Capítulo VI

El señor Bertram se marchó a… y la señorita Crawford se dispuso a encontrar un gran vacío entre los jóvenes, y a echarle decididamente de menos en las reuniones que ahora se estaban volviendo casi diarias entre las familias; y cuando cenaban todos en el parque, poco después de irse él, ella volvió a ocupar su sitio al final de la mesa, esperando sentir la más melancólica diferencia con el cambio de señor. Iba a ser muy aburrido, estaba segura. Comparado con su hermano, Edmund no tenía nada que decir. Pasaban la sopa con la mayor monotonía, bebían vino sin una sonrisa o una broma, y se trinchaba el venado sin el acompañamiento de alguna anécdota graciosa sobre algún asado anterior, o de alguna historia divertida sobre «mi amigo fulano de tal». Trataba de distraerse con lo que ocurría en la cabecera, y observando al señor Rushworth, que hacía su aparición en Mansfield por primera vez desde la llegada de los Crawford. Había estado visitando a un amigo del condado vecino; y como este amigo había encargado recientemente a un arquitecto paisajista la reforma de su parque, el señor Rushworth había vuelto con la cabeza llena de ideas sobre el tema, y muy deseoso de reformar el suyo también; y aunque no decía mucho al respecto, era incapaz de hablar de otra cosa. El tema, que ya había sacado a re lucir en el salón, lo reavivó en el comedor. Su objetivo, evidentemente, era ganar la atención y la opinión de la señorita Bertram; y aunque la actitud de ésta denotaba más un afán de superioridad que un deseo de complacerle, la mención de Sotherton Court, y las ideas a ella vinculadas, le producían una complacencia que le impedía mostrarse desagradable.

—Me gustaría que viesen Compton —dijo el señor Rushworth—; ¡es de lo más perfecto! En mi vida he visto un lugar tan cambiado. Le dije a Smith que no sabía dónde me encontraba. El camino de acceso es ahora una de las perspectivas más espléndidas. Ver la casa es una de las mayores sorpresas. Confieso que al regresar ayer, Sotherton me pareció una prisión; una prisión vieja y tenebrosa.

—¡Por favor! —exclamó la señora Norris—. ¡Una prisión! Sotherton Court es una de las mansiones antiguas más nobles del mundo.

—Necesita una reforma más que nada en el mundo, señora. En mi vida he visto un lugar más necesitado de una reforma; y está tan abandonada, que no sé qué voy a hacer.

—No es extraño que el señor Rushworth piense así en estos momentos —dijo la señora Grant a la señora Norris con una sonrisa—; pero puede estar segura de que, a su debido tiempo, Sotherton recibirá todas las reformas que pueda desear su corazón.

—Tengo que intentar hacer algo al respecto —dijo el señor Rushworth—; aunque no sé qué. Espero que me ayude algún buen amigo.

—Su mejor amigo para eso —dijo la señorita Bertram tranquilamente—, creo que puede ser el señor Repton.

—Eso es lo que estaba pensando. Le ha hecho tan buen trabajo a Smith que creo que debería contratarle sin más. Cobra cinco guineas al día.

—Aunque fuesen diez —exclamó la señora Norris—, estoy segura de que no le importaría. El coste no debe ser impedimento. Yo en su lugar no pensaría en el dinero. Mandaría hacer todas las cosas lo mejor posible. Un lugar como Sotherton Court merece todo lo que el gusto y el dinero puedan aportar. Allí hay espacio para trabajar, y un parque que le recompensará. Si yo tuviese la quinta parte de lo que es Sotherton, estaría plantando y reformando sin parar; porque naturalmente me gusta muchísimo. Sería ridículo intentar hacer nada donde vivo ahora, en los dos mil metros cuadrados que tengo. Ridículo. Pero si tuviese más espacio, disfrutaría lo indecible reformando y plantando. Nosotros hicimos mucho en la tierra adscrita a la casa parroquial; la convertimos en un lugar completamente diferente de como era cuando la recibimos al principio. Los jóvenes no os acordáis de cómo era, quizá. Pero si nuestro querido sir Thomas estuviese aquí os podría contar las mejoras que introdujimos; y más habríamos hecho, si no hubiera sido por la mala salud del señor Norris que en paz descanse. Apenas podía salir a disfrutar, el pobre; y eso me desanimó de hacer varias cosas de las que sir Thomas y yo solíamos hablar. Si no llega a ser por eso, habríamos continuado la tapia del jardín y habríamos plantado un seto para separarlo del cementerio, como ha hecho el señor Grant. De todos modos, siempre estábamos haciendo algo. La primavera anterior al fallecimiento del señor Norris plantamos un albaricoquero junto al muro de la cuadra, que ahora se ha hecho un árbol noble y está llegando a la perfección, señor —dirigiéndose ahora al doctor Grant.

