Capítulo VII

—Bueno, Fanny, ¿qué piensas de la señorita Crawford ahora? —dijo Edmund al día siguiente, después de meditar un rato la cuestión—. ¿Te gustó, ayer?

—Sí… mucho. Me gusta oírla hablar. Me divierte; y es tan bonita que me da gusto mirarla.

—Es su expresión lo que resulta atractivo. ¡Tiene unas facciones admirables! Pero ¿no encontraste algo en sus palabras, Fanny, que no sonaba del todo correcto?

—¡Ah, sí!: no debía haber hablado de su tío como lo hizo. Me dejó completamente asombrada. Un tío con el que ha estado viviendo tantos años, sean cuales sean sus defectos, y que quiere tanto a su hermano que lo trata como a un hijo, según dicen. ¡No podía creerlo!

—Ya sabía yo que te habías dado cuenta. Me pareció muy mal… muy poco respetuosa.

—Y muy desagradecida, me parece.

—Ésa es una palabra fuerte. No creo que su tío tenga ningún derecho a su gratitud: su esposa sí; y es su respeto a la memoria de su tía lo que la hace comportarse mal aquí. Está en una posición difícil. Con tan encendidos sentimientos, y esa viveza de ánimo, no debe de ser fácil hacer justicia a su amor a la señora Crawford sin arrojar una sombra sobre el almirante. No pretendo saber quién fue más culpable en sus desavenencias, aunque la actual conducta del almirante puede inclinarnos en favor de su esposa; pero es natural y amable que la señorita Crawford absuelva enteramente a su tía. No censuro sus opiniones; pero desde luego es una falta de discreción hacerlas públicas.

—¿No crees —dijo Fanny, tras reflexionar unos momentos que esa falta de discreción es reflejo de la propia señora Crawford, puesto que su sobrina ha sido enteramente educada por ella? No puede haberle inculcado las correctas nociones de lo que debía al almirante.

—Ésa es una observación atinada. Sí, es de suponer que los defectos de la sobrina sean los de la tía; y eso nos hace más comprensivos respecto al ambiente poco conveniente en que ha vivido. Pero creo que su actual hogar le sentará bien. El comportamiento de la señora Grant es como debe ser. Habla de su hermano con muy grato afecto.

—Sí, menos cuando se refiere a la brevedad de las cartas que le escribe. Casi me hizo reír; pero no puedo tener muy alto el amor o la amabilidad de un hermano que no se digna escribir a sus hermanas nada que merezca la pena leer cuando está lejos de ellas. Estoy segura de que William no me haría jamás una cosa así. ¿Y qué derecho tiene ella a suponer que no escribirías largas cartas si estuvieras ausente?

—El derecho, Fanny, de un espíritu jovial que aprovecha cualquier cosa que pueda contribuir a su propia diversión o a la de los demás; es perfectamente admisible, cuando no va teñido de malhumor o de rudeza; y no hay la menor sombra de lo uno ni lo otro en las palabras o la actitud de la señorita Crawford: no hay nada hiriente, destemplado ni grosero. Es totalmente femenina, salvo en los casos de los que hemos hablado. Ahí no tiene justificación. Y me alegro de que lo hayas visto como yo.

Dado que había modelado su espíritu y se había ganado su afecto, era muy probable que Fanny pensase como él; aunque a esta edad, y en estas cuestiones, empezaba a haber cierto peligro de discrepancia. Porque él admiraba a la señorita Crawford, y eso podía llevarle a un terreno al que Fanny no le podía seguir.

Los atractivos de la señorita Crawford no disminuyeron. Llegó el arpa, y esto incrementó su belleza, su gracia y su buen humor; porque tocaba con la mayor amabilidad, con una expresión y un gusto especialmente encantadores, y siempre decía algo inteligente al terminar cada pieza. Edmund acudía a diario a la casa parroquial a escuchar su instrumento favorito, y cada mañana obtenía invitación para la siguiente; porque a la dama no le desagradaba en absoluto tener un oyente. Y no tardó en ir todo sobre ruedas.

