Capítulo XLVII

Había sido un grupo desdichado en el que cada cual se había sentido el más desdichado. La señora Norris, sin embargo, más apegada a Maria, era la que más sufría. Maria era su favorita, a la que más quería de todos; el matrimonio de Maria había sido obra suya, como tiempo antes solía pensar y decir con el corazón orgulloso; y esta manera de terminar casi la había anonadado.

Era una persona cambiada: apaciguada, atontada, indiferente a todo cuanto ocurría. Haber dejado a su cargo a su hermana, a su sobrino y toda la casa había sido un privilegio enteramente desperdiciado. Había sido incapaz de dirigir o mandar, o de imaginarse útil siquiera. Al ser alcanzada de veras por la aflicción, se había embotado toda su actividad; y ni lady Bertram ni Tom habían recibido de ella el más pequeño apoyo o intento de apoyo. No había hecho por ellos más de lo que habrían hecho el uno por el otro. Habían estado totalmente solos, desamparados, abandonados. Y ahora, la llegada de los otros no hizo sino establecer que ganaba a todos en desdicha. Sus compañeros se sintieron aliviados; pero a ella no le sirvió de nada. Edmund fue casi tan bien recibido por su hermano como Fanny por su tía. En cambio la señora Norris, en vez de encontrar consuelo en la llegada de los dos, se irritó aún más con la persona a la que, ciega de ira, habría sido capaz de acusar como la inspiradora del episodio. Si Fanny hubiera aceptado al señor Crawford, esto no habría ocurrido.

Susan fue motivo de agravio también. No tuvo ánimos sino para dirigirle unas cuantas miradas de aversión; pero la vio como una espía, una intrusa, una sobrina menesterosa, y todo cuanto era odioso. Por parte de la otra tía, Susan fue recibida con serena amabilidad. Lady Bertram no fue capaz de dedicarle mucho tiempo ni palabras, pero la consideró, como hermana de Fanny que era, con cierto derecho a Mansfield; y quiso besarla como a ella. Y Susan se sintió más que satisfecha; porque estaba enterada de que no podía esperar nada de tía Norris sino malhumor. Pero estaba tan provista de felicidad, y era tan fuerte en la mejor de las bendiciones, como era el haber escapado de muchos males ciertos, que habría podido resistir una indiferencia mucho mayor que la que encontró en los demás.

Ahora la dejaron mucho tiempo sola para que se familiarizase a su entera libertad con la casa y el parque, y se pasaba los días felizmente entregada a esta tarea, mientras los que la habrían atendido en otras circunstancias estaban silenciosos, o enteramente ocupados cada uno en la persona que en estos momentos dependía enteramente de él, en todo lo que tenía que ver con su bienestar: Edmund, que trataba de enterrar sus propios sentimientos en los esfuerzos que hacía para aliviar los de su hermano, y Fanny que, dedicada a su tía Bertram, volvía a sus antiguas funciones con más celo que antes, y pensaba que nunca haría lo suficiente por la persona que parecía necesitarla tanto.

Todo el consuelo de lady Bertram consistía en hablar del terrible asunto con Fanny; en hablar y lamentarse. Escucharla con paciencia, y hablarle con amabilidad y comprensión, era cuanto podía hacerse por ella. No se la podía consolar de otro modo. El caso no admitía ningún consuelo. Lady Bertram no ahondaba en sus pensamientos; pero, guiada por sir Thomas, pensaba justamente sobre los aspectos importantes, y veía lo sucedido en toda su enormidad; y ni se esforzaba en quitar gravedad a la culpa y la infamia, ni requería a Fanny para que la aconsejase.

Sus emociones no eran intensas, y su mente no era firme. Al cabo de un tiempo, Fanny se dio cuenta de que no era imposible encauzar sus pensamientos hacia otras cosas, y reavivarle cierto interés por las ocupaciones habituales; pero cada vez que lady Bertram se concentraba en lo ocurrido, sólo lo veía de una manera: como una hija que había perdido, y una deshonra que jamás se borraría.

Fanny se enteró por ella de todos los detalles que habían llegado a conocerse. Su tía no era una narradora metódica; pero con ayuda de unas cartas dirigidas a sir Thomas y otras suyas, y de lo que ella ya sabía y podía relacionar razonablemente, no tardó en comprender cómo deseaba las circunstancias del episodio.

