¡Ay de mí, Edmundo! No apruebo tan desnaturalizado proceder. Lejos de obtener su venia para compadecerle, me han privado de mandar en mi propias casa, prohibiéndome, so pena de caer para siempre en su desgracia, hablar de él, abogar por él, ni ofrecerle ninguna clase de apoyo.
¡Por demás, cruel y antinatural!
Vaya, no digas más. Hay disensión entre los Duque y aun algo más grave. Esta misma noche he recibido una carta de la que no puede hablarse sin peligro. Cuidadosamente la he guardado en mi gaveta. Las ofensas inferidas al Rey tendrán muy pronto su castigo. Gran parte de un poderoso ejército ha desembarcado. Nuestra obediencia es para el Rey. Yo salgo ahora en su busca y le socorreré secretamente. Anda tú, mientras tanto, a dar conversación al Duque, a fin de que mi acto de caridad le pase inadvertido. Si pregunta por mí, le dices que no estoy muy bien y me fui a la cama. Aunque por ello me dieran muerte, como así me han amenazado, el Rey, mi señor, ha de ser socorrido. Extraños sucesos se avecinan, Edmundo; está sobre aviso, te lo ruego.
De esta atención, aunque te pese, tendrá noticia el Duque, y al instante, y también de esa carta. Esto ha de aparecer como un gran servicio y me hará ganar cuanto mi padre pierda; nada menos que todo. El joven se alza cuando cae el viejo.