XVIII

Con la mente así llena de felicidad, Catherine apenas fue consciente de que habían pasado dos o tres días sin que viera a Isabella más de unos pocos minutos seguidos. Empezó a notarlo por primera vez, y a suspirar por su conversación, mientras paseaba por la Sala de las Bombas una mañana al lado de Mrs. Allen, sin nada que decir ni que oír; y apenas había sentido cinco minutos de ansia de amistad cuando el objeto de ella apareció y, invitándola a una conferencia secreta, la condujo hacia un asiento.

—Este es mi lugar favorito —dijo mientras se sentaban en un banco entre las puertas, que ofrecía una vista tolerable de todos los que entraban por cualquiera de ellas—; está tan apartado del paso.

Catherine, observando que los ojos de Isabella se dirigían continuamente hacia una puerta u otra, como en ansiosa expectación, y recordando cuántas veces la habían acusado falsamente de ser astuta, pensó que era una buena oportunidad de serlo de verdad; y por tanto dijo alegremente: «No te inquietes, Isabella; James estará aquí pronto».

—¡Bah! Criatura adorada —respondió—, no me creas tan tonta como para querer tenerle siempre pegado al codo. Sería horrible estar siempre juntos; seríamos el hazmerreír del lugar. ¡Y así que te vas a Northanger! Me alegra enormemente. Es uno de los mejores lugares antiguos de Inglaterra, según entiendo. Cuento con una descripción muy detallada.

—Tendrás desde luego la mejor que esté en mi mano dar. Pero ¿a quién estás buscando? ¿Vienen tus hermanas?

—No estoy buscando a nadie. Los ojos tienen que estar en algún sitio, y ya sabes qué manía tan tonta tengo de fijarlos cuando mis pensamientos están a cien leguas de aquí. Soy tremendamente distraída; creo que soy la criatura más distraída del mundo. Tilney dice que siempre ocurre con las mentes de cierto tipo.

—Pero creía, Isabella, que tenías algo concreto que contarme.

—¡Oh, sí! Y así es. Pero aquí tienes una prueba de lo que decía. Pobre cabeza mía, se me había olvidado del todo. Pues bien, la cosa es esta: acabo de recibir una carta de John; puedes imaginar el contenido.

—No, en verdad que no puedo.

—Dulzura adorada, no seas tan afectada. ¿De qué puede escribir sino de ti? Ya sabes que está enamorado de ti hasta los huesos.

—¿De mí, querida Isabella?

—Vamos, queridísima Catherine, ¡esto es del todo absurdo! La modestia y todo eso está muy bien en su lugar; pero en verdad a veces la honradez más elemental resulta igual de adecuada. No entiendo que se lleve esto tan al extremo. Es pescar cumplidos. Sus atenciones eran tales que un niño las habría notado. Y no hacía ni media hora de que se fuera de Bath cuando le diste el estímulo más positivo. Así lo dice en esta carta; dice que prácticamente te hizo una proposición y que recibiste sus avances de la manera más amable; y ahora quiere que le urja su pretensión y que te diga todo tipo de cosas bonitas. Así que es inútil fingir ignorancia.

Catherine, con toda la seriedad de la verdad, expresó su asombro ante semejante acusación, protestando su total ignorancia de que Mr. Thorpe estuviera enamorado de ella y la consiguiente imposibilidad de haber tenido nunca intención de alentarle. «En cuanto a cualquier atención de su parte, declaro, bajo mi palabra de honor, que nunca fui consciente de ellas ni por un momento..., salvo simplemente que me pidió bailar el primer día de su llegada. Y en cuanto a hacerme una proposición, o algo parecido, tiene que haber algún malentendido incomprensible. ¡No podría haber malinterpretado algo así, ya sabes! Y tan cierto como que deseo ser creída, declaro solemnemente que ni una sílaba de esa naturaleza medió jamás entre nosotros. ¡La última media hora antes de que se fuera! Tiene que ser todo y completamente un error..., pues no le vi ni una sola vez durante toda aquella mañana».