La señora Rushworth se había ido a Twickenham, a pasar las vacaciones de Pascua con una familia con la que acababa de intimar, una familia de costumbres amables y alegres —y probablemente de moral y discreción en consonancia—; porque el señor Crawford tenía acceso a su casa en el momento que quisiera. Fanny sabía ya que él había estado no lejos de allí. El señor Rushworth, entretanto, se había ido a Bath a pasar unos días con su madre, y a devolverla a la capital, con lo que Maria estaba con estos amigos sin traba ninguna, ni siquiera la compañía de Julia, dado que dos o tres semanas antes Julia se había marchado de Wimpole Street a visitar a unos parientes de sir Thomas; viaje que sus padres atribuían ahora a cierta connivencia con el señor Yates. Poco después del regreso del señor Rushworth a Wimpole Street, sir Thomas había recibido una carta de un antiguo y muy buen amigo de Londres; el cual, después de ver y oír lo suficiente de ese asunto como para alarmarse, escribió a sir Thomas aconsejándole que fuese a Londres personalmente, y utilizase su autoridad con su hija para poner fin a una intimidad que ya la estaba exponiendo a desagradables comentarios, y colocando evidentemente al señor Rushworth en una situación embarazosa.

Se disponía sir Thomas a actuar de acuerdo con dicha carta sin comunicar su contenido a nadie de Mansfield, cuando recibió otra, remitida con urgencia por el mismo amigo, para hacerle saber la casi desesperada situación en que se hallaba el caso de los jóvenes. La señora Rushworth había abandonado la casa del marido; el señor Rushworth había acudido a él (el señor Harding), furioso y dolido, para pedirle consejo; el señor Harding sospechaba que había habido, al menos, una flagrante indiscreción. La criada de la señora Rushworth madre era una seria amenaza. Él estaba haciendo esfuerzos para acallar el rumor con la esperanza de que regresase la señora Rushworth; aunque se los desbarataban de tal modo en Wimpole Street por influencia de la madre del señor Rushworth, que eran de prever las peores consecuencias.

No podía ocultar esta terrible notificación a su familia. Sir Thomas se puso en camino; Edmund quiso ir con él, y los demás se quedaron en un estado de abatimiento sólo menor que el que sufrieron cuando llegaron otras cartas de Londres. Todo era ya irremediablemente de dominio público. La criada de la señora Rushworth madre tenía facultad para propagarlo y, apoyada por su señora, nadie la podía hacer callar. Aun en el breve lapso que habían estado juntas, las dos señoras Rushworth habían chocado; y el encono de la mayor hacia su nuera provenía casi tanto, quizá, de la falta de respeto con que ésta la trataba, como de su susceptibilidad por su hijo.

Fuera como fuese, no se la podía manejar. Pero aunque hubiera sido menos terca, o hubiera tenido menos influencia en su hijo, que siempre se dejaba guiar por el último que le hablaba, por la persona capaz de dominarle y hacerle callar, tampoco habría servido de nada; porque la señora Rushworth no volvió a aparecer, y había todos los motivos para concluir que se había ocultado en alguna parte con el señor Crawford, el cual había abandonado la casa de su tío, como para emprender un viaje, el mismo día que ella se marchó.

Sir Thomas, no obstante, continuó unos días más en la capital, con la esperanza de localizarla y arrancarla del mal, aunque todo estaba perdido en cuanto a reputación.

Fanny no soportaba pensar en qué estado se encontraría sir Thomas. Sólo había un hijo que no fuera motivo de sufrimiento para él. La precaria salud de Tom había acusado enormemente el impacto de la conducta de su hermana, con lo que su recuperación había experimentado un retroceso, al extremo de que incluso lady Bertram había notado el cambio, y escribía regularmente a su marido contándole todas sus tribulaciones; en cuanto a la fuga de Julia —el golpe adicional que había recibido a su llegada a Londres—, aunque había perdido fuerza de momento, lady Bertram sabía que debió de ser algo muy doloroso para él. Fanny se daba cuenta. Sus cartas expresaban lo mucho que lo lamentaba. En cualquier circunstancia habría acogido mal esa unión; pero haberla realizado de manera clandestina, y haber escogido semejante momento para llevarla a cabo, colocaban los sentimientos de Julia bajo una luz muy poco favorable, y agravaba severamente la insensatez de su elección. Lo llamó un mal paso, dado de la peor manera, y en el peor momento; y aunque Julia era más perdonable que Maria por serlo más la insensatez que la depravación, no podía sino considerar su decisión como el mejor camino para acabar como su hermana. Ésa era la opinión de sir Thomas sobre la aventura en la que Julia se había embarcado.

