Capítulo XLVI

Como Fanny estaba convencida de que su respuesta iba a causar una sincera decepción, esperaba —porque conocía el carácter de la señorita Crawford— que volviera a insistir; y aunque no llegó una segunda carta en espacio de una semana, aún seguía creyendo lo mismo cuando efectivamente llegó.

Nada más recibirla, adivinó que contenía una breve nota, y pensó que se trataba de una carta apresurada y formularia. No le cupo duda de su objeto, y le bastaron dos instantes para imaginar que sería meramente para anunciarle que estarían ese mismo día en Portsmouth, y hundirse en un mar de dudas sobre qué debía hacer en tal caso. Pero si dos instantes pueden cercarnos de dificultades, un tercero las puede dispersar; y antes de abrir siquiera la carta, la había tranquilizado la posibilidad de que la señorita Crawford y su hermano hubieran recurrido a su tío y obtenido su permiso. Ésta era la carta:

étourderie, no piensa más que en usted. No diga una palabra, ni haga caso de nada, ni imagine nada, ni susurre nada, hasta que yo le vuelva a escribir. Estoy segura de que todo se acallará, y que no se probará otra cosa que la ridiculez del señor Rushworth. Si se han ido, apuesto mi vida a que ha sido a Mansfield Park, y a que Julia va con ellos. Pero ¿por qué no nos ha dejado usted pasar a recogerla? Sólo espero que no se arrepienta.

Afectuosamente, etc.

Fanny se quedó estupefacta. Dado que no le había llegado ningún rumor escandaloso y malévolo, le era imposible comprender en gran medida esta extraña carta. Sólo entendía que tenía que ver con Wimpole Street y el señor Crawford, y suponía que acababa de ocurrir allí algo muy imprudente capaz de llamar la atención del mundo y —según el temor de la señorita Crawford— despertar celos en ella, si se enteraba. Que no se inquietara por ella. Si lo sentía era por las personas implicadas y por Mansfield, si se propagaba el rumor; aunque no esperaba que fuera así. Si los Rushworth se habían ido a Mansfield, tal como se infería de lo que decía la señorita Crawford, no era probable que les hubiera precedido nada desagradable, ni que causara ninguna sensación.

En cuanto al señor Crawford, esperaba que eso le hiciera ver su propio modo de ser, le convenciera de que era incapaz de querer de forma duradera a ninguna mujer del mundo, y se avergonzara de persistir en solicitarla.

¡Era muy extraño! Había empezado a creer que la amaba verdaderamente, y a imaginar que su amor por ella era excepcional… y su hermana aún decía que no quería a nadie más. Sin embargo, había debido de tener alguna atención señalada hacia su prima, había debido de cometer alguna indiscreción grave, puesto que su corresponsal no era de las que se fijaban en las pequeñas.

Muy inquieta estaba, y seguiría estándolo, hasta que recibiera más noticias de la señorita Crawford. Le era imposible apartar la carta del pensamiento, y no podía desahogarse hablando de ella con ningún ser humano. No hacía falta que la señorita Crawford le pidiera discreción con tanto interés: podía confiar en su conciencia de lo que debía a su prima.

El día siguiente no trajo ninguna carta. Fanny se sintió defraudada. Apenas pudo pensar en otra cosa en toda la mañana; pero cuando su padre volvió por la tarde con el periódico, como de costumbre, Fanny estaba tan lejos de esperar ninguna explicación por semejante medio que durante un momento el asunto se le fue de la cabeza.

Se hallaba ensimismada en otras meditaciones. Le había venido a la memoria el recuerdo de la primera tarde en esta habitación, de su padre con el periódico. Ahora no hacía falta ninguna vela. El sol aún estaba una hora y media por encima del horizonte. Se daba perfecta cuenta de los tres meses que llevaba aquí; y los rayos de sol que entraban con fuerza en el salón, en vez de animarla, la hacían sentirse más melancólica; porque el sol en la ciudad parecía totalmente diferente del que lucía en el campo. Aquí, su fuerza era sólo un fulgor, un fulgor sofocante, enfermizo, que sólo servía para delatar las manchas y la suciedad que de otro modo habrían seguido durmiendo. No había ni salud ni alegría en el sol de la ciudad. Y estaba sentada en un resplandor caliente y opresivo, en una nube moviente de polvo; y sus ojos no podían hacer otra cosa que vagar de las paredes señaladas por la cabeza del padre a la mesa rayada y horadada por sus hermanos, donde estaba la bandeja del té, nunca limpia del todo, las tazas y los platos con ribetes mal aclarados, la leche, un líquido azul desleído con motas flotantes, y el pan con mantequilla cada vez más grasiento de lo que lo acababan de dejar las manos de Rebeca. Su padre leía el periódico, y su madre se lamentaba como siempre de la alfombra raída, mientras preparaban el té, y expresaba su deseo de que Rebeca la remendase. Fanny volvió en sí cuando su padre, tras inclinarse a leer determinado párrafo, le preguntó en voz alta:

