Ausente el señor Crawford, el propósito de sir Thomas ahora era que se le echase de menos; y tenía muchas esperanzas de que su sobrina notase un vacío al perder las atenciones que en su momento había considerado o imaginado un mal. Había saboreado la importancia en su forma más halagadora, y esperaba que su pérdida, el hundirse nuevamente en la nada, despertase muy saludables arrepentimientos en su espíritu. Con esta idea la observaba, aunque no podía decir que viera ningún progreso. No sabía si había habido algún cambio en su ánimo o no. Era siempre tan amable y reservada que no alcanzaba a descubrir sus emociones. No la comprendía; se daba cuenta de que no podía; así que recurrió a Edmund para que le dijese cómo se sentía ella ahora, y si estaba más o menos contenta que antes.
Edmund no veía ningún síntoma de pesar, y pensaba que su padre era poco lógico al suponer que pudiera revelar ninguno en los tres o cuatro primeros días.
Lo que sorprendía sobre todo a Edmund era que no estuviese más visiblemente triste por la ausencia de la hermana, la amiga y compañera que tanto había significado para ella. Le extrañaba que Fanny hablara raramente de ella, y que tuviese espontáneamente tan poco que decir de su pesar por esta separación.
¡Ah! Era esta hermana, esta amiga y compañera, la que principalmente le quitaba ahora el sosiego a Fanny: si hubiera podido creer que el futuro de Mary no iba a tener relación alguna con Mansfield, como estaba decidida a que no lo tuviese el del hermano, si hubiese podido esperar que su regreso fuera tan remoto como estaba inclinada a creer que sería el de él, se habría mostrado radiante de alegría; pero cuanto más recordaba y observaba, más hondamente se convencía de que ahora todo contribuía más que antes a que la señorita Crawford se casase con Edmund. La inclinación, en él, era más fuerte; y en ella, menos ambigua. Las objeciones de Edmund, los escrúpulos que asaltaban su integridad, se habían disipado no se sabía cómo; en cuanto a ella, sus dudas y vacilaciones respecto a su ambición habían desaparecido asimismo… y asimismo sin motivo aparente. Esto sólo podía imputarse a un aumento del afecto. Los buenos sentimientos de él y los malos de ella habían cedido al amor, y ese amor debía unirlos. Él se iría a la capital en cuanto dejase arreglado cierto asunto relacionado con Thornton Lacey; quizá antes de un par de semanas. Hablaba de su marcha, le encantaba hablar de ese viaje. Y cuando estuviese con ella otra vez, Fanny no tenía ninguna duda en cuanto al resto. La aceptación de ella sería tan segura como la petición de él; y no obstante, aún abrigaba malos sentimientos que hacían esta perspectiva sumamente dolorosa para ella, independientemente… creía que independientemente de sí misma.
En su última conversación, la señorita Crawford, pese a alguna muestra amistosa y a la mucha amabilidad desplegada, había seguido siendo la señorita Crawford: había revelado un espíritu descarriado y aturdido, sin tener la menor conciencia de ello; un espíritu ofuscado, aunque creyéndose la luz misma. Quizá amaba a Edmund, pero no se lo merecía con ningún otro sentimiento. Fanny pensaba que seguramente no compartían ningún otro sentimiento; y tal vez los sabios antiguos la perdonen por considerar casi imposible que la señorita Crawford mejorara en el futuro; por pensar que si, en ese estadio del amor, la influencia de Edmund había ayudado tan poco a esclarecerle el juicio y a ordenar sus ideas, acabaría malgastando en ella su valía durante los años de matrimonio.
La experiencia habría esperado más de unos jóvenes de su posición, y la imparcialidad no habría negado a la señorita Crawford esa parte de la naturaleza femenina capaz de inclinarla a adoptar las opiniones del hombre que amaba y respetaba como suyas propias. Pero dado que eran ésas las convicciones de Fanny, sufría mucho, y no podía hablar de la señorita Crawford sin que le resultara doloroso.
Sir Thomas, entretanto, seguía con sus esperanzas y sus observaciones, considerándose aún —por su conocimiento de la naturaleza humana— con derecho a observar el efecto de la pérdida de poder e importancia en el ánimo de su sobrina, y a esperar que la ausencia de atenciones del enamorado la hiciera desear fervientemente volver a tenerlas; poco más tarde pudo explicarse el hecho de no descubrir todo esto de manera indudable y palpable por el anuncio de otra visita a cuya proximidad atribuyó suficiente fuerza para sostener el ánimo que él vigilaba: William había obtenido diez días de permiso para ausentarse a Northamptonshire, y estaba a punto de llegar, convertido en el más feliz de los tenientes, dado su reciente nombramiento, dispuesto a exhibir su felicidad y a describir su uniforme.
