[a KENT] Ve tú delante con mi carta; si algo más te pregunta de lo que hay en ella, no le digas nada más de lo que sabes. Si no te das prisa, llegaré antes que tú.
Señor, no dormiré hasta que haya entregado vuestra carta.
Si un hombre tuviera los sesos en los talones, ¿no estaría expuesto a desolladuras?
Sí, niño mío.
Pues alégrate; tu juicio no irá nunca en chancletas.
¡Oh, oh, oh!
Ya verás cómo tu otra hija te trata con cariño, pues, aun cuando se parece a esta como una manzana silvestre a otra, yo sé, sin embargo, lo que me digo.
¿Qué dices tú, niño mío?
Que el sabor de una y otra son tan semejantes como el de una manzana amarga al de otra manzana amarga. ¿Sabrías tú decirme por qué tenemos las narices en medio de la cara?
No.
Pues, para que estén los ojos uno a cada lado de la nariz y así pueda uno atisbar lo que no puede oler.
Que yo la he ofendido...
¿Sabes tú cómo fabrica su concha la ostra?
No.
Yo tampoco, pero sé decirte para qué tiene el caracol su casa.
¿Para qué?
Pues para meter allí la cabeza, no para dársela a sus hijas y dejar sus cuernos sin abrigo.
Quiero olvidarme de mí mismo. ¡Un padre tan cariñoso! –¿Aún no traen mis caballos?
Tus asnos van por ellos. La razón de que las siete cabrillas no sean más que siete es una bonita razón.
¿Por qué no son ocho?
¡Cabal! Harías un buen bufón.
¡A recobrarlo por la fuerza! ¡Monstruo de ingratitud!
Si fueras mi bufón, abuelito, te haría azotar por ser viejo antes de tiempo.
¿Qué quieres decir?
Que no debieras haber sido viejo hasta que hubieras tenido juicio.
¡Oh, no permitas que me vuelva loco, no lo permitas, Dios clemente! ¡Consérvame el juicio, no me vuelvas loco!
[Entra UN CABALLERO.]
¿Qué hay? ¿Están prontos los caballos?
Prontos están, señor.
Vamos, niño mío.