Capítulo XLV

A la semana más o menos de haber regresado a Mansfield, Tom había salido de peligro, por lo que se le declaró a salvo para tranquilizar a su madre; pues dado que ahora estaba habituada a verle postrado y desvalido, y a oír sólo lo mejor y a no pensar más allá de lo que oía, y dado que carecía de predisposición a la alarma y de aptitud para la insinuación, lady Bertram era la persona más preparada del mundo para tragarse una pequeña mentira médica. La fiebre había remitido; lo que su hijo había tenido era fiebre; así que, naturalmente, pronto volvería a estar bien. Lady Bertram no podía pensar que fuera de otro modo, y Fanny compartía la seguridad de su tía; hasta que recibió unas líneas de Edmund, escritas con el exclusivo fin de darle una idea más clara del estado de su hermano, y hacerle saber el temor que el médico les había transmitido a su padre y a él respecto a ciertos síntomas hécticos que parecían haberse apoderado del paciente al desaparecer la fiebre. Pensaban que era mejor no inquietar a lady Bertram con alarmas que, esperaban, se revelarían infundadas; pero no había razón para que Fanny no supiese la verdad: temían por sus pulmones.

Unas breves líneas de Edmund le describieron al paciente y su aposento con más exactitud y claridad que las páginas y páginas de lady Bertram: no había nadie en la casa que no supiera describir mejor que ella las observaciones personales, ni nadie que no fuera más útil, a veces, a su hijo. No era capaz de hacer nada, aparte de entrar sigilosa a observar al enfermo. Pero cuando éste se sentía con ánimo para hablar o escuchar, o para que le leyesen, era la compañía de Edmund la que prefería. Su tía le agobiaba con sus cuidados, y sir Thomas no sabía economizar palabras ni bajar la voz al nivel que convenía a un estado débil e irritable. Edmund era indispensable. Fanny así lo creía al menos, y la opinión que tenía de él fue más alta que nunca, viéndole como cuidador, sostenedor y animador de un hermano enfermo. Y no sólo atendía la debilidad de su reciente dolencia; además, según se enteraba ella ahora, debía apaciguar sus nervios afectados y levantar sus ánimos deprimidos. Y en su imaginación, Fanny añadía también guiar debidamente su espíritu.

No era una familia de tísicos, de modo que Fanny tenía más esperanza que temor respecto a su primo…, salvo cuando pensaba en la señorita Crawford; le daba la impresión de que la señorita Crawford era hija de la suerte, y sería suerte para su egoísmo y su vanidad que Edmund se convirtiera en hijo único.

Ni siquiera en el cuarto del enfermo era olvidada la afortunada Mary. La carta de Edmund traía la siguiente posdata: «Había empezado una carta sobre lo que te decía en la anterior, pero tuve que ausentarme por la enfermedad de Tom; ahora he cambiado de opinión, y temo que se abandone a la influencia de las amigas. Cuando Tom esté mejor, iré».

Así estaban las cosas en Mansfield, y así siguieron, sin cambio apenas, hasta Pascua. Alguna línea de Edmund añadida de vez en cuando a la carta de su madre bastaba para tener informada a Fanny. La recuperación de Tom iba preocupantemente despacio.

Llegó Pascua… particularmente tarde este año, como Fanny había calculado con gran pesadumbre, cuando supo que no tendría posibilidad de abandonar Portsmouth hasta después. Llegó, y aún no sabía nada de su regreso… Ni siquiera del viaje a Londres que debía preceder a su regreso. Su tía le decía a menudo que deseaba tenerla a su lado; pero no le daba ninguna noticia, ningún mensaje del tío del que dependía. Suponía que aún no podía dejar a su hijo; pero era una demora cruel, terrible para ella. Finalizaba abril; pronto haría tres meses, en vez de dos, que se hallaba lejos de todos, y que sus días transcurrían en un estado de penitencia, cuya dimensión —tanto les quería— no esperaba que comprendieran del todo. ¿Y quién podía decir cuándo tendrían tiempo para pensar en ella, o pasar a recogerla?

Era tal su ansiedad, su impaciencia, su anhelo de estar con ellos, que a cada momento le venían al pensamiento uno o dos versos del Tirocinium de Cowper. Constantemente repetía: «Con qué intenso deseo quiere volver a casa», como la más fiel descripción de un anhelo que ningún pecho de escolar, imaginaba, podía sentir más intensamente.

Durante su viaje a Portsmouth, le había gustado decir que regresaba a casa; le había producido gran placer decir «a casa»: le había sido muy cara esa palabra. Y aún lo era, pero debía aplicarla a Mansfield. Ésa era ahora «su casa». Portsmouth era Portsmouth; «su casa» era Mansfield. Así lo había dispuesto en sus secretas meditaciones; y nada encontraba más consolador que comprobar que su tía utilizaba la misma expresión: «No puedo sino decir que siento mucho que no estés en casa en estos momentos de angustia, tan penosos para mi espíritu. Confío y espero, y deseo sinceramente, que nunca más te ausentes tanto tiempo de casa», eran frases de lo más deliciosas para ella. Sin embargo, eran un regalo íntimo. La delicadeza hacia sus padres le hacía tener cuidado de no revelar esa preferencia por la casa de su tío: siempre decía «cuando esté en Northamptonshire, o cuando vuelva a Mansfield, haré eso o lo otro». Durante mucho tiempo se expresó así; pero al final la nostalgia se le hizo demasiado fuerte, y antes de darse cuenta se descubrió a sí misma hablando de lo que debía hacer cuando volviera a casa. Se lo reprochó, colorada, y miró temerosa a sus padres. No había por qué inquietarse. No vio el menor signo de desagrado; ni siquiera de que la hubiesen oído. Carecían completamente de celos de Mansfield. Tanto les daba que deseara estar allí, como que estuviera.

