El señor Rushworth estaba en la puerta para recibir a su dama, y dio la bienvenida al grupo entero con la debida atención. En el salón, su madre los acogió con igual cordialidad, y la señorita Bertram recibió de los dos toda la distinción que era de desear. Terminadas las salutaciones de llegada, había que comer primero, y abrieron las puertas de par en par, dando paso al comedor designado, a través de una o dos piezas intermedias, donde había preparada una abundante y refinada colación. Se habló mucho, se comió mucho, y discurrió todo bien. A continuación abordaron el asunto del día. ¿Le gustaría al señor Crawford echar una ojeada al parque, de la manera que él estimara mejor? El señor Rushworth mencionó su cabriolé. El señor Crawford sugirió que sería más deseable disponer de un coche que pudiese llevar a más de dos.
—Privarnos de la ventaja de otros ojos y otras opiniones puede ser peor incluso que perder el actual placer.
La señora Rushworth propuso que se llevasen también el tílburi; pero esto sólo fue aceptado como último recurso; las jóvenes ni sonrieron ni dijeron nada. Su siguiente proposición de enseñar la casa a los que aún no la habían visto fue mejor acogida, porque la señorita Bertram tendría el placer de exhibir su tamaño, y los demás se alegraban de hacer algo.
Así que se levantó el grupo y guiados por la señora Rushworth recorrió diversas estancias, todas altas, amplias muchas de ellas, y profusamente amuebladas al gusto de cincuenta años atrás, con suelos brillantes, sólida caoba, rico damasco, mármoles, dorados y esculturas, cada cosa bellísima en su género. Había abundancia de cuadros, algunos muy buenos, aunque la mayoría eran retratos de familiares que nadie conocía más que la señora Rushworth, que se había tomado el trabajo de aprenderse lo que el ama de llaves le había podido enseñar, y ahora estaba casi tan capacitada como ella para mostrar la casa. En esta ocasión se dirigía en especial a la señorita Crawford y a Fanny, aunque no podía compararse el interés que ponían una y otra; porque la señorita Crawford, que había visto docenas de casas y todas le tenían sin cuidado, hacía como que escuchaba cortésmente, mientras que Fanny —para la que casi todo era interesante a la par que nuevo atendía con sincera seriedad a lo que la señora Rushworth contaba sobre los primeros tiempos de la familia, su ascenso y grandeza, las visitas reales y las pruebas de lealtad, encantada de relacionar cualquier detalle con la historia conocida, o de encender su imaginación con escenas del pasado.
La situación de la casa hacía imposible que ninguna de las habitaciones tuviera grandes vistas, y mientras Fanny y algunos de los otros escuchaban a la señora Rushworth, Henry Crawford miraba serio y meneaba la cabeza ante las ventanas. Todas las habitaciones de la fachada oeste dominaban, por encima de un cuadro de césped, el principio de la avenida, justo al otro lado de la alta cerca de hierro y las puertas.
Tras visitar infinidad de habitaciones que no parecían tener otra función que la de aumentar el impuesto sobre ventanas y el trabajo de las criadas:
—Ahora vamos a visitar la capilla —dijo la señora Rushworth—, a la que habría que entrar por arriba, y verla desde lo alto; pero como estamos entre amigos, los llevaré por aquí, si me permiten.
Entraron. A Fanny la había preparado su imaginación para algo más suntuoso que una mera habitación amplia y oblonga, abastecida de todo lo necesario para el culto, sin otra cosa notable o solemne que una gran profusión de caoba, con los cojines de terciopelo rojo asomando por encima del antepecho de la galería familiar.
—Me ha decepcionado —susurró muy bajo a Edmund—. No es la idea que yo tengo de una capilla. Aquí no hay nada terrible, nada melancólico, nada grandioso. No hay naves, ni arcos, ni inscripciones, ni estandartes. Ningún estandarte «agitado por el viento nocturno de los Cielos». No hay signo alguno de que «yace debajo un monarca escocés».
—Olvidas, Fanny, la fecha tardía en que fue construida, y con qué limitado propósito, comparada con las viejas capillas de los castillos y los monasterios. Sólo era para uso privado de la familia. Supongo que sus miembros han sido enterrados en la iglesia parroquial. Allí es donde debes buscar los estandartes y las proezas.
—He sido una tonta al no caer en eso; pero me decepciona.
La señora Rushworth comenzó su perorata:
—Esta capilla fue arreglada, tal como la ven, en tiempos de Jacobo II. Antes de ese período, tengo entendido, los bancos eran sólo de madera; y hay razón para pensar que las fundas, los cojines del púlpito y los asientos de la familia eran sólo de paño púrpura; pero no es completamente seguro. Es una hermosa capilla, y tuvo un uso constante mañana y tarde. Las oraciones las leía siempre el capellán de la familia, según recuerdan muchos. Pero el difunto señor Rushworth dejó esa tradición.
—Cada generación aporta sus mejoras —dijo la señorita Crawford, con una sonrisa, a Edmund.
La señora Rushworth fue a repetirle la lección al señor Crawford; y Edmund, Fanny y la señorita Crawford se quedaron juntos aparte.
—Es una pena —exclamó Fanny— haber dejado esa costumbre. Es un aspecto valioso de los viejos tiempos. ¡La capilla y el capellán son elementos muy característicos de una casa grande, de la idea que tenemos de cómo debe ser una casa solariega! Es hermoso: ¡la familia entera reuniéndose regularmente para rezar!
—Muy hermoso, sí —exclamó la señorita Crawford echándose a reír—. Debían de hacer muchísimo bien los jefes de familia, obligando a las pobres doncellas y a los criados a dejar el trabajo o la distracción para rezar aquí dos veces al día, mientras ellos ponían cualquier excusa para no hacerlo.
—Ésa no es la idea que Fanny tiene de reunirse la familia —dijo Edmund—. Si no asisten el señor y la señora, se hace más daño que beneficio a la costumbre.
—En cualquier caso, es más discreto dejar que la gente se las componga en esas cuestiones. A todo el mundo le gusta ir a su aire: escoger por sí mismo el momento y el modo de cumplir con su devoción. La obligación de asistir, el formulismo, la sujeción, la cantidad de tiempo… todo eso resulta pesado, y no le gusta a nadie; y si la buena gente que se pasaba el rato arrodillada bostezando en la galería hubiera podido imaginar que llegaría un tiempo en que hombres y mujeres podrían seguir en la cama otros diez minutos, cuando se despertaran con dolor de cabeza, sin peligro de que nadie les reprochase no haber visitado la capilla, habrían saltado de alegría y de envidia. ¿No se imaginan la desgana con que las antiguas bellezas de la casa Rushworth acudirían muchas veces a esta capilla? Las jóvenes señoras Eleanor y señoras Bridget, todas tiesas en aparente devoción, pero con la cabeza llena de cosas muy distintas, sobre todo si el pobre capellán no merecía ni mirarle; y en esos días imagino a los sacerdotes muy por debajo incluso de lo que son ahora.
Durante unos momentos, no le contestaron. Fanny se ruborizó y miró a Edmund; pero se sentía demasiado enfadada para hablar; y él necesitó un breve recogimiento antes de poder decir:
—Su carácter alegre le impide mirar con seriedad siquiera los asuntos más serios. Nos ha hecho una descripción divertida, y la naturaleza humana no puede decir que no fuera así. Todos sabemos lo difícil que es a veces concentrar el pensamiento en lo que queremos; pero suponiendo que sea algo frecuente, o lo que es lo mismo, una debilidad convertida en hábito por la dejadez, ¿qué puede esperarse de la devoción privada de tales personas? ¿Cree que los espíritus que han sido consentidos, que se han dedicado a divagar en la capilla, estarían más recogidos en un gabinete?
—Sí, es muy probable. Al menos tendrían dos ventajas a su favor. Habría menos cosas que les distrajeran, y no se cansarían tanto.
—El espíritu que no lucha consigo mismo en una circunstancia, encontrará motivos de distracción en otra, creo; y la influencia del lugar y el ejemplo son capaces a menudo de generar mejores sentimientos que aquéllos con los que se empezó. Reconozco, sin embargo, que la mayor parte del servicio religioso supone a veces demasiado esfuerzo para la mente. Nos gustaría que no fuera así… pero yo aún no hace demasiado que he dejado Oxford para olvidar lo que son las oraciones en la capilla.
Estaba hablando de este modo, y el resto del grupo andaba disperso por la capilla, cuando Julia llamó la atención del señor Crawford hacia su hermana, diciendo:
—Mire al señor Rushworth y a Maria, el uno al lado del otro, exactamente como si estuvieran celebrando la ceremonia. ¿No tienen toda la pinta de estar casándose?
El señor Crawford sonrió con aquiescencia, y dando un paso hacia Maria, dijo en un tono que sólo pudo oírle ella:
—No me gusta ver a la señorita Bertram tan cerca del altar.
Sobresaltada, la dama retrocedió instintivamente un paso o dos; pero se recobró enseguida y fingió reír. Y le preguntó en tono no mucho más fuerte «si la llevaría él».
—Me temo que sería muy torpe para eso —replicó, con una mirada significativa.
Julia, que se reunió con ellos en ese momento, continuó la broma:
—¡Dios mío!, sería una verdadera lástima que no se celebrara ahora mismo, si tuviéramos la debida licencia; porque ahora estamos todos juntos y nada sería más íntimo y agradable.
Y hablaba y reía a este propósito con muy poca discreción, como para que la oyesen el señor Rushworth y su madre, exponiendo a su hermana a las galanterías generales de su enamorado, mientras la señora Rushworth comentaba con discreta sonrisa y dignidad que sería el más feliz acontecimiento para ella, cuando se celebrara.
—¡Ojalá Edmund se hubiese ordenado ya! —exclamó Julia, corriendo a donde estaba él con la señorita Crawford y Fanny—; mi querido Edmund, si estuvieses ordenado, podrías celebrar la ceremonia ahora mismo. Qué lástima que no lo estés; porque el señor Rushworth y Maria están completamente preparados.
El semblante de la señorita Crawford, al oír a Julia, habría podido divertir a un espectador desinteresado. Pareció casi horrorizarse ante la nueva información que estaba recibiendo. Fanny la compadeció. «Cuánto debe de lamentar lo que ahora ha dicho hace un momento», le pasó por la cabeza.
—¿Ordenarse? —dijo la señorita Crawford—; ¿es que va a ser usted cura?
—Sí, recibiré las órdenes en cuanto regrese mi padre… Probablemente, las próximas Navidades.
La señorita Crawford, tras recobrar el ánimo y el color, se limitó a comentar:
—De haberlo sabido antes habría hablado del clero con más respeto —y cambió de conversación.
Poco después dejaron la capilla al silencio y la quietud que imperaban en ella, con pequeñas interrupciones, durante todo el año. Abrió la marcha la señorita Bertram, disgustada con su hermana, y todos tuvieron la sensación de haber estado allí suficiente tiempo.
Ahora habían visto toda la parte baja de la casa, y la señora Rushworth, que nunca se daba por vencida, habría seguido hacia la escalinata principal, y los habría llevado por todas las habitaciones de arriba, si su hijo no la hubiera interrumpido con una duda sobre si tendrían tiempo.
—Porque si nos entretenemos demasiado con la casa —dijo con esa especie de evidencia palmaria que cabezas más despejadas no siempre evitan—, no nos dará tiempo a lo que hay que hacer fuera. Son más de las dos, y la cena es a las cinco.
La señora Rushworth se resignó, e iba probablemente a debatirse más a fondo la cuestión de inspeccionar el terreno, junto con el quién y el cómo, y la señora Norris estaba empezando a planear qué combinación de coches y caballos podía hacerse, cuando los jóvenes, al topar con una puerta tentadoramente abierta a un tramo de escalera que daba acceso directo al césped y los arbustos, y a todas las delicias del parque, como por un solo impulso, deseosos de aire y de libertad, se apresuraron a salir.
—De momento, salgamos por aquí —dijo la señora Rushworth, captando cortésmente el deseo general, y siguiéndoles—. Aquí tenemos muchísimas plantas, y curiosos faisanes.
—Me pregunto —dijo el señor Crawford, mirando a su alrededor— si hay algo aquí que necesitemos ver, antes de ir a otra parte. Veo muros muy prometedores. Señor Rushworth, ¿convocamos consejo en este césped?
—James —dijo la señora Rushworth a su hijo—: creo que la zona silvestre será una novedad para todos. Las señoritas Bertram no la han visto aún.
No hubo objeción alguna; pero durante unos momentos, nadie se sintió inclinado a iniciar ningún plan, ni a dirigirse a ningún sitio. Todos se sentían atraídos por las plantas o los faisanes, y se desperdigaron en feliz independencia. El señor Crawford fue el primero en ponerse en marcha para examinar las posibilidades de ese extremo de la casa. El césped, limitado a uno y otro lado por un muro alto, comprendía, más allá de la primera zona de plantas, un campo de bolos; y más allá del campo de bolos, un largo paseo en terraza, con una valla de hierro detrás, que dominaba una perspectiva, por encima de ellos, hasta las copas de los árboles de la zona silvestre adyacente. Era un buen sitio para descubrir defectos. La señorita Bertram y el señor Rushworth siguieron enseguida al señor Crawford; y cuando, poco después, los otros se dividieron en grupos, Edmund, la señorita Crawford y Fanny encontraron a los tres en la terraza enfrascados en deliberaciones, y se unieron a ellos de manera natural. Y después de compartir brevemente sus pegas y sus dificultades, los dejaron y siguieron andando. El otro grupo: la señora Rushworth, la señora Norris y Julia, iba todavía muy atrás; porque Julia, cuya feliz estrella había dejado de predominar, se había visto obligada a quedarse junto a la señora Rushworth, y a acomodar sus pies impacientes al lento paso de la dama, mientras que su tía, al topar con el ama de llaves que había salido a dar de comer a los faisanes, se había quedado hablando con ella. La pobre Julia, la única de los nueve que no estaba relativamente satisfecha con su suerte, soportaba ahora una completa penitencia, con un estado de ánimo muy diferente del que la Julia del birlocho podía haber hecho prever. La cortesía que le habían enseñado a practicar como un deber le impedía escapar, mientras que la falta de esa especie de autodominio superior, de esa consideración justa a los demás, de ese conocimiento del propio corazón, de ese principio de lo que está bien, que no había formado parte ninguna de su educación, la hacía sentirse desgraciada en el fondo.
—Hace un calor insoportable —dijo la señorita Crawford después de dar una vuelta por la terraza, cuando se acercaban por segunda vez a la puerta del centro que daba acceso a la zona silvestre—. ¿Alguien tiene inconveniente en que nos refresquemos? Aquí hay un bosquecillo precioso, si se puede llegar a él. ¡Ojalá no esté esa puerta cerrada con llave!… Pero naturalmente lo estará; en estos sitios, los únicos que pueden ir a donde se les antoja son los jardineros.
La puerta, sin embargo, no estaba cerrada con llave, y se alegraron de salir por ella y dejar atrás el sol implacable. Un número considerable de escalones los condujeron a la zona silvestre, consistente en una plantación de árboles de unos ocho mil metros cuadrados de extensión; y aunque la mayoría eran alerces y laureles, y hayas taladas, y guardaban demasiada regularidad, había oscuridad y sombra, y belleza natural, en comparación con el campo de bolos y la terraza. Todos agradecieron el frescor, y durante un rato no fueron capaces de hacer otra cosa que andar y admirar. Por último, tras una breve pausa, la señorita Crawford empezó:
—Así que va a ser cura, señor Bertram. Eso ha sido una gran sorpresa para mí.
—¿Una sorpresa por qué? Podía haber supuesto que pensaba abrazar alguna profesión, y podía haberse dado cuenta de que no soy ni abogado, ni soldado, ni marino.
—Es cierto; pero, en fin, no se me había ocurrido. Y siempre suele haber un tío o un abuelo que deja su fortuna al hijo segundo.
—Una práctica muy loable —dijo Edmund—, aunque no completamente universal. Yo soy una de las excepciones; así que me toca hacer algo por mí mismo.
—Pero ¿por qué cura? Yo creía que eso se dejaba al hijo menor cuando había muchos que elegían antes que él.
—¿Cree entonces que la Iglesia no hace jamás su propia elección?
—Jamás es una palabra atroz. Pero sí; pienso en el jamás coloquial que quiere decir muy pocas veces. Porque ¿qué se puede hacer en la Iglesia? A los hombres les gusta destacar. Y se puede ganar distinción en cualquiera de las otras profesiones, pero no en la Iglesia. Un cura no es nada.
—El nada coloquial tiene sus gradaciones, espero, lo mismo que el jamás. Un sacerdote no puede vivir inmerso en el lujo o la elegancia. No debe acaudillar multitudes, ni marcar el tono en el vestir. Pero no puedo calificar de nada un estado que tiene a su cargo todo cuanto es de primerísima importancia para la humanidad, individual o colectivamente considerada, en lo temporal y en lo eterno, que tiene la tutela de la religión y la moral, y por consiguiente los modos de comportamiento que se derivan de su influencia. Nadie aquí puede calificar ese oficio de nada. Si el hombre que lo desempeña no es nada, es porque ha descuidado su deber, porque ha renunciado a su justa importancia, y se ha apartado de su camino para parecer lo que no debería parecer.
—Usted da más importancia al sacerdote de lo que se suele oír por ahí, o de lo que soy capaz de comprender. No veo que tenga mucha influencia ni importancia en la sociedad; así que, ¿cómo la adquiere, cuando se los ve tan raramente? ¿Cómo pueden dos sermones semanales, aun suponiendo que valga la pena escucharlos, aun suponiendo que el predicador tenga la sensatez de preferir los de Blair a los suyos propios, hacer todo lo que usted dice, guiar las maneras y usos y costumbres de una gran congregación durante el resto de la semana? Apenas se ve a un sacerdote fuera del púlpito.
—Usted habla de Londres; yo estoy hablando de la nación entera.
—La metrópolis, imagino, es una buena muestra de lo demás.
—No de la proporción de virtudes y vicios de todo el reino, espero. No encontramos nuestra mejor moralidad en las grandes ciudades. No es allí donde la gente respetable de cualquier confesión puede hacer el mayor bien; y desde luego, no es allí donde más se siente la influencia del clero. Un buen predicador es seguido y admirado; pero no es sólo predicando bien como un buen sacerdote será útil a la parroquia y a la vecindad, donde la parroquia y la vecindad son de una dimensión tal que pueden conocer su carácter privado y observar su conducta general, lo que rara vez puede ocurrir en Londres. El clero se pierde allí entre la multitud de sus feligreses. Se los conoce en gran medida sólo como predicadores. Y respecto a influir en la conducta pública, la señorita Crawford no debe malinterpretarme, ni suponer que los considero árbitros de la buena crianza, reguladores del refinamiento y la cortesía, y maestros de ceremonia de la vida. Las costumbres a las que yo me refiero podrían más bien llamarse conducta, quizá: resultado de los buenos principios; efecto, en definitiva, de esas doctrinas que es deber de ellos enseñar y recomendar; y allí donde se encuentren, creo, vemos que, según sean o no sean los sacerdotes lo que deben ser, así será el resto de la nación.
—Desde luego —dijo Fanny con suave seriedad.
—Vaya —exclamó la señorita Crawford—. Ya ha convencido usted a la señorita Price.
—Quisiera poder convencer a la señorita Crawford también.
—No creo que lo consiga —dijo ella con una amplia sonrisa—. Estoy tan sorprendida como al principio de que piense ordenarse. En realidad tiene capacidad para algo mejor. Vamos, piénselo bien. No es demasiado tarde. Entre en el derecho.
—¡Entre en el derecho! Con la misma facilidad que si me dice: ¡entre en ese bosque!
—Seguro que va a decir que el derecho es un bosque más intrincado que ése; pero me anticipo a decirlo yo. Recuerde que me he anticipado.
—No hace falta que se apresure a impedirme decir una ingeniosidad, porque no tengo nada de ingenioso. Soy persona de lenguaje llano y prosaico, y puedo pasarme media hora merodeando alrededor de una réplica sin dar con ella.
A continuación siguió un silencio general. Cada cual se quedó pensativo. Fanny fue la primera en romperlo, diciendo:
—Me extraña estar cansada sólo de andar por este bosquecillo agradable; pero si no les importa, cuando lleguemos a un banco, me gustaría que nos sentáramos un poco.
—Mi querida Fanny —exclamó Edmund, cogiéndole inmediatamente el brazo por debajo del suyo—, ¡qué desconsiderado soy! Espero que no estés muy cansada. Tal vez —volviéndose a la señorita Crawford— mi otra compañera pueda hacerme el honor de cogerse de mi otro brazo.
—Gracias, pero no estoy nada cansada. —Se cogió, no obstante, mientras hablaba; y la gratitud de Edmund por este gesto, por sentir ese contacto por primera vez, hizo que se olvidara un poco de Fanny.
—Apenas me toca —dijo Edmund—. No hace que me sienta útil. ¡Qué diferencia entre el peso del brazo de una mujer y el de un hombre! En Oxford he llevado muchas veces a un hombre apoyado a lo largo de una calle; usted es como el peso de una mosca, en comparación.
—No estoy cansada en realidad, lo que casi me sorprende; porque debemos de llevar caminando más de un kilómetro, por este bosque. ¿No cree?
—No llevamos ni medio —respondió con decisión; porque no estaba aún tan enamorado como para medir distancias, ni calcular el tiempo con femenino desorden.
—¡Ah! No tiene en cuenta la cantidad de vueltas que hemos dado. Hemos hecho un recorrido francamente sinuoso; y el bosque mismo debe de tener más de medio kilómetro de largo en línea recta, porque aún no hemos visto el final desde que dejamos el camino ancho.
—Pero recuerde que, antes de dejar el camino ancho, hemos visto el final: cuando estuvimos mirando todo el panorama desde arriba, y lo vimos cerrado por la verja de hierro. Y no tendrá más de un estadio de largo.
—Bueno, yo no sé nada de estadios, pero estoy segura de que es un bosque muy largo; y hemos estado torciendo a un lado y a otro desde que hemos entrado en él; así que cuando digo que hemos andado más de un kilómetro dentro de él, estoy hablando dentro de sus límites.
—Llevamos exactamente un cuarto de hora aquí —dijo Edmund, sacando el reloj—. ¿Cree que caminamos a seis kilómetros y medio por hora?
—¡Por favor, no me ataque con el reloj! Los relojes van siempre demasiado deprisa o demasiado despacio. No quiero que me mande ningún reloj.
Unos pasos más adelante llegaron al final mismo del paseo del que habían estado hablando. Y, retirado del borde, protegido por la sombra y dominando el parque por encima de una valla baja, había un banco de cómodas dimensiones en el que se sentaron.
—Me da miedo que te hayas cansado demasiado, Fanny —dijo Edmund, mirándola—; ¿por qué no lo has dicho antes? Será un día poco divertido para ti, si te cansas. Cualquier ejercicio la cansa enseguida, señorita Crawford, salvo montar a caballo.
—¡Qué detestable por su parte, entonces, permitirme acaparar su caballo como hizo la semana pasada! Me avergüenzo de usted y de mí; pero no volverá a suceder.
—Su atención y consideración me hacen ver más claramente mi propia negligencia. El bienestar de Fanny está más seguro en sus manos que en las mías.
—No me sorprende que se sienta cansada ahora; porque no hay obligación que canse más que la que hemos llevado a cabo esta mañana: visitar una casa grande, andar de habitación en habitación, forzar la vista y la atención, escuchar explicaciones que no entendemos, admirar lo que nos tiene sin cuidado… O sea, hacer lo que se considera más aburrido del mundo; y que es lo que le ha parecido a la señorita Price, aunque no se haya dado cuenta.
—Enseguida habré descansado —dijo Fanny—; estar sentada a la sombra en un día precioso, y mirar el verdor, es la manera más perfecta de refrescarse.
Tras estar sentados unos momentos, la señorita Crawford se levantó otra vez.
—Tengo que moverme —dijo—. A mí me cansa estar sentada. Estoy harta de mirar por encima de esa valla. Voy a ver la misma vista desde aquella verja de hierro, aunque no se vea igual de bien.
Edmund se levantó también.
—Bueno, señorita Crawford, si mira del paseo para arriba, se convencerá de que no puede haber más de medio kilómetro, o la mitad de medio.
—Es una distancia enorme —dijo ella—; se ve con una simple ojeada.
Edmund siguió razonando con ella, aunque en vano: no quería calcular, no quería comparar. Sólo sonreía y asentía. La lógica más coherente no habría podido ser más seductora; y hablaban con mutua satisfacción. Finalmente acordaron que debían tratar de determinar las dimensiones del bosque andando un poco más por él. Lo recorrerían de un extremo al otro en la línea en la que estaban ahora (porque había un sendero recto abajo, junto a la valla baja), torcerían, quizá, en alguna otra dirección, si eso podía ayudarles, y regresarían en unos minutos. Fanny dijo que ya había descansado y que iría también, pero no se lo consintieron. Edmund la instó a que se quedara donde estaba con una seriedad que Fanny no se atrevió a contradecir, y la dejaron en el banco, pensando con agrado en las atenciones de su primo, aunque lamentando muchísimo no ser más fuerte. Los estuvo observando hasta que torcieron, y siguió mirando hasta que dejó de oírles.