XXX

El carácter de Catherine no era naturalmente sedentario, ni sus hábitos habían sido nunca muy aplicados; pero cualesquiera que hubieran sido hasta entonces sus defectos en ese sentido, su madre no podía sino percibir que ahora habían aumentado mucho. No podía estarse quieta ni ocuparse durante diez minutos seguidos, dando vueltas por el jardín y el huerto una y otra vez, como si el movimiento fuera lo único que hiciera voluntariamente; y parecía como si prefiriera pasear incluso por dentro de la casa antes que quedarse fija mucho tiempo en el salón. La pérdida de su animación era un cambio aún mayor. En su deambular y su ociosidad no era quizás más que una caricatura de sí misma; pero en su silencio y su tristeza era exactamente lo contrario de todo lo que había sido antes.

Durante dos días Mrs. Morland lo dejó pasar sin ni siquiera una insinuación; pero cuando la tercera noche de descanso no le había devuelto la alegría, mejorado en útil actividad, ni dado mayor inclinación por la costura, ya no pudo abstenerse del suave reproche de: «Querida Catherine, me temo que te estás convirtiendo en una señorita muy fina. No sé cuándo estarían hechas las corbatas del pobre Richard si no tuviera más amiga que tú. Tienes la cabeza demasiado puesta en Bath; pero hay un tiempo para todo..., un tiempo para los bailes y las funciones, y un tiempo para el trabajo. Has tenido una larga temporada de diversiones, y ahora debes intentar ser útil».

Catherine cogió su labor de inmediato, diciendo en voz apagada que «la cabeza no se le iba tanto en Bath».

—Entonces te estás consumiendo por el general Tilney, y eso es una gran simpleza por tu parte; pues hay diez probabilidades contra una de que vuelvas a verle. Nunca deberías consumirte por nimiedades. —Después de un breve silencio—: Espero, querida Catherine, que no estés enojándote con casa porque no es tan grande como Northanger. Eso sería convertir tu visita en un daño de verdad. Dondequiera que estés deberías estar siempre contenta, pero especialmente en casa, porque es donde debes pasar la mayor parte del tiempo. No me gustó mucho, en el desayuno, oírte hablar tanto del pan francés de Northanger.

—Estoy segura de que no me importa el pan. Para mí es lo mismo lo que coma.

—Hay un ensayo muy inteligente en uno de los libros de arriba sobre un tema muy parecido, sobre jóvenes a quienes los grandes conocidos han echado a perder para la vida en casa..., El espejo, creo. Lo buscaré para ti algún día, porque estoy segura de que te hará bien.

Catherine no dijo más, y, con el esfuerzo de hacer bien, se aplicó a su labor; pero a los pocos minutos volvió a hundirse, sin saberlo ella misma, en el languidez y la indolencia, moviéndose en su silla, por la irritación del cansancio, mucho más a menudo de lo que movía la aguja. Mrs. Morland observó el progreso de esta recaída; y viendo, en la mirada ausente y descontenta de su hija, la prueba plena de ese espíritu quejumbroso al que había empezado a atribuir su falta de alegría, salió apresuradamente de la habitación a buscar el libro en cuestión, ansiosa por no perder tiempo atacando tan terrible dolencia. Tardó algún tiempo en encontrar lo que buscaba; y al ocuparla otros asuntos familiares, había transcurrido un cuarto de hora antes de que bajara de nuevo con el volumen en el que tanto se esperaba. Sus ocupaciones en el piso de arriba habían amortiguado todo ruido salvo el que ella misma hacía, de modo que ignoraba que había llegado una visita en los últimos minutos, hasta que, al entrar en la sala, el primer objeto que vio fue un joven a quien nunca había visto antes. Con gesto de mucho respeto, se levantó de inmediato, y siendo presentado a ella por su avergonzada hija como «Mr. Henry Tilney», con el embarazo de la sensibilidad verdadera comenzó a disculparse por su presencia allí, reconociendo que después de lo ocurrido tenía escaso derecho a esperar una bienvenida en Fullerton, y alegando su impaciencia por saber que la señorita Morland había llegado sana y salva a casa como causa de su intrusión. No se dirigía a un juez poco bondadoso ni a un corazón resentido. Lejos de incluir a él o a su hermana en la mala conducta de su padre, Mrs. Morland había sido siempre bien dispuesta hacia los dos, y al instante, complacida por su apariencia, le recibió con las simples profesiones de una benevolencia sin afectación; agradeciéndole semejante atención a su hija, asegurándole que los amigos de sus hijos eran siempre bienvenidos allí, y rogándole que no dijera ni una palabra más del pasado.

