Más vale ser despreciado a sabiendas que ser despreciado entre lisonjas. El ser más vil, el más bajo y desdeñado por la fortuna, vive todavía con esperanza y libre de inquietud. Toda mudanza es terrible para el dichoso, el desdichado la ve con alegría. ¡Sé, pues, bienvenido, aire sutil; ven y deja te abrace! El miserable que arrastraste a la mayor desventura ya nada les debe a tus ráfagas. Pero ¿quién llega aquí?
[Entra GLOCESTER conducido por UN VIEJO.]
¡Mi padre tan pobremente acompañado! ¡Oh, mundo, mundo, mundo! Si tus extrañas vicisitudes no nos hicieran odiarte, ¿quién se resignaría a envejecer?
¡Oh, mi buen señor! He sido vuestro pechero y el de vuestro padre desde hace ochenta años.
Déjame, vete, buen amigo, vete ya. Tus consuelos, que ningún bien pueden hacerme, pueden dañarte.
¡Oh, señor, si no podéis ver el camino!
Como no llevo camino alguno, no echaré de menos mis ojos. Solía tropezar cuando veía. ¡Cuántas veces sucede que fiamos demasiado en nuestras ventajas, siendo en último resultado nuestros defectos los que nos sirven! ¡Oh, mi amado hijo Edgardo, pasto de la iras de un engañado padre! ¡Si tan solo pudiese yo vivir para verte... con mis manos! ¡Creería que vuelvo a tener ojos!
¿Qué es eso? ¿Quién está ahí?
[Aparte]¡Oh, dioses! ¿Quién puede decir: la peor desgracias ya la he sufrido? Aún me faltaba la peor.
Es Tomasillo, un pobre loco.
¡Y siempre puede haber algo peor! Mientras podamos decir: esto es lo peor, lo peor aún no ha llegado.
[A EDGARDO] ¿Adónde vas, amigo?
¿Es algún mendigo?
Mendigo, y loco por añadidura.
No estará tan loco cuando mendiga. Anoche, durante la tormenta, vi a un tal infeliz, y pensaba yo al verle: “¡qué mísero gusano es el hombre!” Me acordé de mi hijo entonces, aunque me era odioso su recuerdo. ¡Después lo supe todo! Lo mismo que las moscas para los niños traviesos somos nosotros para los dioses: nos dan muerte por diversión.
[Aparte]¿Cómo fue eso? ¡Oh, triste arte el de fingirse loco con el desgraciado, afligiéndose para afligir al prójimo!
[Alto] Dios os bendiga, señor.
¿Es este el pobre desnudo?
Sí, mi señor.
Pues ya puedes dejarme, y si algo más tu antiguo afecto quiere hacer por mí, sal a encontrarnos a una legua de este sitio, en el camino que va a Dóver, y trae alguna ropa para esta alma en cueros. Voy a pedirle que me guíe.
¡Ay de mí, señor, si está loco!
Calamidad es de los tiempos, cuando los locos guían a los ciegos. Haz como te digo o, más bien, como te plazca. Mas, déjame, en todo caso.
Le llevaré mi mejor vestido, suceda lo que suceda.
Óyeme aquí, el desnudo.
¡Tomasillo tiene frío!
[Aparte]¡No puedo fingir más!
Ven acá, amigo.
[Aparte]Pero es fuerza.
[Alto] Benditos tus dulces ojos. ¡Cómo sangran!
¿Conoces tú el camino que va a Dóver?
Todo portillo y toda puerta; lo mismo el camino real que los atajos. El pobre Tomasillo perdió la razón por un mal susto. ¡Guardaos del enemigo malo, vosotros los hijos de hombre bueno! Cinco demonios se entraron de una vez en el cuerpo de Tomasillo: Obdicuto, el de la lujuria; Obdidancio, príncipe de la mudez; Muhú, el del robo; Modo, el del asesinato; Flibbertigibbet, el de las muecas y contorsiones, que ahora anda a la zaga de camareras y sirvientas. Así, pues, Dios os bendiga, señor.
[Dándole una bolsa] Toma esta bolsa. Tú, a quien los cielos abatieron bajo el peso de tantos males, por ser yo desdichado, serás tú más dichoso. ¡Oh, cielos, proceded así siempre! A los que viven en el lujo y se dan a la hartura, y, desatendiendo vuestros preceptos, nada quieren ver, porque nada sufren, haced que sufran pronto vuestro poder. Distribuyan ellos cuanto les sobra, y así tendrán todos bastante. ¿Conoces tú Dóver?
Sí, señor.
Allí hay un cerro cuya altiva frente se inclina terriblemente como para mirarse en el contiguo Océano. Condúceme hasta el borde de su cumbre, y yo remediaré la miseria que te aflige con algo de valor que aún guardo. Una vez allí, ya no necesitaré más guía.
Dame la mano; el pobre Tomasillo te guiará.