Hacía una semana que se suponía que Edmund estaba en la capital, y Fanny no sabía nada de él. De su silencio podía sacar tres conclusiones diferentes, entre las que fluctuaba su ánimo, ya que unas veces le parecía más probable una, y otras, otra: o bien se había vuelto a retrasar su viaje, o bien no había tenido ocasión de ver a la señorita Crawford a solas… ¡o era demasiado feliz para escribir!
Una mañana —hacía ya casi cuatro semanas que Fanny había abandonado Mansfield, hecho en el que nunca dejaba de pensar, y del que llevaba la cuenta día a día—, se disponían a subir ella y Susan como de costumbre a su habitación, cuando las detuvo la llamada de una visita, a la que comprendieron que no podían evitar, dada la presteza con que Rebeca acudió a la puerta, deber que siempre cumplía con más interés que ningún otro.
Era una voz de caballero; una voz que hizo que Fanny se diera la vuelta pálida, cuando el señor Crawford entró en la habitación.
Un sentido de la discreción como el suyo actúa siempre cuando se acude realmente a él; y descubrió que era capaz de presentarlo a su madre, y traer a la memoria su nombre como el de un «amigo de William», aunque antes jamás se hubiera creído capaz de pronunciar una sílaba en un momento así. La conciencia de que allí se le conocería sólo como a un amigo de William supuso cierto alivio. Sin embargo, después de presentarle, y sentados todos de nuevo, el terror que la asaltó sobre adónde podía conducir esta visita fue insoportable, y se imaginó a punto de desmayarse.
En tanto trataba de mantenerse consciente, su visitante, que al principio se había dirigido a ella con la viveza de siempre, mantenía la vista discretamente apartada, dándole tiempo para que se recobrara, mientras se dedicaba enteramente a su madre, a la que hablaba y escuchaba con la mayor cortesía y corrección, y con tanta cordialidad —o interés al menos— que hacía que su actitud fuera perfecta.
El comportamiento de la señora Price era inmejorable también. Animada por la presencia de este amigo de su hijo, y movida por el deseo de hacer buen papel delante de él, rebosaba de gratitud, de una gratitud cándida y maternal que no podía dejar de ser agradable. El señor Price no estaba en casa, cosa que ella lamentaba mucho. Fanny se había recobrado lo bastante como para darse cuenta de que ella en cambio no lo lamentaba; porque a sus muchos motivos de desasosiego se añadía el nada pequeño de la vergüenza de que la encontrara en semejante hogar. Podía censurarse a sí misma su debilidad, pero no la superaría por eso. Le daba vergüenza, pero de su padre le habría dado mucha más que de ninguna otra cosa.
Hablaron de William, tema del que la señora Price jamás se cansaba; y el señor Crawford se mostró en sus elogios todo lo encendido que su corazón de madre podía desear. Pensó que no había conocido a un hombre tan agradable en su vida; y se asombró al averiguar que, pese a lo importante y distinguido que era, no había ido a Portsmouth para ver al almirante de puerto, ni al comisario, ni tenía intención de ir a la isla o visitar el arsenal. Nada de cuanto estaba acostumbrada a considerar una prueba de importancia o una ocupación de rico le había traído a Portsmouth. Había llegado la noche anterior, iba a estar un día o dos, se hospedaba en el Corona, desde su llegada había visto casualmente a un oficial o dos de la marina a los que conocía, pero no había venido a nada de eso.
Una vez que hubo dado toda esta información, no era sorprendente que mirara a Fanny y le dirigiera la palabra; y ella fue relativamente capaz de sostener su mirada, y oírle contar que la noche antes de salir de Londres había estado media hora con su hermana; que le enviaba sus más cariñosos recuerdos, pero que no había tenido tiempo de escribir; que había tenido suerte de haberla visto siquiera media hora, dado que había estado veinticuatro horas escasas en Londres, al regreso de Norfolk, antes de ponerse en viaje otra vez; que su primo Edmund estaba en la capital, y llevaba allí, según había sabido, unos días; que no le había visto personalmente, pero que estaba bien, había dejado bien a todos en Mansfield, y que el día anterior iba a cenar con los Fraser.
