Los Allen, los Thorpe y los Morland se reunieron todos por la noche en el teatro; y como Catherine e Isabella se sentaron juntas, hubo entonces oportunidad para que esta última pronunciara unas pocas de las muchos miles de cosas que había ido acumulando para comunicárselas durante el tiempo inconmensurablemente largo que las había separado. «¡Ay, Dios mío! ¡Adorada Catherine, por fin te tengo!», fue su saludo al entrar Catherine en el palco y sentarse junto a ella. «Ahora, Mr. Morland» —pues estaba a su lado en el otro extremo—, «no le voy a dirigir una sola palabra más en toda la velada; así que le prohíbo esperarlo. Queridísima Catherine, ¿cómo has estado durante todo este tiempo? Pero no necesito preguntarte, pues tienes un aspecto espléndido. Realmente te has peinado de una manera más divina que nunca; criatura traviesa, ¿quieres atraer a todo el mundo? Te aseguro que mi hermano está ya completamente enamorado de ti; y en cuanto a Mr. Tilney..., eso está decidido..., ni tu modestia puede dudar de su afecto ahora; el haber vuelto a Bath lo pone demasiado de manifiesto. ¡Oh! Qué no daría yo por verle. En verdad que casi no puedo contenerme de la impaciencia. Mi madre dice que es el joven más delicioso del mundo; le vio esta mañana, ya sabes; tienes que presentármelo. ¿Está en la sala ahora? ¡Mira a tu alrededor, por el amor de Dios! Te aseguro que casi no puedo respirar hasta que le vea».
—No —dijo Catherine—, no está aquí; no le veo por ninguna parte.
—¡Qué horrible! ¿No voy a llegar nunca a conocerle? ¿Qué te parece mi vestido? Creo que no queda mal; las mangas fueron idea mía por completo. Oye, me estoy poniendo enferma de Bath de una forma desmedida; tu hermano y yo convenimos esta mañana en que, aunque es muy bien estar aquí unas semanas, no viviríamos aquí por nada del mundo. Pronto descubrimos que nuestros gustos coincidían exactamente en preferir el campo a cualquier otro lugar; ¡en verdad que nuestras opiniones eran tan idénticas que resultaba ridículo! No había un solo punto en que difiriéramos; me alegré de que no estuvieras tú; eres tan perspicaz que estoy segura de que habrías hecho algún comentario gracioso o algo por el estilo.
—No, en modo alguno.
—¡Oh, sí! Ya lo creo; te conozco mejor que tú misma. Nos habrías dicho que parecíamos hechos el uno para el otro, o alguna tontería por el estilo, que me habría mortificado horriblemente; mis mejillas habrían estado tan encendidas como tus rosas; me alegra que no estuvieras tú.
—En verdad que me haces una injusticia; no habría hecho semejante observación tan impropia por nada del mundo; y además, estoy segura de que nunca se me habría ocurrido.
Isabella sonrió con incredulidad y habló el resto de la velada con James.
La resolución de Catherine de esforzarse por encontrar de nuevo a la señorita Tilney continuaba intacta a la mañana siguiente; y hasta el momento habitual de ir a la Sala de las Bombas, sintió cierta inquietud por el temor a una segunda contrariedad. Pero nada de ese tipo ocurrió, no aparecieron visitas que las retuvieran, y las tres salieron con buen tiempo hacia la Sala de las Bombas, donde siguieron el curso ordinario de los eventos y la conversación; Mr. Allen, después de beber su vaso de agua, se unió a varios caballeros para hablar de la política del día y comparar las noticias de sus periódicos; y las damas pasearon juntas, observando cada cara nueva y casi cada sombrero nuevo de la sala. La parte femenina de la familia Thorpe, acompañada por James Morland, apareció entre la multitud a menos de un cuarto de hora, y Catherine tomó de inmediato su lugar habitual al lado de su amiga. James, que ahora era una presencia constante, mantuvo una posición similar, y separándose del resto de su grupo, pasearon de ese modo algún tiempo, hasta que Catherine empezó a dudar de la felicidad de una situación que, al confinarla enteramente con su amiga y su hermano, le daba muy poca parte en la atención de ninguno de los dos. Siempre estaban enzarzados en alguna discusión sentimental o en alguna disputa animada, pero su sentimentalismo se transmitía en voces tan bajas, y su vivacidad iba acompañada de tanto reír, que, aunque la opinión de apoyo de Catherine era solicitada de vez en cuando por uno u otro, nunca podía darla por no haber oído ni una palabra del tema. Por fin, sin embargo, se vio autorizada a desasirse de su amiga, por la necesidad declarada de hablar con la señorita Tilney, a quien vio con gran alegría entrar en la sala con Mrs. Hughes, y a quien se unió de inmediato, con una determinación más firme de conocerla de la que hubiera tenido el valor de imponer, de no haber sido impulsada por el desencanto del día anterior. La señorita Tilney la recibió con gran cortesía, le correspondió sus avances con igual buena disposición, y continuaron hablando juntas mientras ambas partes permanecieron en la sala; y aunque con toda probabilidad no se hizo ni se empleó ninguna observación ni expresión por ninguna de las dos que no hubiera sido hecha y empleada miles de veces antes, bajo ese mismo techo, en cada temporada de Bath, el mérito de que fueran dichas con sencillez y sinceridad, y sin vanidad personal, podía ser algo poco común.
