Una vez que Mansfield Park quedó bastante atrás, la novedad de viajar y la dicha de estar con William no tardaron en producir su efecto natural en el ánimo de Fanny; y cuando concluyó la primera etapa y dejaron el carruaje de sir Thomas, pudo despedirse del viejo cochero y darle los mensajes oportunos con la cara alegre.
Era inacabable la grata conversación que sostenían el hermano y la hermana. Todo producía regocijo al espíritu jovial de William, que no paraba de hacer comentarios desenfadados y graciosos en los intervalos entre temas de más entidad, todo lo cual terminaba, si es que no empezaba, con un elogio a la Thrush, conjeturas sobre cuál sería su destino, estratagemas para un eventual enfrentamiento con una fuerza superior, lo que (en el supuesto de que cayera el primer teniente; William no tenía mucha compasión con el primer teniente) le haría acceder al siguiente escalón lo antes posible, o especulaciones sobre su parte en las presas, que distribuiría generosamente en casa, reservándose sólo lo suficiente para una casita confortable en la que Fanny y él pasarían juntos los años maduros y la vejez.
Las preocupaciones inmediatas de Fanny, las que tenían que ver con el señor Crawford, no formaron parte de su conversación. William sabía lo ocurrido, y lamentaba profundamente que fueran tan fríos los sentimientos de su hermana respecto al hombre que él debía anteponer a todos los seres humanos; pero estaba en una edad en que el amor lo era todo, y por tanto era incapaz de censurar; y sabiendo cuál era el deseo de ella al respecto, no quería afligirla con la más ligera alusión.
Fanny tenía motivos para suponer que el señor Crawford no la había olvidado aún: había recibido repetidamente noticias de la hermana durante las tres semanas transcurridas desde que se fueron de Mansfield, y cada carta había traído unas líneas de él, cálidas y decididas como sus discursos. Era una correspondencia que Fanny encontraba tan poco grata como había temido. El estilo de la señorita Crawford, vivo y afectuoso, era un trago, aparte de lo que se veía obligada a leer de la pluma del hermano; porque Edmund no descansaba hasta que no le había leído la mayor parte de la carta de él; y luego tenía que oírle admirar el estilo de ella y el calor de sus afectos. A decir verdad, había tantos mensajes, tantas alusiones, tantos recuerdos y tanto Mansfield en cada carta, que Fanny no podía sino suponer que estaban escritas con intención de que llegaran a Edmund. Y era cruel y mortificante verse obligada a cumplir un propósito de este género, y empujada a mantener una correspondencia que le traía las solicitudes del hombre que no amaba, y la obligaba a prestar ayuda a la pasión adversa del que sí amaba. En esto, también, su actual marcha prometía ser beneficiosa. No estando ya bajo el mismo techo que Edmund, confiaba en que la señorita Crawford no tendría motivos lo bastante fuertes para escribir como para superar la molestia; y en Portsmouth, su correspondencia se iría extinguiendo.
Con estos y otros mil pensamientos más proseguía Fanny su viaje, contenta y segura, y con la celeridad que lógicamente cabía esperar en un embarrado mes de febrero. Entraron en Oxford, pero sólo pudieron echar una ojeada fugaz al colegio de Edmund cuando pasaron por delante, y no se detuvieron en ningún sitio hasta que llegaron a Newbury, donde una comida reconfortante, que juntó el almuerzo con la cena, puso fin a los gozos y fatigas de la jornada.
La mañana siguiente les vio ponerse en camino otra vez a hora temprana; y, sin percances ni demoras, hicieron el trayecto con regularidad y estuvieron en las afueras de Portsmouth cuando aún quedaba luz para que Fanny pudiese mirar en torno suyo, y admirarse de los nuevos edificios… Cruzaron el puente levadizo y entraron en la ciudad; empezaba la luz a declinar cuando, a una voz poderosa de William, se metieron con estrépito por un callejón que salía de la calle mayor, y se detuvieron ante la puerta de una casa pequeña, donde ahora residía el señor Price.
