En paz madrugues, amigo. ¿Eres de la casa?
Sí.
¿Dónde podemos dejar los caballos?
En el lodo.
Dime, por favor, si bien me quieres...
Y ¿si no te quisiera bien?
Pues me tendría sin cuidado.
Ya te lo haría yo tener, si estuvieras tú a mis órdenes.
¿Por qué me hablas de tal modo? No te conozco.
Yo sí te conozco.
Y ¿quién crees tú que soy?
Un pícaro, un tunante, engullidor de bazofia, un ruin presumido, un majadero, en miserable servidumbre por una monedas, tres malos vestidos, y unas rotas calzas; un follón, una gallina, que os perseguirá por justicia cuando le hayáis apaleado; un hideputa, empañador de espejos, metomentodo, un fastidioso, bribón, un esclavo que heredó de un cofre vacío; uno que sería excelente alcahuete por sus buenos oficios y no es más que una mezcla de bribón, de mendigo, de cobarde y de rufián; el hijo reconocido de una mala perra, a quien me hartaré de aporrear hasta que atruene con sus aullidos, si te atreves a desmentir la más pequeña sílaba de tu filiación.
Y ¿quién eres tú, monstruo energúmeno, para insultar así a quien no conoces ni te conoce?
Mientes como un desfachatado lacayo al decir que no me conoces. No hará dos días que te derribé y te harté de golpes en presencia del Rey. ¡Desenvaina, bergante! Aunque sea de noche, la luna brilla. Con su luz, voy a batirte en merengada. ¡Desenvaina, hideputa, ruin mozalbete de barbería, desenvaina!
¡Quita allá! No quiero nada contigo.
¡Defiéndete, pícaro! Tú traes cartas ofensivas al Rey y te pones al servicio de una presumida muñeca de títeres contra la majestad de su padre. ¡Defiéndete, bribón, o voy a ensartar tus piernas para un asado! ¡Pronto, venid acá!
¡Oh! ¡Socorro! ¡Al asesino! ¡Socorro!
¡Hiere, miserable! ¡Alto, rufián, detente! ¡Ruin esclavo, en guardia!
¡Oh! ¡Socorro! ¡Al asesino, al asesino!
¿Qué sucede? ¿Qué es eso?
Contigo será, si te empeñas, maese imberbe; acércate, que voy a estrenarte las carnes; llégate aquí, señorito.
¡Espadas! ¡Armas! ¿Qué sucede?
¡Teneos, por vida vuestra! El que dé otro golpe, muere. ¿Qué ocurre?
Los mensajeros de nuestra hermana y del Rey.
¿Por qué reñíais? Decid.
Señor, me falta aliento.
No es maravilla, diste prueba de valor tan esforzado... ¡Cobarde, bribón; la naturaleza reniega de ti; algún sastre te hizo!
¿Qué locuras dices? ¿Un sastre hacer un hombre?
Sí, señor, un sastre; un picapedrero o un pintor no podrían hacerlo tan mal, aunque solo pusieran dos horas en su empeño.
Decidme aún, ¿cómo se originó vuestra querella?
Este viejo rufián, señor, a quien he perdonado la vida por respeto a sus grises barbas...
¡Calla, hideputa, más inútil que una hache! Señor, si me dais licencia, voy a patear a ese insolente villano hasta hacer de él una buena argamasa, para enlucir con ella los muros del retrete. ¿Con que, por respeto a mis barbas? ¡Tímida motacila!
¡Silencio, bellaco, bestialmente descomedido! ¿No entiendes de respeto?
Sí entiendo, señor, pero la cólera tiene sus privilegios.
Y ¿qué razón hay para encolerizarte?
Que pueda sustentar una espada villano semejante que no sustenta honra. Traidores sonrientes como este son como ratas roedoras de los más sagrados vínculos que son demasiado estrechos para desligarse. Estos son los que lisonjean las malas pasiones de sus señores y añaden leña al fuego, nieve a la frialdad de sus sentimientos; lo mismo niegan que afirman, y están siempre como pico de alción, vueltos a todo viento mudable de sus amos; ni saben más que seguir al dueño como perros... ¡Mal haya tú, cara de idiota! ¿Te ríes de mis palabras como si te hablara algún loco? ¡Ganso! Si estuviéramos en campo libre, no te dejaría parar hasta el corral dando graznidos.
¿Qué es eso, viejo, estás loco?
¿Por qué fue la cuestión? Decid.
