Si tan fácilmente pudiera trocar mi voz, para ocultar quien soy, no hay duda que saldría adelante con mi propósito al desfigurarme de este modo. ¡Oh, desterrado Kent, si pudieras tú servir a quien te ha condenado, y llegara pronto el día en que tu amado Rey reconozca tus servicios!
Que no tenga que esperar ni un instante la comida; daos prisa.
[Vase un CRIADO.]
[A KENT] ¡Hola! ¿Quién eres tú?
Un hombre, señor.
¿Y qué profesión es la tuya? ¿Qué buscas aquí?
Yo hago profesión de no ser menos de lo que parezco; de servir lealmente a quien me otorga su confianza; de amar al que es honrado; de conversar con el que sabe mucho y habla poco; de temer el juicio de Dios; pelar cuando es forzoso, y no comer pescado.
Pero ¿quién eres tú?
Un hombre de corazón leal y tan pobre como el Rey.
Si eres tan pobre para súbdito como él lo es para Rey, muy pobre eres, en verdad. ¿Qué deseas?
Servir.
¿A quién quieres servir?
A vos.
¿Sabes tú quién soy yo?
No, señor, pero hay algo en vuestro semblante que me inclina a llamaros dueño.
¿Y es?
Autoridad.
¿En qué puedes servirme?
Sé guardar lealmente un secreto. Soy buen jinete y corredor; sé desgraciar el mejor cuento al referirlo, y exponer con torpeza el más simple mensaje. Soy capaz de lo que hace de ordinario cualquier hombre, y mi mejor cualidad es diligencia.
¿Qué edad tienes?
Ni soy tan joven para prendarme de una mujer por la sola gracia de sus canciones, ni tan viejo que me haga ella chochear sin gracia alguna. Cuarenta y ocho años son lo que llevo a cuestas.
Quédate, te tomo a mi servicio. Si no me pareces peor después de haber comido, no te despediré. –¡La comida, eh, la comida! ¿Dónde está ese granuja? ¿Mi bufón? Id y traedme a mi bufón.
[Vase un CRIADO.]
[Entra OSVALDO.]
¡Tú, eh, aquí, bergante! ¿Dónde está mi hija?
Con vuestro permiso...
¿Qué dijo el mal nacido? Traedme a ese zoquete.
[Vase UN CABALLERO.]
¿Dónde está mi bufón? ¡Qué! ¿Duermen todos?
[Vuelve a entrar el CABALLERO.]
¿Qué hay? ¿Dónde está ese mestizo?
Dice que vuestra hija no está bien.
¿Y por qué no volvió el esclavo cuándo yo le llamé?
Señor, me respondió lo más rotundamente que no le acomodaba.
¿Que no le acomodaba?
Mi señor, yo no sé a qué atribuirlo, pero, a mi juicio, vuestra alteza no es atendido con el respetuoso cariño que se le debe. Noto una tibieza de afección, no solo en la servidumbre, sino en el Duque mismo y en vuestra propia hija.
¡Ah! ¿Eso dices?
Perdonadme, señor, si me engañara, pero mi deber me impide el guardar silencio cuando veo ofender a vuestra alteza.
No haces más que decirme lo que pensaba. Días ha que observo esos descuidos, pero antes quise creerlos aprensiones de mi suspicacia que deliberada intención de molestarme. Quiero verlo de más cerca. Pero ¿dónde está mi bufón? Dos días ha que no le veo.
Desde que vuestra hija menor se fue a Francia, el bufón, señor, está muy triste.
Basta de esto, Bien lo he notado. Anda tú y dile a mi hija que he de hablar con ella...
[Vase un CRIADO.] y tú, tráeme acá mi bufón.
[Vase otro CRIADO.]
[Entra OSVALDO.]
¡Eh, señor, venid acá, señor! ¿No sabéis quién soy yo, señor?
El padre de mi señora.
“¿El padre de mi señora?” ¡El esbirro de tu amo! ¡Pero, hideputa, esclavo, miserable!
Yo no soy nada de eso, perdonad.
¿Aún te atreves a levantar los ojos hasta mí? ¡Bellaco!
No hay que pegarme, señor.
