Había terminado el baile… y el desayuno terminó pronto también; se dieron el último beso, y William se marchó. El señor Crawford, tal como había anunciado, fue puntualísimo, y la comida fue breve y agradable.
Después de estar con William hasta el último momento, Fanny regresó al comedor de desayuno con el corazón abrumado a lamentar el cambio melancólico; y allí la dejó su tío, amable, que llorase en paz, concibiendo quizá que las sillas vacías de los dos jóvenes podían ayudarla a ejercitar su tierno entusiasmo, y que los restos fríos de cerdo con mostaza que quedaban en el plato de William podían compartir sus sentimientos con las cáscaras de huevo del plato del señor Crawford. Fanny, sentada, lloró con amore como su tío pretendía, pero fue con amore fraterno y no con otro. William se había ido, y ella tenía ahora la sensación de haber perdido la mitad de su estancia en cuidados inútiles y solicitudes egoístas sin ninguna relación con él.
La naturaleza de Fanny era tal que ni siquiera podía pensar en su tía Norris y en la escasez y falta de alegría de su casita sin reprocharse a sí misma alguna pequeña falta de atención con ella la última vez que estuvieron juntas; mucho menos podía su conciencia absolverla de no haber hecho y dicho y pensado por William todo cuanto le correspondía durante las dos semanas.
Fue un día pesado y melancólico. Poco después del segundo desayuno, Edmund se despidió para una semana, salió a caballo para Peterborough, y con ello se fueron todos. No quedaban de la noche anterior más que recuerdos que Fanny no tenía con quién compartir. Habló con su tía Bertram —tenía que hablar con alguien del baile—; pero su tía había visto tan poco, y tenía tan poca curiosidad, que resultó una ardua tarea. Lady Bertram no estaba segura del vestido de nadie, ni del sitio de nadie en la cena, salvo del suyo. «No recordaba qué era lo que había oído sobre una de las señoritas Maddox, ni qué era lo que había notado lady Prescott en Fanny; no estaba segura de si el coronel Harrison hablaba del señor Crawford o de William cuando dijo que era el joven más apuesto del salón; alguien le había susurrado algo, pero había olvidado preguntar a sir Thomas de qué se trataba». Y éstos fueron sus discursos más largos y sus explicaciones más claras; el resto fue sólo un lánguido «Sí… sí… Muy bien. ¿De veras? No me di cuenta de eso. Yo no sabría distinguir al uno del otro». Una verdadera pena. Aunque era preferible a las secas respuestas que le habría dado la señora Norris; pero una vez que se fue ésta a su casa con toda la gelatina sobrante para cuidar a una criada enferma, reinó la paz y el buen humor en la reducida reunión, aunque no podía presumir de mucho más.
La noche fue pesada como el día:
—¡No comprendo qué me pasa! —dijo lady Bertram cuando retiraron el servicio del té—. Me siento atontada. Debe de ser el haber estado levantada hasta tan tarde, anoche. Fanny, tienes que hacer algo para mantenerme despierta. No puedo trabajar. Trae las cartas… ¡Me siento completamente atontada!
Trajeron las cartas, y Fanny jugó al «cribbage» con su tía hasta la hora de acostarse; y como sir Thomas estaba leyendo para sí, no se oyó ruido alguno en la habitación durante las dos horas siguientes, aparte de las cuentas del juego.
—Y esto hace treinta y una. Cuatro en mano y ocho en el «crib». Le toca dar a usted; ¿doy yo?
Fanny pensó otra vez en el cambio que en veinticuatro horas se había operado en el salón, y en toda esa parte de la casa. La noche anterior había habido esperanzas y sonrisas, bullicio y movimiento, música y esplendor en el salón, fuera del salón, y en todas partes. Ahora, había languidez, casi soledad.
