Acto Segundo

Escena Primera

[El castillo del CONDE DE GLOCESTER.]
[Entran EDMUNDO y CURANIO por distintos lados.]
EDMUNDO.

Salud a vos, Curanio.

CURANIO.

Y a vos, señor. He visto a vuestro padre y le he anunciado que el Duque de Cornualles y su esposa, Regania, llegarán aquí esta noche.

EDMUNDO.

¿Cómo es eso?

CURANIO.

Lo ignoro, pero ya habréis oído las nuevas que corren, mejor diré, lo que se murmura, pues todo ello no es aún más que susurro a flor de oreja.

EDMUNDO.

Nada sé. Ruégote me lo expliques.

CURANIO.

¿No habéis oído de una guerra probable entre los Duque de Cornualles y de Albania?

EDMUNDO.

Ni una palabra.

CURANIO.

A su tiempo lo sabréis. Dios os guarde, señor.

[Vase.]
EDMUNDO.

¿El Duque aquí esta noche? ¡Mejor que mejor! Esto encaja divinamente con mis planes. Mi padre ha puesto guardias para prender a mi hermano... Y solo me resta un paso arriesgado, que voy a ejecutar. ¡Presteza y fortuna, manos a la obra!
[Llamando] Hermano, una palabra, ¿puedes bajar, te digo, hermano? [Entra EDGARDO.]
Mi padre acecha. ¡Oh, amigo, huye de aquí! Alguien ha descubierto dónde estabas oculto. Aprovecha la ventaja que te ofrece la oscuridad de la noche. ¿Has dicho algo contra el Duque de Cornualles? Viene aquí. Llega esta misma noche con gran premura, y con él, Regania. ¿No dijiste algo acerca de su contienda con el Duque de Albania? Piénsalo bien.

EDGARDO.

Estoy seguro. No he dicho una palabra.

EDMUNDO.

Oigo a mi padre... Perdóname, pero, por ardid, es preciso que saque la espada contra ti. –Tú también saca la tuya y haz como si te defendieras... [Echan ambos mano a la espada y simulan un lance.]
Ahora huye de prisa... [EDGARDO huye.]
[EDMUNDO, gritando] ¡Ríndete! ¡Ven ante mi padre! ¡Luces! ¡Eh, aquí! –
[En voz baja] Huye, hermano. –
[Gritando] ¡Luces, luces! –
[En voz baja] ¡Adiós! [Vase EDGARDO.]
Un poco de sangre en mi cuerpo dará mejor testimonio de mi fiero empeño.
[Se hiere en el brazo.] A más de uno he visto hacerse mayor daño en broma.
[Gritando] ¡Padre, padre! ¡Tenedle, tenedle! ¿Nadie acude?

[Entra el DUQUE DE GLOCESTER y algunos CRIADOS con antorchas.]
GLOCESTER.

¿Qué ocurre, Edmundo? ¿Dónde está ese villano?

EDMUNDO.

Aquí estaba, en lo oscuro, desnuda su espada, musitando malignos hechizos y conjuros a la luna para que le sea deidad propicia.

GLOCESTER.

¿Pero dónde está?

EDMUNDO.

Mirad, señor, se me va la sangre.

GLOCESTER.

¿Dónde está el villano, Edmundo?

EDMUNDO.

Huyó por este lado, señor. Cuando vio que por ningún medio...

GLOCESTER.

¡Corred en su persecución; alcanzadle! [Vanse algunos CRIADOS.]
Decías que cuando vio que por ningún medio...

EDMUNDO.

...podía persuadirme a daros muerte, pues no dejé de hacerle comprender que los dioses justicieros asestan todos sus rayos contra los parricidas, poniéndole de manifiesto cuán fuerte y cuán estrecho es el vínculo que liga al hijo con su padre... en fin, señor, al ver él con cuánto horror yo rechazaba su desnaturalizado intento, ciego de rabia, saca su espada, arremete contra mi pecho indefenso y me hiere en el brazo. Mas cuando vio la energía de mi espíritu, resuelto a sucumbir por tan justa causa, o temiendo tal vez que acudieran a mis voces, de pronto se dio a la fuga.

GLOCESTER.

¡Huya muy lejos! ¡No logrará escapar con vida de estas tierras! Le hallarán pronto y morirá. Mi señor, el noble Duque, mi digno soberano y protector, llega esta noche; bajo su autoridad haré pregonar las gracias que otorgaré a quien le descubra, para llevar al patíbulo a este cobarde asesino. ¡A quien le oculte, la muerte!