No estaba mal dispuesto a obedecer esta petición, pues aunque su corazón quedó muy aliviado por semejante benevolencia inesperada, no era precisamente ese el momento en que le fuera posible decir nada adecuado. Volviendo pues en silencio a su asiento, permaneció durante algunos minutos respondiendo muy cortésmente a todos los comentarios habituales de Mrs. Morland sobre el tiempo y los caminos. Catherine entretanto..., la ansiosa, agitada, feliz, febril Catherine..., no dijo ni una palabra; pero sus mejillas encendidas y sus ojos brillantes hicieron confiar a su madre en que esa visita bien intencionada al menos le calmaría el corazón por algún tiempo, y de buena gana dejó pues a un lado el primer volumen de El espejo para una hora futura.

Deseosa de contar con la ayuda de Mr. Morland, tanto para dar aliento como para encontrar conversación para su huésped, cuya turbación por culpa de su padre compadecía sinceramente, Mrs. Morland había mandado muy pronto a uno de los niños a llamarle; pero Mr. Morland estaba fuera de casa..., y así, sin ningún apoyo, al cabo de un cuarto de hora ya no tenía nada que decir. Después de un par de minutos de silencio ininterrumpido, Henry, volviéndose a Catherine por primera vez desde que entró su madre, le preguntó con súbita vivacidad si Mr. y Mrs. Allen estaban ahora en Fullerton; y al descifrar, de entre toda su perplejidad de palabras en la respuesta, el significado que una sola sílaba breve habría bastado para dar, expresó de inmediato su intención de presentarles sus respetos y, con el color subiéndole a la cara, le preguntó si tendría la bondad de indicarle el camino.

—Puede ver la casa desde esta ventana, señor —fue la información por parte de Sarah, que no produjo más que una reverencia de reconocimiento por parte del caballero y una negativa con la cabeza por parte de su madre; pues Mrs. Morland, pensando probable, como consideración secundaria en su deseo de visitar a sus dignos vecinos, que tuviera alguna explicación que dar sobre la conducta de su padre, que le sería más agradable comunicar solo a Catherine, no pondría por nada del mundo obstáculos a que ella le acompañara. Emprendieron el paseo, y Mrs. Morland no estaba del todo equivocada en cuanto a su objeto al desearlo. Tenía que dar alguna explicación sobre la conducta de su padre; pero su primer propósito era explicarse a sí mismo, y antes de que llegaran a los terrenos de Mr. Allen lo había hecho tan bien que Catherine pensó que nunca podría repetirse demasiado. Se le aseguró su afecto; y ese corazón fue a su vez solicitado, que quizás sabían los dos bastante igualmente que era enteramente suyo ya; pues aunque Henry estaba ahora sinceramente apegado a ella, aunque sentía y se deleitaba en todas las excelencias de su carácter y amaba de verdad su trato, he de confesar que su afecto no tuvo origen más noble que la gratitud, o, en otras palabras, que la persuasión de la parcialidad de ella hacia él había sido la única causa de haberla tomado en serio. Es una circunstancia nueva en la novela, lo reconozco, y dreadfully reductora de la dignidad de una heroína; pero si es igualmente nueva en la vida común, el crédito de una imaginación extravagante será al menos todo mío.

Una visita muy breve a Mrs. Allen, en la que Henry habló al azar, sin sentido ni conexión, y Catherine, envuelta en la contemplación de su propia dicha inefable, apenas abrió los labios, los despachó para los éxtasis de otro tête-à-tête; y antes de que se permitiera que concluyera, ella pudo juzgar en qué medida estaba él autorizado por la autoridad paterna en su presente solicitud. A su vuelta de Woodston, dos días antes, le había salido al encuentro cerca de la abadía su impaciente padre, informado en términos airados del precipitado de la partida de la señorita Morland y ordenado a no pensar más en ella.

