Pasó una hora antes de que el general entrara, empleada por parte de su joven huésped en consideraciones nada favorables a su carácter. «Esta prolongada ausencia, estos paseos solitarios, no hablaban de una mente tranquila ni de una conciencia sin reproches.» Por fin apareció; y fuera cual fuese la lobreguez de sus meditaciones, todavía podía sonreír con ellas. La señorita Tilney, comprendiendo en parte la curiosidad de su amiga por ver la casa, reanimó pronto el tema; y su padre, contrariamente a las expectativas de Catherine, sin estar provisto de ningún pretexto para mayor demora, más allá de detenerse cinco minutos a ordenar que se prepararan refrescos en la sala para cuando volvieran, estaba por fin dispuesto a escoltarlas.
Partieron; y con un aire de grandiosidad, un paso digno que captaba la vista pero no podía disipar las dudas de la bien leída Catherine, las condujo a través del vestíbulo, pasando por el salón común y una cámara de paso sin utilidad, hacia una sala magnífica tanto en tamaño como en mobiliario..., el verdadero salón, usado solo con compañía de distinción. ¡Era muy noble..., muy grandioso..., muy encantador! Eso era todo lo que Catherine tenía que decir, pues su ojo sin discernimiento apenas llegaba a distinguir el color del satén; y todo el detalle de los elogios, todos los que tenían algún sentido, los aportaba el general: el coste o la elegancia de la decoración de ninguna sala le importaban a ella; no le interesaba el mobiliario posterior al siglo xv. Cuando el general hubo satisfecho su propia curiosidad en un minucioso examen de cada adorno bien conocido, pasaron a la biblioteca, un aposento, a su manera, de igual magnificencia, que exhibía una colección de libros ante la que un hombre humilde podría haberse sentido orgulloso. Catherine escuchó, admiró y se asombró con un sentimiento más genuino que antes..., reunió todo lo que pudo de ese depósito del saber recorriendo los títulos de media estantería, y estaba lista para continuar. Pero las series de aposentos no brotaban a su voluntad. Grande como era el edificio, había visitado ya la mayor parte; aunque al serle dicho que, con la adición de la cocina, las seis o siete habitaciones que había visto hasta entonces rodeaban tres lados del patio, apenas podía creerlo ni superar la sospecha de que había muchas cámaras secretas. Fue, sin embargo, algún alivio que volvieran a las habitaciones de uso común pasando por algunas de menor importancia, que daban al patio, que con pasillos ocasionales, no del todo exentos de laberintos, conectaban los diferentes lados; y se vio además tranquilizada en su avance al serle dicho que pisaba lo que en otro tiempo había sido un claustro, señalándole vestigios de celdas, y observando varias puertas que no se le abrieron ni se le explicaron..., al encontrarse sucesivamente en una sala de billar y en el aposento privado del general, sin comprender su conexión ni poder orientarse al salir de ellos; y por último, al pasar por un cuartillo oscuro, bajo la autoridad de Henry, sembrado de sus libros, escopetas y gabanes.
Desde el comedor, del que, aunque ya había sido visto y habría de verse siempre a las cinco en punto, el general no pudo privarse del placer de medir la longitud, para mayor certeza de la señorita Morland, en cuanto a algo que ella ni dudaba ni le importaba, procedieron por rápida comunicación hacia la cocina..., la antigua cocina del convento, rica en las macizas paredes y el humo de otros tiempos, y en los fogones y alacenas calientes del presente. La mano mejoradora del general no había holgazaneado aquí: todos los inventos modernos para facilitar el trabajo de los cocineros habían sido adoptados dentro de ese espacioso teatro; y cuando el ingenio ajeno había fallado, el propio había producido a menudo la perfección buscada. Sus aportaciones a este solo lugar podrían en cualquier momento haberle situado entre los bienhechores del convento.
Con las paredes de la cocina terminaba toda la antigüedad de la abadía; el cuarto lado del cuadrángulo, a causa de su estado de decadencia, había sido derribado por el padre del general, y el actual construido en su lugar. Todo lo venerable terminaba aquí. El nuevo edificio no solo era nuevo, sino que se declaraba serlo; destinado únicamente a dependencias y encerrado por detrás por patios de caballerizas, no se había considerado necesaria ninguna uniformidad de arquitectura. Catherine podría haber maldecido la mano que había barrido lo que debía de haber valido más que todo el resto, para los propósitos de la mera economía doméstica; y de buena gana se habría ahorrado la mortificación de un recorrido por escenarios tan degradados, si el general lo hubiera permitido; pero si tenía alguna vanidad, era en la disposición de sus dependencias; y como estaba convencido de que para una mente como la de la señorita Morland, una visión de las comodidades y conveniencias con que se aliviaba el trabajo de sus inferiores tendría que resultar siempre grata, no le pediría disculpas por conducirla adelante. Echaron un vistazo superficial a todo; y Catherine fue más impresionada de lo que esperaba por su multiplicidad y su comodidad. Los propósitos para los que unas pocas despensas informes y una fregadera incómoda se consideraban suficientes en Fullerton se llevaban aquí a cabo en divisiones apropiadas, amplias y espaciosas. El número de sirvientes que aparecían continuamente no la impresionó menos que el número de sus dependencias. Adondequiera que fueran, alguna chica con zuecos se detenía a hacer una reverencia, o algún lacayo en desaliño se escabullía. ¡Y sin embargo esto era una abadía! Cuán inexpresablemente diferente en estos arreglos domésticos de lo que había leído..., de abadías y castillos en los que, aunque ciertamente más grandes que Northanger, todo el trabajo sucio de la casa había de realizarse con a lo sumo dos pares de manos femeninas. Cómo podían con ello habérselas arreglado siempre había asombrado a Mrs. Allen; y cuando Catherine vio lo que era necesario aquí, empezó a asombrarse ella misma.
