Que otras plumas se extiendan en la culpa y la desdicha. Yo dejo al punto esos temas odiosos, impaciente por devolver alguna paz a los que no tuvieron demasiada responsabilidad, y terminar con lo demás.
Hoy tengo la satisfacción de saber que mi Fanny ha debido de ser muy feliz a pesar de todo. Ha debido de ser una criatura feliz a pesar de la pena que sentía, o creía sentir, por la aflicción de los que la rodeaban. Tenía manantiales de gozo dispuestos a aflorar. Había vuelto a Mansfield Park, era útil, era querida; estaba a salvo del señor Crawford, y al regresar sir Thomas, recibió de él —en su entonces melancólico estado de ánimo— todas las pruebas que pudo darle de su total aprobación y acrecentado respeto. Y aunque esto tenía que hacerla feliz, lo habría sido igualmente sin eso, porque Edmund ya no vivía engañado respecto a la señorita Crawford.
Es cierto que Edmund estaba lejos de ser feliz. Sufría de desencanto y de pena, lamentando lo que era, y deseando lo que nunca podría ser. Fanny lo sabía y le pesaba, aunque con un pesar tan fundado en la satisfacción, tan tendente a la complacencia, y tan en armonía con los más caros sentimientos, que no pocas personas habrían cambiado con gusto su mayor alegría por esa situación.
Sir Thomas, el pobre sir Thomas, padre, y consciente de sus propios errores como tal, fue el que más tiempo sufriría. Se daba cuenta de que no debía haber consentido ese matrimonio, de que había notado suficientemente los sentimientos de su hija como para hacerle culpable al autorizarlo, de que autorizándolo había sacrificado lo justo a lo conveniente, y se había gobernado por el egoísmo y la sabiduría mundana. Éstas eran reflexiones que requerían tiempo para mitigarse. Pero el tiempo lo mitiga casi todo; y aunque de la señora Rushworth podía venirle poco consuelo, dada la desgracia que había ocasionado, halló en sus otros hijos mucho más del que había imaginado. El matrimonio de Julia se reveló un asunto menos desesperado de lo que había supuesto al principio. Julia se mostró compungida y deseosa de ser perdonada; y el señor Yates, que anhelaba ser aceptado verdaderamente en la familia, estuvo dispuesto a mostrarle respeto y dejarse guiar. No era muy serio; pero había esperanza de que se volviera menos frívolo, de que fuera medianamente hogareño y tranquilo al menos; y, en todo caso, sir Thomas tuvo el consuelo de descubrir que sus propiedades eran más grandes, y sus deudas más pequeñas, de lo que había temido, y de ser consultado y tratado como el amigo que más merecía ser escuchado. También encontró consuelo en Tom, que recobraba poco a poco la salud sin recobrar el atolondramiento y el egoísmo de sus antiguos hábitos. Mejoró definitivamente de la enfermedad. Había sufrido, y había aprendido a pensar: dos ventajas que no había conocido hasta ahora. En cuanto al remordimiento que le suscitaba el suceso de Wimpole Street —del que se sentía cómplice por la peligrosa intimidad a que dio lugar su injustificable aventura teatral—, le dejó una huella en el alma que, con veintiséis años, y no carente de sensatez y de buenas compañías, tuvo efectos duraderos y afortunados. Se volvió como debía haber sido: útil a su padre, formal y tranquilo, y no vivió exclusivamente para sí mismo.
¡Era efectivamente un consuelo! Y a la vez que sir Thomas ganaba confianza en esas fuentes benéficas, Edmund empezó a contribuir al sosiego de su padre mejorando en el único extremo en que le había causado preocupación: el de su estado de ánimo. Después de pasar las tardes del verano vagando o sentado al pie de un árbol conversando con Fanny, había adquirido la suficiente resignación para volver a ser relativamente alegre.
Éstas fueron las circunstancias y esperanzas que poco a poco trajeron alivio a sir Thomas, amortiguando su pesar por lo perdido, y reconciliándole en parte consigo mismo; aunque nunca le desapareció el dolor que provenía de la convicción de sus propios errores en la educación de sus hijas.
Demasiado tarde se daba cuenta de lo poco favorable que para la personalidad de unas jóvenes había sido el trato tan distinto que Maria y Julia habían recibido siempre en casa, donde la excesiva indulgencia y los halagos de su tía contrastaron continuamente con su propia severidad. Veía cuán erróneamente había calculado al esperar contrarrestar lo que la señora Norris hacía mal haciendo él lo contrario; claramente veía que no había hecho sino aumentar ese mal al enseñarlas a reprimir sus inclinaciones en su presencia, de manera que no llegó a conocer el carácter de ninguna, y al remitirlas para toda indulgencia a una persona que se las había propiciado sólo con la ceguera de su afecto y el exceso de sus alabanzas.
