V

Catherine no estaba tan ocupada aquella noche en el teatro respondiendo a los gestos de asentimiento y las sonrisas de la señorita Thorpe, aunque ciertamente reclamaban mucha parte de su atención, como para olvidar mirar con ojo inquisidor en cada palco que sus ojos podían alcanzar en busca de Mr. Tilney; pero miró en vano. A Mr. Tilney no le gustaba la función más que la Sala de las Bombas. Esperó tener más suerte al día siguiente; y cuando sus deseos de buen tiempo fueron atendidos al ver una hermosa mañana, apenas albergó una duda; pues un domingo despejado en Bath vacía todas las casas de sus habitantes, y todo el mundo parece acudir en semejante ocasión a pasear y a comentar con sus conocidos lo encantador que es el día.

En cuanto terminó el oficio divino, los Thorpe y los Allen se reunieron con entusiasmo; y tras quedarse el tiempo suficiente en la Sala de las Bombas para descubrir que la aglomeración era insoportable y que no había una cara de buena sociedad a la vista..., cosa que todo el mundo descubre todos los domingos a lo largo de la temporada..., se apresuraron a alejarse hacia el Crescent a respirar el aire fresco de una compañía más selecta. Aquí Catherine e Isabella, del brazo, degustaron de nuevo las delicias de la amistad en una conversación sin reservas; hablaron mucho y con mucho deleite; pero de nuevo Catherine se decepcionó en su esperanza de volver a ver a su pareja de baile. No aparecía por ninguna parte; toda búsqueda de él resultaba igualmente infructuosa, ya fuera en los paseos de la mañana o en las reuniones de la tarde; ni en las Upper Rooms ni en las Lower Rooms, ni en los bailes de etiqueta ni en los informales, era perceptible; ni entre los paseantes, los jinetes o los conductores de calesas de la mañana. Su nombre no estaba en el libro de la Sala de las Bombas, y la curiosidad ya no podía hacer más. Debía de haber abandonado Bath. Sin embargo, ¡no había mencionado que su estancia fuera a ser tan breve! Esta suerte de misteriosidad, que siempre resulta tan favorecedora en un héroe, arrojaba en la imaginación de Catherine un encanto nuevo en torno a su persona y sus modales, y aumentaba su ansia de saber más de él. De los Thorpe no podía aprender nada, pues solo llevaban dos días en Bath cuando se encontraron con Mrs. Allen. Era, sin embargo, un tema en el que a menudo se recreaba con su querida amiga, de quien recibía todo el aliento posible para seguir pensando en él; y la impresión que había dejado en su fantasía no se permitía debilitarse por ello. Isabella estaba muy segura de que debía de ser un joven encantador, e igualmente segura de que él debía de haberse prendado de su querida Catherine, y que por tanto regresaría en breve. Le caía mejor por ser clérigo: «pues debía confesar que sentía mucha predilección por la profesión»; y algo parecido a un suspiro se le escapó al decirlo. Quizás Catherine se equivocó al no preguntar la causa de esa suave emoción..., pero no tenía bastante experiencia en el arte de los juegos amorosos, ni en los deberes de la amistad, para saber cuándo convenía la delicada burla o cuándo había que provocar una confidencia.

Mrs. Allen estaba ahora del todo contenta..., del todo satisfecha con Bath. Había encontrado algunos conocidos, había tenido la fortuna de encontrar en ellos la familia de una antigua y muy digna amiga; y, como colofón de su buena suerte, había encontrado a esas amigas de un vestir en absoluto tan costoso como el suyo. Sus expresiones diarias ya no eran: «¡Ojalá tuviéramos algún conocido en Bath!». Habían cambiado por: «¡Qué alegría nos hemos encontrado con Mrs. Thorpe!»; y estaba tan dispuesta a promover el trato entre las dos familias como pudieran estarlo su joven protegida y la propia Isabella; nunca satisfecha con el día a no ser que lo pasara en su mayor parte al lado de Mrs. Thorpe en lo que llamaban conversación, pero en la que rara vez había intercambio alguno de opiniones, y no a menudo ninguna semejanza de tema; pues Mrs. Thorpe hablaba principalmente de sus hijos, y Mrs. Allen de sus vestidos.

