Los jóvenes se gustaron desde el principio. Había mucho atractivo en una y otra parte, y no tardó su amistad en prometer una familiaridad todo lo temprana que las buenas formas podían autorizar. La belleza de la señorita Crawford no mermaba la de las señoritas Bertram. Eran demasiado guapas para que les molestase que otra lo fuera también, y se sintieron casi tan fascinadas como sus hermanos por sus ojos negros, su tez morena y su belleza general. De haber sido alta, rubia y de formas llenas, podría haber resultado más seria competidora; pero así, no podían establecerse comparaciones; y del mismo modo que la señorita Crawford era una chica razonablemente bonita y agradable, las Bertram eran las jóvenes más guapas del contorno.
El hermano no era guapo; la primera vez que le vieron, lo encontraron absolutamente corriente; sin embargo, era un caballero, con unos modales agradables. En el segundo encuentro descubrieron que no era tan corriente; lo era, desde luego, pero tenía tanta gallardía, con unos dientes tan regulares, y estaba tan bien formado, que no tardaron en olvidar que era corriente. Y al tercer encuentro, después de cenar con él en la casa parroquial, no dio lugar a que se le tuviese más por tal cosa. En realidad, era el joven más agradable que las hermanas habían conocido, y se sintieron igual de encantadas con él. El compromiso de Maria Bertram le convertía, en justicia, en propiedad de Julia; cosa de la que Julia tuvo plena conciencia, y antes de que el señor Crawford llevara en Mansfield una semana estaba totalmente dispuesta a dejarse enamorar.
Las ideas de Maria al respecto eran más vagas y confusas. No quería ver o entender. «No había ningún mal en que le gustara un joven agradable… todo el mundo conocía su situación… Que el señor Crawford cuidara de sí mismo». El señor Crawford no pensaba que estaba en ningún peligro; las señoritas Bertram eran dignas de agasajo, y estaban dispuestas a dejarse agasajar; Henry empezó sin otra intención que la de caerles bien. No pretendía que enloquecieran por él; pero con un sentido común y un temple que deberían haberle hecho juzgar y comprender mejor, se permitió una gran libertad en este terreno.
—Me gustan una barbaridad tus señoritas Bertram, hermana —dijo, al volver de acompañarlas al coche, después de la citada cena—; son muy airosas y agradables.
—Sí que lo son; y me encanta oírtelo decir. Pero la que más te gusta es Julia.
—¡Por supuesto! La que más me gusta es Julia.
—¿De verdad? Pues parece que en general se considera a la señorita Maria Bertram la más guapa de las dos.
—Supongo que sí. Gana a su hermana en todos los aspectos, y me gusta más su cara… pero prefiero a Julia. La señorita Maria Bertram es sin duda más guapa, y la he encontrado de lo más agradable; pero siempre preferiré a Julia porque me lo has ordenado.
—Yo no tengo que ordenarte nada, Henry; pero sé que te gustará más al final.
—¿No te digo que me gusta más al principio?
—Y además, la señorita Maria Bertram está prometida. Recuérdalo, hermano. Ella ya ha hecho su elección.
—Sí, y por eso me gusta más. Una mujer prometida es siempre más atractiva que la que no lo está. Se siente satisfecha consigo misma. Ya no tiene preocupaciones, y piensa que puede ejercer sin recelo todos sus poderes de agradar. Todo está a salvo en una mujer prometida; no puede hacer ningún daño.
—Bueno, en cuanto a eso… el señor Rushworth es muy buena persona, y un gran partido para ella.
—Pero a la señorita Bertram le importa un comino: ésa es la opinión que tú tienes de tu amiga, que yo no comparto. Estoy convencido de que la señorita Bertram está muy unida al señor Rushworth. He podido verlo en sus ojos, cuando se hablaba de él. Pienso demasiado bien de la señorita Bertram para suponer que le daría su mano sin darle su corazón.
—Mary, ¿cómo vamos a domar a nuestro hermano?
—Creo que es mejor dejarle. No sirve de nada hablar con él. Al final le engañarán.
—Pero yo no quiero que le engañen. Yo no quiero que le embauquen; lo que quiero es que sea fiel y honesto.