—El árbol prospera sin la menor duda, señora —replicó el doctor Grant—: la tierra es buena; y nunca paso junto a él sin lamentar que dé una fruta que no merece la molestia de cogerla.

—Señor, es de clase moor park, y nos costó… es decir, fue regalo de sir Thomas; pero vi la factura, y sé que costó siete chelines; y se consignaba como moor park.

—La engañaron, señora —replicó el doctor Grant—: estas patatas tienen el mismo sabor a albaricoque moor park que la fruta de ese árbol. Fruta insípida, en el mejor de los casos; un buen albaricoque como Dios manda es comestible, cosa que no ocurre con ninguno de los de mi huerto.

—La verdad, señora —dijo la señora Grant, intentando susurrar desde el otro lado de la mesa a la señora Norris—, es que el doctor Grant no conoce prácticamente el sabor natural de nuestros albaricoques. Me parece que no ha probado ni uno; porque es una fruta tan aprovechable con un poco de ayuda, (y nosotros se la prestamos ampliamente) que en tartas y en mermeladas, mi cocinera consigue utilizarla toda.

La señora Norris, que había empezado a ponerse colorada, se apaciguó; y durante unos momentos, se habló de temas ajenos a las reformas de Sotherton. El doctor Grant y la señora Norris rara vez hacían buenas migas; sus relaciones habían empezado fatal, y los hábitos de ambos eran completamente dispares.

Tras esa breve interrupción, el señor Rushworth volvió a la carga:

—La propiedad de Smith es la admiración de todo el contorno; y la verdad es que no era nada cuando el señor Repton la cogió en sus manos. Creo que voy a contratar a Repton.

—Señor Rushworth —dijo lady Bertram—, yo en su lugar crearía una preciosa zona de arbustos. Es muy agradable adentrarse por los arbustos cuando hace bueno.

El señor Rushworth se apresuró a asegurar a su señoría su absoluta coincidencia, y trató de decir algún cumplido; pero entre la sumisión al gusto de ella, y el tener desde antes la idea de hacer eso mismo, con la añadidura de profesar atención a las damas en general, y de insinuar que sólo había una a la que estaba deseoso de complacer, se armó un lío; y Edmund se alegró de poner fin a su discurso ofreciendo vino. El señor Rushworth, no obstante, aunque normalmente no era muy hablador, aún tenía más cosas que decir sobre el asunto que le preocupaba:

—Smith no tiene mucho más de cuarenta hectáreas de parque, o sea, bastante poco; lo que hace más sorprendente que la hayan podido mejorar de ese modo. Nosotros en Sotherton tenemos cerca de trescientas, sin contar los prados inundables; de manera que creo que si se ha podido hacer todo eso en Compton, no debemos desesperar. Han tenido que cortar dos o tres árboles añosos que eran una hermosura porque estaban demasiado cerca de la casa, con lo cual se ha abierto una vista sorprendente, cosa que me hace pensar que Repton o alguien así podría encargarse de talar la avenida de Sotherton; la que va de la fachada oeste a lo alto de la cuesta, ya sabe —volviéndose especialmente a la señorita Bertram mientras hablaba. Pero la señorita Bertram pensó que quedaba mejor contestando:

—¿La avenida? No la recuerdo. En realidad, conozco muy poco Sotherton.

Fanny, que estaba sentada al otro lado de Edmund, exactamente enfrente de la señorita Crawford, y que había escuchado con atención, le miró ahora, y dijo en voz baja:

—¿Talar una avenida? ¡Qué pena! ¿No te hace pensar en Cowper? «Taladas avenidas, una vez más lloro vuestro destino inmerecido».

Edmund sonrió y contestó:

—Me temo que esa avenida tiene muy pocas probabilidades, Fanny.

—Me gustaría ver Sotherton antes de que lo talen; ver el sitio como es ahora, en su viejo estado. Pero no creo que pueda ser.