Fanny era toda nervios y agitación, toda esperanza y temor. En cuanto se detuvieron, se acercó una criada con pinta desastrada que al parecer los esperaba en la puerta; y más interesada en dar la noticia que en prestar ayuda, empezó inmediatamente: «La Thrush ha salido de puerto, señor; y uno de los oficiales ha estado aquí…». La interrumpió un chico alto y guapo de once años que, saliendo precipitadamente de la casa, apartó de un empujón a la criada y, al tiempo que William abría la portezuela, exclamó:
—Llegas a tiempo. Hace media hora que te estamos esperando. La Thrush ha salido de puerto esta mañana. La he visto. Es una preciosidad. Creen que recibirá órdenes dentro de un día o dos. El señor Campbell ha pasado por aquí a las cuatro, a buscarte. Tiene uno de los botes de la Thrush, y volverá a bordo a las seis; esperaba que llegaras a tiempo para regresar con él.
Una mirada o dos a Fanny, mientras William la ayudaba a bajar del coche, fue toda la atención que este hermano le concedió voluntariamente; pero no se opuso a que le diese un beso, aunque aún seguía dando detalles de la salida de puerto de la Thrush, en la que tenía todo el derecho a interesarse, puesto que en ella iba a iniciar su profesión marinera, y precisamente esta vez.
Un momento después estaba Fanny en la estrecha entrada de la casa, y en brazos de su madre, que la recibió allí con muestras de sincera ternura y con un semblante que a Fanny le pareció adorable; tanto más cuanto que le trajo el recuerdo del de lady Bertram. Estaban también sus dos hermanas, Susan, una preciosa jovencita ya de catorce años, y Betsey, la pequeña de la familia, de cinco: las dos contentas de verla, aunque sin gran corrección de modales en saludarla. Pero Fanny no necesitaba de modales. Con que la quisieran, se daba por satisfecha.
A continuación la condujeron a un salón tan pequeño que al principio creyó que sólo se trataba de una pieza de paso o poco más, y se quedó un momento esperando a que la invitaran a seguir; pero cuando vio que no había otra puerta, y que había signos de que la ocupaban, recapacitó, se reprendió a sí misma y la asaltó el temor de que se hubieran dado cuenta. Su madre, sin embargo, no había estado el suficiente tiempo para sospechar nada. Había vuelto al portal para recibir a William.
—¡Ah, mi querido William, qué alegría verte! Pero ¿te has enterado de lo de la Thrush? Ha salido ya de puerto, tres días antes de lo previsto; y yo no sé qué hacer con las cosas de Sam, no las va a tener preparadas a tiempo, porque seguramente recibirá las órdenes mañana. Me coge completamente desprevenida. Ahora debes ir a Spithead. Campbell ha estado aquí, bastante preocupado por ti; y ahora, ¿qué vamos a hacer? Yo esperaba que pasaríamos una agradable velada contigo, y de repente me viene todo a la vez.
Su hijo le contestó alegremente, diciendo que todo salía siempre de la mejor manera, y quitándole importancia a la contrariedad de tener que irse tan deprisa.
—Por supuesto, hubiera preferido que siguiera en puerto para poder quedarme tranquilamente unas horas con vosotros; pero dado que hay un bote esperando en tierra, será mejor que me vaya enseguida; no tengo más remedio. ¿En qué parte de Spithead está fondeada la Thrush? ¿Cerca del Canopus? Bueno, no importa. Fanny está en el salón. ¿Por qué estamos nosotros aquí en el pasillo? Vamos, madre; casi no ha visto usted a su querida Fanny.
Entraron los dos; y tras besar otra vez cariñosamente a su hija y comentar lo crecida que estaba, la señora Price empezó, con muy natural solicitud, a preocuparse por las fatigas y necesidades de los viajeros.