—Pero eso no puede ser cierto, pues pasaste toda la mañana en los edificios Edgar..., fue el día en que llegó el consentimiento de tu padre..., y estoy bastante segura de que tú y John estuvisteis solos en el salón algún tiempo antes de que salieras de la casa.

—¿De veras? Pues bien, si tú lo dices, así sería, supongo..., pero por más que intento, no lo recuerdo. Recuerdo ahora haber estado contigo y haberle visto a él como a los demás..., pero que estuviéramos solos cinco minutos siquiera... Sin embargo, no vale la pena discutir sobre ello, pues sea lo que fuere lo que pudiera haber ocurrido de su parte, debes estar convencida, por el hecho de que yo no lo recuerde, de que nunca pensé, ni esperé, ni desee nada de ese tipo de su parte. Siento muchísimo que me tenga en algún aprecio..., pero en verdad ha sido del todo involuntario por mi parte; nunca tuve la menor idea de ello. Desengáñale cuanto antes, por favor, y dile que le pido perdón..., es decir..., no sé qué debería decir..., pero hazle entender lo que quiero decir, de la manera más adecuada. No quisiera hablar con falta de respeto de un hermano tuyo, Isabella, estoy segura; pero ya sabes muy bien que si pudiera pensar en un hombre más que en otro..., él no es esa persona.»

Isabella guardó silencio.

—Querida amiga, no debes enojarte conmigo. No puedo suponer que a tu hermano le importe tanto. Y ya sabes que seguiremos siendo hermanas.

—Sí, sí —con un rubor—, hay más de una manera de ser hermanas. Pero ¿adónde me estoy yendo? Pues bien, querida Catherine, parece ser que estás decidida contra el pobre John..., ¿no es así?

—Ciertamente no puedo corresponder a su afecto, y tan cierto como que nunca tuve intención de alentarle.

—Puesto que así es, estoy segura de que no te molestaré más al respecto. John me pidió que hablara contigo sobre el asunto, y así lo he hecho. Pero he de confesar que, en cuanto leí esta carta, pensé que era un negocio muy necio e imprudente, y poco probable que favoreciera el bien de ninguno de los dos; pues ¿de qué iban a vivir, suponiendo que se unieran? Los dos tenéis algo, desde luego, pero no es una bagatela lo que mantiene a una familia hoy en día; y por más que digan los novelistas, no hay modo de prescindir del dinero. Solo me pregunto cómo pudo ocurrírsele a John; no puede haber recibido mi última.

—¿Me exculpas, entonces, de cualquier cosa indebida? ¿Estás convencida de que nunca pretendí engañar a tu hermano, de que no sospechaba que me gustara hasta este momento?

—¡Oh! En cuanto a eso —respondió Isabella riendo—, no pretendo determinar cuáles hayan sido tus pensamientos y designios en el pasado. Eso solo lo conoces tú. Un poco de flirteo inocente ocurre, y uno se deja llevar a menudo a dar más estímulo del que desearía sostener. Pero puedes estar segura de que soy la última persona del mundo en juzgarte con severidad. Todas esas cosas hay que tenerlas en cuenta en la juventud y la vivacidad. Lo que uno piensa un día, ya sabes, puede no pensarlo al siguiente. Las circunstancias cambian, las opiniones se modifican.

—Pero mi opinión de tu hermano nunca se modificó; fue siempre la misma. Estás describiendo lo que nunca ocurrió.

—Queridísima Catherine —continuó la otra sin escucharla en absoluto—, no quisiera por nada del mundo ser la causa de que te precipites en un compromiso antes de saber lo que haces. No creo que nada pudiera justificarme en desear que sacrificaras toda tu felicidad simplemente para complacer a mi hermano, porque es mi hermano, y que quizás, después de todo, ya sabes, podría ser igualmente feliz sin ti, pues la gente rara vez sabe lo que quiere, los jóvenes especialmente, son tan asombrosamente cambiantes e inconstantes. Lo que yo digo es, ¿por qué ha de ser la felicidad de un hermano más querida para mí que la de una amiga? Ya sabes que yo llevo mis nociones de la amistad bastante alto. Pero, sobre todo, querida Catherine, no tengas prisa. Cree lo que te digo: si tienes demasiada prisa, ciertamente vivirás para arrepentirte. Tilney dice que no hay nada en lo que la gente se engañe tanto como en el estado de sus propios afectos, y creo que tiene mucha razón. ¡Ah! Aquí viene; no importa, estoy segura de que no nos verá.