Llegó; y le habría encantado lucir su uniforme allí también, si el cruel reglamento no hubiera prohibido llevarlo fuera de servicio. Así que tuvo que dejarlo en Portsmouth; y Edmund auguró que antes de que Fanny pudiera verlo se habría ajado toda su lozanía, y toda la lozanía de sentimientos del que lo vestía. Se habría convertido en símbolo de vergüenza; porque, ¿qué puede haber más vergonzoso, o más indigno, que el uniforme de un teniente que lleva como tal uno o dos años, mientras ve a otros ascender a grados superiores? Así razonaba Edmund, hasta que su padre le confió un plan para proporcionar a Fanny la oportunidad de contemplar al teniente de la Thrush en todo su esplendor, bajo otra luz.
Dicho plan consistía en que Fanny acompañase a su hermano a Portsmouth y pasara una temporada con su propia familia. Se le había ocurrido a sir Thomas, en una de sus solemnes meditaciones, como una medida justa y deseable; pero antes de decidirse del todo, consultó con su hijo. Edmund lo estudió desde todos los ángulos, y no vio sino que estaba bien. La idea era buena en sí misma, y no podía realizarse en momento más oportuno; y no le cabía duda de que le gustaría muchísimo a Fanny. Esto bastó para que sir Thomas se decidiera; y un concluyente «así se hará entonces» cerró esta fase del plan: sir Thomas se retiró satisfecho, y con perspectivas de lograr un beneficio que estaba mucho más allá del que había comunicado a su hijo; porque su motivo principal para enviarla lejos tenía muy poco que ver con la conveniencia de que viera otra vez a sus padres, y nada en absoluto con cualquier idea de hacerla feliz. Era cierto que quería que fuese de buen grado, pero era igualmente cierto que quería que añorase la casa antes de que terminara su visita; y que una pequeña abstinencia de las elegancias y lujos de Mansfield Park la hiciera reflexionar, y la inclinara a valorar más justamente el hogar de más permanencia e igual comodidad que le habían ofrecido.
Era un proyecto destinado a curar el juicio de su sobrina, que sin duda consideraba enfermo en este momento. El haber residido ocho o nueve años en la morada de la riqueza y la opulencia había alterado un poco su capacidad de comparar y juzgar. La casa de su padre le enseñaría, con toda probabilidad, el valor de una buena renta; y confiaba en que fuera más avisada y feliz toda su vida con el experimento que había maquinado.
Si hubiese sido Fanny propensa a los transportes, habría sufrido uno al conocer el plan, al proponerle su tío que visitara a sus padres y sus hermanos, de los que llevaba separada casi la mitad de su vida, y volviera durante un par de meses a los lugares de su infancia, con William como protector y compañero de viaje, y con la certeza de seguir viéndole hasta la última hora de su permanencia en tierra. De haberse dejado llevar alguna vez por las efusiones de gozo habría sido entonces, porque no cabía en sí. Aunque su dicha era callada, profunda, de las que anegan el alma; y aunque nunca era muy habladora, siempre tendía a permanecer callada cuando sentía más intensamente. De momento, sólo fue capaz de dar las gracias y aceptar. Después, una vez que se familiarizó con la gozosa perspectiva que tan súbitamente se abría ante ella, pudo hablar más ampliamente con William y Edmund de lo que sentía; pero aún experimentaba emociones que no podía vestir con palabras: le volvió con renovada fuerza el recuerdo de sus tempranas alegrías, y de lo que había sufrido al separarse de ellos; y le pareció que cuando estuviese en casa otra vez se le curaría todo el dolor que le había infligido la separación. ¡Estar en el centro de ese círculo, ser amada por todos ellos, e incluso más de lo que había sido amada antes, sentir el afecto sin miedos ni inhibiciones, sentirse igual a los que la rodeaban, verse libre de toda alusión a los Crawford, de toda mirada de reproche a causa de ellos! Ésta era una perspectiva que acariciaba con una ternura que sólo pudo confesar a medias.
