses piadosos, recoged el aliento que me queda; no permitáis que una mala tentación me lleve otra vez a atentar contra mi vida, anticipándome a vuestra voluntad!
Bien oráis, buen padre.
Pero, señor, decidme, ¿quién sois vos?
Un pobre hombre sometido a los golpes de la fortuna, que, por arte de las desdichas que he sufrido, soy dado a la compasión. Dadme la mano; voy a llevaros a un abrigo.
De todo corazón os lo agradezco. Las bondades y la bendición del cielo os colmen de ventura.
[A GLOCESTER] Pregonando estás. ¡Cuánta dicha! Tu cabeza son ojos será buena carnaza para levantar sobre ella mi fortuna. ¡Infeliz viejo traidor, encomiéndate pronto al cielo! ¡Está pronta la espada que ha de exterminarte!
¡Así tu mano amiga tenga fuerza bastante para ello!
¿Qué intentas? ¡Insolente villano! ¿Te atreves a defender a un traidor pregonado? ¡Aparte, si no quieres que te hiera la infección de su desgracia! ¡Suelta su brazo!
[Con acento rústico] Yo no lo suelto, señor, sin otras razones.
¡Suéltale, esclavo, si no quieres morir!
Buen caballero, quitaos de alante y dejad pasar a la pobre gente. Si por bravatas perdiera uno la vida, la mía hubiera durado quince días menos. ¡Ea! Apartaos del viejo y seguid vuestra senda, si no queréis que probemos cuál es la más dura: vuestra mollera o mi estaca. ¿Hablé claro?
¡Quita allá, estercolero!
Señor, que os arrancaré las muelas. No me asustan vuestros mandobles.
¡Esclavo, me has muerto! Villano, toma mi bolsa. Si quieres hacer tu suerte da tierra a mi cuerpo, y entrega unas cartas que me hallarás encima a Edmundo, conde de Glocester. Búscale en el campo británico. ¡Oh, muerte intempestiva!
Bien te conozco; un villano servil, tan complaciente con los vicios de tu señora, como la maldad deseara.
¡Cómo! ¿Está muerto?
Sentaos, anciano; descansad.
[Registrando el cadáver] Veamos sus bolsillos. Esta carta de que hablo puede serme propicia. Muerto está. Solo deploro que no fuera otro su ejecutor.
[Halla una carta y le rompe el sello.] Veamos; permíteme, blanda cera; nobles usos, no os ofendáis. Por saber lo que piensa un enemigo le abriríamos el corazón; hacerlo con una carta es más legítimo.
[Lee:] “Acordaos de nuestros recíprocos juramentos. No ha de faltaros ocasión favorable para acabar con él. Si vuestro corazón no desfallece, tiempo y lugar han de ofrecerse. Todo se ha perdido si vuelve vencedor; entonces seré yo su prisionera, y mi prisión su tálamo; de cuyo calor odioso venid a libertarme, y a ocupar su sitio en recompensa. Vuestra... esposa, decir quisiera, afectuosísima. Gonerila.”
[Hablando] ¡Oh, qué inescrutable abismo el corazón de la mujer! ¡Conspirar contra la vida de su noble esposo, para sustituirle por mi hermano!
[Arrastrando el cuerpo de OSVALDO] Aquí mismo cubriré estas arenas con tu cuerpo. ¡Maldito correvedile de asesinos impúdicos! Y a su tiempo heriré con este infame papel los ojos mismos del Duque, cuya muerte maquinaba. Bien le será que pueda a la vez comunicarle tu muerte y tu mensaje.
El Rey está loco. Cuán dura es mi alma vil, que me mantengo firme y siento con lucidez dolores tan enormes. Más me valdría enloquecer; así mis pensamientos se apartarían de mis penas, y el dolor, engañado por la imaginación, se olvidaría de sí mismo...
Dadme la mano.
[Redoble de tambor a lo lejos] Redoble de tambor oigo a lo lejos. Venid, buen padre, os confiaré al cuidado de algún amigo.