Regresaron al vestíbulo para subir por la escalera principal, cuya belleza en madera y sus adornos de rica talla habían de ser señalados: habiendo alcanzado lo alto, giraron en una dirección opuesta a la galería en la que estaba su cuarto, y entraron pronto en una del mismo plano pero superior en longitud y anchura. Aquí se le mostraron sucesivamente tres grandes dormitorios, con sus tocadores, completísimamente y espléndidamente equipados; todo lo que el dinero y el gusto podían hacer para dar comodidad y elegancia a los aposentos se había prodigado en estos; y, al estar amueblados en los últimos cinco años, eran perfectos en todo lo que sería generalmente del agrado, y carecían de todo lo que pudiera dar placer a Catherine. Al recorrer el último, el general, después de nombrar brevemente a algunos de los personajes distinguidos a quienes habían honrado a veces, se volvió con semblante sonriente hacia Catherine y se aventuró a esperar que en adelante algunos de los primeros inquilinos fueran «nuestros amigos de Fullerton». Ella sintió el inesperado cumplido, y lamentó profundamente la imposibilidad de pensar bien de un hombre tan amablemente dispuesto hacia ella y tan lleno de cortesía para con toda su familia.
La galería estaba terminada por unas puertas plegables que la señorita Tilney, avanzando, había abierto de par en par y atravesado, y parecía a punto de hacer lo mismo con la primera puerta a la izquierda, en otra larga sección de galería, cuando el general, avanzando, la llamó de vuelta con prisa y, según Catherine creyó, con cierta irritación, preguntando adónde iba..., ¿Y qué había más que ver?..., ¿No había visto ya la señorita Morland todo lo que podía merecer su atención?..., ¿Y no suponía que su amiga podría alegrarse de algún refresco después de tanto ejercicio? La señorita Tilney retrocedió de inmediato, y las pesadas puertas se cerraron sobre la mortificada Catherine, quien, habiendo visto en un fugaz vistazo más allá de ellas un pasillo más estrecho, más numerosas aperturas y síntomas de una escalera de caracol, se creyó por fin al alcance de algo que valía la pena ver; y sintió, mientras retrocedía a regañadientes por la galería, que preferiría que le permitieran examinar ese extremo de la casa a ver todas las galas del resto. El evidente deseo del general de impedir semejante examen era un estímulo adicional. Sin duda había algo que ocultar; su fantasía, aunque recientemente había traspasado los límites una o dos veces, no podía engañarla aquí; y cuál era ese algo, una breve frase de la señorita Tilney, mientras seguían al general a cierta distancia escaleras abajo, parecía apuntarlo: «Iba a llevarla al que era el cuarto de mi madre..., el cuarto en que murió...», fueron todas sus palabras; pero aunque pocas, transmitían a Catherine páginas de información. No era de extrañar que el general se resistiera a la vista de semejantes objetos como los que debía de contener ese cuarto; un cuarto en toda probabilidad nunca vuelto a entrar por él desde que la terrible escena que había liberado a su sufriente esposa le dejó a él a merced de los aguijones de su conciencia.
Se aventuró, cuando estuvo de nuevo sola con Eleanor, a expresar su deseo de que se le permitiera verlo, así como todo el resto de ese lado de la casa; y Eleanor prometió acompañarla cuando tuvieran una hora conveniente. Catherine la entendía: el general tenía que estar fuera de casa antes de que pudiera entrarse en ese cuarto.
—¿Sigue igual que estaba, supongo? —dijo, en tono de sentimiento.
—Sí, del todo.
—¿Y cuánto tiempo hace que murió su madre?
—Lleva muerta estos nueve años.
Y nueve años, sabía Catherine, eran una bagatela de tiempo comparados con lo que generalmente transcurría tras la muerte de una esposa agraviada antes de que se arreglara su cuarto.
—¿Estuvo usted con ella, supongo, hasta el final?
—No —dijo la señorita Tilney, suspirando—; lamentablemente estaba fuera de casa. Su enfermedad fue repentina y breve; y cuando llegué ya había concluido todo.
