Capítulo X

Pasó un cuarto de hora, pasaron veinte minutos, y Fanny seguía pensando en Edmund, en la señorita Crawford y en sí misma, sin que nadie la interrumpiera. Empezaba a extrañarle que tardaran tanto, y a prestar atención, deseosa de oír de nuevo sus pasos y sus voces. Escuchó, y finalmente oyó: oyó voces y pasos que se acercaban; pero acababa de comprender que no eran los que esperaba, cuando la señorita Bertram, el señor Rushworth y el señor Crawford aparecieron por el mismo sendero por el que había llegado Fanny, y se detuvieron delante de ella.

«¡La señorita Price sola!», y: «Mi querida Fanny, ¿cómo estás aquí?», fueron los primeros saludos. Les contó lo ocurrido.

—¡Pobre querida Fanny —exclamó su prima—, qué falta de consideración! Tenías que haberte quedado con nosotros.

Luego, sentada con un caballero a cada lado, reanudó la conversación que traían, y habló con gran animación de la posibilidad de hacer reformas. No se había decidido nada… pero Henry Crawford estaba lleno de ideas y proyectos, y en general, cualquier cosa que él proponía era aprobada inmediatamente, primero por ella, y luego por el señor Rushworth, cuyo principal interés parecía ser escuchar a los demás y apenas arriesgaba una idea original, aparte de desear que hubieran visto la residencia de su amigo Smith.

Transcurridos de este modo unos minutos, la señorita Bertram, que observaba la cancela, expresó el deseo de cruzarla y entrar en el parque para abarcar mejor sus perspectivas y sus planos. Era precisamente lo que todos los demás deseaban, era lo mejor, el único modo de proseguir con algún provecho, en opinión de Henry; y allí veía una loma, como a medio kilómetro, que les brindaría precisamente la vista de la casa. Así que debían cruzar la cancela e ir a esa loma. Pero la encontraron cerrada. El señor Rushworth lamentó no haber traído la llave; había estado pensando si cogerla o no. No volvería a salir nunca más sin ella. Pero esto no solucionaba la actual dificultad. No podían entrar en el parque; y como la señorita Bertram no cejaba en su deseo, el señor Rushworth acabó diciendo sin más que ahora mismo iría a traer la llave, y se fue.

—Evidentemente, es lo mejor que se puede hacer, puesto que estamos ya bastante lejos de la casa —dijo el señor Crawford, cuando se hubo marchado el señor Rushworth.

—Sí, no puede hacerse otra cosa. Pero sinceramente, ¿no encuentra la propiedad peor de lo que esperaba?

—Desde luego que no; muy al contrario. La encuentro mucho mejor, más espléndida, más completa en su estilo, aunque no es el mejor estilo. Y a decir verdad —dijo, bajando algo la voz—, no creo que vuelva a ver Sotherton con tanto placer como ahora. No creo que otro verano la mejore para mí.

Tras un momento de embarazo, la dama contestó:

—Es usted demasiado hombre de mundo para no ver las cosas con ojos mundanos. Si los demás piensan en un Sotherton mejorado, no me cabe duda de que usted también.

—Me temo que no soy tan de mundo como me convendría en algunos aspectos. Mis sentimientos no son tan pasajeros, ni mis recuerdos de tan grato dominio, como los de los hombres de mundo.

A esto siguió un breve silencio. La señorita Bertram empezó otra vez:

—Parecía disfrutar mucho conduciendo el coche, esta mañana. Me ha alegrado verle tan contento. Han venido riendo todo el camino, usted y Julia.

—¿De veras? Sí, creo que sí; pero no me acuerdo lo más mínimo. ¡Ah!, creo que le iba contando alguna anécdota ridícula de un viejo mozo de cuadra irlandés que tenía mi tío. A su hermana le encanta reír.

—¿Le parece más alegre que yo?

—Cuanto más fácilmente se divierte uno —replicó riendo— mejor compañía. No creo que la hubiera distraído a usted con anécdotas irlandesas durante un viaje de dieciséis kilómetros.

—Naturalmente, me considero tan alegre como Julia; pero ahora tengo más cosas en que pensar.

—Sin duda… Y hay situaciones en que demasiada alegría denota falta de sensibilidad. Sus expectativas, sin embargo, son demasiado optimistas para que justifiquen la falta de alegría. Tiene ante sí un panorama de lo más risueño.

—¿Se refiere literalmente, o en sentido figurado? Supongo que literalmente. Sí, desde luego: el sol es espléndido y el parque parece muy alegre. Pero por desgracia, esa cancela, esa valla, me producen cierta sensación de encierro y de opresión. No puedo salir, como decía el estornino —mientras hablaba, y lo hacía declamando, se acercó a la cancela; él la siguió—. ¡Cuánto tarda el señor Rushworth en traer la llave!