—¿Cómo se llaman tus primos de la capital, Fan?

Un momentáneo recogimiento le permitió decir:

—Rushworth, señor.

—¿Y viven en Wimpole Street?

—Sí, señor.

—Entonces me parece que la van a liar. Toma —tendiéndole el periódico—: ya se ve el bien que te pueden hacer estos parientes refinados. No sé qué pensará sir Thomas de estas cosas; puede que sea un caballero demasiado fino y cortés para querer menos a su hija. Pero por Dios que si fuese mía iba a probar el rebenque hasta que no me quedara fuerza en el brazo. Un repaso a tiempo, sea hombre o mujer, es la mejor manera de prevenir esas cosas.

Fanny leyó para sí que «con infinito pesar, el periódico tenía que hacer saber al público la pelea conyugal habida en casa del señor R. de Wimpole Street: la bella señora R., cuyo nombre se había inscrito no hacía mucho en la lista de los himeneos, y que prometía convertirse en cabeza brillante de la sociedad selecta, había abandonado el techo del marido en compañía del conocido y cautivador señor C., amigo y compañero del señor R., sin que nadie, ni siquiera la redacción del periódico, supiera adónde se habían ido».

—Es un error, señor —dijo Fanny rápidamente—. Debe de ser un error; no puede ser cierto… Debe de referirse a otras personas.

Habló impulsada por el deseo de demorar la vergüenza; habló con una energía que emanaba de la desesperación. Porque decía lo que no creía, lo que no podía creer. Al leer, había recibido el impacto de la convicción. La verdad la anonadó. Más tarde, ella misma se asombraría de que le hubiera salido la voz, de que hubiera podido respirar siquiera.

Al señor Price le importaba demasiado poco la noticia para molestarse en pensar la respuesta.

—Puede que todo sea mentira —admitió—; pero hay tantas damas refinadas que se pierden de esa manera, que no se puede responder por ninguna.

—Espero de veras que no sea cierto —dijo la señora Price en tono quejumbroso—. ¡Sería un escándalo! Si no le he dicho a Rebeca una docena de veces lo de esta alfombra, no se lo he dicho ninguna, ¿verdad, Betsey? Total es un trabajo en el que no tardaría ni diez minutos.

Imposible describir el horror de Fanny cuando llegó a la convicción de semejante culpa y empezó a hacerse idea de la desgracia que iba a acarrear. Al principio, fue una especie de estupor; luego se fue acelerando por momentos su percepción de la terrible calamidad. No podía ponerla en duda; no se atrevía a abrigar la esperanza de que la reseña fuera falsa. La carta de la señorita Crawford —que tantas veces había leído para retener cada línea— estaba espantosamente acorde con ella. La ansiosa defensa que hacía de su hermano, su esperanza de que se acallara, su evidente nerviosismo, formaban parte de algo muy desagradable. ¡Y si existía una mujer de carácter, capaz de considerar insignificante un pecado de tamaña magnitud, y capaz de encubrirlo, y de desear que quedara impune, ésa era la señorita Crawford, estaba convencida! Ahora veía su propia equivocación sobre quiénes se habían ido… o decía que se habían ido. No eran el señor y la señora Rushworth; eran la señora Rushworth y el señor Crawford.

