¿Sabéis por qué tan súbitamente se ha vuelto el Rey de Francia?
Alguna cosa dejó pendiente en sus Estados, que desde su llegada le venía preocupando, y es de tanta importancia para seguridad del reino, que, para su resolución, el Rey mismo ha creído necesaria su presencia.
¿A quién dejó confiado el mando de sus tropas?
Al Mariscal de Francia, monsieur La Fare.
¿Visteis si vuestra carta arrancó a la Reina alguna muestra de dolor?
Sí, señor. Tomó las cartas y las leyó en mi presencia; y, de vez en cuando, una gruesa lágrima caía temblando por sus tiernas mejillas. Como una verdadera Reina, parecía ella dominar su dolor, que pretendía, cual rebelde vasallo, hacerse rey de ella.
¡Ah! Sin duda la habrá conmovido.
Pero sin alterarla; la paciencia y la aflicción competían en ella, por cual mostraría mejor la bondad de su alma. ¿Habéis visto lluvia con sol, a un tiempo? Cosa parecida, aunque más hermosa, era ver su sonrisa con sus lágrimas. Las felices sonrisas que alegres jugaban en sus maduros labios parecían ignorar qué suerte de huéspedes albergaban sus ojos, que de ellos se desprendían cual perlas de entre diamantes. En fin, que la aflicción sería la más peregrina de las gracias si todos pudieran expresarla así.
Pero, ¿nada preguntó?
Cierto, una o dos veces suspiró el nombre del padre, exhalando con angustia la opresión de su pecho. Y luego exclamaba: “¡Ah, hermanas, hermanas! ¡Oprobio de las mujeres! ¡Hermanas, Kent, padre, hermanas! ¿Cómo? ¿En la tormenta? ¿En la noche? ¿Quién tendrá fe en la piedad?” Y eso diciendo, derramó el agua bendita de sus ojos de cielo, y con exclamaciones ahogadas por las lágrimas, corrió a ocultarse con su dolor a solas.
Son las estrellas, son las estrellas que están sobre nosotros las que gobiernan nuestra condición. Si no, ¿cómo es posible que de un mismo padre y de una misma madre nacieran criaturas tan distintas? ¿No habéis hablado luego con ella?
No.
¿Y fue esto antes de partir el Rey?
No; después.
Bien, señor. Sabed que el desventurado Lear está en la ciudad. En algún momento lúcido recuerda por qué hemos venido aquí, pero de ningún modo quiere ver a su hija.
¿Por qué, señor?
Inmensa es la vergüenza que le embarga. Su propia crueldad al negarle su bendición, entregándola a los azares del extrañamiento y despojándola de sus derechos hereditarios para favorecer a sus dos desalmadas hermanas, todo esto tan atrozmente le remuerde el corazón, que una ardiente vergüenza le impide el acercarse a Cordelia.
¡Ay, pobre Rey!
¿Habéis oído algo de los aprestos del de Albania y el de Cornualles?
Así es, en verdad; ya están en campaña.
Bien, señor, voy a conduciros a nuestro dueño, el Rey Lear, y con él os dejaré para atenderle. Razones poderosas me obligan a encubrirme aún por breve tiempo; cuando se sepa quién soy, no os pesará de haberme conocido. Venid conmigo, os lo ruego.