—¿No has estado nunca allí? No, no has tenido ocasión; y por desgracia está demasiado lejos para ir a caballo. Me encantaría poder llevarte.

—Bueno, no importa. Ya me contarás, cuando lo vea, qué es lo que han cambiado.

—Deduzco —dijo la señorita Crawford— que Sotherton debe de ser una vieja mansión; una mansión con cierto esplendor. ¿Tiene algún estilo concreto?

—El edificio data de los tiempos de la reina Isabel; es una construcción de ladrillo grande, regular; maciza, pero de aspecto respetable. Y tiene muchas habitaciones espléndidas. Está mal situado. Se encuentra en la parte más baja del parque; en ese sentido, se presta poco a la mejora. Pero el bosque es precioso, y hay un riachuelo al que, a mi juicio, podría sacársele mucho partido. El señor Rushworth hace bien, creo, en querer darle un aire moderno, y no me cabe la menor duda de que lo hará muy bien.

La señorita Crawford escuchaba con sumisión; y se dijo a sí misma: «Es un hombre educado; procura ver el lado mejor».

—No quiero influir en el señor Rushworth —prosiguió—, pero si yo tuviese que remozar una propiedad, no me pondría en manos de un paisajista. Preferiría que tuviese menos belleza, pero decidirla, y que fuera aumentando progresivamente. Preferiría soportar mis propios errores a los de él.

Usted, naturalmente, sabría lo que quiere; pero eso no va conmigo. Yo no tengo ojo ni imaginación para estas cosas, a menos que me las pongan delante; y si tuviese una propiedad en el campo, agradecería muchísimo que se encargase de ella un señor Repton y me proporcionase toda la belleza que pudiera a cambio de dinero; y no la miraría hasta que él hubiera terminado.

—A me encantaría ver los progresos —dijo Fanny.

—Claro, a usted la han educado para ello. Pero eso no forma parte de mi educación; y la única dosis que he recibido, proporcionada por quien no era el más entendido del mundo, me hace considerar el meterse en reformas uno de los mayores engorros. Hace tres años, mi señor tío el almirante compró una casa de campo en Twickenham para pasar los veranos; mi tía y yo fuimos entusiasmadas; pero aunque era una verdadera preciosidad, no tardamos en comprobar que necesitaba una reforma. Total, que estuvimos tres meses viviendo en medio de la suciedad y el desorden, sin un camino de grava donde pisar, ni bancos donde sentarnos. En el campo me gusta tenerlo todo lo más completo posible: arbustos, parterres y rin cones rústicos; pero que lo hagan sin contar conmigo. Henry es diferente; a él le encanta hacer cosas.

A Edmund le apenó oír a la señorita Crawford, a la que estaba muy dispuesto a admirar, hablar con tanto desembarazo de su tío. No le pareció bien a su sentido de la discreción, y permaneció callado hasta que, incitado por nuevas sonrisas y animación, olvidó el tema de momento.

—Señor Bertram —dijo la señorita Crawford—, al fin tengo noticias de mi arpa. Me han asegurado que está en Northampton sin novedad; probablemente lleva allí diez días, a pesar de que nos han asegurado solemnemente que no. —Edmund expresó su sorpresa y alegría—. La verdad es que nuestras averiguaciones han sido de lo más directas: mandamos a un criado y fuimos nosotros mismos; no está a más de un centenar de kilómetros de Londres; pero hoy han llegado novedades alentadoras. La ha visto un campesino, se lo ha dicho al molinero, el molinero se lo ha dicho al carnicero, y el yerno del carnicero ha dejado recado en la tienda.

—Me alegro de que le hayan llegado noticias, sea como sea; y espero que no sufra más retrasos.

—Estará aquí mañana; pero ¿a que no adivina en qué vendrá? En carro o carreta no. No ha sido posible alquilar ningún carruaje en el pueblo. Lo mismo podía haber buscado unas angarillas y porteadores.

—¿Le ha sido difícil, ahora, en mitad de una siega del heno tan tardía, alquilar un caballo y un carruaje?

