Capítulo XLIII

Por la mañana, en casa del señor Price supusieron al señor Crawford de regreso a Londres, porque no le volvieron a ver; y dos días más tarde fue una realidad que Fanny vio confirmada en la siguiente carta de la hermana que, por otro motivo, abrió y leyó con la más ansiosa curiosidad:

tampoco me disgustaría. Después de Pascua iré a ver a lady Stornaway. Parece que se siente muy animada, y muy feliz. Imagino que lord S. es muy alegre y jovial en el seno de su familia, y no le veo tan feo como antes; al menos hay muchos que lo son mucho más. No es guapo al lado de su primo Edmund. Del citado héroe, ¿qué le puedo decir? Si evito su nombre enteramente, parecerá sospechoso. Así que diré que le he visto dos o tres veces, y que a mis amigas de aquí les ha impresionado su aspecto gallardo. La señora Fraser (que no es mal juez) confiesa que sólo conoce tres hombres en la capital que tengan tan buena figura, talla y ademán; y debo confesar que, cuando cenó aquí el otro día, ninguno de los presentes podía compararse con él; y eso que había dieciséis. Afortunadamente, hoy día la ropa no señala para que la gente cotillee, pero… pero…

Saludos cariñosos de su amiga

Casi se me olvida (por culpa de Edmund, que me absorbe el pensamiento más de lo que es saludable para mí) una cosa importantísima que tenía que decirle de parte de Henry y mía, y es sobre devolverla a Northamptonshire. Mi queridísima niña, no esté ahí en Portsmouth estropeando su preciosa cara. Esas horribles brisas marinas son la ruina de la belleza y la salud. A mi pobre tía le afectaban siempre cuando estaba a diez kilómetros del mar, cosa que naturalmente mi tío el almirante no se creía, aunque yo sé que era así. Tanto Henry como yo podemos estar a su disposición en una hora. Me encantaría hacerlo; y daríamos un pequeño rodeo, y le enseñaríamos Everingham de camino; y quizá no le importara pasar por Londres y ver el interior de St. George, en Hannover Square. Sólo le pido que aparte a su primo Edmund de mí en esos momentos; no quisiera tener la tentación. ¡Qué larga me ha salido la carta! Una palabra más: sé que Henry tiene idea de ir a Norfolk a resolver cierto asunto que usted aprueba, pero seguramente no podrá hasta mediados de la semana que viene; o sea, no estará libre hasta después del 14, porque esa noche celebramos una fiesta. No se puede hacer idea del valor de un hombre como Henry en ocasiones así, pero créame que es inestimable. Verá a los Rushworth, lo que confieso que no siento, dado que tengo un poco de curiosidad, y me parece que él también, aunque no quiere reconocerlo».

Ésta era una carta que leyó ansiosamente de un tirón, releyó detenidamente, le proporcionó mucha materia de meditación, y lo dejó todo más en suspenso que nunca. Lo único cierto que pudo sacarse de ella fue que nada decisivo había ocurrido aún. Edmund todavía no había hablado. Qué pensaba la señorita Crawford en realidad; cuáles eran sus propósitos, o si reaccionaría con independencia o en contra de sus propósitos; si Edmund seguía teniendo para ella la misma importancia que antes de la última separación; si, en caso de haber perdido importancia, era probable que siguiera perdiendo aún más, o que la recuperara, fueron cuestiones de inacabables conjeturas y meditaciones durante ese día y muchos días sucesivos, sin que produjeran ninguna conclusión. La idea que más frecuentemente le venía era que la señorita Crawford, después de revelar con su vuelta a las costumbres londinenses que sus sentimientos se habían enfriado y vuelto titubeantes, aún aparecía al final demasiado prendada para renunciar a él. Intentaría ser más ambiciosa de lo que le permitía el corazón. Vacilaría, le atormentaría, le pondría condiciones, le exigiría, pero le aceptaría al final. Eso era lo que Fanny preveía con más frecuencia. ¿Una casa en la capital? Eso, pensaba, sería imposible. Sin embargo, no se sabía lo que la señorita Crawford era capaz de pedir. Cada vez veía peor las perspectivas de su primo. ¡Una mujer que cuando hablaba de él, lo hacía sólo de su físico! ¡Qué afecto más indigno! ¡Apoyarse en los elogios de la señora Fraser! ¡Ella que le conocía personalmente desde hacía medio año! Fanny sentía vergüenza de ella. Los pasajes de la carta que se referían sólo al señor Crawford y a ella misma la afectaron poca cosa en comparación. Si el señor Crawford iba a Norfolk antes o después del 14, era algo que le daba igual; aunque, bien mirado, pensaba que iría sin demora. Que la señorita Crawford forzase un encuentro entre su hermano y la señora Rushworth era propio de su peor conducta, y una imprudencia y una zafia crueldad; pero esperaba que él no obrase movido por tan degradante curiosidad. Él no reconocía semejante aliciente, y su hermana debía haberle supuesto mejores sentimientos que los suyos propios.