Una buena noche de descanso le mejoró el ánimo. Al día siguiente pudo pensar en William con más alegría; y como por la mañana tuvo ocasión de hablar de la noche del jueves con la señora Grant y la señorita Crawford, de una forma generosa, con todos los realces de la imaginación y todas las risas del buen humor, tan esenciales para la sombra de un baile fenecido, pudo volver después sin mucho esfuerzo a su estado de ánimo diario, y adaptarse a la tranquilidad de la semana presente.
Eran, verdaderamente, muchos menos de los que había visto juntarse allí nunca durante un día entero, y no estaba aquel de quien dependía el solaz y la alegría de toda reunión familiar y de toda comida. Pero debía aprender a soportar esto. No tardaría en irse definitivamente; y Fanny dio gracias a que ahora podía permanecer sentada en la misma habitación con su tío, oír su voz, escuchar sus preguntas, e incluso contestarlas, sin sentirse mal como le ocurría antes.
—Echamos de menos a los dos muchachos —fue el comentario de sir Thomas los dos primeros días, al reunirse el reducidísimo círculo después de la cena; y por consideración a los ojos arrasados de Fanny, no se hizo el primer día otra alusión a ellos que la de un brindis a su salud. Pero al segundo día se extendió algo más. Elogió cálidamente a William y manifestó su esperanza de que le llegara el ascenso.
—Y no hay razón para suponer —añadió sir Thomas— sino que sus visitas se vuelvan ahora razonablemente frecuentes. En cuanto a Edmund, deberemos aprender a estar sin él. Éste será el último invierno que pertenezca a aquí, como ha pertenecido.
—Sí —dijo lady Bertram—; pero quisiera que no se fuese. Pienso que se están yendo todos. Ojalá se quedaran en casa.
Este deseo apuntaba sobre todo a Julia, que acababa de solicitar permiso para irse a la capital con Maria; y como sir Thomas pensaba que era mejor dar permiso tanto a una hija como a la otra, lady Bertram, aunque no se habría opuesto, dada su bondad natural, lamentaba el cambio de perspectiva en cuanto al regreso de Julia, que de otro modo habría tenido lugar por estas fechas. A lo cual sir Thomas le hizo abundantes razonamientos, tendentes a reconciliar a su esposa con esta medida: le expuso todo lo que un padre considerado debía comprender, y le atribuyó a ella todo lo que debía sentir una madre afectuosa al fomentar el solaz de sus hijos. Lady Bertram asintió a todo con un plácido «sí», y al cabo de un cuarto de hora de muda reflexión, comentó espontáneamente:
—Sir Thomas, he estado pensando… Y me alegro mucho de que acogiéramos a Fanny como hicimos; porque ahora que no están las otras, vemos el beneficio de esa acción.
Sir Thomas inmediatamente abundó en este cumplido, añadiendo:
—Muy cierto. Mostramos a Fanny el buen concepto que tenemos de ella al elogiarla en su presencia; ahora se ha convertido en una apreciada compañera. Si nos hemos portado bien con ella, ahora ella nos es necesaria exactamente en la misma medida.
—Sí —dijo lady Bertram un momento después—; y es un alivio pensar que la tendremos siempre.
Sir Thomas guardó silencio, medio sonrió, miró a su sobrina, y luego contestó gravemente:
—No nos dejará, espero, hasta que sea invitada a otro hogar que le prometa razonablemente mayor felicidad de la que conoce aquí.
—No es probable que ocurra eso, sir Thomas. ¿Quién la invitaría? Maria se alegraría muchísimo de tenerla en Sotherton de vez en cuando; pero no se le ocurriría pedirle que se fuera a vivir allí… Y desde luego, está mejor aquí… Y además, yo no puedo arreglármelas sin ella.
