Muy extraño es que hayan salido de casa sin despachar a mi emisario.
Por lo que he oído, anoche no pensaban en ausentarse.
Salud, noble señor.
¡Oh! ¿Has tomado a pasatiempo estarte ahí a la vergüenza?
No, señor mío.
¡Ah, ah! Esto es estar en calzas prietas. A los caballos los atan por la cabeza, a los perros y osos por el cuello, a los monos por los riñones, y a los hombres por las piernas. Al que anda en malos pasos pónenle medias de palo.
¿Quién fue el que por grave error acerca de tu cargo te puso en este sitio?
Fueron dos: él y ella; vuestro hijo y vuestra hija.
¡No!
Sí.
No, te digo.
Yo os digo que sí.
No, no; son incapaces.
Ya veis si lo son.
¡Por Júpiter, que juro que no!
¡Por Juno, os juro que sí!
No osarían, no podrían, no querrían hacerlo. Fuera peor que un asesinato hacer un tan violento ultraje a mi respeto... Explícame pronto y sin precipitarte, cómo has podido merecer, o ellos imponerte esta afrenta viniendo tú de mi parte.
Señor, apenas llegado a su palacio les entregué vuestra carta, y aun permanecía arrodillado ante ellos con toda reverencia, cuando llegó, sudoroso y jadeante, un enviado de Gonerila que en su nombre les saluda y les entrega una carta que ellos se apresuran a leer, dejando de lado mi mensaje. Tan pronto han leído, ordenan juntar su comitiva, montan a caballo con presteza, diciéndome que debo seguirles y esperar la respuesta cuando a ellos les plazca. ¡Tal frío fue su acogimiento! Aquí vuelvo a encontrarme con el otro mensajero, el que con sus nuevas emponzoñó las mías –por cierto aquel bellaco que no ha mucho se insolentó con Vuestra Alteza–. Exasperado y perdido el tino, cargo sobre él, y el muy cobarde despierta a todos con sus gritos, y vuestro hijo y vuestra hija juzgan digno de mi conducta este vergonzoso castigo que estoy sufriendo.
Aún no acabó el invierno, pues los ánades vuelan hacia aquí.
Por todo esto, no acabarás de contar en un año todas las penas que tus hijas te darán que contar.
¡Ah, cómo el mal de madre me sube al corazón! ¡Pasión histérica, tente! ¡Trepadora angustias, más abajo es tu sitio! ¿Dónde está esa hija?
Con el Conde, señor, allá dentro.
Nadie me siga; aguardad aquí.
¿No faltaste en más de lo que has dicho?
En nada. ¿Cómo viene el Rey con tan reducido séquito?
Si te pusieron en el cepo por esta pregunta, bien merecido lo tienes.
¿Por qué, loco?
Vamos a mandarte a la escuela de la hormiga para que te enseñen a no trabajar en invierno. Todo el que va detrás de sus narices se guía por los ojos menos los ciegos, y no hay una sola nariz entre veinte que no sepa oler al que apesta. Suelta la rueda cuando va monte abajo, si no quieres que te rompa la crisma, pero si la ves que sube monte arriba, agárrate bien a ella. Cuando un sabio te dé mejor consejo, devuélveme el mío. Puesto que un loco lo da, no es de provecho más que a los bribones.
Loco, ¿dónde aprendiste eso?
No fue en un cepo, ciertamente, loco.
¡Negarse a hablar conmigo! Que están enfermos, que están cansados, que viajaron toda la noche... Simples pretextos, claras señales de rebeldía y defección. Búscame mejor respuesta.
Buen señor, ya conocéis el violento carácter del Duque y la tenacidad inquebrantable de sus decisiones.
¡Venganza! ¡Peste! ¡Muerte! ¿Destrucción! ¿Violento? ¿Qué carácter? ¡Ea, Glocester, Glocester! Quiero hablar con el Duque de Cornualles y su esposa.
Bien, señor, así se lo anuncié.
¿Se lo anunciaste? ¿Me has entendido bien, hombre?
Sí, mi buen señor.