—¡Qué bien baila su hermano! —fue una exclamación espontánea de Catherine hacia el final de su conversación, que a la vez sorprendió y divirtió a su interlocutora.
—¿Henry? —respondió ella con una sonrisa—. Sí, baila muy bien.
—Debe de haberle parecido muy raro oírme decir que estaba comprometida la otra noche, cuando me vio sentada. Pero en realidad había estado comprometida todo el día con Mr. Thorpe. —La señorita Tilney solo pudo hacer una inclinación.— No puedes imaginar —añadió Catherine después de un momento de silencio— lo sorprendida que me quedé al verle otra vez. Estaba tan segura de que se había marchado del todo.
—La vez anterior que Henry tuvo el placer de verla, solo estaba en Bath un par de días. Vino únicamente a buscarles alojamiento.
—Eso nunca se me ocurrió; y claro, al no verle por ningún lado, pensé que debía de haberse marchado. ¿No era la joven con quien bailó el lunes una tal señorita Smith?
—Sí, una conocida de Mrs. Hughes.
—Supongo que se alegró mucho de bailar. ¿La encuentras bonita?
—No mucho.
—¿No viene nunca a la Sala de las Bombas, supongo?
—Sí, a veces; pero esta mañana ha salido a caballo con mi padre.
Mrs. Hughes se unió entonces a ellas y preguntó a la señorita Tilney si estaba lista para marcharse.
—Espero tener el placer de verte pronto —dijo Catherine—. ¿Vendrás al baile de cotillones mañana?
—Quizás..., sí, creo que sí vendremos.
—Me alegra saberlo, porque estaremos todos allí. —Esta cortesía fue debidamente correspondida; y se separaron..., la señorita Tilney con algún conocimiento de los sentimientos de su nueva conocida, y Catherine sin la menor conciencia de habérselos explicado.
Volvió a casa muy feliz. La mañana había respondido a todas sus esperanzas, y la velada del día siguiente era ahora el objeto de sus expectativas, el bien futuro. El vestido y el tocado que llevaría en la ocasión se convirtieron en su principal preocupación. No está justificada en ello. El vestir es en todo momento una distinción frívola, y el exceso de celo por él suele destruir su propio fin. Catherine lo sabía muy bien; su tía abuela le había dado una conferencia sobre el tema el pasado mismo Navidad; y sin embargo, permaneció diez minutos despierta el miércoles por la noche debatiendo entre su muselina de lunares y la bordada, y nada salvo la escasez de tiempo le impidió comprarse un vestido nuevo para la velada. Habría sido este un error de criterio, grande aunque no infrecuente, del que más bien alguien del otro sexo que del suyo propio, un hermano antes que una tía abuela, podría haberla prevenido; pues solo el hombre puede estar al corriente de la insensibilidad del hombre hacia un vestido nuevo. Sería mortificante para los sentimientos de muchas damas si pudieran llegar a entender cuán poco afecta el corazón masculino lo costoso o lo nuevo de su atuendo; cuán poco lo inclina la textura de su muselina, y cuán insusceptible es de ternura particular hacia lo de lunares, lo estampado, el muletón o el jaconá. La mujer se arregla para su propia satisfacción únicamente. Ningún hombre la admirará más, ninguna mujer la querrá mejor por ello. La pulcritud y la moda son suficientes para el primero, y algo de descuido o impropiedad resultará de lo más entrañable para las segundas. Pero ninguna de estas serias reflexiones perturbó la tranquilidad de Catherine.