Una joven bonita, alegre, con un arpa tan elegante como ella misma, y puestas ambas junto a un ventanal que llegaba hasta el suelo y daba a un pequeño trozo de césped rodeado de arbustos de rico follaje veraniego, era suficiente para cautivar el corazón de cualquier hombre. La época del año, el paisaje, el aire, todo invitaba a la ternura y el sentimiento. La señora Grant trabajaba en su bastidor: todo respiraba armonía; y todo coopera, una vez que el amor se pone en movimiento. Aunque valía la pena observar la bandeja de emparedados, y al doctor Grant haciéndole los honores. Sin reflexionar sobre el particular, empero, ni saber qué hacía, Edmund estaba empezando, al final de una semana de este visiteo, a estar bastante enamorado; y hay que añadir en honor de la dama que, sin ser él primogénito ni hombre de mundo, ni poseer el arte del halago ni la viveza de la conversación, empezaba a resultarle agradable. Ella se daba cuenta, aunque no lo había previsto ni acababa de entenderlo. Porque no era simpático en el sentido corriente, no gastaba bromas, no decía galanterías, sus opiniones eran inflexibles, y sus atenciones, sencillas y serenas. Había encanto, quizá, en su sinceridad, en su formalidad, en su integridad, cualidades que la señorita Crawford era capaz de percibir, aunque no de analizar. Pero no pensaba mucho en la situación. De momento, Edmund le caía bien; le gustaba tenerle cerca: eso era suficiente.

Fanny no se extrañaba de que Edmund fuera todas las mañanas a la casa parroquial; le habría gustado ir a ella también a escuchar el arpa (si hubiera podido entrar sin que la invitasen ni notasen); tampoco le extrañaba que al terminar el paseo de la tarde, y separarse las dos familias, considerase él oportuno acompañar a la señora Grant y a su hermana a la casa parroquial, mientras el señor Crawford dedicaba sus atenciones a las damas del parque. Pero lo consideraba muy mal intercambio; y si Edmund no estaba allí para mezclarle el vino y el agua, prefería quedarse sin él. Le sorprendía un poco que pasara tantas horas con la señorita Crawford y no notara ya la clase de defecto que antes había observado, mientras que a ella se lo recordaba casi siempre algo, cada vez que estaba en su compañía; pero así era. A Edmund le gustaba hablarle de la señorita Crawford, pero parecía convencido de que el almirante había sido perdonado; y Fanny no se atrevía a comentarle sus propias observaciones para que no pareciese malevolencia. El primer dolor que la señorita Crawford infligió a Fanny fue a consecuencia de su deseo de aprender a montar, deseo que se le despertó poco después de instalarse en casa de su hermana, por el ejemplo de las jóvenes de Mansfield Park, y que, al crecer su amistad con Edmund, propició que éste le ofreciera su yegua mansa para los primeros intentos, ya que era el animal más apto para una principiante que una y otra cuadra podían ofrecer. Sin embargo, Edmund no pretendía herir ni perjudicar a su prima con este ofrecimiento; Fanny no perdería un solo día de ejercicio. Sólo llevaría la yegua a la casa parroquial media hora antes de que ella iniciara su paseo. Y al proponérselo, Fanny, lejos de ofenderse, casi se sintió abrumada de gratitud porque le pidiese permiso.

La señorita Crawford hizo su primera prueba con gran mérito para sí misma y sin ninguna molestia para Fanny.

Edmund, que había llevado la yegua y lo había organizado todo, regresó con ella con tiempo de sobra, antes de que Fanny y el viejo y fiel cochero que siempre la acompañaba cuando iba sin sus primos estuviesen listos para salir. El recorrido del segundo día no fue tan inocuo. La señorita Crawford disfrutaba tanto cabalgando que no sabía cómo dejarlo. Activa, intrépida y, aunque algo baja, de constitución fuerte, parecía hecha para ser amazona; algo añadían la ayuda y los consejos de Edmund al puro y sincero placer del ejercicio, y algo más la convicción de que superaba muchísimo a su sexo con sus rápidos progresos, para no tener deseos de desmontar. Fanny, entretanto, estaba preparada y esperando, y la señora Norris empezaba a regañarla por no ir ella en su busca sin esperar a que apareciese Edmund con el caballo. Salió para evitar a su tía, y ver si llegaba su primo.

