Cada mañana traía ahora sus deberes habituales..., había tiendas que visitar; algún nuevo barrio de la ciudad que recorrer; y la Sala de las Bombas a la que asistir, donde paseaban arriba y abajo durante una hora, mirando a todo el mundo y hablando con nadie. El deseo de tener muchos conocidos en Bath seguía siendo lo primordial para Mrs. Allen, y lo repetía después de cada nueva prueba, que cada mañana le ofrecía, de que no conocía absolutamente a nadie.
Hicieron su aparición en las salas de baile de Lower Rooms; y aquí la fortuna fue más favorable para nuestra heroína. El maestro de ceremonias le presentó como pareja a un joven de muy gentil apariencia; se llamaba Tilney. Parecía tener unos veinticuatro o veinticinco años, era bastante alto, tenía un semblante agradable, unos ojos muy vivaces e inteligentes, y si no era del todo apuesto, se le quedaba muy cerca. Su trato era bueno, y Catherine se sentía con una suerte extraordinaria. Había poco tiempo para hablar mientras bailaban; pero cuando se sentaron a tomar el té, lo encontró tan agradable como ya le había dado crédito de serlo. Hablaba con soltura y animación..., y había en sus modales una picardía y una jovialidad que le resultaron interesantes, aunque ella no acababa de entenderlas del todo. Después de charlar algún tiempo sobre temas que surgían naturalmente de los objetos que los rodeaban, de pronto se dirigió a ella con:
—He sido hasta ahora muy descuidado, señorita, en las debidas atenciones de un galán aquí; no le he preguntado todavía cuánto tiempo lleva usted en Bath; si había estado aquí antes; si ha visitado las Upper Rooms, el teatro y el concierto; y qué le parece el lugar en general. He sido muy negligente..., pero ¿está usted ahora en disposición de satisfacerme en estos particulares? Si es así, empezaré de inmediato.
—No tiene usted por qué tomarse esa molestia, señor.
—No es ninguna molestia, se lo aseguro. —Y componiendo sus rasgos en una sonrisa calculada, y suavizando su voz con afectación, añadió con aire remilgado—: ¿Lleva usted mucho tiempo en Bath, señorita?
—Aproximadamente una semana, señor —respondió Catherine, esforzándose en no reírse.
—¡De veras! —con asombro afectado.
—¿Por qué ha de sorprenderle, señor?
—Pues bien, ¡en verdad! —dijo él en su tono natural—. Pero ha de aparentarse cierta emoción ante su respuesta, y la sorpresa se finge más fácilmente, y no es menos razonable que cualquier otra. Continuemos. ¿No había estado usted aquí antes, señorita?
—Nunca, señor.
—¡Vaya! ¿Ha honrado usted ya las Upper Rooms?
—Sí, señor, estuve allí el lunes pasado.
—¿Ha ido usted al teatro?
—Sí, señor, estuve en la función el martes.
—¿Al concierto?
—Sí, señor, el miércoles.
—¿Y está usted en general satisfecha con Bath?
—Sí..., me gusta mucho.
—Ahora debo esbozar una sonrisita, y luego podremos volver a ser razonables.
Catherine volvió la cabeza, sin saber si podía permitirse reír.
—Veo lo que piensa usted de mí —dijo él gravemente—. Haré un pobre papel en su diario de mañana.
—¡Mi diario!
—Sí, sé exactamente lo que dirá usted: Viernes, fui a las Lower Rooms; llevaba mi muselina bordada de ramos con adornos azules..., zapatos negros lisos..., di buena impresión; pero me acosó sobremanera un hombre extravagante y medio chiflado que se empeñó en hacerme bailar con él y me afligió con sus disparates.
—En verdad que no diré nada de eso.
—¿Quiere que le diga lo que debería decir?
—Si le parece bien.
—Bailé con un joven muy agradable, presentado por Mr. King; tuve con él una larga conversación..., parece un genio de lo más extraordinario..., espero conocerle mejor. Eso, señorita, es lo que desearía que dijera usted.
—Pero, quizás, no llevo ningún diario.
—Quizás no está usted sentada en esta sala, y yo no estoy sentado a su lado. Son puntos en los que una duda es igualmente posible. ¡No llevar diario! ¿Cómo van a entender sus primas ausentes el tenor de su vida en Bath sin él? ¿Cómo han de relatarse las cortesías y los cumplidos de cada día como deben ser, si no se anotan cada noche en un diario? ¿Cómo van a recordarse sus distintos atavíos, y describirse el estado particular de su cutis y el rizado de su pelo con todas sus variedades, sin recurrir constantemente a un diario? Querida señorita, no soy tan ignorante de las costumbres de las jóvenes como desearía hacerme creer; es este delicioso hábito de llevar diario lo que contribuye en gran medida a formar el estilo suelto de escritura por el que las damas son tan generalmente celebradas. Todo el mundo reconoce que el talento de escribir cartas agradables es peculiarmente femenino. La naturaleza habrá hecho algo, pero estoy seguro de que debe ser asistida esencialmente por la práctica de llevar un diario.
—He pensado a veces —dijo Catherine, con cierta duda— si las damas escriben realmente mejores cartas que los caballeros. Es decir..., no creo que la superioridad esté siempre de nuestra parte.
