XXXI

La sorpresa de Mr. y Mrs. Morland cuando Mr. Tilney les pidió su consentimiento para casarse con su hija fue, durante unos minutos, considerable, no habiéndoseles ocurrido nunca sospechar apego alguno por ninguna de las dos partes; pero como nada podía ser más natural, después de todo, que el hecho de que Catherine fuera amada, pronto aprendieron a considerarlo solo con la feliz agitación del orgullo satisfecho, y, en lo que a ellos solos concernía, no tenían ni una sola objeción que poner. Sus agradables modales y su buen juicio eran recomendaciones evidentes por sí mismas; y no habiendo oído hablar mal de él, no era su costumbre suponer que pudiera decirse ningún mal. La buena voluntad supliendo el lugar de la experiencia, su carácter no necesitaba ningún aval. «Catherine sería desde luego una ama de casa muy descuidada e irreflexiva», era el presagio de su madre; pero rápido fue el consuelo de que no hay nada como la práctica.

Solo había un obstáculo que mencionar; pero hasta que ese único fuera eliminado, les sería imposible sancionar el compromiso. Sus temperamentos eran suaves, pero sus principios eran firmes, y mientras el padre de él se opusiera tan expresamente a la relación, no podían permitirse alentarla. Que el general se adelantara a solicitar la alianza, o que la aprobara muy cordialmente, no eran tan refinados como para hacerlo una condición estipulada pomposamente; pero debía cederse la apariencia decente del consentimiento, y una vez obtenida esta..., y sus propios corazones les hacían confiar en que no podría demorarse demasiado..., su pronta aprobación habría de seguir de inmediato. Su consentimiento era todo lo que deseaban. No estaban ni más inclinados que con derecho a exigir su dinero. De una fortuna muy considerable su hijo quedaba, mediante capitulaciones matrimoniales, eventualmente garantizado; su renta presente era una renta de independencia y comodidad, y bajo cualquier punto de vista pecuniario, era un partido que superaba las aspiraciones de su hija.

Los jóvenes no podían sorprenderse ante semejante decisión. Lo sintieron y lo deploraron..., pero no pudieron resentirlo; y se separaron, esforzándose en esperar que semejante cambio en el general, que cada uno consideraba casi imposible, pudiera producirse pronto para reunirlos de nuevo en la plenitud del afecto privilegiado. Henry regresó a lo que era ya su único hogar, a cuidar sus jóvenes plantaciones y extender sus mejoras a cuenta de ella, en cuya participación en ellas miraba ansiosamente hacia adelante; y Catherine se quedó en Fullerton a llorar. Si los tormentos de la ausencia fueron mitigados por una correspondencia clandestina, no indaguemos. Mr. y Mrs. Morland nunca lo hicieron..., habían sido demasiado bondadosos para exigir ninguna promesa; y siempre que Catherine recibía una carta, lo que en aquella época ocurría con bastante frecuencia, ellos siempre miraban para otro lado.

La ansiedad que en este estado de su apego había de ser la suerte de Henry y Catherine, y de todos los que amaban a uno u otro, en cuanto a su desenlace definitivo, difícilmente puede extenderse, me temo, al pecho de mis lectores, quienes verán en la reveladora contracción de las páginas que tienen ante ellos que todos nos apresuramos juntos hacia la felicidad perfecta. Los medios por los que se efectuó su temprano matrimonio son la única duda: ¿qué circunstancia probable podría obrar sobre un temperamento como el del general? La circunstancia que principalmente valió fue el matrimonio de su hija con un hombre de fortuna y distinción, que tuvo lugar en el transcurso del verano..., una adquisición de dignidad que lo precipitó en un acceso de buen humor del que no se recuperó hasta después de que Eleanor hubiera obtenido su perdón de Henry y su permiso de que «hiciera el tonto si le parecía bien».

El matrimonio de Eleanor Tilney, su alejamiento de todos los males de una casa como Northanger había llegado a ser por el destierro de Henry, para instalarse en la casa de su elección y con el hombre de su elección, es un acontecimiento del que espero dar satisfacción general entre todos sus conocidos. Mi propia alegría en la ocasión es muy sincera. No conozco a nadie con más derecho, por méritos sin pretensiones, ni mejor preparada por el sufrimiento habitual, para recibir y disfrutar de la felicidad. Su predilección por este caballero no era de origen reciente; y durante mucho tiempo él solo había sido retenido por la inferioridad de su situación de dirigirse a ella. Su inesperada adquisición de título y fortuna había eliminado todas sus dificultades; y nunca había el general amado tanto a su hija en todas sus horas de compañía, utilidad y paciente resignación como cuando la saludó por primera vez con un «¡Señora Vizcondesa!». Su marido era realmente digno de ella; independientemente de su título nobiliario, de su riqueza y de su apego, siendo con toda precisión el joven más encantador del mundo. Cualquier definición ulterior de sus méritos debe de ser innecesaria; el joven más encantador del mundo se presenta al instante ante la imaginación de todos nosotros. En cuanto al que nos ocupa, por tanto, solo tengo que añadir..., consciente de que las reglas de la composición prohíben la introducción de un personaje no relacionado con mi fábula..., que este era el caballero cuyo descuidado sirviente dejó atrás aquella colección de cuentas de lavandería, procedentes de una larga visita a Northanger, por la que mi heroína se vio envuelta en una de sus más alarmantes aventuras.

La influencia del vizconde y la vizcondesa en favor de su hermano quedó asistida por ese conocimiento justo de las circunstancias de Mr. Morland que, tan pronto como el general quisiera dejarse informar, estaban en condiciones de darle. Le enseñó que había sido apenas más inducido a error por la primera fanfarronada de Thorpe sobre la riqueza de la familia que por su posterior maliciosa destrucción de ella; que en ningún sentido de la palabra eran necesitados ni pobres, y que Catherine tendría tres mil libras. Esta era una enmienda tan material de sus recientes expectativas que contribuyó mucho a suavizar el descenso de su orgullo; y no fue sin efecto alguno la información privada que se tomó la molestia de procurarse: que la propiedad de Fullerton, estando enteramente a disposición de su actual propietario, estaba por consiguiente abierta a toda especulación codiciosa.

Sobre esta base, el general, poco después del matrimonio de Eleanor, permitió a su hijo volver a Northanger, y desde allí le hizo portador de su consentimiento, redactado muy cortésmente en una página llena de vanas profesiones a Mr. Morland. El acontecimiento que autorizaba siguió pronto: Henry y Catherine se casaron, las campanas repicaron y todo el mundo sonrió; y como esto tuvo lugar dentro de los doce meses contados desde el primer día de su encuentro, no parecerá, después de todos los terribles retrasos ocasionados por la crueldad del general, que se hubieran perjudicado esencialmente. Empezar la felicidad perfecta a las respectivas edades de veintiséis y dieciocho años es bastante satisfactorio; y declarando además mi convicción de que la injusta interferencia del general, lejos de ser en realidad perjudicial para su felicidad, fue quizás más bien propicia, al mejorar su conocimiento mutuo y añadir fuerza a su apego, dejo por resolver, a quien corresponda, si la tendencia de esta obra es en conjunto recomendar la tiranía paterna o premiar la desobediencia filial.