EDMUNDO.

Cuando más procuraba disuadirle de su intento, y viéndole decidido a todo, con severas palabras le amenazaba delatarle, me respondió: “Desheredado bastardo! ¿Y piensas tú que si yo te desmiento, ha de suponer en ti nadie ni verdad, ni honor, ni nobleza que den fe a tus palabras? No; cuanto digas (y he de negarlo todo, aunque presentes cartas de mi mano) se volverá contra ti, y todos lo juzgarán invención tuya –trama y engendro de infernales artes– y no creas al mundo tan obtuso que no vea cuánto provecho logras con mi muerte y cómo ha de aguijonearte el afán de conseguirla.”

GLOCESTER.

¡Empedernido y cruel bellaco! ¿Será capaz de negar su carta? ¡Yo no le he engendrado!
[Suenan trompetas dentro.] ¡Atención! ¡Es el Duque! Ignoro qué pueda traerle... Haré cerrar todas las puertas para que no pueda huir el miserable... El Duque dará su venia. Enviaré su retrato a todas partes para que por todo el reino puedan descubrirle... y de mis bienes, hijo tierno y leal, yo haré de modo que puedas heredar.

[Entran EL DUQUE DE CORNUALLES, REGANIA y Acompañamiento.]
CORNUALLES.

¿Qué tal, mi noble amigo? Apenas he llegado, ahora mismo como veis, y oigo extrañas nuevas.

REGANIA.

Si ello es cierto, todo tormento será poco para castigo del culpable. ¿Cómo estáis, señor?

GLOCESTER.

¡Oh, señora, mi viejo corazón está maltrecho y destrozado!

REGANIA.

¿De suerte que el ahijado de mi padre atentó a vuestra vida? ¿No era a él a quien mi padre llamaba siempre vuestro Edgardo?

GLOCESTER.

¡Oh, señora, por vergüenza quisiera ocultarlo!

REGANIA.

¿No era también compañero de los nobles licenciosos que asisten a mi padre?

GLOCESTER.

No lo sé, señora, pero, ¡cuánta maldad!, ¡cuánta maldad!

EDMUNDO.

Sí, señora, era de la compañía.

REGANIA.

No hay que extrañarse entonces de sus malas inclinaciones. Ellos fueron los que le han inducido a dar muerte a un anciano para gastar y disipar su hacienda. Por mi hermana he sido esta misma tarde bien informada de esa gente, y con tales advertencias, que cuando lleguen a mi casa no me hallarán en ella.

CORNUALLES.

Tampoco a mí, Regania; te lo aseguro. Edmundo, sé que os habéis portado con vuestro padre como un buen hijo.

EDMUNDO.

Era mi deber, señor.

GLOCESTER.

Él descubrió su traición, y al intentar prenderle recibió esa herida que veis.

CORNUALLES.

¿Salieron en su persecución?

GLOCESTER.

Sí, mi buen señor.

CORNUALLES.

Si le prenden, no temáis que pueda volver a hacer daño. Disponed de mi poder como os plazca. En cuanto a vos, Edmundo, por el valor y la lealtad que con esta ocasión tanto os ensalzan, entraréis a nuestro servicio. Bien necesitados estamos de tan leales corazones. Teneos por nuestro.

EDMUNDO.

Os serviré, señor, con toda lealtad, y en todo trance.

GLOCESTER.

Por él doy las gracias a vuestra alteza.

CORNUALLES.

Seguramente ignoráis el motivo de nuestra visita.

REGANIA.

Así tan a deshora, enhebrando nuestro camino bajo el sombrío manto de la noche, graves asuntos, noble Glocester, son los que aquí nos traen para pediros consejo. Nuestro padre nos ha escrito, como también mi hermana, dándonos cuenta de sus disensiones, y creímos más acertado enviar nuestra respuesta fuera de nuestra casa. Los mensajeros de una y otra parte esperan aquí nuestros despachos. ¡Oh, nuestro antiguo y buen amigo, tomad confianza en vuestro corazón y otorgadnos vuestro sabio consejo en este asunto que exige una providencia inmediata!

GLOCESTER.

Pronto estoy a serviros. Vuestras Altezas son bien venidos a mi casa.

[Vanse.]