Aquí está, señor; entrad, mi buen señor. La crudeza de la intemperie es demasiado fuerte para el hombre.
Dejadme solo.
Mi buen señor; entrad aquí.
¿Vas a romperte, corazón mío?
Antes vea yo romperse el mío. Entrad, señor.
Tú juzgas imponente esta tormenta que cala nuestros huesos. Así es para ti, sin duda; pero el que un mal mayor padece no siente apenas el mal menor. Huyes de las garras de un oso, mas si en tu huida te cierra el paso el mar embravecido, harás frente a la fiera. Cuando el espíritu está en calma, el cuerpo es sensible. La tempestad de mi alma aparta de mis sentidos todo otro dolor que el que allí late. ¡La ingratitud filial! ¿No es como si mi boca despedazara a mordiscos mi propia mano por llevarle su alimento? Pero tendrán su castigo. No, no quiero llorar más. ¡En una noche así cerrarme sus puertas! ¡Arrecia, tempestad, yo lo resisto! ¡En una noche así! ¡Oh, Regania! ¡Oh, Gonerila! ¡Vuestro padre anciano y bueno, de corazón tan generoso que os lo ha dado todo! ¡Oh! Por este camino se va a la locura. Hay que evitarlo. Basta ya de esto, basta...
Mi buen señor, entrad aquí.
No, déjame... Entra tú solo. Procura acomodarte. La tempestad me distrae de otros pensamientos que más me dañarían. Pero entraré, sí...
[Al BUFÓN] Ven, niño mío. Entra tú primero. ¡Oh, pobreza sin asilo! –Vamos, entra.– Voy a rezar y luego a dormir.
[El BUFÓN entra en la choza.]
Pobres que padecéis desnudez, doquiera que os halléis, expuestos a los rigores de noche tan desapiadada, mal cobijados, mal comidos, mal cubiertos de vuestros destrozados y agujereados andrajos –¿cómo podréis defenderos de los rigores de un tiempo semejante? ¡Qué poca atención daba yo a todo esto! ¡Provechosa medicina para el boato! Expongámonos a los males que los pobres padecen, y consentiremos en cederles de nuestras superfluidades, mostrando con ello más justos a los cielos.
[Desde el interior de la cabaña] ¡Braza y media, braza y media! ¡Pobre Tomasillo!
¡No entres, tío! Hay aquí un duende. ¡Favor! ¡Socorro!
Dame la mano. ¿Quién anda ahí?
¡Un duende, un duende! Dice que se llama el pobre Tomasillo.
¿Quién gruñe entre ese montón de paja? ¡Fuera de ahí!
¡Huid! El espíritu malo me persigue... El viento frío sopla por entre los zarzales. ¡Hum! Vete a tu cama fría y caliéntate.
¿Has dado a tus hijas cuanto tenías, y has venido a parar en eso?
¿No hay limosna para el pobre Tomasillo que fue arrebatado por el demonio entre brasas y llamas, sobre vados y remolinos, sobre pantanos y tremedales, y le puso cuchillos bajo la almohada, y cuerdas de horca en su reclinatorio, y matarratas en el puchero, y le llenó el corazón de orgullo, hasta hacerle correr en un bayo trotador sobre puentes de cuatro pulgadas en persecución de su propia sombra, como de un desalmado? ¡Benditos sean vuestros cinco sentidos! Tomasillo tiene frío.
[Tiritando] ¡Oh! To te, to te, to te. ¡Libraos de los torbellinos, de los astros maléficos y de los hechizos! Dad limosna al pobre Tomasillo, a quien atormenta el maligno espíritu. Antes pude aquí atraparle... y ahora... ¡Aquí está! ¡Y aquí, y aquí...!
¡A tal extremo han podido traerle sus hijas! ¿No pudiste salvar nada? ¿Se lo diste todo?
No, guardó una zamarra, pues de otro modo nos avergonzáramos al verle.
¡Que todos los males que penden del cielo prontos a castigar los pecados de los hombres, caigan sobre tus hijas!
No tiene hijas, señor.
¡Pues, que muera por impostor! ¿Qué pudo traerle a tan miserable estado si no fue la ingratitud de sus hijas? ¿Así es el uso, que los padres despedidos obtengan tan poca piedad de su propia carne? ¡Justo castigo! Fue esta misma carne la que engendró pelícanos por hijas.
Pilicoc estaba sentado en la montaña de Pilicoc. ¡Hola! ¡Hola! ¡Sus, sus!
El frío de esta noche nos volverá a todos locos.
Guardaos del espíritu malo; obedeced a vuestros padres; no faltéis a vuestra palabra; no juréis; no pequéis con la esposa de otra; no adornéis a vuestra amada con galas lujosas... Tomasillo tiene frío.
¿Qué has sido tú?