Ni darte con el pie, como en el juego de pelota; toma tú, mal jugador.
Gracias, amigo; veo que me sirves, y te haces querer.
Alza ya y vete, y aprende a guardar distancias. ¡Vete de aquí!, si no quieres que vuelva a medir el largo de tu bellaquería. ¿No te irás? ¡Pronto! ¿No quieres entenderlo? Ahora lo verás.
Bien, hombre, bien, te lo agradezco. Ahí tienes algo por tu servicio.
También yo quiero darle algo. Ahí tienes mi caperuza.
¿Qué tal, mi lindo pícaro, cómo estás?
¡Hola, niño! Muy bien harías tú de tomar mi caperuza.
¿Por qué, tonto?
Pues, por tomar el partido de quien cayó en desgracia. Si no sabes sonreír al viento que sopla, no tardarás en resfriarte. Toma mi caperuza. Este compañero ha desterrado a dos de sus hijas y bendijo a la tercera contra su voluntad. Si das en seguirle, debes ponerte mi caperuza. ¿Cómo va, tío? Quisiera tener dos caperuza y dos hijas.
¿Para qué, niño mío?
Así, aunque les entregara toda mi fortuna, siempre me quedarían mis dos caperuzas. Aquí tienes la mía, pide la otra a tus hijas.
¡Truhan, guarda el látigo!
La verdad es el perro que con una tanda de azotes echamos a la perrera, mientras la señora perra, al amor de la lumbre, se cisca.
¡Mala peste es para mí tal amargura!
¡Oye, chico! Quiero enseñarte unos versos.
Veamos.
Pon atención, tío:
Eso no vale nada, bufón.
Como informe de letrado que no cobra, nada os han costado tampoco. Mas, tú ¿no podrías hacer algo con nada, tío?
No, niño mío, con nada; nada puede hacerse.
[A KENT] Dile tú, por favor, que a eso ha quedado reducida su hacienda. Al loco no quiere creerle.
¡Loco amargo!
¿Sabes tú, mi niño, la diferencia que hay entre un loco amargo y un loco dulzón?
No, muchacho, dímelo.
Al señor que te aconsejó que regalaras toda tu tierra, ven y tráelo a mi lado, mas ponte tú en su lugar, y al punto los vas a ver, al loco amargo y al dulzón: el uno con su traje abigarrado, y el otro aquí, señor, tal como estás.
¿Te atreves a llamarme loco, bribón?
¿No has cedido todos los demás títulos que te pertenecían? Solo te queda este, que es tuyo de nacimiento.
No está este del todo loco, mi señor.
No, en verdad; los príncipes y los grandes señores no lo consentirían. Si solo yo tuviera la patente de loco todos querrían tener parte en ella, y también por envidia de mi locura andarían las damas a la rebatiña. Dame un huevo, tío, y te daré dos coronas.
¿Qué dos coronas han de ser?
Pues cuando haya partido el huevo por mitad y me haya tragado su yema, las dos coronas del cascarón. Cuando partiste en dos tu corona te echaste tu burro a cuestas para pasar el vado. ¡Qué poco seso habría bajo la corona de tu calva cuando te quitaste de encima la corona de oro! Si te vienen a decir que hablo como un loco, dale de azotes al primero que tal diga.
¿Desde cuándo has embuchado tal retahíla de versos?
Justamente, tío, desde el día en que convertiste a tus hijas en tu madre, pues entonces pusiste en sus manos los azotes y te bajaste los calzones, y entonces
Ruégote, abuelito, que me busques un maestro que me enseñe a mentir; tu bufón quiere aprender a mentir.
Te haré azotar, bribón, si mientes.
Me maravilla el parecido que tienes con tus hijas, ellas me mandan azotar por decir verdades, y tú me mandas azotar si miento cuando no me mandan azotar por estar callado. Quisiera ser cualquier cosa menos bufón; y, sin embargo, no quisiera ser lo que tú eres, abuelito. Tanto aguzaste el entendimiento por los dos lados que no dejaste nada en medio. Aquí llega una de las mondaduras.
¿Qué es esto, hija? ¿A qué viene ese ceño? Paréceme que de algún tiempo acá te das demasiado al fruncimiento.