—¡Pobrecitos! ¡Lo cansados que debéis de estar! ¿Qué vais a tomar? Empezaba a creer que no llegaríais nunca. Betsey y yo llevábamos media hora esperando. ¿Desde cuándo no habéis comido? ¿Qué queréis tomar ahora? No sabía si querríais comer o sólo tomar un tazón de té, después del viaje; si no, os habría preparado algo. Y ahora, tengo miedo de que se presente Campbell antes de que me dé tiempo a prepararte un filete, aparte de que no hay ningún carnicero cerca. Es muy incómodo que no haya carnicero en esta calle. Vivíamos mejor en nuestra anterior casa. Tal vez querréis té, en cuanto esté preparado.
Los dos declararon que lo preferían a ninguna otra cosa.
—Entonces, Betsey, cariño, corre a la cocina a ver si Rebeca ha puesto el agua a calentar; y dile que traiga el servicio del té cuando pueda. Me habría gustado tener arreglada la campanilla… Pero Betsey es muy eficiente con los pequeños recados.
Betsey salió con diligencia, orgullosa de mostrar sus habilidades ante su nueva y refinada hermana.
—¡Válgame Dios! —prosiguió la madre, atribulada—, qué fuego más mísero tenemos, y seguro que venís muertos de frío. Acerca más tu silla, cariño; no sé qué hace Rebeca. Estoy segura de haberle dicho hace media hora que trajera carbón. Susan, deberías haberte ocupado tú del fuego.
—Estaba arriba cambiando mis cosas, mamá —dijo Susan, defendiéndose en un tono atrevido que sobresaltó a Fanny—. Usted misma acababa de decidir que Fanny y yo ocuparíamos la otra habitación; y no he podido conseguir que Rebeca me echara una mano.
Diversas interrupciones impidieron que siguiera la discusión; primero entró el cochero para que le pagasen; luego Sam y Rebeca tuvieron una pelea sobre la manera de subir el baúl de la hermana, cosa que él quería hacer solo; y por último entró el propio señor Price, precedido de una exclamación, algo así como un juramento, al tiempo que apartaba de una patada la maleta de su hijo y la sombrerera de su hija, en medio del pasillo, y pedía una vela. Pero no le llevaron vela ninguna; y entró en la habitación.
Fanny, con sentimientos vacilantes, se había levantado para ir a su encuentro; pero se sentó otra vez al darse cuenta de que no la distinguía en la oscuridad, ni esperaba verla. Con un efusivo apretón de mano a su hijo, y una voz impaciente, empezó enseguida:
—Bienvenido a casa, muchacho. Me alegro de verte. ¿Te has enterado ya? La Thrush ha salido de puerto esta mañana. Tempranera, ella. Y por Dios que llegas a tiempo. El doctor ha estado aquí preguntando por ti; tiene uno de los botes, y saldrá para Spithead a las seis; así que convendrá que te vayas con él. He ido a casa de Turner, por tu rancho; parece que está todo más o menos arreglado. No me extrañaría que recibierais las órdenes mañana; pero no podéis zarpar con este viento, si tenéis que navegar hacia el oeste; y el capitán Walsh cree que vais a corsear hacia el oeste, con el Elephant. Por Dios que me gustaría. Pero el viejo Scholey decía hace un momento que os van a enviar primero a Texel. Bien; sea lo que sea, estamos preparados. Pero por Dios que te has perdido un espléndido espectáculo por no estar aquí esta mañana, cuando la Thrush ha salido de puerto. No me lo habría perdido yo ni a cambio de mil libras. El viejo Scholey entró corriendo cuando estábamos desayunando, a decir que había soltado amarras y estaba saliendo. Me levanté de un salto y en dos zancadas me planté en el embarcadero. Si alguna vez se ha deslizado una belleza sobre el agua, ésa es ella; y ahí, en Spithead, está fondeada. Cualquier inglés podría tomarla por un buque de veintiocho. Dos horas me he estado esta tarde en el embarcadero, contemplándola. Está fondeada al lado del Endymion; entre él y el Cleopatra, al este de la machina de arbolar.