El Rey quiere hablar con Cornualles, el cariñoso padre quiere hablar con su hija y exige su obediencia. ¿Se lo anunciaste así? ¡Por mi vida y por mi sangre! ¡Que es violento el carácter del Duque! ¿Violento? Pues decid a ese Duque tan feroz... pero no, aún no... Tal vez no está bueno, en efecto. Cualquier dolencia no hace olvidar los deberes a que en nuestra cabal salud nos sometemos. No somos nosotros mismos cuando la naturaleza enferma fuerza nuestro espíritu a padecer con el dolor del cuerpo. –Sabré contenerme, no quiero incurrir por impaciencia en el error de juzgar arranques de un enfermo como si fueran de un hombre sano.
[Fijándose en KENT] ¡Muerte y condenación! Entonces ¿por qué está él ahí? ¿Cómo puedo creer que este apartamiento del Duque y de ella es sin malicia? ¡Devolvedme al punto mi servidor! ¡Decid al Duque y a su esposa que quiero hablar con ellos! ¡Aquí, ahora mismo, que vengan a escucharme, o a la misma puerta de su aposento redoblaré el tambor hasta que les mate el sueño con su estruendo!
Para bien de todos quisiera veros en paz.
¡Ay de mí! ¡Corazón, corazón mío alborotado! ¡Pero, calma!
¡Grítale, tío, como hacía la guisandera a las anguilas cuando las ponía vivas en el pastel! Con un palito les daba en la caperuza y les decía: “¡Abajo, casquivanas, estad quietas!” Un hermano de esta fue el que le ensebaba la paja a su caballo de tanto que le quería.
Buenos días a ambos.
Salud a vuestra merced.
Mucho me alegra el ver a Vuestra Alteza.
Así lo creo, Regania; yo sé si tengo razón para creerlo. Si no te alegraras, tendría que repudiar a tu madre en su tumba, que guardaría a una adúltera.
[A KENT] Ah, hete aquí por fin libre. Ya hablaremos de esto más tarde.
[A REGANIA] ¡Oh, Regania querida! Tu hermana es una infame. ¡Oh, Regania! Su crueldad ha clavado aquí sus garras de buitre.
[Poniéndose la mano en el pecho] Ni a decírtelo acierto, ni podrías creer con qué cínica abyección... ¡Oh, Regania!
Calmaos, señor, os lo ruego. Más me inclino a creer que sois vos el que no sabe apreciar sus servicios, que ella la que ha podido olvidar sus deberes.
¿Qué dices?
Me resisto a creer que mi hermana haya faltado en lo más mínimo. Si fue por haber puesto coto a los desmanes de vuestros servidores, la razón que tuvo para ello la absuelve de toda culpa.
¡Caiga mi maldición sobre ella!
Señor, sois muy anciano; vuestra vida ha llegado a los mismos confines de su término; necesitáis quien os gobierne y os dirija con discreción, quien se haga cargo de vuestro estado mejor que vos mismo. Así, yo os ruego que volváis con mi hermana, y le expreséis, señor, vuestras disculpas.
¿Pedirle perdón? Has pensado cómo cuadraría a mi dignidad decirle: “Hija querida, conozco que soy un viejo, los viejos solo servimos de estorbo
Basta, señor, esto son chocarrerías impertinentes. Volved con mi hermana.
[Levantándose] Nunca, Regania. Me ha privado de una mitad de mi séquito; sus ojos me han mirado con fiereza y su dardo de serpiente se ha hincado en mi corazón; todos los castigos del cielo caigan sobre su ingrata cerviz. ¡Vosotros, aires infectos, herid sus blancos miembros de parálisis!
¡Vergüenza, señor, vergüenza!
¡Oh, rayos fulminantes, acribillad sus altivos ojos con vuestros cegadores dardos! ¡Infeccionad su hermosura, oh, pantanosos vapores que el potente sol levanta, y, cayendo sobre ella, agostad su soberbia!
¡Oh, dioses benditos! Lo mismo desearéis para mí, así que se encienda vuestra ira.
