De haber conocido sir Thomas los sentimientos de su sobrina cuando escribió la primera carta a su tía, no habría desesperado; porque aunque un buen descanso por la noche, una mañana agradable, la esperanza de ver pronto otra vez a William y la relativa tranquilidad de la casa —dado que Tom y Charles se habían ido a la escuela, Sam a algún asunto personal, y el padre a sus vagabundeos habituales— le permitieron contarle con alegría cosas de la casa, había para su conciencia perfecta muchos defectos que callaba. De haber conocido la mitad siquiera de lo que sentía antes de acabar la semana, habría pensado que el señor Crawford la tenía asegurada, y se habría sentido satisfecho de su propia sagacidad. Antes de concluir la semana, todo era desencanto. En primer lugar, William se había ido. La Thrush había recibido las órdenes, el viento había cambiado, y William se había hecho a la mar a los cuatro días de llegar los dos a Portsmouth; y aun en esos días le había visto sólo dos veces, brevemente y con prisas, al bajar él a tierra con alguna misión. Ni habían conversado a gusto, ni habían paseado por los muelles, ni habían visitado el arsenal, ni había visto ella la Thrush: no habían hecho nada de cuanto habían planeado y confiaban hacer. En ese aspecto, le había fallado todo, salvo el afecto de William: su último pensamiento al marcharse de casa había sido para ella. Dio la vuelta cuando se iba y se acercó a la puerta para decir: «Cuide de Fanny, madre. Es sensible, y no está acostumbrada a las asperezas como el resto de nosotros. Le encarezco que cuide de Fanny».
William se había ido; y el hogar en el que la había dejado era —Fanny no podía ocultárselo a sí misma—, en casi todos los sentidos, lo contrario de lo que habría deseado. Era la morada del ruido, el desorden y la falta de corrección. Nadie ocupaba el sitio que le correspondía, y nada se hacía como es debido. No podía sentir respeto por sus padres como había esperado. En cuanto a su padre, no se había hecho muchas ilusiones acerca de él, pero era más desatento con su familia, sus hábitos eran peores y sus modales más rudos de lo que había calculado. No carecía de inteligencia; pero no tenía curiosidad, ni otros conocimientos que los de su profesión; sólo leía el periódico y la lista de barcos; sólo hablaba del arsenal, del puerto, de Spithead y de la Motherbank; juraba y bebía, era sucio y grosero. Fanny no recordaba que hubiera tenido nunca un gesto que se aproximara a la ternura con ella. Sólo conservaba una impresión general de rudeza y vulgaridad; y ahora casi ni se fijaba en ella, si no era para gastarle alguna broma de mal gusto.
Su decepción respecto a su madre aún fue mayor; ahí había esperado mucho, y no había encontrado casi nada. Toda idea halagüeña de ser importante para ella se le vino abajo muy pronto. La señora Price no era adusta, pero en vez de granjearse el afecto y la confianza de su hija, y hacerse querer cada vez más, ésta no obtuvo de ella más grandes muestras de amabilidad que las que recibió el día de su llegada. La señora Price satisfizo muy pronto su instinto natural, y su afecto no tenía otra fuente. El corazón y el tiempo los tenía ya completamente ocupados; no disponía de un momento ni de un afecto que poder dedicar a Fanny. Nunca habían representado mucho sus hijas para ella. Adoraba a los chicos, especialmente a William; aunque la hija por la que más debilidad había mostrado siempre era Betsey. Con ella, su tolerancia rayaba en la insensatez. William era su orgullo; Betsey, su debilidad; y John, Richard, Sam, Tom y Charles ocupaban el resto de su natural solicitud, y unas veces eran su preocupación y otras su consuelo. Ellos eran los que se repartían su corazón; en cuanto a su tiempo, lo dedicaba sobre todo a la casa y a las criadas. Se pasaba los días en una especie de lento ajetreo: siempre ocupada sin adelantar, siempre retrasada, y siempre quejándose de ese retraso sin cambiar de método; deseando economizar, pero sin orden ni regularidad; descontenta con las criadas, pero sin habilidad para hacer que mejorasen; y tanto si las ayudaba como si las regañaba o era tolerante con ellas, jamás lograba ganarse su respeto.
De las dos hermanas, la señora Price se parecía mucho más a lady Bertram que a la señora Norris. Era administradora por necesidad, sin la inclinación de la señora Norris a ello, y sin su actividad. Tenía un natural indolente y tranquilo como lady Bertram; y habría ido mucho más con su carácter una posición holgada y ociosa como la de ella, que los esfuerzos y sacrificios a que su imprudente matrimonio la había arrastrado. Podía haber hecho de mujer importante tan bien como lady Bertram; en cambio la señora Norris habría sido una madre de nueve hijos, con una renta reducida, más respetable.