—¡Ah! —exclamó William—, ahí es exactamente donde yo la habría puesto. Es el mejor fondeadero de Spithead. Pero aquí está mi hermana. Señor, aquí está Fanny —volviéndose y haciéndola avanzar—. Está tan oscuro que no la ve.
Tras reconocer que se había olvidado completamente de ella, el señor Price saludó ahora a su hija; y después de darle un abrazo efusivo, y comentar que se había hecho una mujer, y suponer que pronto iba a necesitar marido, pareció volverla a olvidar.
Fanny volvió a encogerse en su asiento, afligida por los comentarios y el olor a alcohol de su padre, que siguió hablando sólo a su hijo, y sólo de la Thrush; a pesar de que William, aunque sumamente interesado en ese tema, intentó más de una vez hacer que su padre pensase en Fanny, en su larga ausencia y su largo viaje.
Al cabo de un rato más, trajeron una vela; pero como no llegaba el té, ni, por la información que Betsey trajo de la cocina, había esperanza de que llegase en un tiempo razonable, William decidió ir a cambiarse de ropa, y hacer los preparativos necesarios para embarcar enseguida, a fin de poder tomar el té después con tranquilidad.
Cuando salía de la habitación entraron atropelladamente dos chicos de cara sonrosada, harapientos y sucios, como de ocho y nueve años, recién salidos de la escuela, deseosos de ver a su hermana; y contaron que la Thrush había salido de puerto. Eran Tom y Charles; Charles había nacido cuando ya Fanny se había marchado de casa; pero a Tom había ayudado a atenderle, y ahora sentía una especial alegría de verle otra vez. Se dieron un beso muy tiernamente; pero quiso retener a Tom junto a ella, intentar reconocer sus facciones de bebé que tanto le gustaban en otro tiempo, y hablarle de cómo había sido ella su preferida de pequeñito. A Tom, sin embargo, no le hacía ninguna gracia ese trato: volvía a casa no para estarse allí de pie, escuchando lo que le decían, sino para corretear y armar bullicio; y poco después los dos chicos dejaron precipitadamente a Fanny, y salieron corriendo con tal portazo que a ésta le dolieron los tímpanos.
Ahora había visto a todos los que estaban en la casa; sólo quedaban dos hermanos entre ella y Susan: uno era empleado de una oficina pública de Londres, y el otro guardia marina a bordo de un buque del servicio de las Indias Orientales. Pero aunque había visto a todos los miembros de la familia, aún no había oído todo el alboroto que eran capaces de armar: un cuarto de hora después le llegó bastante más. William se puso a llamar a su madre y a Rebeca desde el rellano del segundo piso. Estaba apurado por algo que había dejado allí y no encontraba. Se había perdido una llave, acusaba a Betsey de haberle estropeado su sombrero nuevo, y gritó que se habían olvidado de hacerle un ligero pero esencial retoque en el chaleco del uniforme, a pesar de habérselo prometido.
La señora Price, Rebeca y Betsey subieron a defenderse, hablando las tres a la vez, aunque era Rebeca la que más gritaba; y tuvieron que hacer el trabajo a toda prisa como mejor pudieron, mientras William intentaba en vano que Betsey bajara otra vez, o se apartara para no estorbar; voces que, como casi todas las puertas de la casa estaban abiertas, podían oírse claramente desde el salón, salvo cuando las ahogaba a intervalos el alboroto de Sam, Tom y Charles persiguiéndose por la escalera y saltando y gritando.
