Fanny estuvo acertada al no esperar ahora recibir noticias de la señorita Crawford al ritmo rápido con que habían iniciado ambas su correspondencia; la siguiente carta de Mary le llegó tras un intervalo notablemente más largo que el anterior, pero no lo estuvo al suponer que ese intervalo sería un gran alivio para ella. ¡Aquí su manera de pensar sufrió una extraña revolución! Se alegró sinceramente de recibir la carta cuando llegó. En su actual exilio de la buena sociedad, y alejamiento de todo lo que era de interés para ella, una carta de alguien que pertenecía al grupo donde vivía su corazón, escrita con afecto, y con cierta elegancia, era perfectamente aceptable. Alegó la habitual excusa de compromisos cada vez más numerosos para no haberle escrito antes, «y ahora que empiezo ésta —proseguía la carta—, no creo que merezca la pena que la lea, porque no llevará al final una pequeña ofrenda de amor, ni tres o cuatro líneas passionnées del H. C. más devoto del mundo, puesto que Henry está en Norfolk; ciertos asuntos le reclamaron a Everingham hace diez días; o tal vez ha puesto el pretexto de que se le reclamaba para viajar al mismo tiempo que usted. El caso es que está allí; y a propósito, su ausencia puede explicar suficientemente la pereza de su hermana en escribir, dado que ya no hay ningún “Bueno, Mary, ¿cuándo vas a escribir a Fanny?”, o “¿no es hora de que escribas a Fanny?”, con que espolearme. Por fin, después de varios intentos, he visto a sus primas, a “la querida Julia y la queridísima señora Rushworth”; me encontraron en casa ayer, y nos alegramos de volver a vernos. Parecíamos muy contentas de estar juntas otra vez, y creo sinceramente que lo estábamos un poco. Teníamos montones de cosas que contarnos. No quiera saber la cara que puso la señora Rushworth cuando salió a relucir el nombre de usted. Yo nunca he pensado que careciera de autodominio, pero ayer no tuvo todo el que se requería. En términos generales, fue Julia la que estuvo más serena de las dos; al menos después que habláramos de usted. La señora Rushworth no recobró el color desde el momento en que me puse a hablar de “Fanny” como hablaría una hermana. Pero ya le llegará el día de poner buena cara a la señora Rushworth: tenemos invitaciones para su primera recepción, el 28. Entonces será toda una belleza, porque abrirá una de las mejores casas de Wimpole Street. Yo estuve en ella hace dos años, cuando era de lady Lascelles, y la prefiero a casi todas las que conozco de Londres. Entonces se dará cuenta (para utilizar una frase vulgar) de que ha merecido el precio, desde luego. Henry no habría podido permitirse una casa así. Espero que lo tenga presente, y se sienta satisfecha, como bien puede sentirse, con ser la reina de un palacio, aunque quizá sea mejor que el rey permanezca en segundo plano; y como no tengo ningún deseo de atormentarla, no volveré a citar el nombre de usted en su presencia. Ya se serenará poco a poco. A juzgar por lo que oigo y sospecho, el barón Wildenhaim continúa dedicando sus atenciones a Julia, aunque no sé si cuenta con algún incentivo serio. Julia debería escoger mejor. Un honorable pobre no es ningún partido, y no puedo suponer que sea cuestión de gusto en este caso, porque aparte de palabrería, el pobre barón no tiene nada. ¡Qué pena que no posea unas rentas tan grandes como sus peroratas! Su primo Edmund se lo toma con calma; probablemente le retienen las obligaciones de la parroquia. Tal vez tiene en Thornton Lacey alguna vieja que convertir. No quiero imaginarme abandonada por una joven. Adiós, mi querida y dulce Fanny, esta larga carta le llega de Londres; contésteme con una carta preciosa que alegre los ojos de Henry, cuando regrese, y mándeme una relación de todos los capitanes apuestos y jóvenes que desdeña por él».
Había en esta carta mucha materia para la meditación, y en especial para la meditación poco grata; sin embargo, con toda la inquietud que le producía, la ponía en relación con los ausentes, le hablaba de personas y cosas sobre las que nunca había sentido tanta curiosidad como ahora, y le habría alegrado poder recibir una carta así todas las semanas. Lo único que podía interesarle más era la correspondencia con su tía Bertram.