Fanny le compadecía profundamente: Edmund era el único consuelo que le quedaba; el resto de sus hijos le partían el corazón. Y Fanny confiaba en que, razonando de manera diferente de la señora Norris, se le hubiese pasado el enfado con ella. Sin duda vería justificada su actitud. El señor Crawford había absuelto su determinación de rechazarle; pero esto, aunque de lo más esencial para ella, era un mal consuelo para sir Thomas. Consideraba terrible el disgusto de su tío; pero ¿en qué podía ayudarle la justificación de su sobrina, o su gratitud y afecto? Su apoyo debía estar en Edmund solamente.

Sin embargo, se equivocaba al suponer que Edmund no era causa de ningún dolor para su padre; era menos intenso que el que le infligían sus otros hijos, pero sir Thomas veía ahora su felicidad seriamente comprometida por el escándalo de su hermana y su amigo; escándalo que sin duda le habría hecho romper con la mujer a la que había aspirado con evidente afecto y gran probabilidad de éxito, y que por todo, salvo por este hermano indigno, habría sido un partido sumamente deseable. Sir Thomas se había dado cuenta de lo que Edmund estaba sufriendo, por sí mismo y por los demás, cuando estuvieron en la capital. Había observado o adivinado sus sentimientos, y como tenía motivos para pensar que se había visto una vez con la señorita Crawford, entrevista de la que Edmund sólo sacó más aflicción, había querido —por esa y otras razones— alejarle de Londres, y le había encargado que recogiera a Fanny para llevarla a casa de su tía, pensando tanto en su propio alivio y beneficio como en el de los demás. Fanny ignoraba los sentimientos de su tío, y sir Thomas ignoraba el carácter de la señorita Crawford. De haber conocido la conversación de ésta con su hijo, no la habría querido por nuera ni aunque en vez de veinte mil libras hubiese tenido cuarenta mil.

Para Fanny estaba claro que Edmund debía apartarse de la señorita Crawford definitivamente; sin embargo, mientras no supiera que él pensaba lo mismo, su propio convencimiento no era suficiente. Pensaba que era así, pero necesitaba la confirmación. Si ahora Edmund le hablase con la franqueza que a veces había juzgado ella excesiva, sería de lo más consolador. Pero comprendía que no iba a ser así. Le veía pocas veces, y nunca solo; probablemente evitaba estar a solas con ella. ¿Qué debía deducir de eso? Que su juicio aceptaba sin reserva la parte de aflicción familiar que le correspondía, pero que le resultaba demasiado amarga para considerarla tema de la más ligera conversación. Ése debía de ser su estado de ánimo. Se rendía, aunque con una angustia que no admitía palabras. Mucho, muchísimo tiempo tendría que pasar, antes de que sus labios volvieran a pronunciar el nombre de la señorita Crawford, y de que ella viese renovadas las confidencias que habían tenido antes.

Mucho pasó. Llegaron a Mansfield el jueves, y hasta el domingo no le habló Edmund del asunto. Sentado con ella ese atardecer —un atardecer lluvioso de domingo, momento en que, si tenemos un amigo cerca, le abrimos el corazón y nos confiamos enteramente—, sin otra persona en la estancia que su madre, quien después de oír un sermón conmovedor había estado llorando hasta quedarse dormida, era imposible no hablar; así que, tras los habituales comienzos, de los que es difícil colegir qué había pasado antes, y la habitual declaración de que, si le quería escuchar unos minutos, sería muy breve, y desde luego no volvería a abusar de su amabilidad… no debía temer que se repitiera: sería un tema enteramente prohibido, comenzó a describirle circunstancias y sentimientos del mayor interés para él a la persona de cuya afectuosa comprensión estaba totalmente convencido.

Podemos imaginar cómo escuchó Fanny, con qué curiosidad e inquietud, con qué dolor y placer, cómo notaba el temblor de su voz, y con qué fijeza se quedaba prendida su mirada en todo menos en él. El comienzo fue alarmante. Había visto a la señorita Crawford. Le habían invitado a visitarla. Había recibido una nota de lady Stornaway rogándole que fuera; y pensando que iba a ser la última, la ultimísima entrevista amistosa, y atribuyendo a la señorita Crawford todos los sentimientos de vergüenza y desventura que como hermana debía de sentir, había acudido a ella con el ánimo tan receptivo y tan rendido, que por unos instantes hizo temer a Fanny que no sería la última. Pero una vez que prosiguió con su historia, se disiparon estos temores. Le recibió, dijo, con expresión seria…, decididamente seria…, incluso agitada; pero antes incluso de que él pudiese pronunciar una sola frase inteligible, se había puesto ella a hablar del asunto de una forma que, confesaba, le escandalizó.