—En la medida en que he tenido ocasión de juzgar, me parece que el estilo habitual de la correspondencia epistolar entre las mujeres es irreprochable, salvo en tres particulares.
—¿Y cuáles son?
—Una deficiencia general de materia, una absoluta indiferencia a la puntuación y una frecuente ignorancia de la gramática.
—¡Por mi vida! No tenía por qué haber tenido reparo en rechazar el cumplido. No piensa usted demasiado bien de nosotras en ese sentido.
—No establecería como norma general que las mujeres escriben mejores cartas que los hombres, como tampoco que cantan mejor los dúos o dibujan mejor los paisajes. En toda facultad en que el gusto sea el fundamento, la excelencia está bastante bien repartida entre los sexos.
Los interrumpió Mrs. Allen:
—Querida Catherine —dijo—, sácame este alfiler de la manga; me temo que ya ha hecho un agujero; me daría mucho pena que así fuera, porque este es un vestido preferido, aunque solo costó nueve chelines la vara.
—Eso es exactamente lo que yo habría calculado, señora —dijo Mr. Tilney, examinando la muselina.
—¿Entiende usted de muselinas, señor?
—Particularmente bien; siempre compro mis propias corbatas y se me reconoce como excelente juez; y mi hermana ha confiado a menudo en mí para la elección de un vestido. Le compré uno el otro día, y todas las damas que lo vieron lo declararon una ganga extraordinaria. Di tan solo cinco chelines la vara, y es una verdadera muselina de la India.
Mrs. Allen quedó verdaderamente impresionada por su talento.
—Los hombres normalmente se fijan tan poco en esas cosas —dijo—; nunca consigo que Mr. Allen distinga uno de mis vestidos de otro. Debe usted ser de gran ayuda para su hermana, señor.
—Eso espero, señora.
—Y dígame, señor, ¿qué le parece el vestido de la señorita Morland?
—Es muy bonito, señora —dijo él, examinándolo gravemente—; pero no creo que lave bien; me temo que se deshilachará.
—¡Cómo puede usted —dijo Catherine, riendo— ser tan...! —Estuvo a punto de decir «raro».
—Estoy completamente de acuerdo con usted, señor —respondió Mrs. Allen—; y así se lo dije a la señorita Morland cuando lo compró.
—Pero ya sabe usted, señora, la muselina siempre sirve para algo; la señorita Morland sacará de ella lo suficiente para un pañuelo, o un gorro, o una capa. La muselina nunca puede decirse que se haya malgastado. He oído decir a mi hermana eso mismo cuarenta veces, cuando ha sido pródiga comprando más de la que necesitaba, o descuidada cortándola a trozos.
—Bath es un lugar encantador, señor; hay tantas buenas tiendas aquí. Estamos muy escasas en el campo; aunque no es que no tengamos muy buenas tiendas en Salisbury, pero queda tan lejos..., ocho millas es mucho camino; Mr. Allen dice que son nueve, nueve medidas; pero estoy segura de que no pueden ser más de ocho; y es tan pesado..., vuelvo muerta de cansancio. En cambio aquí se puede salir a la calle y conseguir algo en cinco minutos.
Mr. Tilney tuvo la cortesía de parecer interesado en lo que ella decía; y ella lo mantuvo en el tema de las muselinas hasta que los bailes volvieron a comenzar. Catherine temió, al escuchar su conversación, que él se regodeara un poco demasiado con los defectos ajenos.
—¿En qué está usted pensando con tanta intensidad? —dijo él mientras regresaban al salón de baile—. Espero que no sea en su pareja, pues, a juzgar por ese movimiento de cabeza, sus meditaciones no son satisfactorias.
Catherine se ruborizó y dijo:
—No estaba pensando en nada.
—Eso es muy hábil y profundo, sin duda; pero preferiría que me dijera abiertamente que no quiere decirme.
—Pues bien, no se lo diré.
—Gracias; porque ahora nos conoceremos pronto, pues estoy autorizado a tomarle el pelo sobre este asunto siempre que nos encontremos, y nada en el mundo favorece tanto la intimidad.
Bailaron de nuevo; y cuando la reunión se disolvió, se separaron, al menos por parte de la dama, con una marcada inclinación a continuar la relación. Si pensó en él tanto mientras tomaba su vino caliente con agua y se preparaba para ir a la cama como para soñar con él allí, no puede determinarse; pero espero que no fuera más que en un breve sopor o una modorra matutina a lo sumo; pues si es cierto, como ha afirmado un célebre escritor, que ninguna joven puede estar justificada en enamorarse antes de que el caballero haya declarado su amor, debe ser muy impropio que una joven sueñe con un caballero antes de que se sepa con certeza que él ha soñado con ella. Por lo que respecta a si Mr. Tilney podría ser conveniente como soñador o como enamorado, quizás aún no había pasado por la cabeza de Mr. Allen; pero que era un conocido admisible para su joven protegida quedó comprobado tras indagar: pues desde temprano en la velada se había tomado el trabajo de averiguar quién era su pareja, y le habían asegurado que Mr. Tilney era clérigo y pertenecía a una familia muy respetable de Gloucestershire.