Mejor se andaba en tu compañía cuando no tenías por qué preocuparte de su ceño. Ahora eres un cero a la izquierda. Más valgo yo que tú, pues si yo soy un loco, tú no eres nada.
[A GONERILA] Sí, por cierto, ni una palabra más; vuestra cara me lo ordena, aunque no digáis nada. ¡Chitón, chitón!
[Señalando al REY] ¡He aquí un cascarón vacío!
No es solo este vuestro desvergonzado bufón; muchos otros de vuestra insolente comitiva promueven sin cesar disputas y reyertas, faltando a todo comedimiento con sus groseros e intolerables desórdenes. Creí, señor, que bastaría con advertiros para que pusierais eficaz remedio, pero ahora me temo por lo que acabáis de hacer y de decir, que amparáis este proceder y lo abonáis con vuestra tolerancia. Si así fuera, no dejaríamos de censurar vuestra falta ni tardaríamos en corregirla; y eso de tal modo que, si estuvierais en vuestro cabal juicio, debiera ofenderos, pues de otro modo sería una vergüenza, que la necesidad ahora legitima.
Ya lo oyes, tío:
...Y se apagó la luz y nos quedamos a oscuras.
¿Eres tú, mi hija?
Basta, señor, quisiera veros hacer uso de aquella sensatez que os distinguía, y desechar esos desvaríos que desde algún tiempo os muestran tan distinto de lo que realmente sois.
Hasta el burro conoce cuándo es el carro el que tira del caballo. ¡Arrea, Juanete! Porque te quiero te pego.
¿Sabrá decirme alguno quién soy yo? ¿Es Lear este? ¿Son estos sus pasos? ¿Es esta su voz? ¿Dónde están sus ojos? ¿O es que su razón flaquea y sus sentidos se aletargan? ¿Lear despierto? No tal. ¿Nadie sabrá decirme quién soy yo?
La sombra de Lear.
Quiero saberlo, pues mucho me temo que el soberano testimonio de la razón me haya inducido a error, persuadiéndome que he tenido hijas.
Las cuales quieren que su padre sea obediente.
¿Vuestro nombre, bella dama?
Todas esas exclamaciones son del mismo sabor que las locuras en que habéis dado últimamente. Escuchadme con calma, os ruego, y comprenderéis que la razón está de mi parte. Vuestra ancianidad y vuestro respeto os aconsejarían mayor prudencia. Entre caballeros y escuderos guardáis aquí cien hombres; gente insubordinada, tan licenciosa y atrevida, que nuestra corte, infestada con sus desórdenes, más parece albergue de gente maleante. Sus francachelas y obscenidades, hacen de ella más bien una taberna o un burdel que un real palacio. Por vuestro propio decoro debéis poner pronto remedio. Esto es lo que os suplica aquella misma que de otro modo se tomará lo que demanda. Disminuid un poco vuestra comitiva, y sean los que permanezcan, cual corresponde a vuestra edad, gente seria que sepa respetarse y respetaros.
¡Tinieblas y demonios! ¿Ensillad mis caballos! ¡Llamad a todo mi séquito! ¡Degenerada bastarda! No te molestaré más; aún tengo una hija.
Golpeáis a mis servidores, y vuestra insolente chusma manda como criados a quien vale más que ellos.
¡Ay del que se arrepiente demasiado tarde!
[Al DUQUE DE ALBANIA] ¿Sois vos, señor? ¿Es también vuestra voluntad? Decidme. –¡Pronto, los caballos! – ¡Ingratitud, demonio de corazón de piedra, más repugnante al mostrarte tú en un hijo que el más horrible monstruo del mar!
Calmaos, señor, os lo ruego.
¡Mientes, odiosa arpía! Mis servidores son todos hombres escogidos y de raros méritos, que conocen todas las exigencias del deber y que con la más escrupulosa conducta hacen honor a sus propios nombres. ¡Oh, leve culpa la mía! ¡Cuán fea te mostraste tú en Cordelia, como instrumento de tortura, que pudo descoyuntar mis sentimientos naturales y arrancar de mi corazón todo amor para colmarlo de hiel!