Jamás se había sentido Fanny tan trastornada. No era capaz de serenarse. Pasó la tarde en constante zozobra, y la noche totalmente desvelada. Sus sensaciones iban de la náusea a los estremecimientos del horror; y de los accesos de fiebre a los de frío. El suceso era tan escandaloso que había momentos en que su corazón se negaba a admitirlo, en que pensaba que era imposible. Una mujer casada hacía sólo seis meses, un hombre que se proclamaba enamorado de otra, incluso prometido a otra, siendo esa otra una pariente cercana, estando como estaba la familia entera, las dos familias, unidas con tantos lazos, todos amigos, ¡todos íntimos! Era un embrollo de culpas demasiado horrible, una complicación de ofensas demasiado grosera, para que fuesen capaces de ella unos seres que no vivían en estado de total barbarie.

Sin embargo, su juicio le decía que era así. Los sentimientos veleidosos de él, que fluctuaban con su vanidad, el claro afecto de Maria, y la falta de principios suficientes de ambos, lo habían hecho posible: la carta de la señorita Crawford era la confirmación.

¿Qué consecuencias tendría? ¿Quién no saldría dañado? ¿A qué opiniones no afectaría? ¿La paz de quién no quedaría destruida para siempre? La propia señorita Crawford, Edmund… Pero era peligroso, quizá, pisar ese terreno. Se limitó, o trató de limitarse, a la simple e indudable desgracia familiar que alcanzaría a todos, si la culpa quedaba efectivamente certificada y expuesta públicamente. El dolor de la madre, del padre… Se detuvo aquí. El de Julia, el de Tom, el de Edmund… Aquí hizo una pausa más larga. El golpe más terrible sería para ellos dos. La solicitud paternal de sir Thomas y su alto sentido del honor y del decoro, y los rectos principios, el carácter confiado y la sincera firmeza de sentimientos de Edmund, la inclinaban a pensar que iba a serles muy difícil soportar la vida y la razón con semejante ignominia; y le pareció que, por lo que se refería a este mundo meramente, la mayor bendición para los parientes de la señora Rushworth sería desaparecer.

Nada ocurrió al día siguiente, ni tampoco al otro, que mitigase sus terrores. Llegaron dos correos, pero no trajeron ningún desmentido público ni privado. No hubo una segunda carta de la señorita Crawford que aclarara la primera; no hubo noticias de Mansfield, aunque ahora había sobrada ocasión para que escribiera su tía. Era un muy mal presagio. A decir verdad, no había ni un atisbo de esperanza que le aliviara el alma. Y se hallaba en un estado deprimido, abatido y tembloroso que ninguna madre que no fuera insensible —exceptuando a la señora Price— habría dejado de notar, cuando al tercer día sonó una llamada lúgubre, y le pusieron nuevamente una carta en las manos. Traía matasellos de Londres, y era de Edmund.

Ya sabes nuestra actual desgracia. Que Dios te dé apoyo para soportar la parte que te toca. Llevamos aquí dos días, pero no puede hacerse nada. No se sabe adónde han ido. Quizá no te has enterado del último golpe: la fuga de Julia. Se ha ido a Escocia con Yates. Abandonó Londres unas horas antes de que llegáramos nosotros. En cualquier otro momento, nos habría parecido terrible. Ahora nos parece poca cosa, aunque representa un penoso agravamiento de la situación. Mi padre no está derrotado. Más no se puede desear. Aún es capaz de pensar y actuar; y te escribo por deseo suyo, para proponerte que vuelvas a casa. Está deseoso de tenerte allí por mi madre. Llegaré a Portsmouth a la mañana siguiente de que recibas ésta, y espero encontrarte preparada para salir hacia Mansfield. Mi padre desea que invites a Susan a ir contigo, para que pase allí unos meses; arréglalo como quieras; dime si te parece bien; estoy seguro de que sabrás apreciar esta muestra de amabilidad suya, ¡en unos momentos como los presentes! Haz justicia a su intención, aunque tal vez yo la embarulle. Puedes hacerte idea de mi estado actual. No tiene fin la desgracia que se ha abatido sobre nosotros. Llegaré temprano, con el correo.

Muchos cariños, etc.