—«Me habían dicho que estaba usted en la ciudad», dijo la señorita Crawford, «y he querido verle. Hablemos de ese episodio lamentable. ¿Hay nada que se pueda igualar a la insensatez de mi hermano y su hermana?». No pude contestar, pero creo que mi cara fue bastante elocuente. Se sintió censurada. ¡Qué perspicaz es a veces! Con una expresión y una voz más graves, añadió: «No pretendo defender a Henry a costa de su hermana…». Así empezó. Pero la continuación, Fanny, no es… no es apta para repetírtela. No recuerdo punto por punto sus palabras. Aunque no las diría aquí si las recordara. Su sustancia era una gran irritación por la insensatez de los dos. Reprobaba la insensatez de su hermano, de dejarse arrastrar por una mujer que nunca le había importado a hacer algo que le enajenaría de la que adoraba; pero aún reprobaba más la insensatez de… la pobre Maria, de sacrificar una posición como la suya metiéndose en esas dificultades, con la pretensión de ser amada de veras por un hombre que hacía tiempo que le había demostrado su indiferencia. Imagina lo que sentí. ¡Oír a la mujer que… calificarlo de simple insensatez! ¡Tratar el asunto de manera tan deliberada, tan desenvuelta, tan fría! Sin renuencia, sin horror, sin feminidad… ¿Cómo diría yo? ¡Sin un gesto de modesta repugnancia! Ésa es la influencia del mundo. Porque ¿dónde encontraremos, Fanny, una mujer a la que la naturaleza haya dotado de más cualidades? ¡Corrompida! ¡Corrompida!

Tras meditar brevemente, prosiguió con una especie de calma desesperada:

—Te lo contaré todo; después, no volveremos a hablar de esto nunca más. Ella lo veía como una simple insensatez; una insensatez, sólo porque se había descubierto. La falta de discreción, de precaución, al ir a Richmond para quedarse todo el tiempo que ella estuviera en Twickenham… el ponerse ella en manos de una criada… En fin, era que se supiese, Fanny; que se supiese, no el delito, lo que ella reprobaba. Era la imprudencia que había llevado las cosas a ese extremo, y obligaba a su hermano a renunciar a un plan más estimable para huir con ella.

Calló.

—¿Y qué le dijiste tú? —preguntó Fanny, creyéndose en la necesidad de hablar.

—Nada; nada inteligible. Estaba como aturdido. Ella continuó; se puso a hablar de ti; sí, entonces se puso a hablar de ti, lamentando muchísimo la pérdida de una… Aquí mostró mucha sensatez. Pero contigo ha sido siempre justa. «Ha dejado escapar a una mujer —dijo— como no volverá a conocer otra. Ella le habría centrado, le habría hecho eternamente feliz». Mi querida Fanny, espero darte más alegría que tristeza con esta reflexión de lo que podría haber sido, pero que ahora nunca podrá ser. ¿Quieres que me calle? Si lo prefieres, no tienes más que decírmelo con una mirada, con una palabra, y no hablaré más.

Fanny no le dirigió una sola mirada, una sola palabra.

—¡Gracias a Dios! —dijo él—. Todos nos habríamos asombrado; pero parece que ha sido designio misericordioso de la Providencia que el corazón que no conocía engaño no sufriera. Habló de ti en términos elogiosos y con cálido afecto; sin embargo, ni siquiera esto era limpio, contenía una brizna de maldad… Porque en medio de su discurso exclamó: «¿Por qué no quiso aceptarle? Toda la culpa es suya. ¡La muy simple! Jamás la perdonaré. De haberle dicho que sí como debía, ahora estarían a punto de casarse, y Henry habría sido demasiado feliz y habría estado demasiado ocupado para querer ninguna cosa más. No se habría esforzado en reanudar su relación con la señora Rushworth. Todo habría terminado en un flirteo convencional, en los encuentros anuales en Sotherton o en Everingham». ¿Lo habrías creído posible? Pero el encanto se ha roto. Y se me han abierto los ojos.