En cuanto a amistades en Portsmouth que la compensasen de las carencias del hogar, no conocía en el círculo de sus padres a nadie que le proporcionase la más pequeña satisfacción; no veía a nadie por quien pudiera desear vencer su propia timidez y reserva. Los hombres le parecían todos rudos, las mujeres, todas impertinentes, y la gente en general, toda maleducada; y en su trato con viejas y nuevas amistades proporcionaba ella tan escaso contento como el que recibía. Las damas jóvenes que al principio se acercaron a ella con cierto respeto en consideración a que venía de la familia de un baronet se sintieron muy pronto ofendidas por lo que llamaron «aires», pues dado que ni tocaba el piano ni vestía finas pellizas, tras observarla con más detenimiento, le negaron cualquier derecho de superioridad.
El primer consuelo que Fanny recibió en medio de los males del hogar, el primero que su juicio aprobó enteramente, y que prometía ser duradero, lo encontró en el mejor conocimiento de Susan, y la esperanza de poder ayudarla. Susan siempre se había portado amablemente con ella, pero sus maneras decididas la habían asombrado y llenado de alarma, y transcurrieron lo menos dos semanas antes de que empezara entrever un carácter totalmente distinto del suyo propio. Susan veía que había muchas cosas mal en casa, y pretendía enmendarlas. No tenía nada de extraño que una muchacha de catorce años, al actuar sin otra ayuda que la de su propio juicio, errase en el modo de corregir; y no tardó Fanny en mostrarse más dispuesta a admirar la luz natural de una razón que a tan temprana edad sabía distinguir rectamente, que a censurar con severidad los errores de conducta que esa luz acarreaba. Susan sólo obraba movida por las mismas verdades y seguía el mismo método que la propia Fanny reconocía, pero que su temperamento más dúctil y complaciente se habría abstenido de imponer. Susan trataba de ser útil, donde ella sólo habría sido capaz de marcharse a llorar. Y veía que Susan era útil: observaba que si bien las cosas estaban mal, habrían estado peor sin ella, y que tanto su madre como Betsey evitaban, por Susan, ciertos excesos de vulgaridad y tolerancia realmente escandalosos.
En todas las discusiones con su madre, Susan tenía la razón de su parte, y no había ternura maternal que la hiciera claudicar. Era ajena a ese cariño ciego que estaba continuamente produciendo daño a su alrededor. No guardaba ninguna gratitud por el afecto pasado o presente que la hiciese tener paciencia con los excesos de los demás.
Todo esto se fue haciendo poco a poco evidente, y poco a poco fue apareciendo Susan ante su hermana como un ser digno de respeto y de compasión. Fanny no podía dejar de ver, sin embargo, que su actitud era equivocada; a veces, muy equivocada; que sus medidas estaban mal escogidas y eran inoportunas, y que sus modos y sus palabras eran muy a menudo injustificables. Pero empezaba a tener esperanza de poder corregir todo eso. Se daba cuenta de que Susan la miraba deseosa de merecer buena opinión; y si bien para Fanny era nuevo eso de ejercer autoridad, y nuevo imaginarse capaz de guiar o formar a nadie, resolvió hacer a Susan alguna sugerencia de vez en cuando, y esforzarse en practicar, para su beneficio, las nociones más justas para los demás, y más discretas para ella, que su educación más escogida le había inculcado.
Su influencia —o al menos la conciencia y el uso de ella— empezó con un gesto de amabilidad, por parte de Susan, que tras muchas vacilaciones se decidió a hacer finalmente. Se le había ocurrido muy pronto que una pequeña cantidad de dinero podía restablecer definitivamente la paz, quizá, en la penosa disputa del cortaplumas de plata, que ahora salía a relucir a cada momento, y que la riqueza de que era dueña —puesto que su tío le había dado diez libras al despedirse— le permitía ser todo lo generosa que quisiera. Pero estaba tan poco habituada a otorgar favores salvo a los muy pobres, tenía tan poca práctica en suprimir males y conceder bondades entre sus iguales, y tenía tanto temor a parecer que se las daba de gran señora en su casa, que tardó algún tiempo en concluir que no sería desacertado hacer tal regalo. Por fin lo hizo: compró un cortaplumas de plata para Betsey, y Betsey lo aceptó entusiasmada; y el hecho de ser nuevo le dio sobre el otro todas las ventajas que podía haber deseado; Susan tomó plena posesión del suyo, y Betsey proclamó generosamente que ahora que tenía uno mucho más bonito, no querría ése nunca más… sin que mereciera ningún reproche por parte de la madre igualmente satisfecha, cosa que a Fanny casi le pareció irremediable. La acción tuvo completo efecto: puso fin a un germen de disputas domésticas y fue el medio de que Susan le abriese el corazón y le brindara algo más que amar y por lo que interesarse. Susan le demostró que tenía delicadeza: complacida como estaba de ser dueña de una propiedad por la que había estado luchando lo menos dos años, temía sin embargo que su hermana la juzgara mal, y que pensara reprenderla por haber llevado su disputa al extremo de hacer necesaria la compra para tranquilidad de la casa.