Las casas, aunque a menos de un kilómetro la una de la otra, no se veían; pero tras alejarse sólo cincuenta metros de la puerta de la entrada pudo ver el parque, y dominar una vista de la casa parroquial con su terreno, que se elevaba ligeramente al otro lado del camino del pueblo. Y en el prado del doctor Grant divisó enseguida al grupo: a Edmund y la señorita Crawford, los dos a caballo, cabalgando juntos, al doctor y la señora Grant, y a un lado, al señor Crawford con dos o tres mozos de cuadra, mirando. Le pareció un grupo feliz: todos atentos a una sola cosa, y evidentemente contentos, porque sus risas llegaban hasta ella; era un rumor que la alegraba también. Se preguntó si Edmund se habría olvidado de ella, y le dolió. No podía apartar los ojos del prado, no podía dejar de observar lo que ocurría. Al principio, la señorita Crawford y su compañero dieron una vuelta al campo, que no era pequeño, al paso; luego, a sugerencia de ella al parecer, iniciaron un medio galope; y para el tímido carácter de Fanny, fue asombroso comprobar lo bien que cabalgaba. Al cabo de unos minutos se detuvieron, se acercó Edmund a ella, le dijo algo: evidentemente, le estaba dando consejos sobre el manejo de las riendas, que había cogido de su mano; lo vio, o la imaginación proporcionó lo que el ojo no alcanzaba a ver. No tenía por qué asombrarse de todo esto; ¿qué más natural que Edmund se mostrara servicial, y dedicase a alguien su amabilidad? Fanny no pudo por menos de pensar que el señor Crawford debía haberle ahorrado la molestia; que habría sido mucho más correcto y oportuno que la hubiera ayudado su hermano. Pero el señor Crawford, con toda su presuntuosa amabilidad y toda su destreza con los coches, probablemente no sabía nada de la materia, y comparado con Edmund carecía de cortesía. Fanny empezó a pensar que iba a ser demasiado para la yegua este doble trabajo; si se olvidaban de ella, al menos deberían tener en cuenta al pobre animal.

Pronto se tranquilizó un poco su compasión por los dos al ver dispersarse el grupo, y a la señorita Crawford, todavía a caballo, pero asistida por Edmund a pie, cruzar una verja que daba al camino, entrar en el parque y dirigirse hacia donde estaba ella. Entonces Fanny tuvo miedo de parecer mal educada o impaciente, y fue al encuentro de ellos, deseosa de evitar que se la juzgase así.

—Mi querida señorita Price —dijo la señorita Crawford en cuanto estuvo lo bastante cerca para hacerse oír—. Vengo a presentarle mis disculpas por haberla hecho esperar; pero no tengo absolutamente ninguna excusa; sabía que era tarde, y que me estaba portando muy mal; así que, por favor, perdóneme. Como sabe, hay que perdonar siempre el egoísmo porque no tiene cura.

La respuesta de Fanny fue extremadamente cortés, y Edmund añadió su convicción de que no tenía ninguna prisa.

—Hay tiempo de sobra para que mi prima pueda dar un paseo el doble de largo del que hace normalmente —dijo—, y ha contribuido usted a su comodidad al impedir que salga media hora antes: se están formando nubes, así que no pasará calor. Confío en que no se haya cansado usted con tanto ejercicio. Me hubiera gustado ahorrarle el regreso a pie.

—Lo que me cansa es bajarme de este caballo, se lo aseguro —dijo al tiempo que saltaba al suelo con su ayuda—; soy muy fuerte. Lo único que me cansa es hacer lo que no me gusta. Señorita Price, le cedo el puesto de muy mala gana; pero espero sinceramente que tenga un agradable paseo; y será para mí una alegría tener noticia de este precioso y querido animal.