Entró en las salas el jueves por la noche con sentimientos muy distintos a los que la habían acompañado el lunes anterior. Entonces había llegado llena de júbilo por su compromiso con Thorpe, y ahora se afanaba principalmente en evitar su vista, no fuera que volviera a comprometerse con ella; pues aunque no podía, no se atrevía a esperar que Mr. Tilney le pidiera bailar por tercera vez, sus deseos, esperanzas y proyectos todo giraban en torno a nada menos que eso. Toda joven puede solidarizarse con mi heroína en este momento crítico, pues toda joven ha conocido en algún momento la misma agitación. Todas han estado, o al menos todas han creído estar, en peligro de ser perseguidas por alguien a quien deseaban evitar; y todas han anhelado la atención de alguien a quien deseaban agradar. En cuanto se unió a los Thorpe, la angustia de Catherine empezó; se agitaba si John Thorpe se acercaba, se escondía de su vista lo más posible, y cuando él le hablaba fingía no oírle. Los cotillones habían terminado, la danza de figuras estaba comenzando, y ella no veía nada de los Tilney.
—No te asustes, querida Catherine —susurró Isabella—, pero voy a bailar otra vez con tu hermano. Debo reconocer que es del todo escandaloso. Le digo que debería avergonzarse, pero tú y John tenéis que hacernos compañía. Date prisa, criatura adorada, y ven a nosotros. John acaba de alejarse, pero volverá en un momento.
Catherine no tenía ni tiempo ni ganas de responder. Los demás se alejaron, John Thorpe seguía a la vista, y se consideró perdida. Para no dar la impresión, sin embargo, de advertirlo ni esperarlo, mantuvo los ojos clavados en su abanico; y una autorecriminación por su insensatez, al suponer que entre semejante gentío llegarían a encontrar siquiera a los Tilney en ningún momento razonable, acababa de cruzar por su mente, cuando de pronto se encontró abordada y solicitada de nuevo a bailar por el propio Mr. Tilney. Con qué ojos brillantes y qué pronta disposición le concedió su petición, y con cuánto agradable palpitar del corazón se fue con él a la rueda, puede imaginarse fácilmente. ¡Escapar, y como ella creía tan por los pelos, de John Thorpe, y verse pedida, tan de inmediato al unirse él a ella, pedida por Mr. Tilney, como si la hubiera buscado expresamente! No le parecía que la vida pudiera deparar mayor felicidad.
Apenas se habían acomodado tranquilamente en un lugar, sin embargo, cuando su atención fue reclamada por John Thorpe, que estaba de pie detrás de ella.
—¡Vaya, señorita Morland! —dijo él—. ¿Qué significa esto? Creía que usted y yo íbamos a bailar juntos.
—Me sorprende que lo creyera, pues no me lo pidió usted nunca.
—¡Buena esa, vaya! Se lo pedí en cuanto entré en la sala, y estaba a punto de pedírselo de nuevo, pero al volverme usted ya no estaba. ¡Es un truco de lo más bajo! He venido solo por el placer de bailar con usted, y firmemente creo que llevaba usted comprometida conmigo desde el lunes. Sí; lo recuerdo, se lo pedí mientras usted esperaba en el vestíbulo su capa. ¡Y yo aquí diciéndoles a todos mis conocidos que iba a bailar con la chica más bonita de la sala; y cuando te vean de pie con otro, se burlarán de mí enormemente!
—Oh, no; no se fijaran en mí después de semejante descripción.
—Por Dios que si no lo hacen, los echo de la sala de un puntapié a esos estúpidos. ¿Quién es ese tipo? —Catherine satisfizo su curiosidad—. Tilney —repitió—. Hm..., no le conozco. Un hombre de buena planta; bien hecho. ¿Quiere comprar un caballo? Aquí hay un amigo mío, Sam Fletcher, que tiene uno para vender que le vendría a cualquiera. Un animal maravillosamente hábil para la carretera..., solo cuarenta guineas. Tuve muchas ganas de comprarlo yo mismo, pues tengo como norma comprar siempre un buen caballo cuando me lo encuentro; pero no me servía a mí, no me sirve para el campo. Daría cualquier cosa por un buen caballo de caza. Tengo tres ahora, los mejores que se han montado nunca. No los daría por ochocientas guineas. Fletcher y yo pensamos alquilar una casa en Leicestershire para la próxima temporada. Es tan sumamente incómodo vivir en una posada.
