Acto Tercero

Escena IV

[Otra parte del páramo con una choza.]
[Entran el REY LEAR, EL CONDE DE KENT y el BUFÓN.]
KENT.

Aquí está, señor; entrad, mi buen señor. La crudeza de la intemperie es demasiado fuerte para el hombre.

REY LEAR.

Dejadme solo.

KENT.

Mi buen señor; entrad aquí.

REY LEAR.

¿Vas a romperte, corazón mío?

KENT.

Antes vea yo romperse el mío. Entrad, señor.

REY LEAR.

Tú juzgas imponente esta tormenta que cala nuestros huesos. Así es para ti, sin duda; pero el que un mal mayor padece no siente apenas el mal menor. Huyes de las garras de un oso, mas si en tu huida te cierra el paso el mar embravecido, harás frente a la fiera. Cuando el espíritu está en calma, el cuerpo es sensible. La tempestad de mi alma aparta de mis sentidos todo otro dolor que el que allí late. ¡La ingratitud filial! ¿No es como si mi boca despedazara a mordiscos mi propia mano por llevarle su alimento? Pero tendrán su castigo. No, no quiero llorar más. ¡En una noche así cerrarme sus puertas! ¡Arrecia, tempestad, yo lo resisto! ¡En una noche así! ¡Oh, Regania! ¡Oh, Gonerila! ¡Vuestro padre anciano y bueno, de corazón tan generoso que os lo ha dado todo! ¡Oh! Por este camino se va a la locura. Hay que evitarlo. Basta ya de esto, basta...

KENT.

Mi buen señor, entrad aquí.

REY LEAR.

No, déjame... Entra tú solo. Procura acomodarte. La tempestad me distrae de otros pensamientos que más me dañarían. Pero entraré, sí...
[Al BUFÓN] Ven, niño mío. Entra tú primero. ¡Oh, pobreza sin asilo! –Vamos, entra.– Voy a rezar y luego a dormir. [El BUFÓN entra en la choza.]
Pobres que padecéis desnudez, doquiera que os halléis, expuestos a los rigores de noche tan desapiadada, mal cobijados, mal comidos, mal cubiertos de vuestros destrozados y agujereados andrajos –¿cómo podréis defenderos de los rigores de un tiempo semejante? ¡Qué poca atención daba yo a todo esto! ¡Provechosa medicina para el boato! Expongámonos a los males que los pobres padecen, y consentiremos en cederles de nuestras superfluidades, mostrando con ello más justos a los cielos.

EDGARDO.

[Desde el interior de la cabaña] ¡Braza y media, braza y media! ¡Pobre Tomasillo!

[El BUFÓN sale precipitadamente de la cabaña.]
BUFÓN.

¡No entres, tío! Hay aquí un duende. ¡Favor! ¡Socorro!

KENT.

Dame la mano. ¿Quién anda ahí?

BUFÓN.

¡Un duende, un duende! Dice que se llama el pobre Tomasillo.

KENT.

¿Quién gruñe entre ese montón de paja? ¡Fuera de ahí!

[Entra, saliendo de la choza. EDGARDO disfrazado como un loco.]
EDGARDO.

¡Huid! El espíritu malo me persigue... El viento frío sopla por entre los zarzales. ¡Hum! Vete a tu cama fría y caliéntate.

REY LEAR.

¿Has dado a tus hijas cuanto tenías, y has venido a parar en eso?

EDGARDO.

¿No hay limosna para el pobre Tomasillo que fue arrebatado por el demonio entre brasas y llamas, sobre vados y remolinos, sobre pantanos y tremedales, y le puso cuchillos bajo la almohada, y cuerdas de horca en su reclinatorio, y matarratas en el puchero, y le llenó el corazón de orgullo, hasta hacerle correr en un bayo trotador sobre puentes de cuatro pulgadas en persecución de su propia sombra, como de un desalmado? ¡Benditos sean vuestros cinco sentidos! Tomasillo tiene frío.
[Tiritando] ¡Oh! To te, to te, to te. ¡Libraos de los torbellinos, de los astros maléficos y de los hechizos! Dad limosna al pobre Tomasillo, a quien atormenta el maligno espíritu. Antes pude aquí atraparle... y ahora... ¡Aquí está! ¡Y aquí, y aquí...!