La semana que tan serena y plácidamente transcurrió en la casa grande de Mansfield tuvo un carácter muy distinto en la casa parroquial. Al menos trajo sentimientos muy diferentes a las jóvenes damas de una y otra familia. Lo que era tranquilidad y bienestar para Fanny, era aburrimiento y fastidio para Mary. Algo de esto se debía a la diferencia de carácter y de hábitos: la una tan fácil de contentar, la otra tan poco acostumbrada a soportar nada; pero en mayor medida podría atribuirse a la diferente situación. En algunas cuestiones de interés, eran totalmente opuestas. Para Fanny, la ausencia de Edmund era verdaderamente causa de alivio. Para Mary, era dolorosa en todos los sentidos. Cada día, casi cada hora, sentía la falta de su compañía; y era demasiado grande esta falta para extraer otra cosa que irritación cuando pensaba cuál era el motivo por el que se había ido. No habría podido idear Edmund nada que hiciera aumentar más su importancia que esta semana de ausencia, justamente cuando se había marchado su hermano, y se había ido William Price también, completándose así la dispersión general de un grupo que había sido tan animado. Lo sentía vivamente. Ahora formaban un trío melancólico, confinado en casa por la lluvia seguida de la nieve sin interrupción, sin nada que hacer, ni esperanza de variedad. Enfadada como estaba con Edmund por mantener sus convicciones y obrar conforme a ellas sin tenerla en cuenta —tan enfadada que al separarse en el baile casi no lo habían hecho como amigos—, no podía dejar de pensar en él cuando estaba ausente, demorándose en sus méritos y su afecto, y añorando otra vez los encuentros casi diarios que habían tenido últimamente. Su ausencia era innecesariamente larga. No debía haber proyectado estar fuera tanto tiempo: no debía haberse marchado por una semana, cuando estaba tan cerca la fecha en que ella iba a irse de Mansfield. Luego empezó a culparse a sí misma. Deseó no haber puesto tanta vehemencia en su última conversación. Temía haber empleado alguna expresión demasiado fuerte, alguna palabra despreciativa, al hablar del clero, cosa que no debía haber hecho. Era de mala educación… y era injusto. Deseó de todo corazón no haberlo hecho.
Su malhumor no acabó con la semana. Era una pena todo esto; pero aún lo lamentó más cuando llegó otra vez el viernes, y no apareció Edmund; cuando llegó el sábado, pero él no… y cuando, en una breve conversación que tuvo con la otra familia, el domingo, se enteró de que había escrito a su casa anunciando que aplazaba el regreso, y que había prometido a su amigo permanecer con él unos días más.
Si antes había sentido impaciencia y pesar, si había lamentado lo que había dicho, y temía haber causado un efecto demasiado fuerte en él, ahora lo sintió y lo temió decuplicado. Además, tenía que luchar con una emoción desagradable enteramente nueva para ella: los celos. El amigo de Edmund, el señor Owen, tenía hermanas. Tal vez las había encontrado atractivas. Pero en todo caso, su ausencia en unos momentos en que según todos los planes anteriores ella debía marcharse a Londres significaba algo que no podía soportar. De haber regresado Henry a los tres o cuatro días, como había dicho que haría, estaría ella preparándose para marcharse de Mansfield. Consideró absolutamente necesario ir a ver a Fanny y tratar de averiguar algo más. No podía vivir ya en tan solitario abatimiento; y se encaminó al parque, arrostrando la dificultad —que una semana antes había juzgado invencible— de ir a pie, ante la posibilidad de saber algo más; de oír el nombre de él al menos.
La primera media hora fue tiempo perdido, porque Fanny estaba con lady Bertram, y a menos que tuviera a Fanny para ella sola, no podía esperar nada. Pero finalmente lady Bertram abandonó la habitación; y entonces, casi inmediatamente, la señorita Crawford empezó, con el tono de voz más mesurado que pudo:
—¿Y qué piensa de la larga ausencia de su primo? Dado que es usted la única persona joven de la casa, supongo que es la que más lo notará. Debe de echarle de menos. ¿Le ha sorprendido que la haya prolongado?
—No sé —dijo Fanny dubitativa—. Sí, no lo esperaba especialmente.
—Quizá se demora siempre más tiempo del que dice. Es lo que suelen hacer los jóvenes.
—No lo hizo la única vez que visitó al señor Owen anteriormente.