Fanny escuchó serenamente hasta el último detalle; más aún, pareció aliviar a su espíritu agotado el tener alguna certeza; y la reflexión, «entonces ya está todo arreglado», le cruzó por el pensamiento sin otra muestra de emoción que un ligero rubor.
Después de hablar un poco más de Mansfield, tema en el que ella evidenciaba más interés, Crawford sugirió la conveniencia de dar un paseo temprano: «La mañana era espléndida, y en esa época del año las mañanas soleadas se solían estropear tan a menudo que lo más acertado era no dejar el ejercicio para más tarde»; y dado que estas sugerencias no surtían efecto alguno, procedió a recomendar a la señora Price y a sus hijas que salieran a dar un paseo sin pérdida de tiempo. Ahora se aclararon las cosas. Al parecer, la señora Price apenas salía de casa, salvo los domingos; confesó que, con una familia tan numerosa, apenas tenía tiempo para pasear. «¿Por qué no convencía a sus hijas, entonces, de que aprovechasen tan buen tiempo, y le permitía a él el placer de acompañarlas?». La señora Price se mostró muy agradecida, y condescendiente. «Sus hijas vivían demasiado recluidas. Portsmouth era una ciudad mortecina…, así que no solían salir; y sabía que tenían pendientes unos recados en la ciudad que les encantaría hacer». Y el resultado fue que, por extraño —extraño, embarazoso y violento— que pareciera, Fanny se encontró con que, diez minutos después, ella y Susan se dirigían hacia High Street con el señor Crawford.
No tardó Fanny en añadir sufrimiento al sufrimiento, y confusión a la confusión; porque apenas estuvieron en High Street toparon con su padre, cuya pinta, por ser sábado, no era precisamente muy buena. Se detuvo y, pese a su aspecto poco digno, Fanny se vio obligada a presentarlo al señor Crawford. No abrigó ninguna duda sobre qué clase de impresión tuvo que producir en el señor Crawford. Debió de sentir vergüenza y repugnancia a la vez. Seguramente no tardaría en renunciar a sus pretensiones, y en perder las ganas de casarse con ella; sin embargo, aunque había deseado tanto que se curase de su afecto, esta clase de cura era casi tan dolorosa como el mal; y creo que no hay joven en los reinos unidos que no prefiera soportar la desgracia de ser solicitada por un hombre inteligente y agradable, a ahuyentarlo con la vulgaridad del más allegado de los parientes.
Probablemente el señor Crawford no tomó a su futuro suegro como modelo en el vestir; pero —como Fanny notó inmediatamente para gran alivio suyo— delante de este respetabilísimo desconocido, su padre fue un hombre muy distinto, un señor Price de comportamiento totalmente diferente del que era en su propio hogar. Sus modales ahora, aunque no refinados, eran más que aceptables: eran agradables, animados, varoniles; sus manifestaciones eran las de un padre afectuoso y un hombre sensible; su voz fragorosa sonaba muy bien al aire libre, y no se le oyó una sola blasfemia. Tal vez fue una instintiva deferencia a los modales educados del señor Crawford; y fuera cual fuese la consecuencia, Fanny se sintió infinitamente aliviada.
El punto final al intercambio de cortesías entre los dos caballeros lo puso el ofrecimiento del señor Price a llevar al señor Crawford al arsenal, cosa que el señor Crawford mostró gran deseo de aceptar como favor, tal como pretendía ser, aunque lo había visto ya infinidad de veces; y con la esperanza de estar más tiempo con Fanny, se mostró dispuesto a aprovechar la oportunidad, si las señoritas Price no tenían miedo de cansarse; y tras averiguar de uno u otro modo, o inferir, o suponer, que no lo tenían en absoluto, al arsenal decidieron ir todos; y si no hubiera sido por el señor Crawford, desde allí mismo habría ido el señor Price, sin la menor consideración a los recados de sus hijas en High Street. No obstante, permitió que entraran estrictamente en las tiendas que tenían que visitar; lo cual no las entretuvo mucho, porque Fanny soportaba tan poco que se impacientasen por ella, o que la estuviesen esperando, que antes de que los caballeros, en la puerta, empezaran a hablar del nuevo reglamento de la marina o se pusieran de acuerdo sobre el número de navíos de tres andanas que ahora había en comisión, sus compañeras estuvieron listas para proseguir.