—A buen seguro que usted no saldría sin la llave, y sin la autoridad y la protección del señor Rushworth; creo que podría saltar sin mucha dificultad por encima de la cancela, por aquí, con mi ayuda. Creo que es factible, si verdaderamente desea más libertad, y no lo considera vedado.

—¿Vedado? ¡Qué tontería! Desde luego que puedo salir así; y además lo voy a hacer. El señor Rushworth estará aquí dentro de un momento… no nos perderemos de vista.

—O si nos perdemos, la señorita Price será tan amable de decirle que nos puede encontrar en esa loma, en el grupo de hayas que hay en lo alto.

A Fanny le pareció que no estaba bien, y no pudo evitar hacer un intento de impedirlo.

—Vas a lastimarte, Maria —gritó—; vas a herirte con el pincho de los barrotes, o a desgarrarte el vestido; y puedes caerte en la zanja de abajo. Será mejor que no te vayas.

Mientras Fanny decía todo esto, su prima pasó sin percance al otro lado; y sonriendo, contenta de su éxito, dijo:

—Gracias, mi querida Fanny, pero mi vestido y yo estamos sanos y salvos; así que hasta luego.

Fanny se quedó sola otra vez, sin que hubiera mejorado su ánimo, dado que la entristecía casi todo lo que había visto y oído, la asombraba la conducta de la señorita Bertram, y la irritaba el señor Crawford. Tomaron una dirección tortuosa y, según le pareció, muy poco lógica hacia la loma, y desaparecieron enseguida de su vista. Estuvo unos minutos sin ver ni oír a ninguno de sus compañeros. Le daba la impresión de que tenía el bosquecillo para sí sola. Casi habría pensado que Edmund y la señorita Crawford lo habían abandonado; pero era imposible que Edmund se hubiera olvidado completamente de ella.

De nuevo la sacaron de sus desagradables meditaciones unos pasos súbitos: alguien se acercaba deprisa por el camino principal. Esperaba ver aparecer al señor Rushworth, pero era Julia, toda acalorada y sin aliento. Y con expresión de desencanto, exclamó al verla:

—¿Eh? ¿Dónde están los otros? Creí que Maria y el señor Crawford estaban contigo.

Fanny se lo explicó.

—¡Vaya, muy bonito! No los veo por ninguna parte —miraba ansiosa hacia el parque—. Pero no pueden estar muy lejos; y creo que podré hacer lo mismo que Maria, incluso sin ayuda.

—Pero Julia, el señor Rushworth estará aquí de un momento a otro con la llave. Espera a que venga.

—Ni hablar. Estoy harta de esta familia en lo que va de mañana. Sabrás que acabo de escapar de la pesada de su madre. ¡Ya he soportado una buena penitencia mientras vosotros estabais sentados aquí tan felices y contentos! Podías haber estado tú con ella, en mi lugar; pero siempre te las ingenias para escurrir el bulto.

Este comentario fue de lo más injusto, pero Fanny lo aceptó y lo pasó por alto; Julia estaba enfadada y tenía un temperamento impulsivo; pero sabía que no le iba a durar, así que no hizo caso. Le preguntó sólo si no había visto al señor Rushworth.

—Sí, sí; le he visto. Corría como si le fuera la vida en ello, y se ha detenido lo justo para decirnos adónde iba y dónde estabais todos.

—Es una lástima que se haya tomado tanta molestia para nada.

Eso es asunto de Maria. No tengo por qué cargar yo con sus pecados. A la madre no la he podido evitar, porque la pesada de tía Norris andaba zascandileando con el ama de llaves; pero del hijo sí me puedo librar.

Acto seguido saltó la cerca, y se alejó sin escuchar la última pregunta de Fanny sobre si había visto a la señorita Crawford y a Edmund. Sin embargo, la clase de temor que ahora tenía Fanny, allí sentada, de enfrentarse al señor Rushworth le impidió pensar en la prolongada ausencia de ambos. Le parecía una desconsideración, y le daba mucho apuro tener que contarle lo ocurrido. El señor Rushworth llegó a donde estaba ella menos de cinco minutos después de marcharse Julia; y aunque Fanny se lo contó con la mayor delicadeza, se sintió mortificado y no poco disgustado. Al principio no dijo nada; sólo su expresión manifestó su enorme sorpresa y desagrado; se dirigió a la cancela y se quedó allí, como sin saber qué hacer.

—Me han pedido que me quedara; mi prima Maria me ha encargado que le diga que los encontrará en aquella loma o por allí.