Aquí había ejercido una dirección lamentablemente equivocada; pero aun siendo eso malo, poco a poco se fue dando cuenta de que no había sido ésa la equivocación más horrible de su plan de educación. Algo había faltado dentro; de lo contrario, el tiempo habría borrado gran parte de sus malos efectos. Sospechaba que había faltado el principio, el principio activo; que nunca se las había enseñado propiamente a dominar sus inclinaciones y temperamentos mediante el sentido del deber, único que puede ser suficiente. Habían sido instruidas teóricamente en su religión, pero nunca se les exigió practicarla a diario. Quizá destacar por la elegancia y los conocimientos —objeto autorizado de su juventud— no había tenido ninguna influencia útil en esa dirección, ningún efecto moral en el espíritu. Él había pretendido que fueran buenas, pero había atendido a su educación y sus modales, no a su carácter; y sobre la necesidad de la abnegación y la humildad, sospechaba que jamás habían oído de labios de nadie nada que les fuera de provecho.
Amargamente lamentaba una deficiencia que ahora casi no entendía cómo había sido posible. Con un sentimiento de desventura, se daba cuenta de que, pese al dinero y los cuidados dedicados a su rígida y costosa educación, había criado a sus hijas sin haber comprendido ellas sus deberes elementales, ni haber llegado él a conocer el carácter y la personalidad de ninguna de las dos.
Del atrevimiento y las fuertes pasiones de la señora Rushworth, en particular, sólo llegó a enterarse por sus dolorosas consecuencias. No se dejó convencer para que abandonara al señor Crawford. Esperaba casarse con él, y siguieron juntos hasta que se vio obligada a reconocer que era vana esa esperanza, y hasta que el desengaño y la desdicha derivadas de esta convicción le agriaron el humor de tal modo, y trocaron su sentimiento hacia él en tal odio, que durante un tiempo fueron un castigo el uno para el otro, hasta que acordaron separarse.
Había vivido con él para que la acusara de arruinar todas sus esperanzas de felicidad con Fanny; y al dejarle, no se llevó otro consuelo que el de haberse separado. ¿Qué puede superar a la desventura de un espíritu así en semejante situación?
Al señor Rushworth no le fue difícil obtener el divorcio; y de este modo concluyó un matrimonio contraído en circunstancias tales que cualquier final mejor, producto de la suerte, habría estado fuera de todo cálculo. Ella le había menospreciado y había amado a otro… y él lo había visto con toda claridad. Las indignidades de la estupidez y los desengaños de la pasión egoísta despiertan poca compasión. En cuanto a él, su conducta recibió su castigo, como recibió un castigo mayor la culpa más grande de su esposa. El señor Rushworth quedó libre del vínculo para vivir mortificado e infeliz, hasta que alguna otra joven bonita le arrastrara de nuevo al matrimonio, y se sometiera a una segunda y —es de esperar— más próspera prueba de ese estado… Si era engañado, lo sería al menos con buen humor y buena suerte; mientras que ella tendría que apartarse, con sentimientos infinitamente más hondos, a un retiro y un reproche que no le permitirían una segunda fuente de esperanza o reputación.
Dónde se la podía colocar se convirtió en tema de suma melancolía y de trascendental consulta. La señora Norris, cuyo afecto pareció aumentar con los deméritos de su sobrina, hubiera querido acogerla en su casa con el apoyo de todos. Sir Thomas no quiso ni oír hablar de esto, y a la señora Norris le aumentó el enojo con Fanny, al pensar que era porque ella vivía allí. Persistió en atribuirle a ella los escrúpulos de sir Thomas; aunque éste le aseguró muy solemnemente que, aunque no hubiera habido que tener en cuenta a una joven, aunque no hubiera habido ningún joven de uno u otro sexo bajo su techo a quienes hubiese puesto en peligro el contacto o dañado la reputación de la señora Rushworth, jamás habría ofrecido tan gran injuria a la vecindad, como se temía que sería el caso cuando la vieran. Como hija —esperaba que penitente—, la protegería, le procuraría todo el bienestar y le daría todo el apoyo para vivir todo lo rectamente que sus situaciones relativas permitían; pero de ahí no pasaría. Maria había arruinado su propia reputación y, por un vano intento de restituir lo que jamás podría restituirse, no iba él a sancionar el vicio y tratar de atenuar su deshonra, ni a hacerse cómplice en cierto modo de introducir en la familia de otro una desgracia como la que él había conocido.