—¡Válgame Dios! Déjale que corra su suerte, y que le engañen. De todos modos ocurrirá. Todo el mundo es engañado tarde o temprano.
—En el matrimonio, no siempre, Mary.
—Sobre todo en el matrimonio. Con el debido respeto a los que ahora van a casarse, mi querida señora Grant, no hay uno entre cien, de uno u otro sexo, que no salga engañado en el matrimonio. Dondequiera que mire, veo que es así; y me doy cuenta de que tiene que ser así cuando pienso que es, de todas las transacciones, aquélla en la que cada uno espera más del otro, y en la que uno mismo es menos honrado.
—¡Ah! ¡Has tenido una mala escuela para el matrimonio, en Hill Street!
—Desde luego, mi pobre tía tuvo pocos motivos para que le gustara el matrimonio; sin embargo, desde mi punto de vista, es cuestión de maniobrar. Conozco a muchos que se han casado con toda la esperanza y la confianza puestas en una ventaja particular, o en los méritos o cualidades de la persona, y luego se han sentido totalmente defraudados, ¡y se han tenido que conformar con lo contrario! ¿Qué es eso, sino ser engañados?
—Mi querida criatura, en eso hay que tener un poco de imaginación. Perdona, pero no me convences. Te aseguro que no ves más que la mitad. Ves el mal, pero no ves el consuelo. Habrá pequeños tropiezos y desencantos en todas partes, y todos tendemos a esperar demasiado; pero luego, si un proyecto de felicidad falla, la naturaleza humana se vuelve hacia otro; si el primer cálculo resulta erróneo, hacemos otro mejor; encontramos consuelo en alguna parte… y esos observadores malpensados, queridísima Mary, que de nada hacen una montaña, son más engañados y decepcionados que los mismos sujetos a los que observan.
—¡Bien dicho, hermana! Rindo homenaje a tu esprit de corps.
Cuando esté casada, quiero ser igual de segura; y quisiera que mis amigas en general lo fueran también. ¡Me ahorraría muchas penas!
—Estás tan mal como tu hermano, Mary; pero os vamos a curar. Mansfield os curará a los dos… y sin necesidad de engaños. Quedaos a vivir aquí y os curaremos.
Los Crawford, sin querer que les curasen, se mostraron deseosos de quedarse: Mary se alegraba de tener la casa parroquial como su actual hogar, y Henry estaba dispuesto también a prolongar su visita. Había ido con idea de pasar sólo unos días con ellos, pero Mansfield prometía mucho, y no había nada que le reclamase en otra parte. La señora Grant se alegraba de tenerles, y el doctor Grant estaba contentísimo de que así fuera: una joven bonita y conservadora como la señorita Crawford es siempre una grata compañía para un hombre indolente y casero; y tener al señor Crawford como invitado era un buen pretexto para beber clarete todos los días.
La admiración que las señoritas Bertram sentían por el señor Crawford era más encendida, probablemente, de lo que la señorita Crawford había calculado por costumbre. Reconocía, sin embargo, que los hermanos Bertram eran muy guapos, que no era frecuente ver juntos a dos jóvenes así ni siquiera en Londres, y que sus modales, sobre todo los del mayor, eran muy buenos. Había estado mucho en Londres, tenía más desenvoltura y galantería que Edmund, y por tanto debía ser preferido; y a decir verdad, el hecho de que fuera el mayor añadía otro poderoso incentivo. Había tenido un temprano presentimiento de que le iba a gustar más el mayor. Sabía que era ésa su dirección.