Jamás había necesitado Fanny tanto un cordial. Jamás había recibido uno como el que esta carta contenía. ¡Mañana! ¡Dejaría Portsmouth mañana! Estaba, se daba cuenta de que estaba en peligro de ser inmensamente feliz, mientras había tantos ahora que eran desdichados. ¡Cuánto bien le traía la desgracia! Sintió miedo de volverse insensible a ella. Marcharse tan pronto, venir tan amablemente a buscarla, buscarla como consuelo, y con permiso para llevarse a Susan, era una combinación tal de venturas que se le inflamó el corazón, y durante un rato pareció alejar todo dolor, e incapacitarla para compartir debidamente la angustia de aquéllos cuya angustia consideraba ella más grande. La fuga de Julia la afectó relativamente poco. Estaba asombrada y escandalizada; pero no la absorbía, no la obsesionaba. Tenía que esforzarse en pensar en ella, y reconocer que era terrible y dolorosa; si no, se le escapaba en medio de los agitados, apremiantes y gozosos cuidados que acompañaban a esta llamada.

No hay nada como la ocupación, la ocupación activa e indispensable, para aliviar la tristeza. La ocupación, aun siendo melancólica, disipa la melancolía; y la suya era esperanzadora. Tenía tanto que hacer que ni siquiera la horrible historia de la señora Rushworth (ahora definitivamente confirmada) llegaba a afectarla como al principio. No tenía tiempo para sentirse desdichada. Esperaba irse en espacio de veinticuatro horas; debía hablar con sus padres, hacer que Susan se preparase, disponerlo todo. Era una tarea detrás de otra; el día no tenía horas bastantes. La felicidad que transmitía, además —felicidad que contenía muy poca mezcla de la negra comunicación que la había precedido brevemente—, la alegría de que sus padres consintieran que Susan la acompañara, la satisfacción general con que parecía contemplarse la marcha de las dos… y el éxtasis de la propia Susan, todo contribuía a sostenerle el ánimo.

En la familia, apenas lamentaron la aflicción de los Bertram. La señora Price habló unos minutos de su pobre hermana, pero le preocupaba mucho más encontrar algo donde Susan pudiera llevar la ropa, porque Rebeca cogía todas las cajas y las estropeaba; y en cuanto a Susan, que ahora veía inesperadamente satisfecho el mayor deseo de su corazón, y no conocía personalmente a los descarriados ni a los que sufrían, si se alegraba de principio a fin, no hacía sino lo que cabía esperar de la virtud humana a los catorce años.

Dado que no dejaron nada a la decisión de la señora Price ni a la buena disposición de Rebeca, todo quedó razonable y puntualmente terminado, y las jóvenes estuvieron listas para la mañana siguiente. Les fue imposible dormir mucho en prevención del viaje. El primo que vendría a recogerlas no pudo por menos de visitar sus espíritus desasosegados, el uno todo felicidad, el otro todo variada e indescriptible inquietud.

A las ocho de la mañana, Edmund estaba en la casa. Las jóvenes le oyeron desde arriba, y Fanny bajó. La idea de verle inmediatamente, y el comprender lo que debía de estar pasando, hicieron que le volvieran sus primeros pensamientos. ¡Él tan cerca, y hundido en el sufrimiento! Al entrar en el salón estuvo a punto de desmayarse. Se encontraba solo, y fue al encuentro de ella inmediatamente. Y Fanny se sintió estrechada contra su corazón, con sólo estas palabras apenas articuladas: «Fanny mía… mi única hermana… mi único consuelo, ahora». Fanny no pudo decir nada; tampoco él pudo decir nada más durante unos minutos.

Edmund se dio la vuelta para recobrarse; y cuando volvió a hablar, aunque le flaqueó la voz, su ademán revelaba el deseo de dominarse y la resolución de evitar toda referencia. «¿Has desayunado? ¿Cuándo estarás preparada? ¿Viene Susan?», fueron preguntas que se sucedieron con rapidez. Su principal interés estaba en salir cuanto antes. El tiempo era precioso cuando pensaba en Mansfield, y sólo encontraba alivio a su estado de ánimo moviéndose. Acordaron que él mandaría al coche que estuviera en la puerta dentro de media hora. Fanny le aseguró que en media hora habría desayunado y estaría preparada. Él ya había comido, y rehusó quedarse mientras lo hacían ellas. Daría una vuelta por las murallas, y volvería a recogerlas con el coche. Se marchó, contento de alejarse incluso de Fanny.

Tenía muy mal aspecto; evidentemente, sufría violentas emociones que estaba decidido a reprimir. Fanny sabía que debía ser así; pero era doloroso para ella.