La cosa concluyó decidiendo la señora Norris abandonar Mansfield para consagrarse a su infortunada Maria, y creándose un establecimiento para ellas en una región remota y retirada, donde, recluidas con poca compañía, sin afecto la una y sin juicio la otra, es lógico suponer que sus respectivos temperamentos las convirtieron en su mutuo castigo.
La marcha de la señora Norris de Mansfield representó un gran alivio adicional para la vida de sir Thomas. Su opinión sobre ella había ido cayendo desde el día de su regreso de Antigua; desde entonces, en cada deliberación, en sus relaciones diarias, en sus asuntos o en sus charlas, había ido constantemente perdiendo terreno en su estima, y convenciéndole de que o bien el paso del tiempo le sentaba mal, o bien había sobrevalorado él su juicio, y había soportado asombrosamente sus maneras. La veía como un mal perpetuo, tanto más cuanto que no parecía haber posibilidad de que acabara sino con la muerte; le daba la impresión de que formaba parte de él, de que tendría que soportarla siempre. Así que verse libre de ella fue una dicha tan grande que, de no haber dejado recuerdos amargos tras de sí, sir Thomas casi habría corrido peligro de aprobar el mal que había acarreado este bien.
Nadie en Mansfield sintió que se fuera. No había sido capaz de inspirar afecto ni aun a los que más quería, y desde la fuga de la señora Rushworth, se había vuelto tan irritable que era un suplicio para todos. Ni siquiera Fanny tuvo lágrimas para tía Norris, cuando se fue para siempre.
Si Julia salió mejor librada que Maria se debió, en cierto modo, a una diferencia —favorable para ésta— de carácter y de circunstancias; pero mucho más a que había sido menos querida por esa misma tía, menos halagada y menos mimada. Su belleza y sus conocimientos habían ocupado un segundo lugar. Estaba acostumbrada a considerarse un poco inferior a Maria. Su carácter era el más tranquilo de los dos; sus sentimientos, aunque vivos, eran más controlables; y la educación no le había despertado un grado tan pernicioso de engreimiento.
Se había resignado mejor al desencanto respecto a Henry Crawford. Tras disipársele la primera amargura de sus desaires, estuvo relativamente pronto en condiciones de no volver a pensar en él; y cuando renovó su amistad en la capital, y la casa del señor Rushworth se convirtió en objetivo de Crawford, había tenido el mérito de irse de ella, y de escoger ese momento para visitar a otros amigos, a fin de evitar el riesgo de sentirse atraída otra vez. Éste había sido el motivo de que se fuera a casa de sus primos. Nada había tenido que ver con ello la conveniencia del señor Yates. Hacía algún tiempo que recibía sus solicitudes, aunque con muy poca idea de aceptarle; y si no hubiera sido porque la campanada de su hermana, y el miedo a su padre y a su casa por tal motivo —imaginando que la consecuencia segura sería una mayor severidad y reclusión para ella—, la hicieron decidir evitar a toda costa esos horrores inmediatos, es probable que el señor Yates no la hubiera conseguido jamás. No la había movido a fugarse otro mal sentimiento que el de la alarma egoísta. Le pareció que era lo único que podía hacer. La culpa de Maria había empujado a Julia a la insensatez.
Henry Crawford, estropeado por la independencia prematura y el mal ejemplo doméstico, se entregó un poco demasiado pronto a los caprichos de una vanidad insensible. Ésta le había llevado una vez, debido a una coyuntura imprevista e inmerecida, por el camino de la felicidad. De haberse limitado a conquistar el afecto de una mujer amable, de haber encontrado gozo suficiente en vencer la aversión, y en ganarse poco a poco la estima y el cariño de Fanny Price, habría tenido todas las probabilidades de éxito y de felicidad para él. Su afecto había abonado ya bastante el terreno. La influencia de Fanny sobre él había dado como resultado cierta reciprocidad. Si hubiera merecido más, no cabe duda de que lo habría obtenido; sobre todo una vez realizado el matrimonio, que le habría aportado el concurso de la misma conciencia de ella para vencer su primera inclinación de rechazo, y les habría reconciliado a menudo. Si hubiera perseverado, si hubiera perseverado honestamente, Fanny habría sido su recompensa —muy voluntariamente concedida— en un plazo razonable, después del matrimonio de Edmund y Mary.