Esta fue la última frase con que pudo cansar la atención de Catherine, pues en ese momento fue arrastrado por la presión irresistible de una larga fila de damas que pasaban. Su pareja se acercó entonces y dijo: «Ese caballero me habría puesto fuera de paciencia si hubiera permanecido con usted medio minuto más. No tiene ningún derecho a sustraer la atención de mi pareja. Hemos contraído un acuerdo de agradabilidad mutua por el espacio de una velada, y toda nuestra agradabilidad nos pertenece exclusivamente el uno al otro durante ese tiempo. Nadie puede reclamar la atención de uno sin perjudicar los derechos del otro. Considero un baile de figuras como un emblema del matrimonio. La fidelidad y la complacencia son los principales deberes de ambos; y los hombres que no quieren bailar ni casarse por su parte no tienen ningún derecho sobre las parejas o las esposas de sus vecinos».
—¡Pero son cosas tan distintas!
—¿Que usted cree que no pueden compararse?
—Desde luego que no. Las personas que se casan no pueden separarse nunca, sino que han de irse a vivir juntas. Las personas que bailan solo están frente a frente en una sala larga durante media hora.
—Y esa es su definición del matrimonio y el baile. Vista así, ciertamente su semejanza no es llamativa; pero creo que podría presentarlos bajo una perspectiva diferente. Reconocerá usted que en ambos el hombre tiene la ventaja de elegir y la mujer solo el poder de rechazar; que en ambos es un compromiso entre hombre y mujer, contraído para beneficio de cada uno; y que una vez contraído, se pertenecen exclusivamente el uno al otro hasta el momento de su disolución; que es deber de cada cual procurar que el otro no tenga razón de desear haberse dado a otro, y su mayor interés mantener la imaginación alejada de divagar hacia las perfecciones de sus vecinos, o de imaginar que habrían estado mejor con cualquier otra persona. ¿Reconocerá usted todo esto?
—Sí, desde luego; tal como lo plantea usted, todo esto suena muy bien; pero aun así son tan distintas cosas. No puedo considerarlas bajo la misma luz ni creer que les correspondan los mismos deberes.
—En un aspecto hay ciertamente una diferencia. En el matrimonio, se supone que el hombre debe proveer el sustento de la mujer; la mujer, hacer la casa agradable al hombre; él ha de proveer, y ella ha de sonreír. Pero en el baile, sus deberes se invierten exactamente; la agradabilidad, la complacencia se esperan de él, mientras que ella aporta el abanico y el agua de lavanda. Supongo que esa era la diferencia de deberes que a usted le llamó la atención, por la que le parecía que las condiciones no podían compararse.
—No, en verdad que no pensé en eso.
—Entonces estoy completamente desconcertado. Hay una cosa, sin embargo, que debo observar. Esta disposición de su parte es algo alarmante. Usted rechaza totalmente cualquier semejanza en las obligaciones; ¿y no puedo deducir de ello que su concepto de los deberes del estado del baile no es tan estricto como podría desear su pareja? ¿No tengo razón para temer que, si el caballero que le habló hace un momento volviera, o si cualquier otro caballero se dirigiera a usted, no habría nada que le impidiera conversar con él todo el tiempo que quisiera?
—Mr. Thorpe es tan íntimo amigo de mi hermano que, si me habla, debo hablarle a mi vez; pero apenas hay tres jóvenes en la sala además de él con quienes tenga yo ningún conocimiento.
—¿Y esa ha de ser mi única garantía? ¡Ay, ay!
—Pues no sé de dónde podría usted sacar una mejor; porque si no conozco a nadie, me es imposible hablarles; y además, no quiero hablar con nadie.
—Ahora sí que me ha dado usted una garantía que vale la pena; y seguiré adelante con valor. ¿Encuentra usted Bath tan agradable como cuando tuve el honor de hacerle esa pregunta antes?
—Sí, bastante...; más incluso.
—¿Más aún? Cuidado, o se le olvidará cansarse de él a su debido tiempo. Debería estar cansada al cabo de seis semanas.
—No creo que me cansara aunque me quedara seis meses.
—Bath, comparada con Londres, tiene poca variedad, y así lo descubre todo el mundo cada año. «Para seis semanas, Bath es bastante agradable; pero pasadas esas, es el lugar más aburrido del mundo.» Eso es lo que le dirían personas de toda condición, que vienen con regularidad cada invierno, alargan sus seis semanas a diez o doce, y se van al final porque no pueden permitirse quedarse más.
—Pues bien, cada cual tendrá que juzgar por sí mismo, y los que van a Londres quizás no le dan ningún valor a Bath. Pero yo, que vivo en un pequeño pueblo apartado en el campo, nunca podría encontrar mayor monotonía en un lugar como este que en mi propia casa; pues aquí hay una variedad de diversiones, una variedad de cosas que ver y hacer a lo largo de todo el día, de lo que allí no tengo ningún conocimiento.