Y respecto a Edmund también: estar lejos de él dos meses (tal vez le permitiesen que fueran tres) le sentaría bien. A una distancia insalvable para sus miradas o sus atenciones, y al abrigo de la perpetua irritación que le causaba escuchar sus efusiones y luchar por eludir sus confidencias, podría recobrar el sosiego razonándose a sí misma; sería capaz de pensar en él en Londres, arreglando sus cosas, sin que eso la hiciera desdichada. Lo que habría sido difícil de soportar en Mansfield, iba a convertirse en un mal insignificante en Portsmouth.
La única duda era si tía Bertram estaría a gusto sin ella. A nadie más era útil; pero ahí se la podía echar de menos a unos extremos que no quería pensar; y para sir Thomas, ésa era desde luego la parte más difícil del plan, y que sólo él podía superar.
Pero era el señor de Mansfield Park. Una vez que tomaba una decisión siempre la llevaba a cabo; y ahora, a fuerza de hablar del asunto, explicando largo y tendido el deber de Fanny de visitar alguna vez a su familia, indujo a su esposa a dejarla ir; aunque lo consiguió más por sumisión que por convicción; porque lady Bertram estaba convencida de muy poco más, salvo de que sir Thomas pensaba que Fanny debía ir, y por tanto tenía que hacerlo. En la calma de su tocador, siguiendo el curso imparcial de sus meditaciones, lejos de las explicaciones ofuscadoras de su esposo, no conseguía ver ninguna necesidad de que Fanny fuera a visitar a unos padres que habían prescindido de ella durante tantos años, mientras que a ella le era muy útil. Y en cuanto a no echarla de menos, que fue lo que la señora Norris había intentado probar en la discusión, se negaba rotundamente a admitir tal cosa.
Sir Thomas había apelado a su razón, a su conciencia y a su dignidad. Lo calificó de sacrificio, y lo exigió de su bondad y del dominio de sí misma. Pero la señora Norris quería convencerla de que podía prescindir perfectamente de Fanny —ella estaba dispuesta a dedicarle su tiempo cuando se lo pidiera—; y en resumidas cuentas, ni hacía falta ni se la echaría de menos.
—Puede ser, hermana —fue la respuesta de lady Bertram—; quizá tengas toda la razón, pero estoy segura de que la voy a echar mucho de menos.
El siguiente paso fue ponerse en contacto con Portsmouth. Fanny escribió para proponerles ir; y la respuesta de su madre, aunque breve, fue tan cariñosa, unas pocas líneas que expresaban tan espontánea y maternal alegría ante la perspectiva de ver a su hija otra vez, que confirmó todas las esperanzas de felicidad de Fanny cuando estuviese con ella…, y la convenció de que ahora encontraría una cálida y afectuosa amiga en la «mamá» que en otro tiempo no había mostrado especial cariño por ella; aunque esto Fanny lo achacó fácilmente a su propia culpa, o a su propia imaginación. Probablemente se había enajenado su amor a causa de lo quejumbroso y desvalido de su naturaleza medrosa, o a que no había sido razonable al querer más parte que ninguno de cuantos lo merecían. Ahora que sabía ser útil y paciente, y que su madre ya no estaría tan ocupada en los incesantes menesteres de una casa poblada de niños pequeños, tendría tiempo y deseos de comodidad, y pronto serían lo que deben ser mutuamente madre e hija.
William se sintió casi tan feliz con el plan como su hermana. Para él iba a ser la mayor alegría tenerla junto a él hasta el momento de embarcar; ¡y quizá la encontrara allí todavía cuando regresase de su primer crucero! Y además, deseaba muchísimo que viera la Thrush antes de que zarpara: era en verdad la corbeta más bonita de la armada. Y se habían hecho varias mejoras en el arsenal, también, que tenía muchas ganas de enseñarle.
No dudó en añadir que su estancia en casa durante un tiempo sería muy beneficiosa para todos.
—No sé —dijo—, pero parece que en casa de nuestro padre necesitamos algo de tus modales y de tu sentido del orden. Allí reina siempre la confusión. Tú harás que las cosas marchen mejor, estoy seguro. Dirás a nuestra madre lo que debe hacer, ayudarás a Susan, enseñarás a Betsey, y harás que los chicos te quieran y te hagan caso. ¡Qué bien y ordenadamente irá todo!