Para Fanny, era una pena perderse todos los deleites de la primavera. Antes había ignorado qué placeres se perdía pasando marzo y abril en una ciudad. Antes había ignorado cuánto le gustaba el despertar y el desarrollo de la vegetación. Cómo se le reavivaba el cuerpo y la mente al observar el progreso de esa estación que, pese a sus caprichos, no puede dejar de ser espléndida, y descubrir sus bellezas renovadas, desde las flores tempranas en los rincones más cálidos del jardín de su tía, hasta la eclosión de las hojas en las plantaciones de su tío y en el esplendor de su bosque. No era una insignificancia perderse tales placeres; pero perdérselos por hallarse recluida en la estrechez y el ruido, por haber cambiado la libertad, la frescura, la fragancia y el verdor por un ambiente cerrado, malsano y cargado de malos olores, era infinitamente peor; pero incluso esos alicientes se tornaban débiles al lado de los que provenían de la convicción de que sus mejores amigos la echaban de menos, ¡y del anhelo de ser útil a los que la estaban necesitando!

De haber estado en casa, habría ayudado a todos. Sabía que habría sido útil a todos. A todos habría ahorrado algún trabajo o algún problema; y aunque sólo fuera para sostener el ánimo de su tía Bertram, y librarla del mal de la soledad, o del mal aún peor de una compañera inquieta y oficiosa, demasiado inclinada a recalcar el peligro para subrayar su propia importancia, su presencia habría sido beneficiosa para todos. Le gustaba imaginar cómo habría leído para su tía, cómo habría hablado con ella, y habría tratado al mismo tiempo de hacerle comprender que no era nada, y prepararla para lo que pudiera venir. Y cuántas veces le habría ahorrado subir y bajar la escalera, y cuántos recados le habría hecho.

Le asombraba que las hermanas de Tom siguiesen tan tranquilas en Londres en unos momentos como éstos, mientras él sufría una enfermedad que, en diferentes grados de peligro, le duraba ya varias semanas. Tenían posibilidad de volver a Mansfield cuando quisieran; viajar no representaba ningún problema para ellas; así que no comprendía cómo podían seguir ausentes las dos. Y si bien cabía imaginar que quizá la señora Rushworth tenía alguna obligación que se lo impedía, Julia en cambio era libre de abandonar Londres cuando quisiera. Según una de las cartas de su tía, parecía que Julia se había ofrecido a regresar si la necesitaban; pero nada más. Era evidente que prefería seguir donde estaba.

Fanny se inclinaba a pensar que la influencia de Londres estaba en pugna con todos los afectos respetables. La prueba de eso la veía en la señorita Crawford, lo mismo que en sus primas; su afecto por Edmund había sido respetable, la parte más respetable de su carácter; y su amistad con ella misma había sido al menos irreprochable. ¿Dónde estaban ahora uno y otro sentimiento? Hacía tanto tiempo que Fanny no había recibido carta de ella, que tenía motivos para pensar que la amistad de la que tanto había hablado era superficial. Hacía semanas que no sabía nada de la señorita Crawford y otros conocidos de la capital más que a través de Mansfield. Y empezaba a sospechar que no se enteraría de si el señor Crawford había ido otra vez a Norfolk o no hasta que se vieran, y que quizá no volvería a saber de su hermana esta primavera, cuando recibió la siguiente carta, que le resucitó viejos sentimientos y le despertó otros nuevos.