Si hubiera hecho lo que había pensado —y sabía que era su deber—, si hubiera ido a Everingham al volver de Portsmouth, se habría decantado por un destino feliz. Pero le insistieron que se quedara a la fiesta de la señora Fraser; revistieron su presencia de una halagadora importancia; y encontraría a la señora Rushworth allí. Se le despertaron la curiosidad y la vanidad, y la tentación del placer inmediato fue demasiado fuerte para un espíritu no acostumbrado a sacrificar nada a lo correcto; decidió aplazar su viaje a Norfolk, decidió que podía resolver el asunto escribiendo, o que carecía de importancia, y se quedó. Vio a la señora Rushworth, ella le saludó con una frialdad que debía haber sido disuasoria, y haber establecido una aparente indiferencia entre ellos para siempre. Pero se sintió humillado; no soportaba que le rechazase la mujer cuyas sonrisas había dominado tan por entero. Tenía que esforzarse en doblegar ese orgulloso alarde de resentimiento; estaba irritado a causa de Fanny, así que tenía que vencerlo, y convertir a la señora Rushworth en Maria Bertram otra vez, en su relación con él.
Con ese espíritu inició el ataque; y con viva perseverancia, no tardó en restablecer la clase de familiaridad, de galantería, de coqueteo, que era cuanto constituía su propósito… pero al derribar las barreras de la discreción que, aunque al principio le habían causado enojo, podían haberles salvado a los dos, se puso en manos de los sentimientos de ella, más fuertes de lo que había supuesto. Ella le amaba; no rechazaba las atenciones, manifiestamente caras para ella. Henry Crawford se enredó en su propia vanidad, sin la más mínima excusa de sentir, y sin la menor conciencia de infidelidad a la prima de ella: su principal interés fue evitar que Fanny y los Bertram se enteraran de lo que ocurría. No podía ser más deseable el sigilo para la honra de la señora Rushworth de lo que lo consideraba él para la suya propia. Cuando volvió de Richmond, se habría alegrado de no ver nunca más a la señora Rushworth. Todo lo que siguió se debió a la imprudencia de ella; y finalmente se fue con ella porque no lo pudo evitar, sintiéndolo por Fanny en el mismo momento, pero sintiéndolo infinitamente más cuando acabó la aventura, en la que muy pocos meses le enseñaron —a fuerza de contraste— a situar más alta aún la dulzura de su carácter, la pureza de su espíritu y la excelencia de sus principios.
Ese castigo, el castigo público de la deshonra, caso de acompañar en su justa medida a la parte de delito que a él le corresponde, no es, sabemos, una de las barreras que la sociedad pone a la virtud. En este mundo, el castigo es menos equitativo de lo que sería de desear; pero sin atrevernos a esperar una distribución más estricta en el otro, podemos pensar razonablemente que un hombre con discernimiento como Henry Crawford se acarreó una dosis nada pequeña de aflicción y de pesar; aflicción que le venía a veces del remordimiento, y pesar que emanaba de la desdicha: por haber correspondido de este modo a la hospitalidad, por haber atropellado la paz de una familia, por haberse enajenado a su mejor, a su más estimada y valiosa amistad, y por haber perdido a la mujer que racional y apasionadamente había amado.
Después de lo ocurrido, suficiente para herir y alejar a las dos familias, habría sido sumamente violento continuar los Bertram y los Grant en tan cercana vecindad; pero la ausencia de estos últimos, prolongada a propósito unos meses más, terminó muy oportunamente en la necesidad, o factibilidad al menos, de un cambio de domicilio definitivo. El doctor Grant, merced a una influencia en la que casi había dejado de tener esperanzas, consiguió una plaza en Westminster, la cual, al proporcionarle un motivo de dejar Mansfield, una excusa para residir en Londres y un aumento de los ingresos para afrontar los gastos del cambio, fue tan bien recibida por los que se iban como por los que se quedaban.