Un galanteador de oficio, soberbio de corazón. Con mi rizada cabellera y mis guantes en el sombrero, encendía torpes deseos en el corazón de mi amada y hacía con ella el acto de las tinieblas. Profería tantos juramentos como eran mis palabras, para quebrantarlos después a la serena faz del cielo. Me dormía tramando liviandades y me levantaba para ejecutarlas. Me gustaba el vino con delirio y los dados con pasión; y en cuanto a las mujeres, dejaba tamañito al Gran Turco. Falso de corazón, ligero de oídos, cruel en la acción, un cerdo en la pereza, un zorro en la codicia, un perro en la rabia, un león en la presa... No permitáis que el picar de chapines o el crujir de sedas entregue vuestro pobre corazón a una mujer. Apartad el pie de los burdeles, la mano de las sayas, la pluma del libro del prestamista, y combatid al espíritu maligno.
Mejor estarías en tu sepultura que aquí, con el cuerpo desnudo desafiando los rigores del cielo. ¿No es el hombre más que esto? Consideradle bien: ni debe al gusano su seda, ni a la fiera su piel, ni a la oveja su lana, ni al gato de Algalia su perfume. ¡Ah! ¡Somos aquí tres que estamos sofisticados! Tú eres la cosa en sí misma. El hombre sin aderezo no es más que un pobre animal desnudo y zancudo como tú. ¡Fuera, fuera postizos! ¡Venid, desnudadme!
¡Tente, tío! Ten paciencia. Mala es la noche para nadar. Un poco de lumbre en medio del campo sería ahora como corazón de viejo crapuloso; allí unas chispas, y lo demás del cuerpo frío. ¡Ved, ahí viene un fuego fatuo!
Este es el feo demonio Flibbertigibbet. Sale a la hora de la queda y anda suelto hasta que canta el gallo. Él es quien daña los ojos con cataratas y los pone de través y en blanco; por él viene también el labio leporino; él atizona los mejores trigos y atormenta a las pobres criaturas de la tierra.
¿Cómo os halláis, señor?
[Señalando a GLOCESTER] ¿Quién es?
[A GLOCESTER] ¿Quién va? ¿Qué buscáis?
¿Quién sois vosotros? Decidme vuestros nombres.
El pobre Tomasillo, que come ranas y renacuajos, sapos, lagartos y salamandras, y cuando se enfurece su corazón y el maligno le atormenta, como boñiga por ensalada, engulle ratas y perros muertos, y se bebe la costra verdusca de las charcas; que le azotan de pueblo en pueblo, le ponen en el cepo y en la cárcel; y, sin embargo, en otro tiempo tenía tres vestidos para ponerse encima, con seis camisas de por debajo, caballo para montar y espada para esgrimir.
¡Guardaos de mi perseguidor! ¡Déjame, Smulkin, déjame, tú, demonio!
[Al REY] ¿No halló su merced mejor compañía?
El príncipe de las tinieblas es todo un caballero. Su nombre es Modo y también Mahú.
[Al REY] Nuestra propia carne y sangre, señor, han caído en tanta vileza, que odian a quien las engendró.
El pobre Tomasillo tiene frío.
[Al REY] Venid conmigo. Mi lealtad no puede consentir ciega obediencia a las crueles órdenes de vuestras hijas. Aunque me hayan obligado a cerraros mis puertas entregándoos al azote de esta noche horrible, heme arriesgado a salir en busca vuestra para conduciros adonde hallaréis lumbre y sustento.
Dejadme antes conversar con este filósofo.
[A EDGARDO] ¿Sabes tú cuál es la causa del trueno?
Mi buen señor, aceptar su ofrecimiento; id a la casa.
Quiero hablar dos palabras con este sabio tebano.
[A EDGARDO] ¿Cuáles son vuestros estudios?
Huir del enemigo malo y matar piojos.
Permitid que os pregunte algo en secreto...
Insistid, señor, en que vaya; empieza a desvariar.
¿Puedes reprocharle? Sus hijas le desean la muerte. ¡Ah! Aquel buen Kent. ¡Ya decía él que tenía que venir en eso! ¡Pobre desterrado! ¿Dices que el Rey se vuelve loco? Pues sabe, amigo, que yo también casi estoy loco. Un hijo tenía, ahora proscrito de mi afecto, que atentó contra mi vida; poco ha, muy poco. ¡Le amaba, amigo! No hubo hijo más amado de su padre. En verdad te digo que esta pena ha trastornado mi razón. ¡Que noche horrible!
[Al REY] Señor, escuchadme.
¡Ah! Perdonad, señor...
[A EDGARDO] Noble filósofo, venid conmigo.
Tomasillo tiene frío.
[A EDGARDO] Vuelve a tu choza, compañero; ponte al abrigo.
Venid, entremos todos.
Por aquí, señor...
Con él; no quiero separarme de filósofo.
[A GLOCESTER] Complacedle, señor; permitid que le acompañe.
Que venga, pues.
[A EDGARDO] ¿Hola, ven con nosotros!
Venid, buen ateniense.
Callad, callad. ¡Silencio!