Tenía un carácter franco. Confesó su temor, se culpó a sí misma de haberse peleado tan acaloradamente; y Fanny, al comprender desde esa hora el valor de su fondo, y ver lo dispuesta que estaba a ganarse su buena opinión y a consultarla en todo, empezó a sentir otra vez la bendición del afecto, y a abrigar la esperanza de ser útil a un espíritu tan necesitado de ayuda, y tan merecedor de ella. Le dio consejos; consejos demasiado acertados para que los rechazara un buen entendimiento; y se los daba muy suave y discretamente para no irritar su carácter imperfecto; y no pocas veces tuvo la dicha de observar sus buenos efectos; no esperaba más; ya que, aunque veía la obligación y oportunidad de la sumisión y la paciencia, veía también con profunda comprensión que todo esto debía crispar perpetuamente a una adolescente como Susan. Su mayor sorpresa a este respecto fue, muy pronto, no que Susan se impacientara y se rebelara contra lo que sabía que estaba bien, sino que tuviera esa conciencia de lo que estaba bien, que tuviera esos buenos principios; y que habiéndose criado en medio del abandono y el error, hubiera adquirido opiniones tan justas de lo que debe ser… ella que no tenía un primo que dirigiese sus pensamientos y le inspirase sus principios.
La intimidad así iniciada entre las dos supuso una ventaja material para ambas. Sentadas arriba, evitaban gran parte del alboroto de la casa; Fanny tenía tranquilidad, y Susan aprendía a no considerar una desgracia hacer alguna cosa con sosiego. No tenían fuego; pero ésa era una privación a la que Fanny estaba acostumbrada; y dado que le recordaba la habitación del este, se le hacía más soportable. Pero era el único punto de semejanza. En espacio, luz, mobiliario y vistas, los dos aposentos eran totalmente diferentes; y a menudo exhalaba un suspiro, cuando le venía el recuerdo de todos los libros y cajas y comodidades que allí tenía. Poco a poco, las dos hermanas se habituaron a pasar arriba la mayor parte de la mañana, al principio trabajando y hablando; pero al cabo de unos días, el recuerdo de los libros se le hizo a Fanny tan fuerte y acuciante que le fue imposible no intentar procurarse algunos. En casa de su padre no había libros; pero el dinero es lujoso y atrevido, y algo del suyo fue a parar a una biblioteca circulante. Se hizo suscriptora…, asombrada de ser algo por sí misma, asombrada de todas sus actividades: ¡alquilar, elegir libros! ¡Y conseguir el perfeccionamiento de alguien con esta elección! Pero así era. Susan no había leído nada, y Fanny anhelaba proporcionarle lo que habían sido sus primeros placeres, e inspirarle el gusto por las biografías y la poesía, que tanto la hacían disfrutar a ella.
Con esta ocupación esperaba, además, enterrar ciertos recuerdos de Mansfield demasiado propensos a absorberle el pensamiento cuando sólo tenía los dedos en actividad; y en esta época, sobre todo, esperaba que le ayudase a evitar que su pensamiento siguiese a Edmund a Londres, adonde sabía que había ido por la autoridad de la última carta de su tía. No le cabía duda de cuál sería el resultado. Sobre su cabeza pendía la prometida notificación. La llamada del cartero en los portales vecinos empezaba a traerle diariamente terrores… y si la lectura podía desterrar tal idea aunque sólo fuera media hora, algo habría ganado.