Fanny estaba casi aturdida. La pequeñez de la casa y la delgadez de las paredes hacían que todo sonara cerca; lo cual, sumado al cansancio del viaje y a su reciente agitación, se le hacía difícilmente soportable. Dentro del salón todo estaba bastante tranquilo, porque al desaparecer Susan con los otros, sólo quedaron el padre y ella; y sacando él un periódico que solía prestarle un vecino, se dedicó a estudiarlo sin muestra alguna de acordarse de su hija. La solitaria vela se alzaba entre él y el periódico, sin consideración a la posible comodidad de Fanny; pero ésta no tenía nada que hacer, y se alegró de que no le diera la luz, ya que le dolía la cabeza, allí sumida en melancólica meditación.
Estaba en casa. Pero, ¡ay!, no era el hogar, ni había tenido el recibimiento que… se contuvo; no era razonable. ¿Qué derecho tenía a ser importante para su familia? Ninguno, ¡hacía demasiado tiempo que la habían perdido de vista! Los asuntos de William debían ser los más caros… siempre lo habían sido… y con todo derecho. Sin embargo, que le hubiesen contado o preguntado tan poco acerca de ella… ¡Ni siquiera le habían hecho una pregunta sobre Mansfield! Le dolía que se hubieran olvidado de Mansfield, de los amigos que tanto habían hecho… ¡los queridos, los queridísimos amigos! Pero éste era un tema que anulaba todos los demás. Quizá debía ser así. Ahora el interés preferente debía ser el destino de la Thrush. Dentro de un día o dos cambiaría la situación. La culpa era sólo de ella. Sin embargo, pensó que en Mansfield no habría ocurrido esto. No; en casa de su tío habría habido una consideración a la oportunidad y al momento, un orden de preferencia en los asuntos, una corrección, una muestra de interés por todos los que no estaban presentes.
La única interrupción que sufrieron estos pensamientos en casi media hora fue la súbita explosión de los de su padre, de ningún modo apropiada para sosegarlos. Ante una barahúnda de golpes y gritos en el pasillo más ruidosa de lo normal, exclamó:
—¡El diablo se lleve a esos pequeños condenados! ¡Qué escandalera! ¡Y la voz que más se oye es la de Sam! Ese muchacho tiene madera de contramaestre. ¡Eh, Sam… deja de dar berridos o voy por ti!
Esta amenaza fue tan manifiestamente desoída que, si bien a los cinco minutos irrumpieron los tres chicos en la habitación y se sentaron, Fanny no lo consideró sino una prueba de que estaban completamente agotados, como demostraban sus caras encendidas y su respiración agitada; sobre todo cuando seguían dándose patadas en las espinillas y profiriendo gritos repentinos para sobresaltarse ante los mismos ojos del padre.
La siguiente vez que se abrió la puerta fue para dejar paso a algo más grato: llegó el servicio del té, que Fanny casi había empezado a desesperar de ver esa noche. Susan y una sirvienta joven, cuyo aspecto subalterno informó a Fanny, para gran sorpresa suya, de que la que había visto antes era la superior, trajeron todo lo necesario para la comida; Susan miró a su hermana mientras ponía el hervidor al fuego, como dividida entre la alegría triunfal de demostrar que era útil y hacendosa, y el temor a que pensasen que se rebajaba con semejante menester. Había estado en la cocina, dijo, dando prisa a Sally y ayudándola a hacer las tostadas y a ponerles mantequilla; si no, no sabía cuándo habrían tomado el té; y estaba segura de que su hermana necesitaba tomar algo, después del viaje.
Fanny se lo agradeció mucho. Reconoció que se alegraba de tomar un poco de té, y Susan se puso a hacerlo inmediatamente, contenta, al parecer, de encargarse ella sola; y con algo de ajetreo innecesario, y algún intento poco sensato de hacer que sus hermanos se portasen mejor, se desenvolvió muy bien. A Fanny se le entonó tanto el cuerpo como el espíritu: no tardó en sentir bien la cabeza y el corazón con tan oportunas atenciones. Susan tenía un semblante franco, sensible; era como William; y Fanny esperaba descubrir la misma buena disposición y voluntad hacia ella.