Ahora se unió a ellos el viejo cochero que había estado esperando con su propio caballo. Fanny fue subida al suyo, y se pusieron en marcha hacia otra parte del parque. No se apaciguaron sus sentimientos desasosegados cuando, al mirar hacia atrás, vio que iban los dos cuesta abajo, charlando, en dirección al pueblo; ni la alivió el comentario de su acompañante, que había estado observando casi con el mismo interés, sobre la gran habilidad de la señorita Crawford como amazona:

—¡Es un placer ver montar a una dama con tan buen ánimo! —dijo—. Jamás he visto a ninguna montar tan bien. No parecía pensar en el peligro. Muy distinta de usted, señorita, cuando empezó al principio, hará seis años la Pascua que viene. ¡Válgame Dios, cómo temblaba cuando sir Thomas la puso encima de un caballo la primera vez!

La señorita Crawford fue celebrada también en el salón. Las señoritas Bertram ponderaron el mérito de haber sido dotada de fuerza y valor por la naturaleza; su deleite montando a caballo era como el de ellas; y su temprana destreza sobre el caballo era como la de ellas, cosa que tuvieron gran placer en elogiar.

—Estaba segura de que montaría bien —dijo Julia—; tiene madera para ello. Su figura es igual de elegante que la de su hermano.

—Sí —añadió Maria—; y es igual de animada, y tiene la misma energía de carácter. Estoy convencida de que el montar bien tiene mucho que ver con la inteligencia.

Cuando se retiraron a dormir, Edmund preguntó a Fanny si pensaba montar al día siguiente.

—No sé; no, si necesitas la yegua —contestó.

—No la necesito para mí —dijo—; pero cada vez que te apetece quedarte en casa, pienso que la señorita Crawford se alegraría de tenerla más tiempo… toda la mañana, en realidad. Tiene muchas ganas de llegar hasta el ejido de Mansfield. La señora Grant le ha estado hablando del precioso panorama que hay desde allí, y estoy seguro de que lo puede hacer. Pero con una mañana será suficiente. Sentiría muchísimo causarte molestias. Aparte de que estaría muy mal: ella sólo monta por placer, y tú por la salud.

—Mañana, desde luego, no voy a montar —dijo Fanny—; últimamente he salido mucho y me gustaría quedarme en casa. Sabes que ahora estoy lo bastante fuerte para caminar.

Edmund pareció alegrarse, lo que debió de ser un consuelo para Fanny; y a la mañana siguiente tuvo lugar el paseo hasta el ejido de Mansfield; la expedición incluyó a todos los jóvenes salvo a Fanny, y disfrutaron mucho en el momento, y el doble después, por la tarde, comentando las incidencias. El éxito de un plan de este género da pie a otro por lo general; y el haber estado en el ejido de Mansfield despertó en todo el mundo las ganas de ir a algún otro sitio al día siguiente. Había muchos panoramas que mostrar, y aunque hacía calor, había caminos umbríos en la dirección que escogieran. Un grupo de jóvenes dispone siempre de un camino umbrío. Así pasaron cuatro mañanas seguidas, mostrando a los Crawford el paisaje y haciendo los honores a los lugares más pintorescos. Todo se conjugaba: todo era alegría y buen humor, y el calor sólo proporcionaba molestia suficiente para hablar de él con placer… Hasta el cuarto día, en que se enturbió la felicidad de uno de ellos. Este uno fue la señorita Maria Bertram. Edmund y Julia fueron invitados a cenar en la casa parroquial, y ella quedó excluida. Fue cosa pensada y hecha por la señora Grant, de completo buen humor; porque ese día se esperaba más o menos al señor Rushworth en Mansfield Park; sin embargo, la señorita Bertram lo tomó como una grave ofensa; y fue una dura prueba para su buena educación ocultar su disgusto y su enojo, hasta que llegó a casa. Y como el señor Rushworth no apareció, le aumentó el agravio, dado que no tuvo siquiera el desahogo de mostrar su poder sobre él; sólo pudo ser hosca con su madre, su tía y su prima, y proyectar el máximo malhumor sobre la cena y el postre de éstas.