sir Thomas va a ser un golpe terrible. Estoy muy inquieta por todo esto. Fanny, Fanny: la veo sonreír y poner ojillos picaruelos; pero le doy mi palabra de que en la vida he sobornado a ningún médico. ¡Pobre joven! Si muere, habrá dos pobres menos en el mundo; y yo diré a todos, con la frente bien alta y la voz decidida, que no pueden recaer la riqueza y la importancia en manos más merecedoras de ellas. Las pasadas Navidades cometí una estúpida precipitación, pero se puede subsanar en parte el mal de unos días. El barniz y el dorado tapan muchas manchas. Sólo supondrá la pérdida del título que acompaña a su nombre. Con un afecto sincero como el mío, Fanny, podría prescindir de mucho más. Escríbame a vuelta de correo; piense en mi ansiedad, y no juegue con ella. Cuénteme la verdad, tal como le llega de la fuente original. Y ahora, que no le den vergüenza mis sentimientos y los suyos. Créame: no sólo son naturales; son filantrópicos y virtuosos. Dejo que sea su conciencia la que juzgue si no llevaría mejor “sir Edmund” las posesiones Bertram que ningún otro “sir” posible. De haber estado en casa los Grant, no la molestaría; pero en este momento es usted la única persona a la que puedo dirigirme para saber la verdad, dado que no tengo a mi alcance a sus hermanas. La señora R. ha ido a Twickerham, a pasar la Pascua con los Aylmer (como seguramente sabrá), y aún no ha regresado; y Julia está con unos primos que viven cerca de Bedford Square. Pero se me ha olvidado su nombre y el de la calle. Pero aunque hubiera podido acudir ahora mismo a una de las dos, la habría preferido a usted; porque me da la impresión de que son lo bastante reacias a permitir que les estropeen las diversiones como para cerrar los ojos a la realidad. Supongo que no durarán mucho más las vacaciones de Pascua de la señora R.; sin duda son muy completas para ella. Los Aylmer son personas simpáticas; y dado que tiene al marido lejos, sin duda debe de estar pasándolo bien. Le reconozco el mérito de haberle convencido para que vaya a Bath a recoger a su madre. Pero ¿cómo convivirán ella y la viuda en la misma casa? No está aquí Henry, así que no tengo nada que ponerle de su parte. ¿No cree que Edmund habría vuelto hace tiempo a la capital, si no fuera por esa enfermedad? Cariñosamente, Mary.

»Había empezado a doblar la carta, cuando ha entrado Henry. Pero no trae ninguna noticia que me impida mandarla. La señora R. sabe ya lo del empeoramiento; la ha visto esta mañana. Regresa hoy a Wimpole Street: la vieja dama está ya en casa. Pero no se desasosiegue haciendo suposiciones extrañas porque Henry haya pasado unos días en Richmond. Lo hace todas las primaveras. Tenga la seguridad de que no ama a nadie más que a usted. En estos momentos está que se muere por verla, y no piensa más que en la forma de llevarlo a cabo, y de hacer que su placer conduzca al suyo. La prueba de ello es que repite con más insistencia lo que le dijo cuando estuvo en Portsmouth, acerca de llevarla nosotros de regreso, cosa en la que estoy totalmente de acuerdo con él. Querida Fanny, escríbame enseguida diciendo que vayamos. Nos vendrá bien a todos. Como sabe, él y yo podemos quedarnos en la casa parroquial sin causar la menor molestia a nuestros amigos de Mansfield Park. Será una verdadera satisfacción ver a todos otra vez, y puede que a ellos les sea de infinita utilidad la presencia de alguna persona más. Y en cuanto a usted, sin duda sabe que se la necesita tanto allí que no puede en conciencia (una persona escrupulosa como usted) permanecer lejos, cuando tiene el medio de regresar. No tengo tiempo ni paciencia para ponerle la mitad siquiera de los mensajes de Henry; baste decir que nuestro afecto sigue siendo inalterable.

La desazón que le produjo casi toda esta carta, y su extrema aversión a contribuir a que se reunieran la autora y su primo Edmund, la incapacitaron (se daba cuenta) para decidir con imparcialidad si aceptar o no el firme ofrecimiento. Para ella personalmente, era de lo más tentador. Verse trasladada a Mansfield quizá en espacio de tres días era una imagen de indecible felicidad; pero habría sido un grave inconveniente deber tal felicidad a personas en cuyos sentimientos y conducta veía tantas cosas condenables en el momento actual: los sentimientos de la hermana, la conducta del hermano, la fría ambición de ella, la desconsiderada vanidad de él. ¡Que aún siguiera con su relación, su coqueteo tal vez, con la señora Rushworth! Se sentía herida. Le había juzgado mejor. Afortunadamente, sin embargo, no le fue posible sopesar y decidir entre inclinaciones opuestas e ideas vacilantes de lo correcto; no tuvo opción a determinar si debía mantener separados a Edmund y a Mary o no. Tuvo que aplicar una regla que lo zanjaba todo. El temor a su tío, y el miedo a tomarse una libertad con él, le hicieron ver con claridad cuál era su obligación. Debía rechazar absolutamente el ofrecimiento. Si él quería, mandaría a buscarla; incluso ofrecerse a regresar pronto era una presunción que nada habría justificado. Dio las gracias a la señorita Crawford, pero rechazó rotundamente su sugerencia: «Su tío, tenía entendido, pensaba mandar a recogerla; y dado que su primo llevaba muchas semanas enfermo sin que se considerase en absoluto necesaria la presencia de ella, debía suponer que su regreso no era oportuno en estos momentos, y que podían juzgarla un estorbo».

Su descripción del estado de su primo estaba exactamente acorde con lo que ella creía; la cual suponía que transmitiría al espíritu optimista de su corresponsal la esperanza de que se cumpliría lo que ella deseaba. Por lo visto perdonaría a Edmund el ser sacerdote, a condición de que fuera rico. Y ésa era, sospechaba, toda la victoria sobre los prejuicios, de la que él estaba tan inclinado a congratularse. Ella sólo había aprendido a no considerar importante otra cosa que el dinero.