Tal era el permiso con el cual le había ofrecido ahora su mano. La aterrorizada Catherine, entre todos los temores de la expectativa, mientras escuchaba este relato, no podía sino alegrarse de la amable precaución con la que Henry la había salvado de la necesidad de un rechazo de conciencia, comprometiendo su palabra antes de mencionar el asunto; y al proseguir él con los pormenores y explicar los motivos de la conducta de su padre, sus sentimientos pronto se endurecieron hasta llegar a un deleite incluso triunfante. El general no tenía nada de que acusarla, nada que imputarle, salvo ser el objeto involuntario e inconsciente de un engaño que su orgullo no podía perdonar, y que un orgullo mejor habría tenido vergüenza de reconocer. Solo era culpable de ser menos rica de lo que él había supuesto. Bajo la persuasión equivocada de su fortuna y sus aspiraciones, había solicitado su conocimiento en Bath, la había invitado a Northanger y la había destinado para su nuera. Al descubrir su error, echarla de la casa le pareció la mejor, aunque para sus sentimientos insuficiente, prueba de su resentimiento hacia ella y su desprecio de su familia.

John Thorpe había sido el primero en inducirle a error. El general, al percibir una noche en el teatro que su hijo prestaba considerable atención a la señorita Morland, había preguntado casualmente a Thorpe si sabía de ella algo más que su nombre. Thorpe, muy complacido de poder hablar con un hombre de la importancia del general Tilney, se había mostrado comunicativo con júbilo y orgullo; y siendo en ese momento no solo en espera diaria de que Morland se comprometiera con Isabella, sino también bastante decidido a casarse él mismo con Catherine, su vanidad le indujo a representar a la familia como más acaudalada aún de lo que su vanidad y su avaricia le habían hecho creer. Con quienquiera que estuviera o fuera probablemente a estar relacionado, su propia importancia requería siempre que la de ellos fuera grande, y a medida que su intimidad con cualquier conocido crecía, crecían regularmente también sus fortunas. Las expectativas de su amigo Morland, por tanto, sobrevaloradas desde el principio, habían ido aumentando gradualmente desde su presentación a Isabella; y con solo añadir el doble por la grandiosidad del momento, doblando lo que se dignaba considerar la cuantía del beneficio de Mr. Morland, triplicando su fortuna particular, otorgándole una tía rica y reduciendo a la mitad el número de hijos, pudo representar a toda la familia ante el general bajo la luz más respetable. Para Catherine, sin embargo, el objeto peculiar de la curiosidad del general y de sus propias especulaciones, tenía aún algo más en reserva, y las diez o quince mil libras que su padre podría darle serían un bonito añadido a la propiedad de Mr. Allen. La intimidad de ella allí le había llevado a determinar seriamente que le dejaría una herencia generosa; y hablar de ella por tanto como de la futura heredera casi reconocida de Fullerton seguía naturalmente de ello. Sobre semejante información había procedido el general; pues nunca se le había ocurrido dudar de su autoridad. El interés de Thorpe en la familia, por el próximo enlace de su hermana con uno de sus miembros y sus propias miras sobre otro (circunstancias de las que se jactaba con casi igual franqueza), parecían avales suficientes de su veracidad; y a estos se añadían los hechos absolutos de que los Allen eran ricos y no tenían hijos, de que la señorita Morland estaba bajo su tutela, y..., en cuanto su conocimiento le permitió juzgar..., de que la trataban con ternura paternal. Su resolución se formó pronto. Ya había discernido en el semblante de su hijo una simpatía hacia la señorita Morland; y agradecido por la comunicación de Mr. Thorpe, decidió casi de inmediato no escatimar esfuerzos para debilitar el proclamado interés de este y arruinar sus más queridas esperanzas. La propia Catherine no podía haber estado más ignorante en aquel momento de todo esto que sus propios hijos. Henry y Eleanor, sin percibir nada en la situación de ella que fuera probable que captara el respeto particular de su padre, habían visto con asombro la repentinidad, continuidad y alcance de sus atenciones; y aunque en los últimos tiempos, por algunas insinuaciones que habían acompañado a una orden casi positiva a su hijo de hacer todo lo que estuviera en su poder para encadenarla a él, Henry estaba convencido de que su padre la consideraba una relación ventajosa, no fue hasta la reciente explicación en Northanger cuando tuvieron la menor idea de los falsos cálculos que le habían precipitado. Que eran falsos, el general lo había sabido por la misma persona que los había sugerido, por el propio Thorpe, a quien había tenido la oportunidad de encontrar de nuevo en la ciudad, y quien, bajo la influencia de sentimientos exactamente opuestos, irritado por el rechazo de Catherine, y aún más por el fracaso de un intento muy reciente de lograr una reconciliación entre Morland e Isabella, convencido de que estaban separados para siempre y desdeñando una amistad que ya no podía resultarle útil, se apresuró a contradecir todo lo que había dicho antes a favor de los Morland..., confesó haber estado totalmente equivocado en su opinión sobre sus circunstancias y carácter, inducido a error por la fanfarronería de su amigo a creer que su padre era un hombre de sustancia y crédito, mientras que las transacciones de las dos o tres últimas semanas probaban que no era ninguna de las dos cosas; pues después de haberse adelantado ávidamente ante la primera propuesta de un enlace entre las familias, con las proposiciones más generosas, había, al ser llevado al punto por la perspicacia del relator, sido obligado a reconocer que era incapaz de dar a los jóvenes siquiera un apoyo decente. Eran, en realidad, una familia necesitada; numerosa también, más allá de toda medida; de ningún modo respetada en su propio vecindario, como él había tenido recientemente ocasión particular de descubrir; aspirando a un estilo de vida que su fortuna no podía garantizar; buscando mejorar su situación mediante conexiones adineradas; una raza atrevida, fanfarrona e intrigante.

