¿Están ya en marcha las tropas de mi hermano?
Sí, señora.
¿Las manda él en persona?
No de muy buen talante. Vuestra hermana es el mejor soldado.
¿No se avistó Edmundo con tu señor en el castillo?
No, señora.
¿Qué puede decir mi hermana en esa carta que le envía?
Lo ignoro, señora.
Ciertamente, no son grave causa aceleró de aquí su partida. Fue gran torpeza, después de haberle sacado los ojos, dejar con vida a Glocester; por dondequiera que él pasa, mueve a todo corazón contra nosotros. Tal vez Edmundo, compadecido de su desgracia, salió para acabar con su ennochecida existencia; espero que al mismo tiempo podrá informarse de las fuerzas del enemigo.
Y yo debo ir en pos de él, señora, para entregarle mi carta.
Nuestras tropas saldrán de aquí mañana; quédate con nosotros. Los caminos no están seguros.
Imposible, señora, mi dueña ha encomendado a mi lealtad este servicio.
Y ¿Por qué escribe a Edmundo? ¿No podías transmitirle de palabra su mensaje? Quién sabe si algo... no sé qué. Ya sabes tú cuánto te quiero; déjame abrir esta carta.
Eso no, antes...
Yo sé que tu señora no ama a su marido. Estoy segura de ello. La última vez que aquí nos reunimos advertí sus expresivas atenciones, sus extrañas miradas al noble Edmundo. Yo sé que tú eres el hombre de su confianza.
¿Yo, señora?
Hablo con conocimiento; lo eres. Bien lo sé. Pues toma nota de lo que te digo. Mi esposo ha muerto; Edmundo y yo nos hemos concertado, y más le conviene a él ser mío que de su señora; ya puedes presumir mucho más. Cuando le veas, le entregarás esto,
[Le da una prenda] y cuando des cuenta de todo a tu señora, recomiéndale, te lo ruego, mucha discreción. Con esto, adiós. Si acaso oyes de aquel ciego traidor, ya sabes que será favorecido quien le quite de por medio.
¡Ojalá le encontrara, señora! Veríais entonces de qué parte estoy.
Adiós.