Tom Bertram, efectivamente, tenía que causar buena impresión; era de esos jóvenes que caen bien por lo general; su simpatía era de las que a menudo resultan más atractivas que algunas cualidades de carácter superior; porque tenía unos modales corteses, un humor excelente, amplias amistades y muchas cosas que contar; a lo que no venía mal su derecho de sucesión al título de baronet. Y no tardó la señorita Crawford en comprender que podían convenirle tanto él como su posición. Estudió el caso con el debido detenimiento, y lo encontró casi todo a su favor: un parque —un parque de verdad, de más de doce kilómetros cuadrados—; una casa amplia, de construcción moderna, muy bien situada y resguardada, que merecía figurar en la colección de grabados de cualquier caballero del reino y a la que sólo faltaba para estar completa que la amueblaran de nuevo; unas hermanas agradables, una madre callada, y él mismo un hombre simpático, con la ventaja de haber dejado el juego por una promesa a su padre, y de convertirse en sir Thomas en el futuro. Podía venirle muy bien; pensó que debía aceptarle. Y así, empezó a interesarse un poco por su caballo, que iba a correr en las carreras de B…
Estas carreras iban a alejar a Tom poco después de iniciada su amistad; y como parecía que la familia no esperaba que regresase en muchas semanas, según sus enredos habituales, esta ausencia sometería muy pronto a prueba su pasión. Mucho razonó él para inducirla a asistir a las carreras, e hizo planes para que fuera un grupo numeroso, llevado del fervor de su afición; pero todo se quedó en palabras.
Y entretanto, ¿qué hacía y pensaba Fanny? ¿Cuál era su opinión sobre los recién llegados? A pocas damas de dieciocho años se les podía pedir menos su opinión que a Fanny. Calladamente, sin que nadie se fijase apenas en ella, rindió su tributo de admiración a la belleza de la señorita Crawford; pero como seguía juzgando muy corriente al señor Crawford, a pesar de que sus dos primas habían demostrado más de una vez lo contrario, no lo mencionaba jamás. Y la única atención que despertaba era de este tenor:
—Empiezo a comprenderles a todos, salvo a la señorita Price —dijo la señorita Crawford cuando paseaba con los jóvenes Bertram—. Díganme, ¿ha debutado ya, o aún no? Me tiene desconcertada. Vino a cenar a la casa parroquial con ustedes, y eso me hizo pensar que sí; sin embargo, habla tan poco que me hace suponer que no.
Edmund, a quien iban dirigidas principalmente las preguntas, contestó:
—Creo que sé a qué se refiere, pero no voy a contestar a esa pregunta. Mi prima es mayor. Tiene edad y juicio de mujer; pero no entiendo de debutar o no debutar.
—Sin embargo, no hay nada más fácil de averiguar. La distinción es muy clara. El aspecto y los modales son, por lo general, totalmente diferentes. Hasta ahora, creo que no podría equivocarme sobre si una joven ha debutado o no. La que no ha salido lleva siempre la misma clase de ropa; una toca ajustada, por ejemplo; y siempre se muestra muy recatada, y jamás abre la boca. Sí, ríase, pero le aseguro que es así; y salvo cuando se cae en la exageración, está muy bien. Las jovencitas deben ser calladas y modestas. Lo malo es que el cambio de actitud, cuando son presentadas en sociedad, sobreviene a menudo demasiado de sopetón. A veces pasan demasiado deprisa de la reserva al extremo contrario… ¡a la confianza! Ése es el defecto del actual sistema. A una no le gusta ver a una muchacha de dieciocho o diecinueve años dispuesta enseguida a todo… cuando veíamos, quizá, que apenas era capaz de hablar el año anterior. Usted, señor Bertram, ha debido de presenciar alguna vez ese tipo de cambios.
—Creo que sí; pero no es justo; ya veo adónde quiere ir a parar. Se está riendo de mí y de la señorita Anderson.
—Eso sí que no. ¿La señorita Anderson? Ni sé quién es, ni sé a qué se refiere usted. Estoy completamente in albis. Pero tendré mucho gusto en reírme de usted, si me dice sobre qué.