Este ambiente más sosegado reinaba cuando volvió a entrar William seguido no muy atrás de su madre y de Betsey. Con el uniforme de teniente, parecía más alto, más tieso y más airoso; y con una sonrisa radiante en la cara, fue directamente a Fanny, que se levantó de su asiento, le miró un momento con muda admiración, y luego le echó los brazos al cuello exteriorizando con sollozos las diversas emociones de alegría y de pena que sentía.
Deseosa de no parecer triste, se recobró enseguida; y enjugándose las lágrimas, fue capaz de observar y admirar todas las partes sorprendentes del uniforme y, reanimada, oírle manifestar su esperanza de poder bajar a tierra todos los días antes de zarpar, y de llevarla incluso a Spithead a ver la corbeta.
El siguiente barullo se produjo al entrar el señor Campbell, cirujano de la Thrush, joven muy correcto, que pasaba a recoger a su amigo; se le facilitó una silla con cierto ingenio, y una taza y un plato con cierta premura en fregar por parte de la joven encargada del té; y tras otro cuarto de hora de seria conversación entre los caballeros, creciente ruido y creciente barullo, se levantaron finalmente hombres y niños, y llegó el momento de marcharse. Todo estaba preparado. Se despidió William, y salieron todos; porque los chicos, a pesar de los ruegos de la madre, decidieron ver salir de puerto a su hermano y al señor Campbell. El señor Price salió también a devolverle el periódico al vecino.
Ahora podía esperarse algo de tranquilidad; en efecto, una vez que se logró convencer a Rebeca para que retirase la mesa, y la señora Price terminó de buscar por la habitación una manga de camisa —que Betsey descubrió finalmente en un cajón de la cocina—, el pequeño grupo de mujeres gozó de cierta paz; y después de lamentar otra vez la madre la imposibilidad de que Sam estuviese preparado a su hora, tuvo tiempo para pensar en su hija mayor y en los amigos de los que venía.
Empezó a hacerle algunas preguntas; pero una de las primeras: «¿Qué tal le iba a su hermana Bertram con la servidumbre? ¿Tenía tanta dificultad como ella en encontrar criadas aceptables?», le alejó la atención de Northamptonshire y se la llevó a sus propias molestias domésticas; y el talante horroroso de las criadas de Portsmouth, de las que creía que tenía las dos peores, acaparó por completo su interés: olvidó a los Bertram y se puso a detallar los defectos de Rebeca, contra la que Susan tenía mucho que alegar, y la pequeña Betsey mucho más, y parecía tan falta de algo bueno que Fanny no pudo por menos de preguntar modestamente a su madre si pensaba prescindir de ella al cumplir el año de trabajo.
—¿El año? —exclamó la señora Price—; espero librarme de ella antes, desde luego, porque no lo cumple hasta noviembre. Las criadas han llegado a unos extremos en Portsmouth, querida, que será un milagro si alguien las conserva más de medio año. No tengo esperanzas de que esto se arregle; y si me deshiciera de Rebeca, la que encuentre será peor. Sin embargo, no creo que sea yo un ama difícil de complacer… y desde luego, el puesto es bastante llevadero, porque siempre tiene una chica a sus órdenes, y yo hago a menudo la mitad de las cosas.
Fanny no dijo nada; aunque no porque estuviera convencida de que no tenían remedio algunos de estos males. Mirando ahora a Betsey, no pudo evitar acordarse de otra hermana, una niñita preciosa que había dejado no mucho más joven cuando se fue a Northamptonshire, y que había muerto unos años después. Había sido una niña de una dulzura especial. Fanny, en aquel tiempo, la había preferido a Susan; y cuando llegó a Mansfield la noticia de su muerte, se sintió durante un tiempo muy apenada. La visión de Betsey le trajo otra vez la imagen de la pequeña Mary; pero por nada del mundo habría afligido a su madre mencionándola a ella. Estaba absorta en estos pensamientos, cuando Betsey, a poca distancia, tendió la mano con algo para enseñárselo, al tiempo que intentaba ocultarlo a Susan.