—Creo que no voy a dar un paso más —dijo él con hosquedad—; no veo a nadie. Cuando llegue a la loma, lo mismo se han ido a alguna otra parte. Ya he andado bastante.

Y se sentó al lado de Fanny con un semblante de lo más sombrío.

—Lo siento mucho —dijo ella—; es una verdadera contrariedad —y hubiera querido poder decir algo más.

Tras un momento de silencio:

—Estoy pensando que pueden estar esperándome —dijo el señor Rushworth.

—La señorita Bertram pensaba que iba a seguirla.

—No tendría que seguirla si me hubiese esperado.

Esto era innegable, y Fanny guardó silencio. Tras una nueva pausa, prosiguió él:

—Dígame, señorita Price: ¿es usted tan gran admiradora del señor Crawford como lo son algunos? Yo, desde luego, no veo nada especial en él.

—No me parece nada apuesto.

—¿Apuesto? Nadie puede considerar apuesto a un hombre bajo como él. No llega al metro setenta y cinco. No me extrañaría que midiera uno setenta. A mí me parece un tipo más bien feo. En mi opinión, estos Crawford no son ninguna joya. Estábamos muy bien sin ellos.

Aquí se le escapó a Fanny un leve suspiro, y no supo contradecirle.

—Si hubiera puesto yo alguna objeción a traer la llave, habría sido una excusa; pero he ido en cuanto me ha dicho que la quería.

—No ha podido portarse usted con más amabilidad, desde luego; y estoy segura de que ha ido lo más deprisa que ha podido; lo que ocurre es que hay un largo trecho de aquí hasta la casa, hasta dentro de la casa; cuando la gente espera, suele calcular muy mal el tiempo, y medio minuto se le hacen cinco.

El señor Rushworth se levantó y se dirigió a la cancela otra vez, y deseó haber tenido la llave encima en su momento. A Fanny le pareció notar indicios de apaciguamiento, y esto la animó a hacer otro intento; así que dijo:

—Es una pena que no vaya a buscarlos. Esperaban tener una mejor perspectiva de la casa desde esa parte del parque, y estarán pensando cómo mejorarlo; pero no podrán decidir nada sin usted.

Fanny descubrió que se le daba mejor alejar que retener a un compañero. El señor Rushworth se dejó convencer.

—Bien —dijo—; si cree usted de verdad que es mejor que vaya, sería una tontería haber traído la llave para nada —y abrió la cancela y se fue sin más cumplidos.

Los pensamientos de Fanny volvieron ahora a los dos que la habían dejado hacía bastante. E impaciente, decidió ir a buscarlos. Siguió sus pasos por el sendero de abajo; y acababa de meterse por otro, cuando le llegaron la voz y la risa de la señorita Crawford; el ruido se fue acercando, y tras algunas revueltas aparecieron los dos ante ella: acababan de entrar en el bosque desde el parque, del que habían salido por una cancela que no estaba cerrada y que les había tentado a poco de dejar a Fanny, habían cruzado una parte del parque, hasta la misma avenida a la que Fanny había estado esperando toda la mañana poder llegar, y se habían sentado al pie de uno de los árboles. Esto es lo que le contaron. Era evidente que habían pasado el tiempo agradablemente, y no tenían conciencia de lo que habían tardado. El máximo consuelo de Fanny fue que Edmund le asegurara que habría querido que hubiese estado con ellos, y que desde luego habría vuelto por ella, si no se hubiera encontrado ya cansada; pero no fue suficiente para disipar el dolor de haberla dejado sola una hora, que él redujo a unos minutos, ni para desterrar la curiosidad que sentía por saber de qué habían estado hablando todo ese tiempo. Y el resultado fue, para su desencanto y depresión, que decidieron de común acuerdo regresar a la casa.

Al llegar al pie de la escalinata que conducía a la terraza, aparecieron en lo alto la señora Rushworth y la señora Norris, dispuestas a visitar la zona silvestre al cabo de hora y media de haber salido de la casa. La señora Norris había estado demasiado ocupada para ir más deprisa. Cualesquiera que fuesen los incidentes que habían enturbiado el placer de sus sobrinas, para ella había sido una mañana de completo disfrute; porque el ama de llaves, tras infinidad de cumplidos a propósito de los faisanes, la había llevado a visitar la lechería, le había hablado de las vacas, y le había dado la receta de un famoso queso de nata; y en el momento de dejarlas Julia se les unió el jardinero, con el que la señora Norris había hecho gran amistad, porque le había orientado sobre la enfermedad de su nieto, convenciéndole de que era terciana, y le había prometido un remedio; y él, a cambio, le había enseñado las plantas más selectas del invernadero, y hasta le había regalado una curiosísima clase de brezo.