La señora Grant, cuya naturaleza estaba hecha para amar y ser amada, debió de marcharse con cierto pesar de los escenarios y amigos a los que estaba acostumbrada; pero esa misma disposición feliz debía procurarle, en cualquier lugar y en cualquier ambiente, grandes motivos de disfrute; y tuvo de nuevo un hogar que ofrecer a Mary; y Mary había tenido suficientes amigos, y suficiente vanidad, ambición, amor y desencanto en el transcurso del último medio año como para necesitar la amabilidad verdadera de su corazón de hermana, y la sentada tranquilidad de su manera de ser. Vivieron juntas; y cuando el doctor Grant se provocó un ataque de apoplejía con los tres banquetes semanales que había instituido, y murió, siguieron viviendo juntas. Porque Mary, aunque totalmente decidida a no volver a enamorarse de un segundón, tardó mucho tiempo en encontrar, entre los apuestos galanes y los ociosos presuntos herederos que su belleza y sus veinte mil libras ponían a su disposición, alguien capaz de satisfacer su gusto adquirido en Mansfield, y cuyo carácter y modo de ser autorizasen la esperanza de felicidad doméstica que ella había aprendido a valorar allí, o de quitarle de la cabeza a Edmund Bertram.
Edmund tuvo una gran ventaja sobre ella a este respecto. No le hizo falta esperar y desear con afectos vacantes a una criatura digna que la sucediera en ellos. Apenas había terminado de lamentar la pérdida de Mary Crawford, y de confesar a Fanny cuán imposible le sería encontrar a una mujer igual, cuando empezó a pensar si no le convendría una clase de mujer totalmente diferente… o infinitamente mejor; si no se estaba volviendo la propia Fanny tan valiosa, tan importante para él, con sus sonrisas y su manera de ser, como lo había sido Mary Crawford; y si no sería una empresa factible, una empresa esperanzadora, convencerla de que su cálido y fraternal afecto por él podía ser cimiento suficiente para el amor conyugal.
Me abstengo adrede de aportar detalles sobre este punto, para que todo el mundo pueda libremente poner los suyos, consciente de que la cura de las pasiones irresistibles y la transferencia de afectos perennes varían mucho con el tiempo en cada persona. Yo sólo ruego a todos que crean que en el momento exacto en que fue completamente natural que ocurriera así, y no una semana antes, Edmund perdió todo interés por la señorita Crawford, y le entraron tantos deseos de casarse con Fanny como la propia Fanny podía desear.
Con una estima por ella como la que efectivamente había tenido durante mucho tiempo, estima asentada en los más caros derechos de la inocencia y el desvalimiento, y completada por todas las recomendaciones de sus cualidades cada vez más preciosas, ¿qué más natural que aconteciera ese cambio? Queriéndola, guiándola, protegiéndola, como había estado haciendo desde que ella tenía diez años; dotada de un espíritu modelado por él en tan gran medida, y de una paz que dependía de su amabilidad; y siendo para él objeto de tan íntimo y especial interés, tanto más cuanto que ante ella tenía él más importancia que ninguna otra persona de Mansfield, ¿qué más podía añadir ahora, sino aprender a preferir unos ojos dulces y claros a otros oscuros y brillantes? Y como estaba siempre con ella, y siempre haciéndole confidencias, y se hallaba en ese clima favorable de alma que produce todo desengaño reciente, no tardaron esos ojos dulces y claros en obtener la preeminencia.
Una vez que había emprendido ese camino hacia la felicidad, y tuvo conciencia de ello, no hubo nada tocante a prudencia que le detuviese o retardase la marcha: ninguna duda de ella sobre su merecimiento, ningún temor a que sus gustos fueran contrapuestos, ninguna necesidad de sacar nuevas esperanzas de felicidad de la diferencia de caracteres. No necesitaba Fanny medio ocultar su modo de ser, sus opiniones o sus hábitos, ni engañarse a sí misma sobre el presente, ni confiar en mejorar más adelante. Incluso en medio de su anterior enamoramiento, había reconocido él la superioridad espiritual de Fanny. Así que, ¿qué le iba a parecer ahora? Por supuesto, era demasiado buena para él; pero como a nadie le importa conseguir lo que es demasiado bueno para sí, se aplicó muy seriamente a la consecución de esta dicha, y no estuvo mucho tiempo sin aliento de ella. Aunque tímida, inquieta, dudosa, era imposible que una ternura como la suya no abrigara a veces la más fuerte esperanza de éxito, si bien dejó para más adelante confesarle toda la deliciosa y maravillosa verdad. La dicha de Edmund al saberse amado durante tanto tiempo por semejante corazón debió de ser lo bastante grande para avalar la fuerza de las palabras con que se la describió a ella y a sí mismo. ¡Qué deliciosa tuvo que ser! Pero también hubo en otra parte una felicidad que ninguna descripción puede transmitir. Que nadie pretenda explicar lo que siente una joven al recibir la garantía de ese afecto del que apenas se había atrevido a mantener una lucecita de esperanza.