—¡Me asombra la de dificultades! Parecía imposible que no hubiera en el campo caballos y carruajes de sobra, así que he mandado a mi doncella a que alquilara uno inmediatamente; como no puedo asomarme a la ventana de mi gabinete sin ver una granja, ni pasear por el campo sin cruzar por delante de alguna, se me ocurrió que no tenía más que ir y pedirlos. Y me ha contrariado bastante no haberlo conseguido. Imagine mi sorpresa al comprobar que he estado pidiendo la cosa más desmedida e imposible del mundo, que he ofendido a todos los granjeros, a todos los peones, a todo el heno de la parroquia. En cuanto al mediero del doctor Grant, creo que será mejor no molestarle; hasta mi cuñado, que es la amabilidad en persona por lo general, me ha mirado bastante enojado al saber lo que he hecho.

—No era de esperar que se le ocurriese; pero si lo piensa, comprenderá la importancia de recoger la yerba. Alquilar un carro, en cualquier época del año, no es tan fácil como imagina; nuestros agricultores no tienen costumbre de alquilarlos; pero durante la cosecha les es imposible prescindir siquiera de un caballo.

—Ya me iré familiarizando con los usos de aquí; pero ateniéndome a la máxima de Londres, de que todas las cosas tienen su precio, me molestó un poco, al principio, la decidida independencia de sus costumbres campesinas. De todos modos, el arpa llegará mañana. Henry, que es de lo más amable, se ha ofrecido a traerla en su birlocho. ¿No es eso transportarla con todos los honores?

Edmund habló del arpa como de su instrumento favorito, y espero que le permitiera oírla pronto. Fanny nunca había oído ese instrumento, y manifestó vivos deseos de poderlo hacer.

—Me encantará tocar para ustedes dos —dijo la señorita Crawford—; al menos, mientras quieran escuchar. Probablemente mucho más; porque me encanta la música. Y cuando los que escuchan tienen el mismo gusto natural, la ejecutante toca mejor, porque se siente gratificada en más de un sentido. A propósito, señor Bertram, si escribe a su hermano, le ruego que le diga que me ha llegado el arpa; porque me ha oído quejarme muchas veces de no tenerla conmigo. Y puede decirle, si quiere, que voy a ensayar los aires más dolientes, a tono con sus sentimientos, para cuando regrese; porque sé que su caballo perderá.

—Si le escribo, le pondré todo lo que me pide. Aunque no preveo de momento que se presente la ocasión.

—No, supongo que aunque estuviera ausente un año, no le escribiría, ni él a usted, si lo pueden evitar. No se presentará la ocasión. ¡Qué seres más extraños son los hermanos! Ustedes no se escribirían a menos que fuera por urgentísima necesidad; y cuando no tengan más remedio que coger la pluma para contar que tal caballo está malo, o que tal pariente ha muerto, lo harán con el menor número de palabras posible. Sólo tienen un estilo entre ustedes. Lo conozco muy bien. Henry, que en todo lo demás es un hermano modelo, y me quiere, me pide consejo, tiene confianza en mí y se pasa horas enteras hablando conmigo, no ha vuelto jamás la página escribiendo una carta; y la mayoría de las veces no pone más que: «Querida hermana, acabo de llegar. Bath se encuentra repleta, y todo sigue como siempre. Abrazos». Ése es el estilo de los hombres; ésa es toda la carta de un hermano.

—Cuando están lejos de la familia —dijo Fanny ruborizándose, por William—, pueden escribir cartas largas.

—La señorita Price tiene un hermano en alta mar —dijo Edmund—, cuya bondad como corresponsal la hace pensar que es usted demasiado severa con nosotros.

—¿En alta mar? Al servicio del rey, naturalmente.

Fanny hubiera preferido que lo contara Edmund, pero su decidido mutismo la obligó a relatar la situación de su hermano; su voz se animó hablando de su profesión, y los puertos extranjeros en los que había estado; aunque no pudo mencionar los años que hacía que no le veía sin que se le llenasen los ojos de lágrimas. La señorita Crawford le deseó un pronto ascenso.

—¿Conoce usted al capitán de mi primo? —dijo Edmund—. ¿Al capitán Marshall? Usted tiene muchos amigos en la Marina, supongo.

—Almirantes, muchos; pero —con aire de importancia— conocemos a muy pocos de graduación inferior. Los capitanes con destino pueden ser hombres excelentes, pero no pertenecen a nuestro ambiente. Podría contar muchísimas anécdotas de varios almirantes; de ellos y de sus banderas, del aumento gradual de sus pagas, y de sus disputas y sus celos. Pero en general, puedo asegurarle que todos son ignorados y tratados con muy poca consideración. Desde luego, vivir en casa de mi tío me ha permitido conocer a un círculo de almirantes. He conocido a bastantes contras y vices. Pero por favor, no piense que estoy haciendo juegos de palabras.

