Salían los Price al día siguiente hacia la iglesia cuando apareció otra vez el señor Crawford. Llegó no para retenerlos, sino para unirse a ellos; le pidieron que les acompañase a la capilla de la guarnición, que era exactamente lo que pensaba hacer, y se dirigieron allá todos juntos.
La familia tenía ahora otro aspecto. La naturaleza les había dotado de no poca belleza, y los domingos iban limpios y con sus mejores galas. El domingo siempre traía ese consuelo a Fanny, y esta vez lo agradeció más que nunca. Su pobre madre no parecía ahora indigna de ser hermana de lady Bertram, sino que merecía de sobra que la mirasen. A menudo la afligía observar el contraste entre las dos, pensar que donde la naturaleza había puesto tan poca diferencia las circunstancias hubieran puesto tanta, y que su madre, tan guapa como lady Bertram y con algunos años menos, tuviera un aspecto mucho más avejentado y marchito, tan abandonado, tan desaliñado, tan harapiento. Pero los domingos la transformaban en una muy digna y razonablemente alegre señora Price que salía con su preciosa prole, un poco liberada de los cuidados semanales, y que sólo se inquietaba si veía a los chicos en algún peligro, o si Rebeca pasaba junto a ellos con una flor en el sombrero.
En la capilla no tuvieron más remedio que separarse, pero el señor Crawford procuró no apartarse de la rama femenina; y después del servicio religioso siguió con ellas, y se unió a la excursión familiar a las murallas.
La señora Price iba a dar un paseo semanal por las murallas todos los domingos del año, si hacía buen tiempo; iba siempre después del servicio religioso, y estaba hasta la hora de comer. Era su punto de encuentro: allí se veía con sus amistades, se enteraba de las pequeñas noticias, comentaba lo mal que estaba el servicio doméstico en Portsmouth, y hacía acopio de ánimo para los seis días siguientes.
Allí se dirigieron ahora; el señor Crawford iba contentísimo de pensar que tenía a las señoritas Price a su cargo particular; y antes de que llevaran allí mucho tiempo, de alguna manera, no se sabe cómo —Fanny no lo habría podido creer—, se hallaba paseando entre las dos, cada una cogida de un brazo, y sin saber ella cómo evitarlo o dejar de hacerlo. Esto hizo que se sintiera incómoda un rato; aunque, de todos modos, encontraba placer en el día, y en la perspectiva que ofrecía.
El día era particularmente espléndido. En realidad era marzo; pero el buen tiempo, el aire fresco y suave, y el sol radiante que a veces escondía alguna nube durante un minuto, eran de abril; y todo parecía muy hermoso bajo la influencia de ese cielo: los efectos de las sombras persiguiéndose unas a otras sobre los barcos de Spithead y la isla, más allá, los tonos cambiantes del mar que ahora, en marea alta, danzaba jubiloso y se estrellaba contra las murallas con grato rumor, producían tal combinación de encantos para Fanny que, poco a poco, casi se volvió indiferente a las circunstancias en que los sentía. Más aún, de no haber ido cogida de su brazo, no habría tardado en necesitar cogerse a él, porque le faltaban fuerzas para un paseo de dos horas como éste, sobre todo después de una semana de inactividad. Fanny estaba empezando a notar los efectos de la privación de su ejercicio habitual; en lo que se refería a salud, había retrocedido desde que estaba en Portsmouth; y si no llega a ser por el señor Crawford y lo espléndido del tiempo, no habría tardado en encontrarse rendida.
El señor Crawford apreciaba como ella la belleza del día y del paisaje. A menudo se detenían con el mismo sentimiento y placer, y se apoyaban en el antepecho unos minutos a mirar y admirar; y considerando que no era Edmund, Fanny no podía por menos de reconocerle suficiente sensibilidad para los encantos de la naturaleza, y mucho talento para expresar su admiración. De vez en cuando Fanny se quedaba embelesada, momento que él aprovechaba para observar su cara sin que ella se percatase; y notó que, aunque más bonita que nunca, la tenía menos saludable de lo que debería. Ella dijo que se sentía muy bien, y no le gustó que creyese lo contrario; pero tras pensarlo bien, el señor Crawford llegó al convencimiento de que su actual residencia no era cómoda, y por tanto no podía ser beneficiosa para ella; y le entró un inmenso anhelo de que estuviese en Mansfield otra vez, donde su felicidad, y la de él viéndola allí, serían mucho mayores.