No, Regania; yo nunca podré maldecirte. Tu natural ternura no te llevará a tales crueldades. Sus ojos son feroces; los tuyos confortan y no abrasan. Tú no te opondrías a mis deseos, ni reducirías mi séquito, ni proferirías airadas palabras, ni tasarías mis conveniencias, para acerrojarme al fin las puertas de tu casa a mi entrada. Tú sabes mejor cuáles son los deberes de la naturaleza, las obligaciones filiales, las reglas de la cortesía y las deudas de la gratitud; tú no has olvidado la mitad de mi reino que te di en dote.
Buen señor, vayamos al caso.
¿Quién puso a mi sirviente en el cepo?
¿Qué toque es este?
Le conozco, es de mi hermana. Esto confirma su carta, al decir que pronto llegaría.
[Entra OSVALDO.]
¿Llega tu señora?
He aquí un esclavo cuyo prestado orgullo solo se apoya en los volubles favores de la dueña a quien sirve. ¡Lejos de mi vista, lacayo!
¿Qué decía Vuestra Alteza?
¿Quién puso en el cepo a mi criado? Yo confío, Regania, que tú nada sabrías. ¿Quién viene aquí? ¡Oh, cielos!
[Entra GONERILA.]
Si respetáis la ancianidad, si alentáis la esperanza de ser respetados cuando lleguéis a viejos, rechazadla y poneos de mi parte.–
[A GONERILA, que saluda a REGANIA y a CORNUALLES] ¿No te avergüenzas de ver estas barbas blancas? ¡Oh, Regania! Y ¿tú le das la mano?
¿Y por qué no, señor? ¿Qué delito cometí? No es culpa, ciertamente, todo lo que la indiscreción delata y la chochez condena.
¡Oh, corazón! ¡Muy duro eres cuando no te rompes! –¿Quién puso a mi hombre en el cepo?
Yo lo ordené, señor. Por sus desmanes no ha merecido tanta distinción.
¡Vos! ¿Fuisteis vos?
Por favor, padre, si anciano sois, parecedlo. Si hasta el término de este mes volvéis a casa de mi hermana, renunciando a la mitad de vuestro séquito, venid después conmigo. Ahora, ausente de mi hogar, no me es posible proveer a cuanto requiere vuestro alojamiento.
¿Volver con ella y despedir a cincuenta de los míos? Antes renunciaría a vivir bajo techado, y preferiría entrar en cruel lucha contra las inclemencias del tiempo, viviendo en compañía de lobos y lechuzas y arrostrando el áspero acicate de la miseria. ¿Volver con ella? Antes iría al impetuoso Rey de Francia, el que sin dote se llevó a la menor de mis hijas, y, de rodillas ante su trono, le pediría, como un pobre escudero, una pensión para una vida humilde. ¿Volver con ella? Antes me persuadirías a hacerme el esclavo, y la acémila de este ruin lacayo.
Como gustéis, señor.
Te lo suplico, hija, no quieras volverme loco. No he de molestarte, niña mía. ¡Adiós! Jamás hemos de encontrarnos, jamás hemos de volver a vernos. Pero ¿eres tú carne mía, sangre mía, hija mía; o más bien una enfermedad de mi carne que debo llamar mía? Tú eres una úlcera, un protuberante carbunclo de mi sangre corrompida. Mas no he de acriminarte; el oprobio vendrá cuando quiera; no clamaré por él, no invocaré al terrible forjador de la centella, ni importunaré con este cuento el excelso juicio de Júpiter. Arrepiéntete cuando puedas, enmiéndate cuando te plazca. Sabré tomar paciencia, y viviré con Regania y mis cien caballeros.
No tal, señor. Yo no os aguardaba y me hallo desprevenida para recibiros convenientemente. Dad oído a mi hermana, señor, pues los que tratan de poner un poco de cordura en vuestra destemplanza deben resignarse a pensar que sois anciano y, por lo tanto... En fin, señor, bien sabe ella lo que hace.
¿Y sabes tú lo que dices?