Otra vez se puso serio Edmund, y se limitó a contestar:

—Es una noble profesión.

—Sí, la profesión está muy bien, con dos condiciones: si se hace fortuna, y se tiene discreción en gastarla. Pero, en definitiva, no es mi profesión predilecta. Jamás he visto que tenga una forma amable.

Edmund volvió al tema del arpa, y otra vez se sintió feliz ante la perspectiva de oírla tocar.

Entretanto, aún seguían los otros con las reformas de los parques; y la señora Grant no pudo por menos de decirle a su hermano, aunque esto suponía desviarle la atención de la señorita Julia Bertram:

—Mi querido Henry, ¿no tienes nada que decir? Tú has sido paisajista; y por lo que he oído, Everingham puede competir con cualquier propiedad de Inglaterra. Estoy segura de que su belleza natural es espléndida. Ya lo era antes, en mi opinión, con ese precioso declive del terreno, y esos árboles. ¡No sé qué daría por verla otra vez!

—Nada me gustaría tanto como oír tu opinión al respecto —fue su respuesta—. Pero me temo que te ibas a llevar una decepción. No la encontrarías como te la imaginas ahora. En extensión es muy poca cosa: te sorprendería su insignificancia; y en cuanto a la reforma, es muy poco lo que tuve que hacer; demasiado poco… Me habría gustado meterme más a fondo.

—¿Le gusta ese trabajo? —dijo Julia.

—Muchísimo; pero entre las posibilidades naturales del terreno (llamativas incluso para unos ojos jovencísimos), lo poco que había que hacer, y mis lógicas decisiones, aún no hacía tres meses que había llegado yo a la mayoría de edad cuando Everingham era ya lo que es ahora. Concebí el proyecto en Westminster, lo modifiqué un poco, quizá, en Cambridge, y lo llevé a cabo a los veintiuno. Envidio al señor Rushworth por la feliz ocasión que se le presenta. Yo he consumido la mía demasiado pronto.

—Los que ven deprisa, deciden deprisa y actúan deprisa —dijo Julia—. A usted nunca le faltará trabajo. En vez de envidiar al señor Rushworth, debería ayudarle con sus opiniones.

La señora Grant, al oír la última parte de la conversación, insistió con calor, convencida de que ningún juicio podría igualar al de su hermano; y como la señorita Maria Bertram hiciera suya la idea, y le diera pleno apoyo, declarando que le parecía infinitamente mejor consultar a asesores amigos y desinteresados que dejar el asunto sin más en manos de un profesional, el señor Rushworth se mostró muy vehemente en pedir al señor Crawford que le hiciese el favor de ayudarle; y el señor Crawford, tras rebajar discretamente su propio talento, se puso a su entera disposición en todo lo que pudiera ser útil. A continuación, el señor Rushworth había empezado a proponer al señor Crawford que le hiciese el honor de visitar Sotherton, ofreciéndole habitación, cuando la señora Norris, como si leyese en el cerebro de sus dos sobrinas lo poco que aprobaban un plan que alejaba al señor Crawford, intervino con una modificación.

—Es evidente la buena disposición del señor Crawford; pero ¿por qué no le acompañamos los demás? ¿Por qué no formamos una pequeña expedición? Aquí hay muchos a los que les interesan sus reformas, mi querido señor Rushworth, y a los que les gustaría oír la opinión del señor Crawford sobre el terreno; además, podrían ser de utilidad las opiniones de ellos; por mi parte, hace mucho que deseo presentar nuevamente mis respetos a su señora madre; la única razón que me ha impedido ir a verla no es otra que la de no tener caballos de mi propiedad; pero ahora podría ir a pasar unas horas con la señora Rushworth, mientras el resto anduviera resolviendo cosas por allí; luego podríamos regresar a cenar aquí, o bien cenar en Sotherton (lo que podría ser una alegría para su madre), y emprender un delicioso regreso a la luz de la luna. El señor Crawford nos llevaría a mis dos sobrinas y a mí en su birlocho, y Edmund podría ir a caballo. Fanny se quedaría a hacerte compañía, hermana.

Lady Bertram no puso ninguna objeción, y todos los interesados en ir se apresuraron a expresar su total acuerdo, salvo Edmund, que lo escuchaba todo sin decir nada.