—¡Qué crueldad! —dijo Fanny—. ¡Qué crueldad! Ponerse a decir ocurrencias, y a hablar con esa ligereza en semejantes momentos; ¡y a ti! ¡Es una completa crueldad!

—¿Crueldad lo llamas? En eso pensamos diferente. No, su carácter no es cruel. No creo que quisiera herir mis sentimientos. El mal es más profundo: está en su total inconsciencia e ignorancia de que existen tales sentimientos; está en esa perversión de la mente que hace que vea natural tratar el tema como lo hizo. Ella sólo hablaba como está acostumbrada a oír hablar a otros, como imagina que habla todo el mundo. Los suyos no son defectos de carácter. De manera voluntaria, no haría daño a nadie innecesariamente; y aunque puedo equivocarme, pienso que respecto a mí, respecto a mis sentimientos, ella… Sus defectos están en sus principios, Fanny, en el embotamiento de su delicadeza, y en su espíritu viciado y corrompido. Quizá así sea mejor para mí, dado que eso hace que tenga poco que lamentar. Pero no es verdad. Con gusto habría soportado el dolor de perderla, antes que tener que pensar de ella lo que pienso. Así se lo dije.

—¿Se lo dijiste?

—Sí; al marcharme.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis hablando?

—Veinticinco minutos. Bueno, siguió diciendo que ahora lo que había que hacer era inducirles a casarse. Lo dijo, Fanny, con voz más firme que la mía ahora. —Tuvo que hacer más de una pausa, cuando continuó—: «Debemos convencer a Henry de que se case con ella», dijo; «cosa que, por la honra, y por la certeza de que ha perdido toda posibilidad con Fanny, no desespero de conseguir. A Fanny debe renunciar. No creo que ahora tenga esperanzas con una mujer de ese fuste, así que confío en que no habrá dificultades insuperables. Ejerceré mi influencia, que no es pequeña, en esa dirección; y una vez casada, y convenientemente apoyada por su propia familia, personas respetables como son, podrá recobrar ella su puesto en la sociedad, hasta cierto punto. En algunos círculos sabemos que no volverá a ser admitida; pero dando buenos banquetes y amplias recepciones, siempre habrá quienes se alegren de conocerla; y es indudable que hay más libertad y menos prejuicios en esas cuestiones que antes. Mi consejo es que su padre se mantenga al margen. No permita que perjudique su propia causa entrometiéndose. Convénzale de que deje que las cosas sigan su curso. Si llegara a hacerla abandonar la protección de Henry con sus esfuerzos oficiosos, las probabilidades de que Henry se case con ella serán mucho menores. Yo sé la forma de influir en él. Que sir Thomas confíe en su sentido del honor y en su compasión, y puede que todo termine bien; pero si se lleva a su hija, le quitará su principal apoyo».

Después de repetir esto, Edmund estaba tan afectado que Fanny, que le miraba con muda pero muy tierna preocupación, casi lamentó haberle permitido que abordara este tema. Finalmente, dijo:

—Bien, Fanny; enseguida termino. Te he contado la sustancia de lo que dijo ella. Yo, en cuanto fui capaz de hablar, le contesté que el estado de ánimo con que había llegado a esa casa era tal, que no pensaba que pudiese ocurrir nada que me hiciera sufrir más, pero que me había herido más profundamente casi con cada frase. Que aunque había notado a menudo, a lo largo de nuestra amistad, diferencias de opinión entre nosotros, incluso en cuestiones de cierta trascendencia, nunca había llegado a imaginar que esa diferencia fuese como la que ahora se revelaba. Que su forma de hablar del espantoso crimen cometido por su hermano y mi hermana (no quise entrar en quién había puesto más empeño en la seducción), su forma de hablar del crimen mismo, haciéndole todos los reproches menos los que eran de justicia, considerando sólo las malas consecuencias que tenían que afrontar o soslayar desafiando el decoro con gran desvergüenza; y finalmente, y sobre todo, recomendándonos una conformidad, un compromiso, una resignación con la continuidad del pecado en la esperanza de un matrimonio que, pensando lo que pensaba ahora yo de su hermano, debía impedir más que buscar, todo esto junto me convencía dolorosamente de que nunca la había comprendido y que, en lo que se refería al espíritu, había sido con un producto de mi imaginación, y no con la señorita Crawford, con quien tantas veces había conversado morosamente durante los meses pasados. Que puede que así fuera mejor para mí: menos sentiría la pérdida de una amistad, de unos sentimientos, de unas esperanzas que de todos modos tenía que arrancar ahora de mí. Y sin embargo, debo y quiero confesar que, de haberla podido devolver a como me parecía antes, habría preferido infinitamente cualquier aumento del dolor por la separación, a cambio de llevarme conmigo el derecho a sentir cariño y estima por ella. Eso es lo que le dije, la sustancia de lo que le dije… Pero como puedes imaginar, no se lo dije tan sosegada y metódicamente como te lo repito ahora. Estaba asombrada, muy asombrada… más que asombrada. Vi que cambiaba de color. Se puso intensamente colorada. Me pareció que se le agolpaba una multitud de sentimientos, que sostenía una lucha intensa pero breve, mitad deseo de rendirse a la verdad, mitad sentimiento de vergüenza; pero el hábito, el hábito fue el que ganó. Se habría echado a reír, si hubiera podido. Tuvo un amago de risa, cuando contestó: «Precioso discurso, en verdad. ¿Forma parte de su último sermón? A este paso, no tardará en reformar a todo el mundo de Mansfield y Thornton Lacey. La próxima vez que oiga hablar de usted, puede que sea como célebre predicador de alguna gran sociedad metodista, o como misionero en algún país extranjero». Trataba de hablar con indiferencia; pero no era tan indiferente como pretendía aparentar. Yo sólo le dije en respuesta que deseaba de todo corazón que le fuera bien, y que esperaba sinceramente que aprendiese pronto a pensar con más rectitud, y no tuviera que agradecer el más valioso de los conocimientos que todos podemos adquirir, el conocimiento de nosotros mismos y de nuestro deber, a las lecciones de la aflicción… y abandoné la estancia inmediatamente. Había dado unos pasos, Fanny, cuando oí abrirse la puerta detrás de mí. «Señor Bertram», dijo. Me volví: «Señor Bertram», dijo con una sonrisa; pero era una sonrisa que decía mal con la conversación que acabábamos de tener, una sonrisa atrevida que parecía invitar, a fin de aplacarme; al menos eso me pareció a mí. Resistí; el impulso momentáneo fue resistir, y seguí andando. Después, alguna vez, aunque de manera fugaz, he sentido no haber vuelto. Pero sé que hice bien; ¡y ése ha sido el fin de nuestra amistad! ¡Y qué amistad! ¡Qué engañado me tenían! ¡Tanto el hermano como la hermana! Gracias por tu paciencia, Fanny. Ha sido un alivio inmenso para mí; y ahora hemos terminado.

Y era tal la confianza de Fanny en sus palabras que durante cinco minutos creyó que habían terminado. Luego, no obstante, volvió a lo mismo, o casi, y fue nada menos que lady Bertram la que, al despertarse del todo, puso punto final a la conversación. Hasta que no sucedió eso, siguieron hablando de la señorita Crawford, de cómo le había cautivado, y lo encantadora que la había hecho la naturaleza, y cuán excelente habría sido, de haber caído antes en buenas manos. Fanny, ahora en libertad para hablar con franqueza, se creyó más que justificada para añadir, a lo que él sabía del carácter de la señorita Crawford, alguna alusión sobre cuánto podía tener que ver el estado de salud de su hermano con el deseo que había mostrado de una completa reconciliación. No fue una insinuación agradable para él. Su naturaleza se negó a aceptarla durante un rato. Habría sido inmensamente más grato creer su amor desinteresado; pero su vanidad no era lo bastante fuerte para resistir mucho tiempo a la razón. Tuvo que rendirse, y reconocer que la enfermedad de Tom había influido en ella, reservándose para sí el pensamiento consolador de que, habida cuenta la multitud de impedimentos que había tenido ella en sus propios hábitos, le había querido más de lo que podría haberse esperado; y de que por él había estado más cerca de vivir rectamente. Fanny pensaba lo mismo. Y también coincidieron en que tal desengaño había imprimido en el espíritu de él un efecto duradero y una huella imborrable. El tiempo mitigaría indudablemente su dolor; pero era una clase de experiencia que nunca lograría superar del todo; y en cuanto a conocer alguna vez a una mujer que pudiese… era demasiado imposible para mencionarlo, si no era con indignación. La amistad de Fanny era lo único que tenía para agarrarse.