—¿Qué tienes ahí, cariño? —dijo Fanny—; ven y enséñamelo.
Era un cortaplumas de plata. Susan se levantó de un salto, gritando que era suyo y tratando de arrebatárselo; pero la niña corrió a protegerse en su madre, y Susan no pudo hacer otra cosa que acusarla, lo que hizo con gran calor, con la evidente esperanza de atraer a Fanny a su causa. Era una injusticia que no la dejasen tener su cortaplumas; era suyo; la hermanita Mary se lo había regalado a ella en su lecho de muerte, y hacía tiempo que debería tenerlo. Pero mamá no se lo dejaba tener; en cambio consentía siempre que Betsey lo tuviera; y al final Betsey lo iba a estropear, y a quedárselo, aunque mamá le había prometido que Betsey no lo cogería.
Fanny se escandalizó. Las palabras de su hermana y la réplica de su madre hirieron todos sus sentimientos del deber, el honor y la sensibilidad:
—Vamos, Susan —exclamó la señora Price con voz quejumbrosa—, vamos, ¿cómo puedes tener ese genio? Siempre estás peleando por ese cortaplumas. Quisiera que no te enfadaras con tanta facilidad. ¡Pobre Betsey, cómo se enfada Susan contigo! Pero no debías haberlo cogido, cariño, cuando te he mandado que guardaras eso en el cajón. Sabes que te he dicho que no lo toques, porque Susan se enfada. La próxima vez lo esconderé, Betsey. Poco imaginaba la pobre Mary que dejaba una manzana de la discordia cuando me lo dio para que lo guardara, dos horas antes de morir. ¡Pobre criaturita! Apenas se la oía, pero lo dijo muy bien: «Quiero que mi cortaplumas sea para Susan, mamá, cuando me haya muerto». ¡Pobrecita mía! Le gustaba tanto, Fanny, que quiso tenerlo a su lado, encima de la cama, mientras duró su enfermedad. Se lo había regalado su buena madrina, la vieja esposa del almirante Maxwell, seis semanas antes de que la muerte se la llevara. ¡Pobrecita mía! Bueno, ya no tendrá que sufrir. Betsey, mi vida —acariciándola—; tú no tienes la suerte de tener una madrina así de buena. Tía Norris vive demasiado lejos para pensar en niñas pequeñas como tú.
Efectivamente, Fanny no traía nada de parte de tía Norris, salvo el recado de que dijera a su ahijada que fuera buena y se aprendiera su libro de oraciones. En determinado momento, se había insinuado brevemente en el salón de Mansfield Park la posibilidad de mandarle un libro de oraciones; pero no se volvió a mencionar una segunda vez. La señora Norris, sin embargo, había regresado a su casa y había cogido con tal idea dos libros de oraciones de su marido; pero después de pensarlo, se le pasó el impulso de generosidad: decidió que uno de ellos tenía la letra demasiado pequeña para los ojos de una niña, y el otro era demasiado voluminoso para cargar con él.
Fanny, completamente agotada, aceptó agradecida la primera invitación de que se retirase a dormir; y antes de que Betsey terminara de llorar y de protestar pidiendo que la dejasen estar levantada una hora más en honor de su hermana, se había ido, dejando a todos abajo nuevamente en plena confusión y alboroto: los chicos pidiendo tostadas con queso, el padre reclamando a voces su ron con agua, y Rebeca en cualquier parte menos donde debía.
Nada había que la animara en el cuarto casi desnudo que debía compartir con Susan. Verdaderamente, la pequeñez de las habitaciones de arriba y de abajo, y la estrechez de los pasillos y de la escalera, la tenían indeciblemente asombrada. Pronto aprendió a pensar con respeto, en esta casa demasiado pequeña para que nadie estuviera cómodo, en el cuartito del ático que poseía en Mansfield Park.