—Lleva un mes aquí, creo; ¿verdad? —dijo.
—No. Aún no hace el mes; mañana hará cuatro semanas solamente, desde que dejé Mansfield.
—Es usted muy precisa calculando; yo a eso lo llamo un mes.
—No llegué aquí hasta el martes por la noche.
—Y su estancia va a ser de dos meses, ¿no es así?
—Sí. Mi tío habló de dos meses. Supongo que no será menos.
—¿Y cómo va a regresar? ¿Quién vendrá por usted?
—No lo sé. Mi tía no me ha dicho nada al respecto. Tal vez deba quedarme más tiempo. Tal vez no le venga bien pasar a recogerme a los dos meses justos.
Tras meditar un momento, el señor Crawford replicó:
—Conozco Mansfield, conozco su forma de pensar, conozco sus faltas respecto a usted. Sé el peligro que corre de que la olviden, al extremo de supeditar su salud a la hipotética conveniencia de cualquiera de la familia. Sé que pueden dejarla aquí semana tras semana, si sir Thomas no puede venir personalmente, o mandar a la doncella de su tía, sin que implique la más ligera alteración del orden que haya dispuesto para el próximo trimestre. Y no es eso. Dos meses es mucha concesión; creo que con seis semanas sería suficiente… Estoy hablando de la salud de su hermana —dijo, dirigiéndose a Susan—; y pienso en lo perjudicial que es para ella el confinamiento en Portsmouth. Necesita constantemente aire libre y ejercicio. Cuando la conozca tan bien como yo, estoy seguro de que coincidirá conmigo en que es así, y en que no debe estar nunca mucho tiempo alejada del aire libre y la libertad del campo. Así que —volviéndose nuevamente a Fanny—, si nota que su salud desmejora, y surgen dificultades para que la devuelvan a Mansfield (sin esperar a que se cumplan los dos meses, a eso no debe darle la menor importancia), si se nota una pizca menos fuerte o menos bien de lo normal, no tiene más que hacérselo saber a mi hermana: mándele dos líneas, y vendremos inmediatamente ella y yo y la devolveremos a Mansfield. Usted sabe con qué gusto y placer lo haríamos. Sabe cuáles serían nuestros sentimientos en tal caso.
Fanny le dio las gracias, pero se rió, como si entendiera que lo había dicho por decir.
—Lo digo en serio —contestó él—, como usted sabe muy bien. Y espero que no vaya a ocultarme cruelmente el preludio de alguna enfermedad. A decir verdad, no lo ocultará; no tendrá esa posibilidad, porque mientras diga claramente, en cada carta a Mary: «Estoy bien» (y sé que no es capaz de escribir nada que no sea cierto), consideraré yo también que lo está.
Fanny le dio las gracias otra vez; pero estaba turbada y violenta a tal extremo que se le hacía difícil hablar, o incluso saber con certeza qué debía decir. Esto fue hacia el final del paseo. Les acompañó hasta el final, y sólo les dejó en la puerta, cuando sabía que iban a comer, pretextando que le esperaban en otra parte.
—Me gustaría que no se hubiera cansado tanto —dijo, reteniendo a Fanny, cuando todos los demás habían entrado en casa—. Me gustaría dejarla más fuerte de salud. ¿Hay algo que pueda hacer por usted en Londres? Tengo medio pensado ir a Norfolk pronto otra vez. No estoy contento con Madison. Estoy seguro de que tratará de engañarme, si puede, para cederle a un primo suyo cierto molino que pienso asignar a otro. Tengo que llegar a un acuerdo con él. Voy a hacerle saber que no me va a engañar en lo que respecta al sur de Everingham, ni en lo que respecta al norte, y que el dueño de mis tierras soy yo. No he sido lo bastante explícito antes. El daño que un hombre así hace a una propiedad, al prestigio de su empleador y al bienestar de los pobres, es inimaginable. Tengo intención de volver inmediatamente a Norfolk, y arreglarlo todo de forma que nadie pueda hacer después lo que le convenga. Madison es un hombre inteligente; no quiero quitarle de su puesto… con tal que no intente quitarme él a mí del mío; pero sería ingenuo que me engañara un hombre que carece de crédito para engañarme… y más que ingenuo que dejase que me impusiera un arrendatario insensible y tacaño, en vez del hombre honrado al que medio se lo he prometido ya. ¿No sería más que ingenuo? ¿Qué hago? ¿Me aconseja que vaya?
