¡Soplad, vientos, hasta reventar vuestros carrillos; soplad con rabia! ¡Trombas y cataratas, diluviad hasta sumergir los campanarios y anegar las veletas! ¡Vosotros, fuegos sulfúreos, raudos como el pensamiento, precursores de los rayos, rajadores de encinas, abrasad mis blancas canas! ¡Y vosotros, retembladores truenos, aplastad la gruesa redondez del mundo, romped los moldes todos de la naturaleza y dispersad de un golpe todos los gérmenes que dan vida al hombre ingrato!
¡Ay, tío, preferibles son sequedades bajo techado a estas mojaduras puertas afuera! Vuelve, buen tío, y pídeles perdón a tus hijas; mira que es una noche esta que no se compadece de cuerdos ni de locos.
¡Retumba, tú, repleto vientre! ¡Fuego, escupe! ¡Agua, desborda! Ni la lluvia, ni el viento, ni el trueno, ni el rayo son mis hijas. Yo no os acusaré, ¡oh, elementos!, de ser crueles conmigo. Ni os di mi reino, ni os llamé mis hijos, ni me debéis obediencia. Caigan, pues, sobre vuestros horribles goces. Aquí le tenéis a vuestro esclavo, un pobre, inválido, endeble y despreciado anciano. Aunque bien pudiera motejaros de ministros serviles, por haberos confabulado con dos hijas pérfidas, lanzando vuestras celestes legiones contra una cabeza tan vieja y tan blanca como esta. ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué infamia!
El que tiene una casa donde meter la cabeza tiene un buen yelmo.
Pues no hay mujer linda que no haga mohines ante el espejo.
No; quiero ser un modelo de paciencia. Callaré del todo.
¿Quién está aquí?
Pues, una corona y un braguero; o si quieres, un cuerdo y un loco.
¡Ah, señor! ¿Vos aquí? ¡Los seres más amantes de la noche no aman noches como esta! La ira del cielo aterroriza a los que moran en las sombras, obligándoles a refugiarse en sus guaridas. Desde que tengo uso de razón no tengo memoria de tales surcos de fuego, tales estampidos de horrísonos truenos, tales fragores de viento y lluvia, que sobrecogen al hombre de espanto y aflicción.
Deja que los excelsos dioses, con este pavoroso estruendo sobre nuestra cabeza, busquen a quien les ha ofendido. ¡Tiembla tú, miserable, con tantos secretos delitos en tu pecho que no castigó la justicia; escóndete, ensangrentada mano; y tú, perjuro, y tú, hipócrita incestuoso, y tú, tiembla también, malvado, que, bajo capa y apariencia de honradez, has atentado contra la vida humana! ¡Encubiertos crímenes, rasgad la vestidura que os oculta, y ante tan terrible conminaciones apresuraos a implorar misericordia! ¡Yo soy un hombre contra quien se ha pecado más de lo que él pecó!
¡Ay de mí! ¡Al viento nuestras canas! Mi amado señor, no muy lejos de aquí hay una choza que algún amparo puede ofreceros contra la tormenta. Descansad, allí mientras yo vuelvo a esa cruel casa, más dura que las piedras de sus cimientos, donde poco ha fui a buscaros y se negaron a darme entrada; pero ahora voy a forzar su desmedrada cortesía.
Mi razón se extravía... Vamos, niño mío. ¿Cómo estás tú, rapaz? ¿Tienes frío? Yo también; mucho frío. ¿Dónde está esa choza, compañero? ¡Qué extraño es el arte de la necesidad, que puede hacer precioso lo más vil! ¡Vamos a la cabaña! ¡Pobre loco pícaro; aún queda un lugar en mi corazón para compadecerte!
Es verdad, niño mío. Vamos, llevadnos a esa choza.
¡Valiente noche para enfriar a una cortesana! Antes de irme diré una profecía: