Fanny reanudó sus paseos a caballo al día siguiente mismo, y como era una mañana fresca y agradable, menos calurosa que las de los últimos días, Edmund confió en que pronto se recuperaría de la pérdida de salud y placer. Mientras estaba ausente llegó el señor Rushworth acompañando a su madre, que venía por cortesía, para mostrarse especialmente cortés, instando a que realizasen la visita a Sotherton que habían planeado dos semanas antes, y que había quedado pendiente porque ella había estado fuera. La señora Norris y sus sobrinas se alegraron muchísimo, propusieron una fecha cercana, y todo el mundo estuvo de acuerdo, con tal que el señor Crawford estuviera disponible; las jóvenes no olvidaron esta condición, y aunque la señora Norris habría querido responder por él, nadie quiso autorizar esa libertad, ni correr el riesgo; finalmente, a sugerencia de la señorita Bertram, el señor Rushworth se dio cuenta de que lo más oportuno era ir él en ese momento a la casa parroquial, ver al señor Crawford y preguntarle si le iba bien el miércoles o no.
Antes de que estuviera de vuelta llegaron la señora Grant y la señorita Crawford. Habían estado ausentes de casa y no habían pasado por allí, así que no le habían visto. Sin embargo, esperaban que encontrara al señor Crawford. Naturalmente, se habló del plan de Sotherton. A decir verdad, era casi imposible hablar de otra cosa, ya que la señora Norris estaba entusiasmada con la idea y la señora Rushworth, mujer ingenua, cortés, pomposa y aburrida que no juzgaba importante más que lo que atañía a sus propios intereses y a los de su hijo, no paraba de insistir a lady Bertram para que formara parte de la expedición. Lady Bertram rehusaba invariablemente; pero su plácida forma de rechazar la sugerencia hacía creer a la señora Rushworth que le apetecía ir; hasta que las palabras abundantes y categóricas de la señora Norris la convencieron de la realidad.
—El cansancio sería excesivo para mi hermana; excesivo por demás, se lo aseguro, señora Rushworth. Son dieciséis kilómetros de ida, y dieciséis de vuelta. Debe disculpar a mi hermana en esta ocasión, y aceptar que nuestras dos queridas niñas y yo vayamos sin ella. Sotherton es el único lugar que podría tentarla a hacer un viaje tan largo; pero la verdad es que no puede ser. Se quedará acompañada de Fanny Price, y todo arreglado; en cuanto a Edmund, ya que no está aquí para hablar por sí mismo, diré en su nombre que le entusiasmará unirse a la expedición. Puede ir a caballo.
Obligada a aceptar que lady Bertram se quedara en casa, la señora Rushworth no pudo hacer otra cosa que sentirlo. «Era una verdadera pena no contar con la compañía de su señoría; y le habría alegrado muchísimo ver también a la joven señorita Price, que aún no había estado en Sotherton; era una lástima que no pudiera visitar la propiedad».
—Es usted muy amable, la amabilidad en persona, mi querida señora —exclamó la señora Norris—; en cuanto a Fanny, tendrá montones de ocasiones de ver Sotherton. Tiene tiempo de sobra por delante; y es absolutamente imposible que vaya ahora. Lady Bertram no puede prescindir de ella.
—¡Ah, no! ¡No puedo quedarme sin Fanny!
A continuación, la señora Rushworth, convencida de que todo el mundo quería ver Sotherton, pasó a incluir a la señorita Crawford en la invitación; y aunque la señora Grant, que no se había tomado la molestia de visitar a la señora Rushworth a su llegada a la vecindad, declinó cortésmente la invitación, se alegró de obtener un motivo de disfrute para su hermana; y Mary, convenientemente presionada y persuadida, no tardó en aceptar participar en la diversión. El señor Rushworth volvió triunfante de la casa parroquial; y Edmund hizo su aparición justo a tiempo de enterarse de lo que se había acordado para el miércoles, acompañar a la señora Rushworth al coche y escoltar hasta la mitad del parque a las otras dos damas.
Al regresar al comedor de desayuno encontró a la señora Norris tratando de decidir si convenía que la señorita Crawford fuera con el grupo, o si el birlocho de su hermano iría completo sin ella. Las señoritas Bertram se echaron a reír ante tal idea, asegurándole que en el birlocho cabían perfectamente cuatro, además del pescante, en el que podía ir uno.
—Pero ¿qué falta hace ese carruaje de Crawford —dijo Edmund—, o por qué tiene que ir ése solo? ¿Por qué no utilizar la berlina de mi madre? El otro día, cuando se habló del plan, no entendí por qué la familia no hacía una visita en el coche de la familia.
—¡Cómo! —exclamó Julia—, ¿ir tres apretujadas en una berlina con este tiempo, cuando podemos tener asiento en un birlocho? No, mi querido Edmund, no me parece nada bien.
—Además —dijo Maria—, sé que el señor Crawford cuenta con llevarnos. Después de lo que pasó al principio, lo reclamaría como una promesa.
—Y, mi querido Edmund —añadió la señora Norris—, sería una inutilidad llevar dos coches cuando es suficiente con uno; y entre nosotros, al cochero no le gustan los caminos que hay de aquí a Sotherton: siempre se queja de las estrechuras que arañan el carruaje; y sabes que no estaría bien que, cuando venga sir Thomas, se encontrara con todo el barniz arañado.
—Ésa no es una razón muy delicada para utilizar el del señor Crawford —dijo Maria—; pero la verdad es que Wilcox es un viejo estúpido que no sabe conducir. Yo respondo de que no encontraremos estrechuras en el camino, el miércoles.
—Supongo que no habrá dificultad, ni será molesto —dijo Edmund—, viajar en el pescante del birlocho.
—¿Molesto? —exclamó Maria—. ¡Dios mío! Creo que a todos nos parece el asiento preferido. No tiene comparación en cuanto a la vista del campo. Probablemente, el asiento del pescante lo elegirá la señorita Crawford.
—Entonces no habrá problemas en que vaya Fanny con vosotras; no hay duda de que habrá plaza para ella.
—¿Fanny? —repitió la señora Norris—; mi querido Edmund, no se ha pensado que venga con nosotros. Ella se queda con su tía. Ya se lo he dicho a la señora Rushworth. No se la espera allí.
—Creo, señora —dijo Edmund, dirigiéndose a su madre—, que no hay otro motivo para querer que Fanny no venga, por lo que a usted se refiere, que el de su propia comodidad. ¿A que no querría retenerla si pudiera arreglárselas sin ella?
—Por supuesto que no; pero no puedo quedarme sin ella.
—Sí puede, si me quedo yo, como pienso hacer.
Ante estas palabras hubo una exclamación general.
—Sí —prosiguió—; no hace ninguna falta que vaya yo, y pienso quedarme en casa. Fanny tiene muchas ganas de ver Sotherton. Sé que lo desea muchísimo. No tiene a menudo satisfacciones de esta clase, y estoy seguro, señora, de que le alegrará complacerla ahora, ¿verdad?
—Claro que sí; muchísimo. Si tu tía no ve ninguna objeción.
La señora Norris tenía preparada la única objeción que le quedaba: haber asegurado categóricamente a la señora Rushworth que Fanny no podía ir y la extrañeza que causaría si la llevaban, dificultad que le parecía imposible de superar. ¡Sería de lo más sorprendente! Sería algo tan descortés, tan rayano en la falta de respeto hacia la señora Rushworth, cuyos modales eran el paradigma de la atención y la buena crianza, que realmente no se atrevía a llevarla. La señora Norris no tenía ningún cariño a Fanny, y nunca estaba dispuesta a facilitarle ningún placer; pero su oposición a Edmund se debía ahora más a su parcialidad en el plan, porque era suyo, que a ninguna otra cosa. Le parecía que lo había arreglado todo muy bien, y que cualquier alteración lo podía estropear. Así que cuando Edmund le replicó, como hizo cuando ella se dignó escucharle, que no tenía por qué preocuparse por la señora Rushworth, porque él había aprovechado la ocasión, al cruzarse con ella en el salón, para decirle que probablemente la señorita Price iría con el grupo, y al punto había recibido una invitación suficientemente clara para su prima, la señora Norris se sintió demasiado contrariada para resignarse de buen grado, y se limitó a decir:
—Muy bien, muy bien, como quieras; arréglalo a tu manera; por supuesto, a mí me da igual.
—Me parece muy raro —dijo Maria— que te quedes en casa por Fanny.
—Desde luego, te estará agradecidísima —añadió Julia, abandonando precipitadamente la habitación mientras hablaba, consciente de que debía ofrecerse a quedarse ella.
—Fanny se sentirá todo lo agradecida que requiera la ocasión —fue la sola respuesta de Edmund, y no se habló más del asunto.
La gratitud de Fanny al saber el plan fue en realidad mucho mayor que su alegría. Recibió la amabilidad de Edmund con todo el sentimiento —y más— que él, ignorante de su profundo afecto, fue capaz de percibir. Pero le dolía que renunciase a cualquier diversión por ella, y no le produciría ninguna satisfacción ver Sotherton sin él.
En la siguiente reunión de las dos familias de Mansfield se produjo otra modificación del plan; modificación que fue aceptada con la aprobación general. La señora Grant se ofreció a hacer compañía a lady Bertram durante ese día en sustitución de Edmund, y el doctor Grant se uniría a ellas para la cena. Lady Bertram se sintió muy complacida con este arreglo, y las jóvenes se animaron otra vez. Hasta Edmund se mostró agradecidísimo con este arreglo que volvía a permitirle tomar parte en la expedición. La señora Norris pensó que era un plan excelente; y lo tenía en la punta de la lengua para proponerlo, cuando le tomó la delantera la señora Grant.
El miércoles amaneció muy bueno, y después de desayunar llegó el birlocho, conducido por el señor Crawford, con sus hermanas. Y como todo el mundo estaba preparado, no hubo sino que desembarcar a la señora Grant, y ocupar los demás sus asientos. El mejor de todos, el que todos envidiaban, el puesto de honor, estaba libre. ¿Quién era la afortunada que lo ocuparía? Mientras las señoritas Bertram meditaban la mejor manera de tomar posesión de él, aparentando hacer un favor a los demás, la señora Grant zanjó la cuestión diciendo, al tiempo que bajaba del coche:
—Como son cinco, será mejor que uno se siente con Henry; y como decía usted hace poco que le encantaría aprender a conducir, Julia, creo que sería una buena oportunidad para recibir la primera lección.
¡Afortunada Julia! ¡Desventurada Maria! La primera ocupó al punto el asiento del pescante, y la segunda se sentó dentro, sumida en la melancolía y la mortificación; y el coche arrancó en medio de los buenos deseos de las dos damas que se quedaban, y de los ladridos de la perrita en brazos de su dueña.
El camino discurría por un paisaje agradable; y Fanny, cuyos paseos a caballo nunca habían sido largos, no tardó en quedarse absorta, observando feliz todo lo que era novedad para ella, y admirando todas las cosas bonitas. No la invitaban a menudo a sumarse a la conversación de las otras, ni ella lo deseaba. Normalmente, sus mejores compañeros eran sus propios pensamientos y reflexiones; y contemplando la configuración del paisaje, los cambios de los caminos, la diferencia de las tierras, el estado de las cosechas, las casas, los ganados, los niños, encontraba una distracción que sólo habría podido ser mayor si hubiera podido hablar con Edmund de lo que sentía. Ése era el único punto de semejanza entre ella y la dama que iba sentada a su lado; en todo, excepto en el caso a Edmund, la señorita Crawford era muy diferente: carecía en absoluto de la delicadeza de gusto, espíritu o sentimientos de Fanny; miraba la naturaleza, la naturaleza inanimada, sin fijarse; toda su atención estaba puesta en los hombres y las mujeres, en sus aptitudes para la alegría y el buen humor. Sin embargo, mirando hacia atrás para ver a Edmund cuando iba a cierta distancia, o cuando se adelantaba en la subida de alguna cuesta empinada, estaban unidas; y un «ahí está» brotó al mismo tiempo de las dos, más de una vez.
Durante los primeros diez kilómetros, la señorita Bertram viajó bastante incómoda; su campo de visión terminaba invariablemente en el señor Crawford y su hermana sentados juntos, que hablaban y reían sin parar; y sólo ver su perfil expresivo cuando se volvía hacia Julia con una sonrisa, y oír la risa de ella, eran perpetua fuente de irritación que su propio sentido de la corrección a duras penas podía suavizar. Cuando Julia se volvía, lo hacía siempre con la cara radiante; y cada vez que les hablaba, era con la mayor animación: «Su perspectiva del campo era encantadora. Ojalá pudiesen verla todos… etc.». Pero el único ofrecimiento de intercambiar el asiento se lo hizo a la señorita Crawford cuando llegaron a lo alto de una larga cuesta; y su invitación se limitó a: «Aquí hay una preciosa vista panorámica. Me gustaría que estuviese aquí arriba, pero imagino que no querrá cambiar, aunque le insista»; y la señorita Crawford apenas tuvo tiempo de contestar, cuando ya bajaban otra vez a buen paso.
Cuando llegaron a las inmediaciones de Sotherton, la señorita Bertram se encontró en mejor posición, de manera que puede decirse que se doblaron sus recursos. Tenía sentimientos-Rushworth y sentimientos-Crawford, pero en la proximidad de Sotherton, el influjo de los primeros fue considerable. La importancia del señor Rushworth era de ella: no podía decirle a la señorita Crawford «ese bosque pertenece a Sotherton» ni comentar de pasada «creo que ahora es todo propiedad del señor Rushworth, a un lado y a otro del camino», sin cierto júbilo; placer que fue aumentando a medida que se acercaban a la magnífica mansión alodial y antigua casa solariega de la familia, con todos sus derechos judiciales.
—Ahora que ya no tendremos más camino pedregoso, señorita Crawford, se han acabado las incomodidades. El resto del trayecto es como debe ser. El señor Rushworth lo construyó al heredar la propiedad. Aquí empieza el pueblo. Aquellas casas son una vergüenza. El campanario de la iglesia se considera notablemente hermoso. Me alegro de que la iglesia no esté tan cerca de la Casa Grande como suele ocurrir en los antiguos lugares. La molestia de las campanas debe de ser terrible. Ésa es la casa parroquial: un edificio de aspecto limpio, y tengo entendido que el sacerdote y su esposa son personas muy amables. Aquello es el asilo, construido por algún antepasado de la familia. A la derecha está la casa del administrador: un hombre muy respetable. Ahora estamos llegando a la casa del guarda y la entrada; pero todavía nos queda por recorrer casi kilómetro y medio de parque. Como ve, no es feo desde este extremo; hay una arboleda preciosa, pero la situación de la casa es horrible. Hay medio kilómetro cuesta abajo hasta ella, y es una lástima; porque no tendría mala perspectiva si el acceso fuera mejor.
La señorita Crawford no se quedaba corta en admirar; adivinaba muy bien los sentimientos de la señorita Bertram, e hizo una cuestión de honor alentar al máximo su disfrute. La señora Norris desbordaba de placer y locuacidad; y hasta Fanny tuvo algo que decir con admiración, y fue oída con complacencia. Sus ojos se iban fijando en todo cuanto estaba a su alcance; y tras algún esfuerzo por divisar la casa, y comentar que «era una clase de edificio que no podía sino mirar con respeto», añadió:
—¿Dónde está la avenida? El edificio da al este, según veo.
Así que la avenida debe de estar detrás. El señor Rushworth habló de la fachada oeste.
—Sí; está exactamente detrás de la casa; empieza a cierta distancia, y sube medio kilómetro hasta el final del parque. Se ve un poco desde aquí… algunos de los árboles más distantes. Son todos robles.
La señorita Bertram hablaba ahora con decidida autoridad de lo que había ignorado cuando el señor Rushworth le pidió su parecer; y cuando llegaron a la amplia escalinata de piedra ante la entrada principal su ánimo tenía toda la feliz emoción que la vanidad y el orgullo podían proporcionar.