Edmund y Julia entraron en el salón entre las diez y las once, refrescados por el aire de la noche, resplandecientes y alegres: lo contrario de como encontraron a las tres damas allí, ya que Maria apenas levantó los ojos del libro, y lady Bertram estaba medio dormida; incluso la señora Norris, desasosegada por el malhumor de su sobrina, tras hacer una pregunta o dos sobre la cena que no fueron inmediatamente contestadas, pareció casi decidida a no decir nada más. Durante unos minutos, el hermano y la hermana estuvieron demasiado entusiasmados cantando las alabanzas de la noche y haciendo comentarios sobre las estrellas para ver más allá de sí mismos; pero al producirse la primera pausa, Edmund, mirando a su alrededor, dijo:

—Pero ¿dónde está Fanny? ¿Se ha ido ya a la cama?

—No; no que yo sepa —replicó la señora Norris—. Estaba aquí hace un momento.

Con una voz suave, desde el otro extremo de la estancia, que era muy larga, Fanny dijo que estaba en el sofá. La señora Norris empezó a regañarla.

—Es una estupidez, Fanny, estar ahí en el sofá todo el rato sin hacer nada. ¿Por qué no vienes a sentarte aquí, y haces algo como nosotras? Si no tienes ninguna labor, puedo darte de la cesta. Todavía está sin tocar el nuevo calicó que trajeron la semana pasada. Yo casi me he partido la espalda cortándolo. Deberías aprender a pensar en los demás; y créeme, es una vergüenza que una joven se pase las horas sentada en el sofá sin hacer nada.

Antes de que llegara a la mitad de su discurso, Fanny había regresado a su sitio junto a la mesa, y había vuelto a coger su labor; y Julia, que estaba de muy buen humor por los placeres del día, le hizo justicia al exclamar:

—Debo decir, señora, que Fanny es la que menos está en el sofá de toda la casa.

—Fanny —dijo Edmund, después de mirarla con atención—, ¿seguro que no tienes dolor de cabeza?

Fanny no fue capaz de negarlo; pero dijo que no mucho.

—No te creo —replicó él—; conozco tu cara demasiado bien. ¿Desde cuándo lo notas?

—Desde poco antes de cenar. Pero es sólo el calor.

—¿Has salido con ese calor?

—¿Que si ha salido? Claro que ha salido —dijo la señora Norris—; ¿querías tenerla en casa con el día tan hermoso que ha hecho? ¿No habéis salido todos? Incluso vuestra madre ha salido más de una hora.

—Sí, es verdad, Edmund —añadió su señoría, a quien había despabilado la agria reprimenda de la señora Norris a Fanny—; he estado fuera más de una hora. He estado sentada tres cuartos de hora en el jardín mientras Fanny cortaba rosas, y te aseguro que ha sido muy agradable; aunque hacía mucho calor. Había bastante sombra en el cenador, pero confieso que me daba miedo el regreso a casa.

—¿Ha estado Fanny cortando rosas?

—Sí, y me temo que van a ser las últimas de este año. ¡Pobre criatura! Hacía demasiado calor para ella; pero estaban tan en su punto, que era imposible esperar.

—Desde luego, no había nadie para ayudarla —replicó la señora Norris en tono bastante suavizado—; me pregunto si no pudo darle el dolor de cabeza entonces, hermana. Nada lo favorece tanto como permanecer de pie o inclinada al sol. Pero seguramente estará bien mañana. ¿Y si le das un poco de tu vinagre aromático? A mí siempre se me olvida llenar el mío.

—Ya se lo he dado —dijo lady Bertram—; se lo tomó al volver de tu casa la segunda vez.

—¿Cómo? —exclamó Edmund—; ¿ha estado paseando, cortando rosas y ha cruzado el parque con todo el calor, y por dos veces, señora? No me extraña que le duela la cabeza.

La señora Norris estaba hablando a Julia y no le oyó.