El progreso de la amistad entre Catherine e Isabella fue tan rápido como cálido había sido su comienzo, y pasaron tan deprisa por cada grado de creciente ternura que no quedó en breve ninguna nueva prueba de ella que dar a sus amigas ni a ellas mismas. Se llamaban mutuamente por sus nombres de pila, iban siempre del brazo cuando paseaban, se prendían mutuamente la cola del vestido para el baile y no consentían en separarse en el rigodón; y si una mañana lluviosa las privaba de otros placeres, se mostraban igualmente resueltas a encontrarse a pesar de la humedad y el barro, y se encerraban juntas para leer novelas. Sí, novelas; pues no adoptaré esa costumbre poco generosa e imprudente tan habitual entre los novelistas, de degradar con su despreciativo vituperio las mismas producciones a cuyo número ellos mismos están añadiendo..., aliándose con sus peores enemigos en prodigar los más duros epítetos a tales obras, y apenas permitiendo que sean leídas por sus propias heroínas, quienes, si por azar toman una novela, están seguras de pasar sus insípidas páginas con disgusto. ¡Ay! Si la heroína de una novela no es favorecida por la heroína de otra, ¿de quién puede esperar protección y consideración? No lo puedo aprobar. Dejemos a los críticos que abusen de esas efusiones de la fantasía a su antojo, y que hablen con trilladas frases de la basura con que la imprenta gime ante cada nueva novela. No nos abandonemos unas a otras; somos un gremio agraviado. Aunque nuestras producciones han deparado un placer más extenso y sincero que las de cualquier otra corporación literaria del mundo, ningún género de composición ha sido tan vilipendiado. Por orgullo, ignorancia o moda, nuestros enemigos son casi tan numerosos como nuestros lectores. Y mientras se ensalzan con mil plumas las habilidades del novecientavo compendio de la Historia de Inglaterra, o del hombre que recoge y publica en un volumen una docena de versos de Milton, Pope y Prior, con un artículo del Spectator y un capítulo de Sterne, parece haber casi un deseo general de rebajar la capacidad y subestimar el trabajo del novelista, y de menospreciar las producciones que solo tienen el genio, el ingenio y el gusto para recomendarlas. «No soy lector de novelas..., rara vez me asomo a las novelas..., no crea usted que leo novelas a menudo..., en verdad está bastante bien para ser una novela.» Tal es el tópico habitual. «¿Y qué está usted leyendo, señorita ⸻?» «¡Oh! No es más que una novela», responde la joven, mientras deja el libro con afectada indiferencia o momentánea vergüenza. «No es más que Cecilia, o Camilla, o Belinda»; o, en suma, solo alguna obra en la que se despliegan los mayores poderes de la mente, en la que se exhibe el conocimiento más cabal de la naturaleza humana, la representación más feliz de sus variedades, las efusiones más vivaces de ingenio y humor, transmitidas al mundo en el lenguaje mejor escogido. Si la misma joven se hubiera entretenido con un volumen del Spectator en lugar de con semejante obra, ¡con qué orgullo habría mostrado el libro y dicho su nombre!; aunque hay que reconocer que las posibilidades están en contra de que cualquier parte de esa voluminosa publicación la tuviera ocupada, cuya materia o estilo no hubiera causado disgusto a una joven de gusto: siendo con tanta frecuencia la sustancia de sus artículos la exposición de circunstancias inverosímiles, caracteres artificiales y temas de conversación que ya no conciernen a nadie; y siendo también su lenguaje con demasiada frecuencia tan grosero como para dar una idea muy poco favorable de la época que podía soportarlo.

Traducido y editado por Elejandría.com