Ahora debían dirigirse inmediatamente al arsenal; y si hubiese permitido que el señor Price decidiera, habrían realizado el recorrido de manera singular —a juicio del señor Crawford—; porque según veía, dejaba que las dos jóvenes les siguieran como podían, mientras ellos iban casi a paso ligero. El señor Crawford lograba introducir de vez en cuando algo de reposo, aunque de ningún modo todo el que él habría deseado: se negaba absolutamente a ir separado de ellas; y cuando pasaban algún cruce o atravesaban algún grupo de gente, mientras el señor Price se limitaba a decir: «Vamos, chicas; vamos, Fan; vamos, Sue; id con cuidado; mirad bien», él les prestaba su especial asistencia.
Una vez dentro del arsenal, empezó a abrigar esperanzas de tener algún feliz intercambio con Fanny, al unírseles muy pronto un camarada de haraganería del señor Price que había acudido a ver, como todos los días, cómo marchaban los trabajos, y que sin duda era mucho más digno compañero que él; y al cabo de un rato, los dos suboficiales parecían satisfechísimos de pasear juntos y discutir cuestiones de común e inagotable interés, mientras los jóvenes se sentaban en unas vigas del astillero, o encontraban asiento a bordo de una nave de la grada que visitaban todos juntos. Fanny precisamente necesitaba descansar. Crawford no podía haberla deseado más fatigada o más dispuesta a sentarse; aunque sí habría querido que se fuera su hermana. Una jovencita como Susan, fijona y de esa edad, era la peor acompañante del mundo: diametralmente opuesta a lady Bertram, era toda ojos y oídos; de manera que no había forma de abordar la cuestión principal delante de ella. Debía contentarse con mostrarse agradable, y dejar que Susan participara del entretenimiento, dirigiendo de vez en cuando alguna mirada o alguna alusión a Fanny, más enterada y sabedora. El tema que más dio de sí fue Norfolk; acababa de estar allí un tiempo, y todo lo relacionado con Norfolk estaba adquiriendo importancia debido a sus planes actuales. Un hombre como él no podía llegar de un sitio o de una reunión sin sacar algo gracioso que contar; sus viajes y sus amistades le fueron de utilidad, y Susan se divirtió de una forma enteramente nueva para ella. Para Fanny, sus palabras contenían algo más que la amenidad anecdótica de las fiestas en las que había estado. Expuso —para que ella juzgase— la razón concreta de su viaje a Norfolk en esta época inusual del año. Había ido por un asunto muy serio, relativo a la renovación de un arrendamiento en el que estaba en juego la situación de una familia numerosa y —creía él— trabajadora. Había sospechado que su administrador se traía algún manejo bajo cuerda, que pretendía hacerle ver que no se merecía esa renovación; así que había decidido ir personalmente e indagar a fondo el caso. Había ido; había hecho incluso más bien del que había previsto; había sido más útil de lo que había calculado; y ahora podía congratularse de ello, y comprobar que cumpliendo su deber había ganado gratos recuerdos para su propio espíritu. Había visitado arrendatarios a los que no había visto antes; había empezado a conocer casas cuya existencia —aunque estaban en sus tierras— desconocía hasta este momento. Todo esto iba dirigido, y bien dirigido, a Fanny. Le agradaba oírle hablar tan acertadamente; aquí, había obrado como debía. ¡Ser amigo de los pobres y de los oprimidos! Nada podía ser más grato a Fanny; y estaba a punto de concederle una mirada de aprobación, cuando la asustó al añadir algo demasiado insinuante sobre su esperanza de tener pronto una ayuda, un amiga, una guía en todos los planes útiles o caritativos para Everingham, alguien que hiciese de Everingham y su contorno algo más caro de lo que había sido hasta ahora.
Fanny apartó la mirada, y deseó que no dijera tales cosas. Estaba dispuesta a reconocerle mejores cualidades de las que solía suponerle. Empezaba a vislumbrar la posibilidad de que se revelara buena persona al final; pero eran y seguirían siendo incompatibles, y no debía pensar en ella.