Cuando llegó la respuesta de la señora Price quedaban muy pocos días de estancia en Mansfield; y durante parte de uno de esos días los jóvenes viajeros estuvieron con el alma en vilo a propósito de su viaje, porque cuando se abordó el modo de hacerlo, y la señora Norris vio que era inútil toda su preocupación por ahorrar dinero a su cuñado, y que a pesar de sus deseos y sugerencias de que viajasen en silla de posta a fin de que el transporte de Fanny resultase más barato, sir Thomas daba a William billetes de banco para tal efecto, se le ocurrió la idea de que habría plaza en el coche para una tercera persona, y le entraron súbitamente unas ganas enormes de ir con ellos, y visitar a su pobre y querida hermana Price. Proclamo su pensamiento. Manifestó que le apetecía bastante ir con los jóvenes; sería una gran satisfacción para ella; no había visto a su pobre y querida hermana Price desde hacía más de veinte años; y sería una ayuda para los sobrinos llevar en su viaje a una persona de más edad que se ocupase de todo por ellos; y no podía por menos de pensar que su pobre y querida hermana Price consideraría muy poco amable de su parte que no fuera a verla en semejante ocasión.
William y Fanny se horrorizaron ante tal idea.
Todo el viaje placentero se estropearía. Se miraron el uno al otro cariacontecidos. Su suspenso duró una hora o dos. Ni el uno ni el otro abrieron la boca para animarla o disuadirla. Dejaron que la señora Norris decidiera por sí misma; y para infinita alegría de los sobrinos, concluyó recordando que en estos momentos no podía ausentarse de Mansfield Park; que ahora iba a hacerles demasiada falta a sir Thomas y a lady Bertram para permitirse dejarlos siquiera una semana, y por tanto debía sacrificar cualquier placer a serles de utilidad.
En realidad, lo que se le había ocurrido era que, aunque la llevaran gratis a Portsmouth, le iba a ser muy difícil evitar tenerse que pagar su propio regreso. Así que dejó que su pobre y querida hermana Price se llevara la gran decepción de ver que había desaprovechado semejante oportunidad; con lo que inició, quizá, otra ausencia de veinte años.
Los planes de Edmund se vieron afectados por este viaje a Portsmouth, por esta ausencia de Fanny. También él tuvo que hacer un sacrificio por Mansfield Park, igual que su tía. Había pensado ir a Londres por esas fechas, pero no podía dejar a sus padres cuando justamente se iba quien tanta importancia tenía para su comodidad; y con un esfuerzo, que le costó pero del que no hizo alarde, aplazó una semana o dos un viaje que estaba deseando hacer, con la esperanza de decidir su felicidad para siempre.
Le habló de esto a Fanny. Sabía tantas cosas ya, que debía saberlo todo. Esto constituyó la sustancia de otro discurso confidencial sobre la señorita Crawford; y Fanny se sintió más afectada al comprender que era la última vez que mencionarían entre ellos el nombre de la señorita Crawford con alguna libertad. Una sola vez la mencionó él después: durante la velada, lady Bertram había estado diciendo a su sobrina que le escribiera pronto y a menudo, que por su parte prometía ser buena corresponsal; y Edmund aprovechó el momento para añadir en voz baja:
—Y yo te escribiré, Fanny, cuando tenga algo que merezca la pena contar, algo que decir, algo que crea que te gustará saber, y que no te llegará de ninguna otra fuente.
Si no hubiera sabido a qué se refería, la luz de su cara, al mirarle, habría sido suficiente.
Debía procurar armarse frente a esa carta. ¡Que una carta de Edmund fuera motivo de terror! Empezaba a darse cuenta de que no había sufrido todos los cambios de opinión y de sentimientos que el curso del tiempo y la variación de las circunstancias ocasionan en este mundo cambiante. Aún no había agotado ella las vicisitudes del espíritu humano.
¡Pobre Fanny!, aunque se iba deseosa y de buen grado, la última noche en Mansfield Park aún iba a ser de desventura. En el momento de partir, sintió el corazón completamente oprimido. Tuvo lágrimas para cada rincón de la casa, y muchas más para cada uno de sus amados moradores. Abrazó con fuerza a su tía porque sabía que iba a echarla de menos; besó la mano de su tío con sollozos ahogados por haberle causado disgusto; en cuanto a Edmund, no fue capaz de hablarle, ni de mirarle, ni de pensar en él, cuando llegó el último momento con él; y hasta que todo hubo terminado, no se dio cuenta de que se había despedido de ella como un hermano afectuoso.
Todo esto fue por la noche, porque el viaje lo emprendieron de madrugada; y cuando el pequeño grupo, los pocos que quedaban en la casa, se reunieron para desayunar, comentaron de William y de Fanny que ya habrían cubierto una etapa.