Fanny se daba cuenta de todo esto. Quizá no se atrevía a abrir la boca, pero tenía que ver, y veía, que su madre era parcial y arbitraria, holgazana y desaliñada, que ni enseñaba ni reprendía a sus hijos, y cuya casa era de principio a fin escenario de la desorganización y la incomodidad, que carecía de talento, de conversación y de afecto por ella, y no tenía curiosidad por conocerla mejor, ni deseo de intimar, ni inclinación por su compañía que mitigasen dichas impresiones.
Fanny deseaba ser útil, y no dar la impresión de que estaba por encima de su casa, o poco dispuesta —por su educación ajena— a contribuir al bienestar general; así que se puso inmediatamente a trabajar para Sam; y trabajando de la mañana a la noche, con gran diligencia y aplicación, avanzó tanto que el chico embarcó finalmente con más de la mitad de su ropa blanca preparada. Fanny estaba muy contenta sintiéndose útil, pero no concebía cómo se las habrían arreglado sin ella.
Aunque Sam era altanero y vociferante, Fanny lo sintió bastante cuando se marchó; porque era avispado e inteligente, y hacía contento cualquier recado a la ciudad; y a pesar de que desdeñaba las reconvenciones —muy razonables— que Susan le hacía con ardor inoportuno e impotente, empezaba a acusar la influencia de los oficios de Fanny y sus amables opiniones; ésta se dio cuenta de que con él se había ido el mejor de los tres más jóvenes; Tom y Charles distaban al menos tantos años de él como de esa edad de sentimiento y razón que inclina a hacer amigos y a esforzarse en ser menos desagradable. No tardó la hermana en desesperar de producir la menor impresión en ellos; eran totalmente imposibles de domesticar por ningún procedimiento que tuviera ánimos o tiempo de acometer. Cada tarde traía el retorno a la casa de sus juegos alborotados; y muy pronto aprendió Fanny a suspirar cuando se avecinaba el medio día de asueto de los sábados.
Casi estaba dispuesta a desistir también de querer y ayudar a Betsey, niña mimada, enseñada a ver el alfabeto como su mayor enemigo, a la que dejaban a merced de las criadas y luego alentaban para que informase de sus desaguisados. Y en cuanto al temperamento de Susan, tenía muchas dudas: las continuas diferencias con su madre, su peleas furibundas con Tom y con Charles, su petulancia con Betsey, eran tan desagradables para Fanny que, aun reconociendo que no carecían de provocación, temía que el genio que las llevaba a tales extremos estuviera lejos de ser amable y de proporcionar tranquilidad.
Éste era el hogar que debía quitarle Mansfield de la cabeza y enseñarla a pensar en su primo Edmund con sentimientos moderados. Al contrario, no pensaba más que en Mansfield, en sus amados habitantes y sus modales felices. Donde estaba ahora todo contrastaba enormemente con aquella vida. La elegancia, la corrección, la regularidad, la armonía… y quizá, por encima de todo, la paz y la tranquilidad de Mansfield, le venían a la memoria a cada hora del día, evocadas por el predominio, aquí, de cuanto era contrario.
Vivir en el ruido incesante era, para un cuerpo y un temperamento delicados y nerviosos como los de Fanny, un mal que ninguna elegancia o armonía sobreañadida habría podido compensar enteramente. Ése era su sufrimiento más grande. En Mansfield no se oían disputas, ni voces, ni explosiones repentinas de malhumor, ni sonaban jamás pasos precipitados o violentos; todo discurría con un orden alegre y regular; todo el mundo tenía su debida importancia; a todo el mundo se le consultaba su sentir. Si alguna vez se presumía que faltaba el afecto, el buen sentido y la buena crianza venían a suplirlo; y en cuanto a los pequeños enfados que a veces introducía tía Norris, eran breves, eran insignificantes, eran como una gota de agua en el océano, comparados con el tumulto incesante de su morada actual. Aquí, todo el mundo era ruidoso, todas las voces eran fuertes —salvo la de su madre, quizá, que tenía la suave monotonía de la de lady Bertram, aunque quejumbrosa—; cualquier cosa que se necesitara se pedía a gritos, y las criadas se excusaban a gritos desde la cocina. Las puertas daban continuos golpazos, la escalera no descansaba, nada se hacía sin estrépito, nadie se estaba quieto sentado, y nadie lograba que le escuchasen cuando hablaba.
Comparando las dos casas, según le parecían antes de finalizar la semana, Fanny se sintió tentada de aplicarles la célebre sentencia del doctor Johnson sobre el matrimonio y el celibato, y decir que aunque Mansfield Park tenía algunas penas, Portsmouth no tenía ninguna alegría.