El aterrorizado general pronunció el nombre de Allen con mirada interrogante; y aquí también Thorpe había aprendido su error. Los Allen, creía, habían vivido cerca de ellos demasiado tiempo, y conocía al joven sobre quien debería recaer la propiedad de Fullerton. El general no necesitaba más. Enojado con casi todo el mundo en el mundo salvo consigo mismo, partió al día siguiente hacia la abadía, donde sus actuaciones han sido ya vistas.

Dejo a la sagacidad de mi lector determinar cuánto de todo esto le fue posible a Henry comunicar en ese momento a Catherine, cuánto de ello pudo haber sabido de su padre, en qué punto podrían haberle asistido sus propias conjeturas, y qué porción quedaba aún por revelarse en una carta de James. He unido para su comodidad lo que ellos debían dividir para la mía. Catherine, en todo caso, oyó suficiente para sentir que al sospechar que el general Tilney había asesinado o encerrado a su esposa, apenas había pecado contra su carácter ni exagerado su crueldad.

Henry, al tener que relatar semejantes cosas sobre su padre, era casi tan digno de compasión como al haberlas avocado por primera vez ante sí mismo. Se ruborizó ante el consejo de miras tan estrechas que se veía obligado a exponer. La conversación entre ellos en Northanger había sido de la clase más poco amistosa. La indignación de Henry al oír cómo había sido tratada Catherine, al comprender las miras de su padre y al ser ordenado a asentirlas, había sido abierta y valiente. El general, acostumbrado en toda ocasión ordinaria a imponer la ley en su familia, sin prepararse para ninguna resistencia que no fuera la de los sentimientos, ni para ningún deseo opuesto que osara revestirse de palabras, llevó mal la oposición de su hijo, firme como podía hacerla el refrendo de la razón y el dictado de la conciencia. Pero en semejante causa, su ira, aunque tenía que impresionarle, no podía intimidar a Henry, que se sostenía en su propósito por la convicción de su justicia. Se sentía obligado tanto en honor como en afecto hacia la señorita Morland, y creyendo que ese corazón era suyo que se le había ordenado conquistar, ninguna retractación indigna de un consentimiento tácito, ningún decreto revocatorio de una ira injustificable, podía hacer vacilar su fidelidad ni influir en las resoluciones que esta suscitaba.

Se negó resueltamente a acompañar a su padre a Herefordshire, un compromiso formado casi en ese mismo momento para facilitar el despido de Catherine, y declaró con igual firmeza su intención de ofrecerle su mano. El general fue furioso en su ira, y se separaron en terrible desacuerdo. Henry, en una agitación de ánimo que muchas horas solitarias tardaron en apaciguar, había regresado casi de inmediato a Woodston, y en la tarde del día siguiente había emprendido su viaje a Fullerton.