Confirmada su mutua inclinación, no hubo trabas posteriores, ni inconvenientes de pobreza o de padres. Fue una unión cuya posibilidad había contemplado incluso sir Thomas. Hastiado de matrimonios ambiciosos e interesados, cada vez más sensible a la auténtica bondad de los principios y del carácter, y deseoso sobre todo de afianzar la felicidad hogareña que le quedaba con los lazos más seguros, había considerado con sincera satisfacción la más que posibilidad de que ambos jóvenes hallasen consuelo el uno en el otro al desengaño que habían sufrido; y el gozoso consentimiento que dio a la petición de Edmund, y la orgullosa sensación que tuvo de haber hecho una gran adquisición con la promesa de recibir a Fanny como hija, revelaron justamente, frente a su antigua opinión sobre esto mismo cuando se debatió la acogida de la pobre niña, ese contraste entre los planes y las decisiones de los mortales que el tiempo se encarga siempre de resaltar para instrucción propia y diversión de los vecinos.
Fanny fue, efectivamente, la hija que necesitaba. Con caritativa benevolencia, había criado a la que iba a ser un inmenso consuelo para él. Su generosidad tuvo rica recompensa; una recompensa de la que le hacía merecedor la bondad general de sus intenciones para con ella. Podía haber hecho más feliz su niñez; pero había sido sólo un error de juicio lo que le había dado apariencia de severidad, y le había privado al principio de su amor. Y ahora, al conocerse el uno al otro de verdad, se hizo muy fuerte su cariño mutuo. Una vez instalada ella en Thornton Lacey con todas las amables atenciones del confort, la misión de sir Thomas, casi todos los días, era ir a verla, o a sacarla de allí.
Dado lo egoístamente cara que había sido para lady Bertram durante mucho tiempo, no vio ésta de buen grado la marcha de su sobrina. Ninguna felicidad de hijo o sobrina podían hacerla desear ese matrimonio. Pero pudo desprenderse de ella gracias a que Susan ocupó su sitio. Susan se convirtió en la sobrina estable —¡encantada de serlo!—: era apta por su viveza de espíritu y su carácter servicial, del mismo modo que Fanny lo había sido por su dulzura natural y sus profundos sentimientos de gratitud. Susan se volvió imprescindible. Primero como consuelo de Fanny, luego como su auxiliar, y finalmente como su sustituta, se quedó a vivir en Mansfield, con toda la apariencia de permanecer tanto tiempo como ella. Su talante decidido y su carácter alegre hicieron que todo le fuera fácil allí. Dotada de gran agudeza para comprender a las personas con las que tenía que tratar, y sin timidez natural que la coartase de manifestar sus deseos, no tardó en ser aceptada, y útil para todos; y al marcharse Fanny, asumió con tanta facilidad la influencia de ésta en el confort de su tía hora a hora, que poco a poco se convirtió, quizá, en la más querida de las dos. En su utilidad, en la excelencia de Fanny, en la continuada buena conducta y creciente fama de William, y en el éxito y la buena marcha general de los demás miembros de la familia, ayudándose los unos a los otros a prosperar, y haciendo honor a su confianza y su apoyo, sir Thomas vio repetidos motivos para alegrarse de lo que había hecho por todos ellos; y reconoció las ventajas de un temprano rigor y disciplina, y de la conciencia de haber nacido para luchar y soportar.
Con tanta cualidad auténtica y tanto auténtico amor, y no careciendo de fortuna ni amigos, la felicidad de la pareja de primos ha debido de ser todo lo segura que es la felicidad de este mundo. Igualmente formados para la vida hogareña, y aficionados a los placeres del campo, su casa fue morada del afecto y el bienestar; y para completar el cuadro venturoso, la adquisición del beneficio eclesiástico a la muerte del doctor Grant ocurrió cuando ya llevaban casados el tiempo suficiente como para empezar a necesitar un aumento de los ingresos, y considerar incómoda su distancia respecto de la casa paterna.
Para ese acontecimiento se trasladaron a Mansfield; y no tardó en volverse su casa parroquial —a la que, mientras la ocuparon sus dos anteriores propietarios, Fanny nunca fue capaz de acercarse sino con una penosa sensación de temor o de reserva— tan entrañable a su corazón, y tan perfecta a sus ojos, como lo era cuanto abarcaba la perspectiva y el patrocinio de Mansfield Park desde hacía mucho tiempo.