La sangre de Catherine se heló con las horripilantes sugerencias que brotaban naturalmente de esas palabras. ¿Podía ser posible? ¿Podía el padre de Henry...? ¡Y sin embargo cuántos eran los ejemplos que justificaban incluso las sospechas más negras! Y cuando lo vio por la noche, mientras trabajaba con su amiga, paseando lentamente por el salón durante una hora seguida en silencioso ensimismamiento, con los ojos bajos y el ceño fruncido, se sintió segura de no poder hacerle ninguna injusticia. ¡Era el aire y la actitud de un Montoni! ¿Qué podía hablar más claramente del sombrío funcionamiento de una mente no completamente muerta a todo sentido de humanidad, en su aterrado repaso de escenas pasadas de culpa? ¡Pobre hombre! Y la inquietud de su ánimo dirigía sus ojos hacia su figura tan repetidamente que llamaron la atención de la señorita Tilney.
—Mi padre —susurró— pasea a menudo así por la habitación; no es nada inusual.
«¡Tanto peor!», pensó Catherine; semejante ejercicio intempestivo era de la misma pieza que la extraña inoportunidad de sus paseos matutinos, y no auguraba nada bueno.
Después de una velada cuya escasa variedad y aparente duración la hacía peculiarmente consciente de la importancia de Henry entre ellos, se alegró de corazón de ser despedida; aunque fue una mirada del general, no destinada a su observación, la que envió a su hija a llamar al mayordomo. Sin embargo, cuando este quiso encender la vela de su amo, le fue impedido. El último no iba a retirarse. «Tengo muchos folletos que terminar», le dijo a Catherine, «antes de poder cerrar los ojos, y quizás esté absorto en los asuntos de la nación durante horas después de que usted esté dormida. ¿Puede alguno de los dos estar más adecuadamente empleado? Mis ojos se quedarán ciegos por el bien de los demás, y los suyos se prepararán con el descanso para futuras travesuras».
Pero ni el asunto alegado ni el magnífico cumplido pudieron apartar a Catherine del pensamiento de que algún objeto muy diferente debía de ocasionar una demora tan seria del descanso adecuado. Que se le mantuviera despierto horas, después de que la familia estuviera en cama, por estúpidos folletos era muy poco probable. Tenía que haber una causa más profunda: algo había que hacer que solo podía hacerse mientras dormía la casa; y la probabilidad de que Mrs. Tilney viviera todavía, encerrada por causas desconocidas y recibiendo de las despiadadas manos de su marido un suministro nocturno de alimento grosero, era la conclusión que necesariamente se seguía. Por horrible que fuera la idea, era al menos mejor que una muerte precipitada injustamente, pues en el curso natural de las cosas, no tardaría en ser liberada. La repentinidad de su supuesta enfermedad, la ausencia de su hija, y probablemente de sus otros hijos, en aquel momento..., todo favorecía la suposición de su encierro. Su origen..., quizás los celos, o la crueldad caprichosa..., estaba aún por desentrañar.
Revolviendo estas cuestiones mientras se desvestía, de repente le pareció no improbable que aquella misma mañana pudiera haber pasado cerca del lugar mismo del encierro de esa desgraciada mujer..., podría haber estado a pocos pasos de la celda en que languideció el resto de sus días; pues ¿qué parte de la abadía podía ser más adecuada para ese propósito que la que aún conservaba las huellas de la distribución monástica? En el pasillo de arco alto, pavimentado con losa, por el que ya había caminado con peculiar sobrecogimiento, recordaba perfectamente las puertas cuya existencia el general no había explicado. ¿Adónde no podían conducir esas puertas? En apoyo de la plausibilidad de esta conjetura, se le ocurrió además que la galería prohibida, en la que se encontraban los aposentos de la infortunada Mrs. Tilney, debía estar, según podía guiarla su memoria, exactamente encima de esa serie sospechosa de celdas, y la escalera que había a un lado de esos aposentos, de la que había captado una visión fugaz, comunicando por algún medio secreto con esas celdas, podría muy bien haber favorecido los bárbaros procedimientos de su marido. ¡Por esa escalera la habrían bajado quizás en estado de bien preparada inconsciencia!
Catherine a veces se sobresaltaba ante la audacia de sus propias conjeturas, y a veces esperaba o temía haber ido demasiado lejos; pero estaban respaldadas por apariencias tales que hacían imposible descartarlas.
El lado del cuadrángulo en que suponía que se desarrollaba la escena culpable, estando, según su creencia, justo enfrente del suyo, se le ocurrió que, si se vigilaba con juicio, algunos rayos de luz de la lámpara del general podrían brillar por las ventanas inferiores, al pasar él hacia la prisión de su esposa; y dos veces, antes de meterse en cama, se deslizó suavemente desde su cuarto hasta la ventana correspondiente de la galería para ver si aparecían; pero fuera todo era oscuridad, y todavía debía de ser demasiado temprano. Los variados ruidos que subían la convencían de que los sirvientes debían de seguir levantados. Hasta medianoche, supuso, sería en vano vigilar; pero entonces, cuando el reloj diera las doce y todo estuviera en calma, saldría, si no del todo aterrorizada por la oscuridad, y miraría una vez más. El reloj dio las doce..., y Catherine llevaba media hora dormida.