—No le gusta a usted el campo.
—Sí que me gusta. Siempre he vivido en él y siempre he sido muy feliz. Pero ciertamente hay mucha más monotonía en la vida del campo que en la vida de Bath. Un día en el campo es exactamente igual que otro.
—Pero entonces emplea usted el tiempo de una manera mucho más racional en el campo.
—¿De veras?
—¿Acaso no?
—No creo que haya mucha diferencia.
—Aquí está usted en busca de diversión todo el día.
—Y también en casa..., solo que aquí encuentro mucha más. Paseo por aquí, y también paseo allí; pero aquí veo variedad de personas en cada calle, y allí solo puedo ir a visitar a Mrs. Allen.
Mr. Tilney se divirtió mucho.
—¡«Solo ir a visitar a Mrs. Allen»! —repitió—. ¡Qué imagen de pobreza intelectual! Sin embargo, cuando vuelva a sumergirse en ese abismo, tendrá más cosas que contar. Podrá hablar de Bath y de todo lo que hizo aquí.
—¡Oh! Sí; nunca me faltará algo de qué hablar a Mrs. Allen, o a cualquier otro. En realidad creo que siempre estaré hablando de Bath cuando esté en casa otra vez..., me gusta tanto. ¡Si pudiera tener aquí a papá y a mamá y a los demás, supongo que sería demasiado feliz! La venida de James —mi hermano mayor— es del todo deliciosa..., y especialmente porque resulta que la misma familia con la que acabamos de intimar tanto son ya sus íntimos amigos. ¡Oh! ¿Quién puede cansarse nunca de Bath?
—No quienes traen a él sentimientos tan frescos de toda clase como los suyos. Pero papás y mamás, y hermanos, y amigos íntimos son algo ya bastante superado para la mayoría de los asiduos de Bath..., y el honrado apetito por los bailes y las funciones y los espectáculos cotidianos los ha abandonado.
Aquí se cerró su conversación, pues las exigencias del baile se hacían ahora demasiado apremiantes para una atención dividida.
Poco después de llegar al final de la rueda, Catherine percibió que era observada con atención por un caballero que se encontraba entre los espectadores, inmediatamente detrás de su pareja. Era un hombre muy apuesto, de aspecto imponente, pasada la flor de la vida pero no el vigor de ella; y con los ojos todavía dirigidos hacia ella, lo vio dirigirse poco después a Mr. Tilney en un susurro familiar. Turbada por su atención, y sonrojándose por el temor de que fuera suscitada por algo incorrecto en su apariencia, volvió la cabeza. Pero al hacerlo, el caballero se retiró, y su pareja, acercándose, dijo: «Veo que adivina usted lo que me acaban de preguntar. Ese caballero conoce el nombre de usted, y usted tiene derecho a conocer el suyo. Es el general Tilney, mi padre».
La respuesta de Catherine fue solo «¡Oh!»..., pero era un «¡Oh!» que lo expresaba todo lo necesario: atención a sus palabras y plena confianza en su veracidad. Con auténtico interés y viva admiración siguió ahora su mirada al general mientras este se movía entre la muchedumbre, y «¡Qué familia tan atractiva!» fue su comentario secreto.
En la charla con la señorita Tilney antes de que terminara la velada surgió para ella una nueva fuente de felicidad. Desde su llegada a Bath no había dado ningún paseo por el campo. La señorita Tilney, para quien todos los alrededores más frecuentados eran familiares, habló de ellos en términos que le hicieron ansiar conocerlos también; y al manifestar ella abiertamente que temía no encontrar con quién ir, el hermano y la hermana propusieron que se uniera a ellos en algún paseo, una mañana u otra. «Me encantaría —exclamó—, más que ninguna otra cosa en el mundo; y no lo dejemos para después..., vamos mañana». Esto fue aceptado de buena gana, con la sola condición de la señorita Tilney de que no lloviera, lo cual Catherine estaba segura de que no ocurriría. A las doce vendrían a buscarla a Pulteney Street; y «Recuerda..., a las doce» fue su despedida a su nueva amiga. De su otra amiga, la más antigua, la más establecida..., Isabella..., de cuya fidelidad y valía había disfrutado la experiencia de quince días, apenas la vio durante la velada. Sin embargo, aunque deseando hacerle partícipe de su felicidad, se sometió alegremente al deseo de Mr. Allen, que los llevó a marcharse bastante pronto, y su espíritu bailaba en su interior mientras ella bailaba en la silla de manos durante todo el camino a casa.
Traducido y editado por Elejandría.com