Llegó el coche; Edmund entró en la casa otra vez, en ese mismo momento, con el tiempo justo para pasar unos minutos con la familia, ser testigo —aunque no vio nada— de la manera tranquila con que eran despedidas las hijas, e impedir que se sentasen a la mesa del desayuno que, gracias a una inusitada actividad, estuvo totalmente dispuesta cuando el coche se alejaba de la puerta. La última comida de Fanny en casa de su padre fue un calco de la primera: se la despidió con la misma hospitalidad con que había sido recibida.

No es difícil imaginar cómo se le ensanchó el corazón de alegría y de gratitud cuando cruzaron las barreras de Portsmouth, y cómo el rostro de Susan esbozó su más radiante sonrisa. Sin embargo, sentada delante, y tapada por el sombrero, esa sonrisa permaneció invisible.

Iba a ser un viaje callado, con toda probabilidad. A Fanny le llegaban a menudo los hondos suspiros de Edmund. De haber estado éste a solas con ella, le habría abierto el corazón pese a todos sus propósitos; pero la presencia de Susan le hacía retraerse, y no lograba sostener mucho tiempo sus esfuerzos para hablar de temas indiferentes.

Fanny le observaba con incansable solicitud; y a veces, cuando él se daba cuenta, le dedicaba una sonrisa afectuosa que la reconfortaba. Pero la primera jornada del viaje transcurrió sin haberle oído una sola palabra sobre las cosas que le agobiaban. La mañana siguiente fue algo distinta. Justo antes de salir de Oxford, mientras Susan estaba asomada a una ventana, observando con interés a una familia numerosa que se iba de la posada, los otros dos se hallaban de pie junto a la chimenea; y Edmund, impresionado por el aspecto desmejorado de Fanny, e ignorante de los males diarios de la casa de su padre, atribuyó gran parte de ese cambio —o todo él— a los recientes acontecimientos; así que le cogió la mano, y le dijo en un tono bajo, pero muy expresivo:

—No me sorprende… lo que debes sentir… lo que debes sufrir. ¡Cómo te ha podido abandonar un hombre que te amaba! Pero la vuestra…, vuestra relación era reciente comparada con… ¡Fanny, piensa en !

La primera etapa del viaje duró una larga jornada, y los llevó, casi molidos, hasta Oxford; pero la segunda concluyó a una hora mucho más temprana. Estuvieron en los alrededores de Mansfield mucho antes de la hora habitual de la cena; y cuando ya llegaban al amado lugar, a Fanny y a Susan se les encogió un poco el corazón. Fanny empezó a temer el encuentro con sus tías y con Tom —por la espantosa humillación que soportaban—; y Susan a comprender con cierto nerviosismo que estaba a punto de poner a prueba sus mejores modales, y todo lo que había aprendido recientemente sobre las costumbres de aquí. Ante ella se alzaban ejemplos de buena y de mala educación, de antigua vulgaridad y nueva gentileza; y se puso a meditar sobre los tenedores de plata, las servilletas y los lavafrutas. Fanny había ido pendiente de las diferencias operadas en el campo desde febrero; pero cuando entraron en el parque, sus sensaciones y deleites se hicieron de lo más intensos. Hacía tres meses, tres meses enteros, que lo había abandonado; y el cambio que veía era de invierno a verano. Sus ojos se fijaban en todo, en el césped y las plantaciones de un verde jugoso. Y los árboles, aunque no estaban enteramente cubiertos, se encontraban en ese estado delicioso, previo a su belleza plena, en que, si bien es mucho lo que ofrecen a la vista, reservan mucho más a la imaginación. Pero este gozo era para ella sola. Edmund no podía compartirlo. Le miró, pero él iba echado hacia atrás, sumido en una tristeza más honda que nunca, y con los ojos cerrados, como si le oprimiese la visión de la alegría y tuviese que evitar los deliciosos escenarios del hogar.

Esto llenó a Fanny de melancolía otra vez; y el saber lo que estaban sufriendo allí confería a la casa, pese a que era moderna y airosa y estaba bien situada, un aspecto melancólico.

Un miembro de la familia que sufría en su interior los esperaba con una impaciencia que Fanny no le había conocido hasta entonces: apenas había pasado Fanny ante los criados de ademán solemne, cuando salió del salón lady Bertram a su encuentro, presurosa; y echándose a su cuello, exclamó:

—¡Querida Fanny! Ahora tendré consuelo.