—¿Aconsejarle? Usted sabe muy bien lo que es justo.
—Sí. Cuando me da usted su opinión, siempre sé qué es lo justo. Su criterio es mi medida de lo justo.
—¡Ah, no! No hable así. Todos tenemos una guía en nuestro interior, si queremos escucharla, mejor que la que ninguna persona nos puede proporcionar. Adiós; le deseo un viaje agradable, mañana.
—¿No hay nada que pueda hacer por usted en la capital?
—Nada. Se lo agradezco mucho.
—¿No tiene ningún mensaje para nadie?
—Dele recuerdos a su hermana; y cuando vea a mi primo… a mi primo Edmund, dígale, por favor, que… espero tener pronto noticias de él.
—Desde luego; y si es perezoso o dejado, puede que le escriba yo para excusarle…
No pudo decir más, porque Fanny no se dejó entretener más. El señor Crawford le estrechó la mano, la miró, y se fue. Se fue a pasar las tres horas siguientes lo mejor que podía con su conocido, hasta que la cena que servían en cierta excelente posada estuviera a punto para disfrutar de ella, mientras Fanny se disponía a dar cuenta inmediatamente de la suya más sencilla.
Muy diferentes fueron sus respectivos manjares; y si él hubiera sospechado cuántas privaciones soportaba Fanny en casa de su padre, además de la del ejercicio, sin duda se habría asombrado de que su aspecto no se resintiese más: resistía tan poco los budines de Rebeca y los picadillos de Rebeca, tal como llegaban a la mesa acompañados de platos medio limpios y cubiertos medio sucios, que frecuentemente se veía obligada a posponer su comida más sólida, hasta que podía mandar a sus hermanos, por la noche, a traerle galletas y panecillos. Después de haberse criado en Mansfield, era demasiado tarde para curtirse en Portsmouth; y aunque sir Thomas habría considerado a su sobrina en el camino más apto —el del hambre, tanto corporal como espiritual— para alcanzar una apreciación más justa de la buena compañía y fortuna del señor Crawford, probablemente habría tenido miedo de prolongar el experimento, no fuera que la cura la matara.
Fanny pasó el resto del día deprimida. Estaba relativamente segura de no volver a ver al señor Crawford, pero no podía por menos de sentirse abatida. Fue como despedirse de un amigo; y aunque en un sentido estaba contenta de que se marchara, era como si ahora la abandonaran todos, como una renovada separación de Mansfield; y no podía pensar que volvía a la capital, y que estaría a menudo con Mary y Edmund, sin experimentar algo muy parecido a la envidia, lo que la hacía odiarse a sí misma.
No ayudaba a disipar su abatimiento lo que ocurría a su alrededor: un amigo o dos de su padre, como siempre que no estaba él, pasaron la larga tarde allí; y desde las seis hasta las nueve y media, no pararon las voces y los grogs. Estaba muy deprimida. El cambio sorprendente que todavía imaginaba en el señor Crawford era lo que más se parecía a un consuelo en el curso de sus pensamientos. Prescindiendo de cuán diferente era el círculo en que había estado viéndole, y cuánto podía deberse al contraste, estaba convencida de que era asombrosamente más amable, y respetuoso con los demás, que antes. Y si lo era en las cosas pequeñas, ¿no iba a serlo en las grandes? Tan preocupado por la salud y el bienestar de ella, tan compasivo como ahora se manifestaba, y parecía verdaderamente, ¿no era lícito suponer que no perseveraría mucho tiempo en un galanteo tan angustioso para ella?