Después de esta carta, aún estaba más impaciente por recibir otra de la capital, y durante unos días anduvo tan desasosegada por todo, por lo que había ocurrido y lo que podía ocurrir, que casi suspendió sus habituales lecturas y conversaciones con Susan. No era capaz de atender como deseaba. Si el señor Crawford se había acordado de dar su mensaje a Edmund, pensaba que era probable, y más que probable, que éste le escribiera contándole todos los acontecimientos. Era lo más acorde con su usual amabilidad; y hasta que no se libró de esta idea, hasta que no se le fue yendo poco a poco, al no llegarle carta alguna en el transcurso de tres o cuatro días más, vivió en un estado de gran nerviosismo y ansiedad.

Finalmente, le sobrevino algo así como una serenidad. Debía aceptar la incertidumbre, sin permitir que la agotara y la anulara. El tiempo ayudó un poco, sus propios esfuerzos otro poco, y reanudó sus atenciones a Susan, y nuevamente se le despertó el mismo interés en ellas.

Susan la quería cada vez más; y aunque carecía de esa temprana afición a los libros que en Fanny había sido tan fuerte, y era bastante menos inclinada a ocupaciones sedentarias, o al saber por el saber, tenía un deseo tan grande de no parecer ignorante que, junto a su claro entendimiento, la hacía una alumna atenta, aprovechada y agradecida. Fanny era su oráculo. Las explicaciones y comentarios de Fanny eran el complemento más importante de cada ejercicio y cada lección de historia. Su cabeza retenía más lo que Fanny le contaba de los tiempos antiguos que las páginas de Goldsmith; y rendía a su hermana el honor de preferir su estilo al de cualquier autor publicado. Le faltaba el hábito temprano de la lectura.

No obstante, sus conversaciones no eran siempre sobre temas elevados como la historia o la moral. Otros tenían su momento también; y de los menores, ninguno volvía tanto, o se demoraba más en ellas, como el de Mansfield Park: la descripción de los moradores, de las costumbres, de las diversiones, de los modales de Mansfield Park. Susan, que tenía un gusto innato por lo distinguido y lo bien amueblado, estaba deseosa de escuchar, y Fanny no podía por menos de extenderse en un tema tan querido. Esperaba no hacer mal; aunque al cabo de un tiempo, la gran admiración de Susan por todo lo que se decía o hacía en casa de su tío, y el sincero deseo de visitar Northamptonshire, parecieron casi culparla de despertar anhelos que no podía satisfacer.

La pobre Susan estaba muy poco más adaptada al hogar que su hermana mayor; y cuando Fanny tuvo completa conciencia de esto, empezó a comprender que cuando llegase su propia liberación de Portsmouth, su felicidad tendría el enorme lastre de dejar a Susan detrás. Cada vez la angustiaba más tener que dejar a una muchacha tan susceptible de perfección en tales manos. ¡Qué maravilloso habría sido que hubiera tenido ella casa propia para poder invitarla! Y si le hubiese sido posible corresponder al afecto del señor Crawford, la probabilidad de que él no se opusiese en absoluto a tal medida habría sido el mayor de sus consuelos. Porque pensaba que su fondo era bueno, y le imaginaba participando muy gustosamente en un plan de este género.