Acto Tercero

Escena Primera

[Un páramo.]
[Sigue la tormenta. Entran por separado EL CONDE DE KENT y UN CABALLERO.]
KENT.

¿Quién va con tan rudo tiempo?

CABALLERO.

Un espíritu perturbado como el tiempo.

KENT.

Ya sé quién sois. ¿Dónde está el Rey?

CABALLERO.

Luchando con los airados elementos, clama al huracán que barra la tierra hasta sepultarla en el mar, o a las encrespadas olas que se alcen hasta anegar el continente, a fin de que todo perezca o se trastorne. Arráncase las canas, que impetuosas ráfagas arrebatan y dispersan con ciega rabia. Pretende, en el breve mundo de su humanidad ridiculizar la confusión de esta lucha entre agua y viento. Esta noche, en que los oseznos secarán las ubres de la osa en su guarida, y el león y el lobo hambrientos mantendrán su piel enjuta, anda él desbonetado y vagabundo, invocando el fin de la creación.

KENT.

¿Quién le acompaña?

CABALLERO.

El bufón solamente, que se esfuerza en distraerle con sus chanzas de las penas que le destrozaron el corazón.

KENT.

Señor, bien os conozco, y en la seguridad de mi acierto, me atrevo a confiaros algo de importancia. Aunque pretendan encubrirlo con amaño, lo cierto es que entre el de Cornualles y el de Albania existe disensión. Ambos tienen en su casa (como tiene todo aquel cuya excelsa estrella tan encumbrada brilla), servidores que no parecen otra cosa y son realmente espías del de Francia, a quien informan al detalle de cuanto aquí sucede –ya sea de las maquinaciones que los Duques traman el uno contra el otro, ya del duro freno con que los dos pretenden subyugar al bondadoso y viejo Rey, si no es de algo más hondo de lo que todo esto tal vez solo es vislumbre–. Lo cierto es que de Francia llega contra este disperso reino un ejército, que aprovechándose de nuestra incuria, ya desembarca secretamente en uno de nuestros mejores puertos, y no tardará en despegar al aire sus banderas. Lo que de vos pretendo, si tanto crédito os merezco, es que, sin más demora, corráis a Dóver, donde encontraréis seguramente quien ha de agradeceros que le deis buen informe de tan monstruosa crueldad y tan enloquecedora aflicción como el Rey está sufriendo. Noble soy por mi sangre y mi crianza, y con plano conocimiento y garantía me atrevo a proponeros tal misión.

CABALLERO.

Ya hablaremos más despacio.

KENT.

No hay que hablar más; y para probaros que soy mucho más de lo que aparento, abrid este bolso y tomad cuanto va en él. Si veis a Cordelia, como sin duda la veréis, mostradle este anillo, y ella os dirá quién es este hombre que aún no conocéis. –¡Maldita tormenta! Voy en busca del Rey.

CABALLERO.

Dadme vuestra mano. ¿Tenéis algo más que decirme?

KENT.

Pocas palabras, pero, para el caso, las más importantes: que busquemos al Rey, a cuyo objeto vos iréis por aquella parte y yo por esta; y quien primero le descubra dé voz al otro.

[Vanse.]