REY LEAR.

¡A tal extremo han podido traerle sus hijas! ¿No pudiste salvar nada? ¿Se lo diste todo?

BUFÓN.

No, guardó una zamarra, pues de otro modo nos avergonzáramos al verle.

REY LEAR.

¡Que todos los males que penden del cielo prontos a castigar los pecados de los hombres, caigan sobre tus hijas!

KENT.

No tiene hijas, señor.

REY LEAR.

¡Pues, que muera por impostor! ¿Qué pudo traerle a tan miserable estado si no fue la ingratitud de sus hijas? ¿Así es el uso, que los padres despedidos obtengan tan poca piedad de su propia carne? ¡Justo castigo! Fue esta misma carne la que engendró pelícanos por hijas.

EDGARDO.

Pilicoc estaba sentado en la montaña de Pilicoc. ¡Hola! ¡Hola! ¡Sus, sus!

BUFÓN.

El frío de esta noche nos volverá a todos locos.

EDGARDO.

Guardaos del espíritu malo; obedeced a vuestros padres; no faltéis a vuestra palabra; no juréis; no pequéis con la esposa de otra; no adornéis a vuestra amada con galas lujosas... Tomasillo tiene frío.

REY LEAR.

¿Qué has sido tú?

EDGARDO.

Un galanteador de oficio, soberbio de corazón. Con mi rizada cabellera y mis guantes en el sombrero, encendía torpes deseos en el corazón de mi amada y hacía con ella el acto de las tinieblas. Profería tantos juramentos como eran mis palabras, para quebrantarlos después a la serena faz del cielo. Me dormía tramando liviandades y me levantaba para ejecutarlas. Me gustaba el vino con delirio y los dados con pasión; y en cuanto a las mujeres, dejaba tamañito al Gran Turco. Falso de corazón, ligero de oídos, cruel en la acción, un cerdo en la pereza, un zorro en la codicia, un perro en la rabia, un león en la presa... No permitáis que el picar de chapines o el crujir de sedas entregue vuestro pobre corazón a una mujer. Apartad el pie de los burdeles, la mano de las sayas, la pluma del libro del prestamista, y combatid al espíritu maligno.

¡Oh, el viento entre las zarzas no para de soplar! ¡Y va diciendo: suum, num, oh, no ni no! Corre, delfín, mi niño, y déjale pasar!
[Sigue la tempestad.]
REY LEAR.

Mejor estarías en tu sepultura que aquí, con el cuerpo desnudo desafiando los rigores del cielo. ¿No es el hombre más que esto? Consideradle bien: ni debe al gusano su seda, ni a la fiera su piel, ni a la oveja su lana, ni al gato de Algalia su perfume. ¡Ah! ¡Somos aquí tres que estamos sofisticados! Tú eres la cosa en sí misma. El hombre sin aderezo no es más que un pobre animal desnudo y zancudo como tú. ¡Fuera, fuera postizos! ¡Venid, desnudadme!

[Se rasga el vestido.]
BUFÓN.

¡Tente, tío! Ten paciencia. Mala es la noche para nadar. Un poco de lumbre en medio del campo sería ahora como corazón de viejo crapuloso; allí unas chispas, y lo demás del cuerpo frío. ¡Ved, ahí viene un fuego fatuo!

[Entre GLOCESTER con una antorcha.]
EDGARDO.

Este es el feo demonio Flibbertigibbet. Sale a la hora de la queda y anda suelto hasta que canta el gallo. Él es quien daña los ojos con cataratas y los pone de través y en blanco; por él viene también el labio leporino; él atizona los mejores trigos y atormenta a las pobres criaturas de la tierra.

Tres veces san Vitaldo el campo atravesó, Y allí con nueve críos al íncubo encontró. Le para y le dice con terrible conjuro: “¡Arredro vayas, bruja!”... y desapareció.
KENT.

