Acto Segundo

Escena III

[Un bosque.]
[Entra EDGARDO.]
EDGARDO.

Oí como me pregonaban, y por fortuna, en el hueco de un árbol pude esconderme de los que me daban caza. Ni un paso libre, ni un lugar que no esté guardado con insólita vigilancia para mi captura. Mientras pueda yo escapar he de ocultarme. Tomaré la más baja y más pobre apariencia, que jamás la miseria haya podido usar para poner al hombre al nivel de las bestias. Embadurnaré mi rostro con fango, ceñiré una pelleja, encresparé mis cabellos como un trasgo y arrostraré con mi desnudez los vientos y las inclemencias del cielo. En el campo se ven muestras de tales gentes; pobres turulatos que, con desaforados gritos, clavan en sus brazos desnudos y entumecidos por las llagas, alfileres, espinas, clavos y paligotes de romero, y con tan horrible figura van por las chozas, las aldeas, las majadas y los molinos, y unas veces con lunáticas imprecaciones, otras con rezos, en todas partes sacan su limosna. ¡Pobre Turlupín! ¡Pobre Tomasillo! Esto ya es ser algo; como Edgardo, no soy nada.