—Temí que fuera demasiado para ella —dijo lady Bertram—; pero una vez cortadas las rosas, tu tía quería parte, así que ha tenido que ir a llevárselas a su casa.

—Pero ¿eran tantas como para obligarla a ir dos veces?

—No; pero había que ponerlas a secar en el cuarto de invitados; y por desgracia, a Fanny se le había olvidado cerrar la puerta del cuarto y traer la llave; así que ha tenido que volver.

Edmund se levantó y se puso a pasear por la habitación, diciendo:

—¿Y no podía haber ido nadie más que Fanny a hacer ese recado? Por Dios, señora, que ha sido un asunto mal llevado.

—Desde luego, no podía haberse hecho mejor —exclamó la señora Norris, incapaz de seguir haciéndose la sorda—; a menos que hubiera ido yo, claro. Pero yo no puedo estar en dos sitios a la vez, y en ese preciso momento estaba hablando de la lechera con el señor Green por deseo de tu madre, y había prometido a John Groom escribir a la señora Jefferies sobre su hijo, y el pobre muchacho me llevaba esperando media hora. Creo que nadie puede acusarme en justicia de escurrir el bulto; pero la verdad es que no puedo hacerlo todo a la vez. En cuanto a haber mandado a Fanny a mi casa, no hay mucho más de medio kilómetro, así que no me parece que sea una exageración pedírselo. A menudo voy y vengo yo tres veces al día, sea temprano o sea tarde, y en cualquier época del año, y sin andar pregonándolo.

—Ojalá tuviera Fanny la mitad de su resistencia, señora.

—Si Fanny hiciese ejercicio con más regularidad, no se cansaría tan pronto. Hace tiempo que no monta a caballo, y estoy convencida de que si no monta debería andar. Si hubiera estado cabalgando antes, no se lo habría pedido. Pero pensé que le vendría bien, después de estar entre las rosas; porque nada refresca más que un paseo después de un trabajo de ese género; y aunque el sol era fuerte, no hacía demasiado calor. Entre nosotros, Edmund —señalando significativamente con la cabeza a su madre—; ha sido el estar cortando rosas, y entreteniéndose en la rosaleda, lo que le ha sentado mal.

—Me temo que ha sido eso, desde luego —dijo la cándida lady Bertram, que la había oído—; mucho me temo que cogió dolor de cabeza allí, porque el calor era como para matar a cualquiera. Era más de lo que yo podía resistir. Estar sentada llamando a mi perrita para hacerla salir de los macizos ha sido casi demasiado para mí.

Edmund no dijo nada más a las dos damas; pero fue en silencio a otra mesa, en la que aún estaba la bandeja de la cena, llevó una copa de madeira a Fanny, y la obligó a bebérsela casi toda. Ella hubiera querido rechazarla; pero las lágrimas que le originaban una diversidad de sentimientos hicieron que le resultara más fácil tragar que hablar.

Aunque Edmund estaba enfadado con su madre y su tía, aún lo estaba más consigo mismo. El olvido en que había tenido a Fanny era peor que lo que habían hecho ellas. Nada de esto habría ocurrido si la hubiera atendido adecuadamente; pero llevaba cuatro días seguidos sin elección de compañía o ejercicio, y sin excusa alguna con que evitar lo que a sus insensatas tías se les pudiera ocurrir. Le daba vergüenza pensar que Fanny no había podido montar a caballo en cuatro días, y decidió muy seriamente que, por muy poco que le apeteciera, debía suspender lo que era un placer para la señorita Crawford, y evitar que volviera a ocurrir.

Fanny se fue a la cama con el corazón tan rebosante como la primera noche de su llegada al parque. Probablemente su estado de ánimo había influido en su indisposición; porque se había sentido abandonada, y había estado luchando durante unos días contra el descontento y la envidia. Al recostarse en el sofá, al que se había retirado para que no la vieran, el dolor de su alma se había hecho más grande que el de su cabeza; y el súbito cambio que la amabilidad de Edmund había producido a continuación hizo que no supiera cómo sostenerse.