Catherine, levantando la vista, vio al capitán Tilney; e Isabella, fijando en él los ojos con insistencia mientras hablaba, pronto captó su atención. Él se acercó de inmediato y tomó el asiento al que sus movimientos lo invitaban. Sus primeras palabras hicieron sobresaltarse a Catherine. Aunque pronunciadas en voz baja, pudo distinguir: «¿Qué! ¿Siempre vigilada, en persona o por poder?».

—¡Bah, tonterías! —fue la respuesta de Isabella en el mismo medio susurro—. ¿Por qué me mete usted esas ideas en la cabeza? Si pudiera creerlo..., mi carácter, ya sabe usted, es bastante independiente.

—Desearía que su corazón fuera independiente. Eso me bastaría.

—¿Mi corazón, bien mirado! ¿Qué pueden tener ustedes los hombres que ver con los corazones? Ninguno de ustedes tiene corazón.

—Si no tenemos corazones, tenemos ojos; y ellos nos dan suficiente tormento.

—¿De veras? Lo siento; siento que encuentren algo tan desagradable en mí. Miraré hacia otro lado. Espero que esto le agrade —volviéndole la espalda—; espero que sus ojos no estén atormentados ahora.

—Nunca lo han estado más; pues el borde de una mejilla en flor sigue a la vista..., demasiado y demasiado poco a la vez.

Catherine oía todo esto, y completamente fuera de sí, no podía seguir escuchando. Asombrada de que Isabella pudiera soportarlo, y celosa por su hermano, se levantó y, diciendo que iba a reunirse con Mrs. Allen, propuso que caminaran. Pero para eso Isabella no mostró ninguna inclinación. Estaba asombrosamente cansada, y era tan odioso pasearse por la Sala de las Bombas; y si se movía de su asiento se perdería a sus hermanas; estaba esperando a sus hermanas de un momento a otro; de modo que su queridísima Catherine tendría que disculparla y sentarse tranquilamente de nuevo. Pero Catherine también podía ser obstinada; y Mrs. Allen se acercó en ese momento para proponer volver a casa, así que se unió a ella y salió de la Sala de las Bombas, dejando a Isabella sentada todavía con el capitán Tilney. Con mucha inquietud los dejó así. Le parecía que el capitán Tilney se estaba enamorando de Isabella, e Isabella le alentaba sin ser consciente de ello; inconsciente debía ser, pues el apego de Isabella a James era tan cierto y reconocido como su compromiso. Dudar de su lealtad o de sus buenas intenciones era imposible; y sin embargo, durante toda su conversación sus modales habían sido raros. Deseó que Isabella hubiera hablado más como de costumbre y no tanto de dinero, y que no hubiera parecido tan complacida al ver al capitán Tilney. ¡Qué extraño que no percibiera su admiración! Catherine ansiaba darle una señal de ello, ponerla en guardia y evitar todo el dolor que su conducta demasiado animada podría de otro modo crear tanto para él como para su hermano.

El cumplido del afecto de John Thorpe no compensaba esta ligereza en su hermana. Estaba casi tan lejos de creerlo sincero como de desearlo; pues no había olvidado que era capaz de equivocarse, y su afirmación de la proposición y del estímulo de ella le convenció de que sus errores podían ser a veces de lo más considerables. En vanidad, pues, ganaba muy poco; su principal beneficio estaba en el asombro. Que él considerara que merecía la pena imaginarse enamorado de ella era motivo de vívida perplejidad. Isabella hablaba de sus atenciones; nunca había sido consciente de ninguna; pero Isabella había dicho muchas cosas que esperaba hubieran sido pronunciadas en un momento de precipitación y no se dijeran nunca más; y sobre eso estaba contenta de apoyarse enteramente de momento para su tranquilidad presente.