[Golpeándose la cabeza] ¡Oh, Lear, Lear, Lear; golpea esta puerta que dejó entrar la locura y escapar el buen juicio! ¡Pronto, mi gente aquí!
Yo, señor, soy inocente de todo, y aún ignoro la causa de vuestro enojo.
Así sea, señor. ¡Óyeme, Naturaleza, diosa de mi corazón, óyeme! ¡Ataja tus designios, si intentabas hacer fecunda a esta criatura! ¡Hiere su vientre de esterilidad, sécale los órganos de procreación, y que de su cuerpo degenerado nunca pueda salir un hijo para honrarla! Si llegara a concebir alguno, sea engendro de sangre ponzoñosa, y viva como un monstruo horrible, no más que para tormento de su madre! ¡Haga él surcar de prematuras arrugas su terso rostro, que lágrimas candentes tracen canales en sus mejillas, que al dolor como a las caricias de su madre solo responda el hijo con burlas y desprecio! ¡Así pueda sentir ella cuanto más atroz que diente de áspid es la ingratitud de un hijo! –¡Vamos, vamos!
¡Por los dioses venerados!, ¿qué ha sucedido?
No os preocupéis por conocer la causa; dejad que su destemplanza se desahogue como su chochez lo permita.
¿Cómo? ¿Despedir a cincuenta de los míos de una vez y antes de quince días?
¿De qué se trata, señor?
Te lo voy a decir.
[A GONERILA] ¡Vida y muerte! Me avergüenzo de que puedas así quebrantar mi fortaleza de hombre, y que estas lágrimas de fuego que vierto a pesar mío te hagan digna de una sola. ¡Mal rayo te confunda y tráguente las tinieblas! ¡Clávese en ti la maldición de un padre y corroa como incurable lepra todo tus poros! ¡Oh, tristes ojos míos, si os obstináis en llorar por ella, os arrancaré de cuajo y os arrojaré al polvo para hacer lodo con vuestras lágrimas! ¡Que esto hayáis podido ver! –¡Sea! Aún tengo otra hija, y estoy seguro de su bondad y cariño. Cuando sepa lo que hiciste, con sus propias uñas arañará tu cara de loba... ¡Te digo que volverás a verme, recobrada la majestad, que tú juzgas perdida para siempre! ¡Volverás a verme, te lo prometo!
¿Habéis oído esto, señor?
Todo el amor que por ti siento no alcanza a hacerme parcial en este caso.
Calmaos, por favor.
[Llamando] ¡Hola! ¡Osvaldo!
[Al BUFÓN] Y tú, que tienes más de pícaro que de loco, anda con tu amo.
¡Tío Lear, tío Lear, aguarda y toma contigo a tu loco!
¡El viejo es precavido! ¡Cien caballeros! Mantener aquí cien hombres en pie de guerra, a riesgo de que cualquier día, porque soñó, o le murmuraron o creyó ver en su demencia que le ofendimos en algo, quisiera en su chochez hacer uso de esa fuerza, debiendo nosotros vivir siempre bajo su arbitrio. –¡Osvaldo, digo!
Bien, tal vez tus recelos sean extremados.
Más seguro es esto que una confianza extremada. Preferible es evitar de una vez el daño que se teme a tenerlo que temer continuamente. Le conozco bien; de cuanto dijo mando aviso a mi hermana, y si, advertida del mal, le admitiera con sus cien caballeros...
[Entra OSVALDO.]
¡Qué hay, Osvaldo!, ¿escribiste aquella carta a mi hermana?
Sí, señora.
Toma algunos que te acompañen, y a caballo en seguida. Dirás a mi hermana cuáles son mis temores, y añade por tu parte cuanto creas oportuno para reforzar mis razones. Vete al punto, y date prisa en volver.
[Vase OSVALDO.]
[Al DUQUE DE ALBANIA] No, di lo que quieras, dueño mío, aunque no seré yo quien condene la apacible suavidad de tu carácter, con perdón te diré que eres más censurado por tu falta de prudencia que alabado por tu dañosa dulzura.
Ignoro hasta dónde penetran tus ojos, pero ¡cuántas veces por quererlo mejorar malogramos el bien presente!
Pues entonces...
Bien, bien. El tiempo lo dirá.