Así me atrevo a creerlo, señor. Pues cómo, ¿cincuenta servidores no os bastan? ¿Para qué necesitáis más? Y aun son muchos, pues el dispendio y el peligro que suponen dicen bastante en contra de tan gran número. ¿Cómo puede haber paz en una casa con tanta gente al mando de dos señores? Es tan difícil, que lo juzgo imposible.
No podríais aceptar el servicio de los que ya están a mis órdenes o a las suyas?
¿Y por qué no, señor? De ese modo, si alguno os faltara, podríamos castigarle. Si conmigo venís, puesto que ya estoy advertida del peligro, os prevengo que no habréis de traer más que veinticinco. Ni a uno más he de dar alojamiento.
Os lo di todo...
¡Y a buen tiempo lo disteis!
Os nombré mis tutores, mis depositarios; solo he retenido este séquito a mi servicio. Y ahora, ¿con veinticinco, no más, puedes recibirme, Regania? ¿No es eso lo que has dicho?
Y os lo repito, señor, ni uno más admitiré.
Esas perversas criaturas aun parecen buenas cuando otras son peores; la que no es peor se hace digna de alabanza.
[A GONERILA] Iré contigo; tus cincuenta son el doble de sus veinticinco, tu amor es doble del suyo.
Oíd, señor. Y ¿qué necesidad tenéis de veinticinco, ni de diez, ni de cinco, para serviros, en donde tenéis doble número a vuestras órdenes?
¿Qué necesidad tenéis de ninguno?
¡No razonéis con la necesidad! El más vil mendigo aun tiene cosas superfluas en su miseria. Conceded a la naturaleza no más de lo que la naturaleza necesita, y la vida del hombre es tan barata como la de los brutos. Tú eres una dama, si todo tu lujo tiene por solo objeto el abrigarte, la naturaleza no necesita de esas lujosas prendas que a duras penas te abrigan. Mas si de algo verdaderamente necesito, es de paciencia. ¡Oh, cielos! ¡Paciencia es lo que necesito! Aquí me veis, ¡oh, dioses!, pobre viejo tan abrumado de penas como de años; si sois vosotros los que movéis el corazón de estas hijas contra su padre, no llevéis el sarcasmo hasta obligarme a soportarlo con dulzura; encendedme en noble ira y no permitáis que estas femeniles armas, simples gotas de agua, mancillen mi rostro de hombre... No, monstruosas arpías, sobre las dos quiero descargar tal venganza que el mundo entero... ¡Tales cosas haré...! Lo que serán, no lo sé, pero espanto de la tierra van a ser. ¿Pensáis que voy a llorar? ¡No, no lloraré! Y no es por falta de motivo, ya lo veis, pero antes que llorar romperé mi corazón en mil pedazos.
[Al BUFÓN] ¡Ah, tonto mío, que me vuelvo loco!
Entremos; amenaza tormenta.
Esta casa es muy reducida. El viejo y sus gentes no pueden hallar buen acomodo.
A él solo debe culpar. Abandonó su descanso y ahora debe él darse cuenta de su locura.
En cuanto a él, le admitiría gustosa, pero ni a uno solo de su séquito.
Tal es también mi resolución. ¿Dónde está el señor de Glocester?
Salió en pos del viejo. Aquí vuelve.
El Rey está ciego de ira.
¿Adónde se encamina?
Da orden de montar, mas no sé adónde va.
Vale más dejarle; vaya a su antojo.
[A GLOCESTER] Señor, por ningún modo tratéis de detenerle.
¡Ay de él! La noche cierra y fieramente sopla el cierzo. Apenas un matorral hallarán en muchas leguas.
¡Oh, señor! A los hombres obstinados los daños que ellos mismos se procuran les sirven de lección. Cerrad vuestras puertas. Los que le siguen son gente decidida, y siendo él tan apto a la lisonja, fácilmente podría inducirles a algún desacato, que por prudencia hemos de temer.
Cerrad las puertas, señor. Es una noche horrible. Bien aconseja mi Regania. Guarezcámonos de la tormenta.