No hay en el mundo dos cosas contrarias que tanto se aborrezcan como yo y ese vil tunante.
¿Por qué le llamas tunante? ¿En qué te ha ofendido?
Me disgusta su aspecto.
¿Solo por eso? De ese modo tal vez te disguste el mío o el de cualquiera de los que me acompañan.
Señor, la verdad es mi oficio; y he visto mejores rostros en mi vida de los que veo aquí sobre los hombros de cuantos están presentes.
Este es alguno de esos, que habiendo sido una vez alabados por su franqueza, dan desde entonces en extremar su impertinente grosería, tal vez contrariando su natural agrado. ¡Almas nobles y abiertas! No dirán más que la verdad... y hay que soportarlas, soportar sus impertinencias, consolándose con su franqueza, pues ellas han de decir siempre la verdad. Como estos conozco yo que, en su ingenuidad, ocultan mayor malicia y más indignos propósitos que todos esos necios aduladores tan corteses que ejercen pulcramente sus funciones.
Señor, a fe mía, con la más sincera franqueza y con licencia de vuestra magnanimidad, cuyo influjo, como la guirnalda de radiantes llamas que corona la frente de Febo...
¿Qué significa todo eso?
Cambiar de lenguaje, ya que el mío os desagrada. Bien sé yo, señor, que no soy adulador; el que francamente os engañe será un franco bribón; lo que yo no podré ser nunca, aunque os disguste que no lo sea.
[a OSVALDO] ¿En qué le ofendiste?
En nada, señor. Al Rey, su amo, le plugo golpearme sin razón alguna; llegó este hombre, y por lisonjearle en su enojo, dio conmigo en tierra; me insulta, me escarnece, descarga sobre mí toda su furia; y el Rey le recompensa por castigar al que rendido estaba, y hoy, en el ardor de cruel hazaña, embiste de nuevo contra mí.
No hay uno de esos trúhanes y cobardes que no pretenda hacer del mismo Áyax su bufón.
¡Traed un cepo! Testarudo y viejo pícaro, reverendo fanfarrón; yo te enseñaré...
Señor, soy ya muy viejo para aprender. No hagáis traer el cepo para mí. Sirvo al Rey, y en su nombre he sido a vos enviado; poco respetuoso y harto atrevido os mostráis con la grandeza de mi señor, poniendo en el cepo a un mensajero suyo.
Traed el cepo. ¡Por mi vida y por mi honor, aquí estará él hasta mediodía!
¿Mediodía? Hasta media noche, señor; y toda la noche también.
¡Oh, señora! ¡Si fuera yo un perro de vuestro padre, no os dignarais tratarme así!
Como que no eres más que su rufián, bien puedo hacerlo.
Este será, por las trazas, uno de quien nos habla nuestra hermana. Pronto, traed el cepo.
Permitidme lo ruegue a vuestra alteza, no hagáis tal. Grande ha sido su falta, pero el Rey, mi señor, le castigará por ella. Pena tan afrentosa como la que proponéis, aplícase tan solo a los más viles y despreciables pícaros para castigar los más vulgares hurtos y delitos. El Rey ha de tomar a mal que en tan poco estiméis a su mensajero para reprimirle de ese modo.
Yo sabré responder.
Peor ha de parecerle a mi hermana que sea así insultado y atropellado un caballero, por fiel a su servicio. Metedle las piernas.
Mucho lo siento, amigo, pero es la voluntad del Duque, y todo el mundo conoce su carácter, que ni se ablanda ni cede. Hablaré por ti, no obstante.
No hagáis tal, os lo ruego. He caminado mucho y sin descanso. Aquí dormiré algún rato, y otros me divertiré silbando. La fortuna del hombre honrado vive y medra aún a despecho de sus talones. Muy buenos días.
Este acto del Duque es censurable. Han de tomarlo a mal.
Buen Rey, en ti se realiza el viejo dicho: “huyendo de la sartén, dar en las brasas”. Alúmbrame, tú, ¡oh, faro de este bajo mundo!, que a tu apacible luz pueda yo leer esta carta. Nadie más que la miseria ve milagros.
[Abriendo una carta y ojeándola] Yo sé que es de Cordelia. Acaso es sabedora de mi ocultación y hallará medio en tan tremendo trance para remediar estos males. Estoy rendido de cansancio y de sueño. Aprovechaos, ojos míos, para no contemplar tan ruin alojamiento. Buenas noches, fortuna. ¡Sonríeme otra vez; da vueltas a tu rueda!