Bien llegado, señor. Mucho me sorprende que mi amable esposo no haya salido a encontraros en el camino.
[Entra OSVALDO, como saliendo del palacio.]
[A OSVALDO] ¿Dónde está tu señor?
Dentro está, señora. Pero jamás vi a un hombre tan cambiado. Le hablo del ejército que desembarca, y sonríe; le participo vuestra llegada, y solo me responde: “Tanto peor”; le hablo de la traición de Glocester y del leal servicio de su hijo, y me dice que soy un necio y que juzgo al revés la conducta de uno y otro. Lo que más debiera disgustarle parece que le agrada; lo que debiera darle gusto le ofende.
[A EDMUNDO] Si así es, no prosigáis. Es la cobardía de su espíritu, temeroso de toda empresa. Se hace el sordo a toda ofensa por no verse obligado a contestarla. Pero nuestros deseos tendrán cumplimiento. Edmundo, volved junto a mi hermano; apresurad sus levas y tomad el mando de sus fuerzas. Es preciso que tome yo las armas y que ponga la rueca en manos de mi esposo.
[Señalando a OSVALDO] Este fiel servidor será nuestro emisario. Muy pronto, si os lanzáis con denuedo en nuestro auxilio, vais a ver cómo una dama toma el mando.
[Le da una prenda.] Tomad, llevad esto. Ahorrad palabras. Inclinad la cabeza.
[Le da furtivamente un beso y añade en voz baja:]
Si este beso se atreviera a hablar, elevaría tu ardor hasta las nubes. Imagínalo, y ¡adiós!
Vuestro soy hasta la muerte.
¡Oh, querido Glocester!
[Vase EDMUNDO.]
¡Qué diferencia de hombre a hombre! Tú mereces el favor de una mujer; ese imbécil usurpa mi cuerpo.
Señora, aquí llega mi señor.
Creía merecer cierta atención.
¡Oh, Gonerila, no merecéis ni el polvo que el rudo viento os sopla en el rostro! Me da miedo vuestro espíritu. ¿A quién se atreve contra la fuente de su vida, qué es capaz de contenerle? Rama que por sí misma se desgaja y se desprende del tronco que la nutre, se secará, por fuerza, y acabará en la hoguera.
Basta ya de necios sermones.
La prudencia y la bondad son vileza para los viles. La abyección solo en sí misma se complace. ¿Qué habéis hecho? Tigres, no hijas, ¿adónde habéis llegado? ¡Un padre y un anciano tan bondadoso y venerable, que hasta el oso hirsuto se postraría ante él para lamerle el pie! ¡Y vosotras, bárbaras y espurias hijas, con vuestra crueldad le enloquecisteis! ¡Cómo pudo sentirlo mi buen hermano! ¡Él, un hombre, un príncipe que tanto tiene que agradecerle! Si los cielos no se apresuran a enviar sus visibles espíritus para castigar estos infames crímenes, no tardarán los hombres en devorarse unos a otros, cual los monstruos del abismo.
¡Hígado de leche, que ofreces el rostro a quien te pega y la frente a quien te agravia! ¿No tienes ojos en la cara para distinguir lo que te honra de lo que te envilece? ¿No sabes que solo los necios sienten piedad por los miserables cuyo castigo evita los crímenes que intentaban? ¿Dónde estás tus tambores? Ya Francia despliega sus banderas sobre la quietud de nuestros campos, y el airón de su yelmo empieza a amenazar tu estado; mientras tú, imbécil, permaneces sentado y exclamas: “¡Ay de mí!, ¿a qué viene esto?”
¡Contémplate, demonio! Aunque su misma monstruosidad no parece tan horrible en el demonio como en la mujer.
¡Oh, imbécil!
¡Oh, degradado y encubierto monstruo! ¡Por pudor, no te muestres en tu verdadero aspecto! ¡Si dejara yo a mis manos seguir el impulso de mi sangre, son lo bastantes fuertes para destrozar tus carnes y quebrantar tus huesos! Pero, aunque eres demonio, tu forma de mujer te escuda.
¡Ah! ¡Por fin parece el hombre!
¿Qué nuevas traes?
¡Oh, mi buen señor! El Duque de Cornualles ha muerto. Le mató uno de sus criados cuando iba a arrancarle el otro ojo a Glocester.
¿El ojo a Glocester?
Un antiguo criado, movido a compasión, quiso oponerse a su intento, y tiró de su espada contra su señor; este, enfurecido, se arrojó sobre él, y le mató entre los que acudieron, pero no sin que el Duque recibiera el fatal golpe, al que poco después ha sucumbido.
¡Bien nos avisa esto que estáis al acecho, vosotros, celestes justicieros, que tan prestamente podéis vengar aquí abajo nuestros crímenes! Pero, ¡oh, pobre Glocester! ¿Perdió también el otro ojo?
Los dos, los dos, señor. Esta carta, señora, pide pronta respuesta. Es de vuestra hermana.
[Aparte]Esto, por una parte, me contenta... Mas, ella viuda y mi Glocester a su lado... Todo el edificio de mi fantasía pudiera sobre mi odiosa vida derrumbarse. Por lo demás, la noticia no es tan mala.
[Alto] Voy a leerla, y os daré en seguida la respuesta.
¿Dónde se hallaba su hijo cuando le arrancaron los ojos?
Acompañaba hasta aquí a mi señora.
¿Pues no está aquí?
No, señor, le encontré cuando volvía.
Y ¿sabe la iniquidad?
Sí, mi buen señor; él fue quien delató a su padre, y salió de su casa adrede, para dejarles con más libertad en el castigo.
¡Glocester! ¡Vivo para agradecerte el amor que al Rey mostraste, y para vengar tus ojos! Ven aquí, amigo, y dime todo cuanto sepas.