¿Cómo os halláis, señor?

REY LEAR.

[Señalando a GLOCESTER] ¿Quién es?

KENT.

[A GLOCESTER] ¿Quién va? ¿Qué buscáis?

GLOCESTER.

¿Quién sois vosotros? Decidme vuestros nombres.

EDGARDO.

El pobre Tomasillo, que come ranas y renacuajos, sapos, lagartos y salamandras, y cuando se enfurece su corazón y el maligno le atormenta, como boñiga por ensalada, engulle ratas y perros muertos, y se bebe la costra verdusca de las charcas; que le azotan de pueblo en pueblo, le ponen en el cepo y en la cárcel; y, sin embargo, en otro tiempo tenía tres vestidos para ponerse encima, con seis camisas de por debajo, caballo para montar y espada para esgrimir.

Pero ratones, ratas y otros bichos extraños Han sido su alimento durante siete años.

¡Guardaos de mi perseguidor! ¡Déjame, Smulkin, déjame, tú, demonio!

GLOCESTER.

[Al REY] ¿No halló su merced mejor compañía?

EDGARDO.

El príncipe de las tinieblas es todo un caballero. Su nombre es Modo y también Mahú.

GLOCESTER.

[Al REY] Nuestra propia carne y sangre, señor, han caído en tanta vileza, que odian a quien las engendró.

EDGARDO.

El pobre Tomasillo tiene frío.

GLOCESTER.

[Al REY] Venid conmigo. Mi lealtad no puede consentir ciega obediencia a las crueles órdenes de vuestras hijas. Aunque me hayan obligado a cerraros mis puertas entregándoos al azote de esta noche horrible, heme arriesgado a salir en busca vuestra para conduciros adonde hallaréis lumbre y sustento.

REY LEAR.

Dejadme antes conversar con este filósofo.
[A EDGARDO] ¿Sabes tú cuál es la causa del trueno?

KENT.

Mi buen señor, aceptar su ofrecimiento; id a la casa.

REY LEAR.

Quiero hablar dos palabras con este sabio tebano.
[A EDGARDO] ¿Cuáles son vuestros estudios?

EDGARDO.

Huir del enemigo malo y matar piojos.

REY LEAR.

Permitid que os pregunte algo en secreto...

KENT.

Insistid, señor, en que vaya; empieza a desvariar.

[Sigue la tormenta.]
GLOCESTER.

¿Puedes reprocharle? Sus hijas le desean la muerte. ¡Ah! Aquel buen Kent. ¡Ya decía él que tenía que venir en eso! ¡Pobre desterrado! ¿Dices que el Rey se vuelve loco? Pues sabe, amigo, que yo también casi estoy loco. Un hijo tenía, ahora proscrito de mi afecto, que atentó contra mi vida; poco ha, muy poco. ¡Le amaba, amigo! No hubo hijo más amado de su padre. En verdad te digo que esta pena ha trastornado mi razón. ¡Que noche horrible!
[Al REY] Señor, escuchadme.

REY LEAR.

¡Ah! Perdonad, señor...
[A EDGARDO] Noble filósofo, venid conmigo.

EDGARDO.

Tomasillo tiene frío.

GLOCESTER.

[A EDGARDO] Vuelve a tu choza, compañero; ponte al abrigo.

REY LEAR.

Venid, entremos todos.

KENT.

Por aquí, señor...

REY LEAR.

Con él; no quiero separarme de filósofo.

KENT.

[A GLOCESTER] Complacedle, señor; permitid que le acompañe.

GLOCESTER.

Que venga, pues.

KENT.

[A EDGARDO] ¿Hola, ven con nosotros!

REY LEAR.

Venid, buen ateniense.

GLOCESTER.

Callad, callad. ¡Silencio!

EDGARDO.
Roldán el paladín llegó al negro torreón: Su lengua muda estaba, –fi, fo, fun, fon,– Paréceme que huelo la sangre de un bretón.
[Vanse.]