—¡Ah! Lo hace muy bien, pero no voy a dejarme engañar hasta ese extremo. Sin duda ha tenido a la señorita Anderson delante de los ojos para describir ese cambio en una joven. La ha pintado con demasiada precisión para que pueda haber error. Fue exactamente así. Los Anderson, de Baker Street. El otro día estuvimos hablando de ellos. Edmund, tú me oíste hablar de Charles Anderson. La cosa fue exactamente como ha expuesto esta dama. Cuando Anderson me presentó a su familia, hará unos dos años, su hermana aún no había debutado, y no conseguí hacerla hablar. Me pasé una hora sentado allí, una mañana, esperando a Anderson, con ella y una niña pequeña o dos en la habitación, porque la institutriz estaba enferma o se había ido y la madre entraba y salía a cada momento con cartas de negocios; y no conseguí una palabra ni una mirada de esa joven, ni contestación educada de ninguna clase. ¡Estuvo todo el tiempo con la boca cerrada y la cara apartada, con un gesto que para qué! No volví a verla en un año. Para entonces, había debutado. La encontré en casa de la señora Holford, y no la reconocí. Se acercó a mí, me saludó como si nos conociéramos, se me quedó mirando de una forma que me turbó, y se puso a hablar y a reír de tal manera que yo no sabía dónde fijar los ojos. Me sentí el hazmerreír del salón en ese momento… Está claro que la señorita Crawford ha oído hablar de ese episodio.
—Un episodio precioso; y hay más verdad en él, sin duda, que honra para la señorita Anderson. Es un defecto demasiado corriente. Las madres no han dado hasta ahora con la manera correcta de manejar a sus hijas. No sé dónde está el error. No pretendo corregir a la gente, pero a menudo veo que está equivocada.
—Los que enseñan cómo debe ser la conducta de las mujeres —dijo el señor Bertram con galantería—, se esfuerzan en mostrarles el buen camino.
—El error es evidente —dijo Edmund, menos cortés—: esas jóvenes han sido educadas mal. Les han inculcado ideas erróneas desde el principio. Siempre actúan movidas por la vanidad… y no hay una modestia sincera en su conducta antes de comparecer en sociedad, ni después.
—No sé —replicó la señorita Crawford dubitativa—. En eso no puedo estar de acuerdo con usted. Desde luego, es la parte menos grave del problema. Mucho peor son las jóvenes que aún no han debutado y se dan los mismos aires y se toman las mismas libertades que si lo hubieran hecho, como he visto yo que hacen algunas. Eso sí que es peor… ¡y de lo más desagradable!
—Sí; es un inconveniente, desde luego —dijo el señor Bertram—. Eso nos induce a error. Y uno no sabe qué hacer. La toca ajustada y el ademán recatado que tan bien describe usted (y nada es más exacto) nos indican qué se puede esperar; pero el año pasado metí yo la pata de una manera espantosa por falta de ambas cosas. El mes de septiembre fui a Ramsgate a pasar una semana con un amigo (justo al regresar de las Indias Occidentales): con mi amigo Sneyd; Edmund, tú me has oído hablar de Sneyd. Sus padres y sus hermanas estaban allí. Yo no los conocía. Cuando llegamos a Albion Place habían salido; fuimos a buscarles y les encontramos en el malecón. Estaban la señora Sneyd y sus dos hijas con unos amigos. Les saludé con toda deferencia; y como la señora Sneyd iba rodeada de caballeros, me puse al lado de una de las hijas, y fui todo el camino de vuelta al lado de ella, mostrándome lo más amable que podía; la joven se comportaba de una manera totalmente natural, y tan deseosa de hablar como de escuchar. Ni por un momento se me ocurrió que estuviera haciendo nada incorrecto. Me parecía que las dos iban igual; las dos bien vestidas, con velo y sombrilla como cualquier joven. Pero después me enteré de que había estado dedicando mis atenciones a la más joven, que no había debutado, y que con ello había ofendido enormemente a la mayor. La señorita Augusta no debía haber recibido ese trato hasta seis meses después; y la señorita Sneyd no me lo ha perdonado, creo.
—Fue un patinazo, desde luego. ¡Pobre señorita Sneyd! Aunque no tengo hermanas menores, lo siento por ella. Debe de ser muy vejatorio verse relegada antes de hora. Pero la culpa fue enteramente de su madre. La señorita Augusta debió haber ido con su institutriz. Esas cosas a medias jamás dan resultado. Pero volviendo a la señorita Price. ¿Asiste a los bailes? ¿Sale a cenar a todas partes, como a casa de mi hermana?
—No —replicó Edmund—. No creo que haya estado nunca en un baile. Mi madre apenas hace visitas y sólo sale a cenar a casa de la señora Grant; y Fanny se queda en casa con ella.
—Ah, entonces todo está claro. La señorita Price no ha debutado.