El señor Crawford se dio cuenta de que había hablado bastante de Everingham y que convenía cambiar de conversación, así que empezó con Mansfield. No podía haber elegido nada mejor: fue un tema que atrajo casi instantáneamente la atención y la mirada de Fanny. Para ella, era una auténtica satisfacción escuchar o comentar cosas de Mansfield. Llevaba tanto tiempo separada de cuantos conocían el lugar que le pareció la voz de un amigo cuando mencionó ese nombre, propiciando las afectuosas exclamaciones de ella en alabanza de sus bellezas y comodidades; y al rendir él homenaje a sus habitantes, permitió que ella gratificara su propio corazón con el más encendido elogio, hablando de su tío como el ser más bueno e inteligente, y de su tía como el más dulce de los temperamentos.
También él tenía mucho cariño a Mansfield; así lo dijo; y esperaba vivamente pasar mucho, muchísimo tiempo allí… Allí, o cerca. En particular, contaba con pasar este año un verano y un otoño muy felices en Mansfield; presentía que iban a serlo; confiaba en ello: serían un verano y un otoño infinitamente superiores a los del año anterior. Igual de animados, igual de variados y acompañados… pero en circunstancias indeciblemente superiores.
—Mansfield, Sotherton, Thornton Lacey —prosiguió—, ¡qué sociedad abarcarán esas casas! Y quizá pueda sumarse una cuarta el día de San Miguel, algún pequeño pabellón de caza, en la vecindad de todos estos lugares entrañables; en cuanto a la incorporación de Thornton Lacey, como Edmund Bertram propuso jovialmente una vez, me parece vislumbrar dos objeciones; dos claras, excelentes e irresistibles objeciones a tal plan.
Aquí Fanny enmudeció doblemente; aunque pasado el momento lamentó no haber manifestado que había entendido la mitad de lo que había insinuado, y no haberle animado a decir algo más de su hermana y Edmund. Era un tema sobre el que debía aprender a hablar, y la debilidad que la hacía rehuirlo no tardaría en ser totalmente imperdonable.
Tan pronto como el señor Price y su amigo vieron o tuvieron tiempo de ver lo que querían, los otros estuvieron dispuestos a regresar; y durante el trayecto, el señor Crawford logró un aparte de un minuto para decirle a Fanny que el único interés que le había traído a Portsmouth era verla, que había venido a estar un par de días por ella y sólo por ella, porque no podía soportar más tiempo una total separación. Fanny lo sentía, lo sentía sinceramente; sin embargo, pese a ésta y a otras dos o tres cosas que hubiera preferido no oírle decir, notaba que en conjunto había mejorado desde la última vez que le había tenido delante: era mucho más amable, atento y considerado con los sentimientos de los demás de lo que había sido en Mansfield; nunca le había visto tan agradable… tan cerca de ser agradable; la actitud con su padre no era ofensiva, y había una especial afabilidad y corrección en el caso que hacía a Susan. Decididamente, había mejorado. Deseó que hubiera pasado ya el día siguiente, deseó que hubiera venido sólo por un día… Pero no se sentía tan mal como había pensado: ¡la dicha de hablar de Mansfield había sido inmensa!
Antes de separarse, tuvo que agradecerle otra satisfacción nada pequeña. Su padre le pidió que les hiciera el honor de cenar cordero con ellos, y Fanny sólo tuvo tiempo de experimentar un estremecimiento de horror, antes de que él declarase que se lo impedía un compromiso. Tenía comprometida la cena de ese día y la del siguiente: se había encontrado con un conocido en el Corona al que no había podido negarse; sin embargo, tendría el honor de pasar a visitarlos otra vez por la mañana, etc. Y se despidieron… ¡Fanny verdaderamente feliz de haberse librado de tan horrible trance!
¡Habría sido espantoso haberle tenido en la cena familiar, y que hubiera visto él todas sus deficiencias! Los guisos de Rebeca y su manera de atender la mesa, y Betsey comiendo sin moderación, tocándolo todo para escoger, era algo a lo que la propia Fanny no estaba lo bastante acostumbrada para que la comida se le hiciera muchas veces soportable. Ella sólo tenía una delicadeza natural; pero él se había educado en la escuela del lujo y del epicureísmo.