Después de este encuentro regresaron juntos a la casa, para matar el rato charlando y hojeando números de la Quarterly Review sentados en los sofás, hasta que volvieran los otros, y se hiciera hora de cenar. Era bastante tarde cuando entraron las señoritas Bertram y los dos caballeros. Su paseo parecía haber sido sólo parcialmente agradable, y nada productivo en cuanto al objeto del día. Según contaron, habían estado buscándose los unos a los otros; y cuando se juntaron por fin —le dio a Fanny la impresión—, era demasiado tarde para restablecer la armonía, así como para decidir nada, según confesaron. Al mirar a Julia y al señor Rushworth, comprendió que no era el suyo el único pecho descontento: había tristeza en el rostro de los dos. El señor Crawford y la señorita Bertram estaban mucho más alegres; y durante la cena le pareció que él se tomaba especial interés en disipar cualquier pequeño resentimiento de los otros dos, y devolver el buen humor general.

A la cena siguieron inmediatamente el té y el café: el viaje de dieciséis kilómetros que les esperaba no permitía mucha pérdida de tiempo, y desde que se sentaron a la mesa hasta la llegada del coche a la puerta, fue todo una sucesión de bulliciosas naderías. La señora Norris, que no podía estarse callada y había obtenido del ama de llaves unos cuantos huevos de faisán y queso de nata, y se deshacía en cortesías a la señora Rushworth, se dispuso a abrir la marcha. Al mismo tiempo, el señor Crawford, acercándose a Julia, dijo:

—Espero no haber perdido a mi compañera, a menos que le dé miedo el aire de la noche en un asiento tan expuesto.

Julia no había previsto esta invitación, pero la aceptó muy amablemente, y su día iba a terminar casi tan bien como había empezado. La señorita Bertram había pensado otra cosa, y se sintió algo decepcionada… Pero su convencimiento de ser en realidad la preferida la consoló en secreto, y le permitió recibir las atenciones de despedida del señor Rushworth como debía. Desde luego, él se alegraba más de ayudarla a subir al interior del birlocho que a trepar al pescante… alegría que pareció confirmar el arreglo.

—Bueno, Fanny, hoy ha sido un día estupendo para ti, ¡de eso no hay duda! —dijo la señora Norris cuando el coche atravesaba el parque—. ¡Un continuo placer de principio a fin! Y por supuesto, debes estar agradecidísima a tu tía Bertram por haber hecho posible que vinieras. ¡Nada menos que un día entero de diversión, has tenido!

Maria estaba lo bastante descontenta como para decir inmediatamente:

—Me parece que a usted le ha ido bastante bien, también. Parece que lleva el regazo cargado, y aquí entre nosotras va una cesta con algo que me está golpeando el codo de manera despiadada.

—Cariño, es sólo una plantita de brezo que el amable jardinero ha insistido en que me llevara; pero si te molesta, la llevaré yo encima. Toma, Fanny, llévame tú este paquete; ten cuidado que no se te caiga; es un queso de nata, igual que ese riquísimo que hemos tomado en la cena. Nada ha alegrado más a la buena señora Whitaker que el haberle aceptado uno de sus quesos. Me he estado resistiendo, hasta que he visto que casi se le llenaban los ojos de lágrimas, y he sabido que es de la clase que tanto le gusta a mi hermana. ¡Esa señora Whitaker es un tesoro! Casi se ha escandalizado al preguntarle si se servía vino en la segunda mesa, y ha echado a dos criadas por ir blanco. Hazte cargo del queso, Fanny. Así puedo llevar bien el otro paquete y la cesta.

—¿Qué otra cosa ha estado gorroneando? —dijo Maria medio complacida de que Sotherton fuera tan elogiado.

—¿Gorronear, cariño? No son más que cuatro de esos hermosos huevos de faisán que la señora Whitaker me ha obligado a aceptar; no ha querido admitir una negativa. Ha dicho que sería una distracción para mí, al saber que vivo sola, tener algún animalito de esa clase; y te aseguro que lo será. Le diré a la lechera que se los ponga a la primera gallina clueca; y si salen, me los llevaré a mi casa y pediré prestada una jaula; será una delicia cuidarlos en mis horas de soledad. Y con un poco de suerte, vuestra madre tendrá también.

Era una noche hermosa, suave, tranquila, y el trayecto fue todo lo agradable que pudo hacerlo la serenidad de la naturaleza; pero cuando la señora Norris dejó de hablar, el viaje fue totalmente silencioso para los de dentro. Tenían, en general, el ánimo agotado, y casi todos iban tratando de determinar si el día les había proporcionado más placer o dolor.