—Habrá encontrado ahora la casa más agradable. Él es muy simpático, y no puedo por menos de sentir no verle otra vez, antes de marcharme a Londres, como sin duda va a ocurrir: espero a Henry de un día para otro; y en cuanto venga, no habrá nada que me retenga en Mansfield. Me hubiera gustado verle una vez más, lo confieso. Pero tendrá que darle recuerdos de mi parte. Sí… recuerdos; creo que es eso. ¿No le parece, señorita Price, que falta algo en nuestra lengua… algo entre los recuerdos y… y el amor, que se ajusta a la clase de amistad que hemos tenido juntos? ¡Tantos meses de amistad! Pero tal vez son suficientes aquí los recuerdos. ¿Es larga la carta que han recibido? ¿Les cuenta qué hace? ¿Es por las diversiones navideñas, por lo que se retrasa?
—Yo sólo he leído una parte de la carta; iba dirigida a mi tío… Pero creo que era muy corta; en realidad, no eran más que unas líneas. Todo lo que sé es que su amigo le ha insistido en que se quede más tiempo, y él ha accedido. No recuerdo si dice pocos días más o algunos días más.
—¡Ah, ha escrito a su padre!… Yo creía que le había escrito a lady Bertram, o a usted. Pero si ha escrito a su padre, no me extraña que haya sido breve. ¿Quién se explayaría escribiendo a sir Thomas? Si le hubiera escrito a usted, habría dado más detalles. Le habría hablado de los bailes y las fiestas. Le habría hecho una descripción de todo y de todos. ¿Cuántas señoritas Owen hay?
—Tres mayores.
—¿Son aficionadas a la música?
—No lo sé. No me ha contado nada.
—Es la primera pregunta que toda mujer que toca algo hace indefectiblemente acerca de otra —dijo la señorita Crawford, tratando de parecer alegre y despreocupada—. Pero es una estupidez hacer preguntas sobre ninguna joven… sobre cualquiera de las tres hermanas recién llegadas a la mayoría; porque una sabe exactamente cómo son sin que se lo digan: muy educadas y agradables; y una de ellas, muy guapa. En toda familia hay una guapa. Es lo normal. Dos tocan el piano, y una el arpa; y cantan las tres; o cantarían si se las enseñase… o todas entonan bastante bien, para no haber recibido lecciones…, o algo parecido.
—No sé nada de las señoritas Owen —dijo Fanny sosegadamente.
—Ni lo sabe ni le importa, como suele decirse. No se puede expresar con más claridad la indiferencia. Claro, ¿cómo pueden importarnos personas a las que jamás hemos visto? Bueno, cuando vuelva su primo, encontrará Mansfield muy tranquilo; nos habremos ido todos los bulliciosos: su hermano, el mío y yo. No me gusta la idea de dejar a la señora Grant, ahora que se acerca el momento de irme. Ella no quiere que me vaya.
Fanny se sintió obligada a hablar.
—No le quepa duda de que serán muchos los que noten su ausencia —dijo—. La echaremos mucho de menos.
La señorita Crawford volvió los ojos hacia ella como deseando oír o ver más; y a continuación dijo riendo:
—¡Ah, sí!, se notará como se nota todo ruido desagradable cuando lo eliminan; o sea, se notará una gran diferencia. Pero no estoy tratando de que me halague. Si se me echa de menos, se verá. Todo el que quiera verme me puede encontrar. No me voy a ninguna región imprecisa, lejana o inaccesible.
Ahora Fanny no se animó a hablar; y la señorita Crawford se sintió defraudada; porque había esperado oír alguna grata confirmación de su poder por parte de alguien que pensaba que lo conocía; lo cual le ensombreció el ánimo otra vez.
—Las señoritas Owen —dijo poco después—. Imagine que viera a una de ellas instalada en Thornton Lacey, ¿qué le parecería? Cosas más extrañas han ocurrido. Tal vez lo estén intentando. Y hacen bien; porque sería una posición bastante buena para ellas. A mí no me extrañaría en absoluto, ni las culparía. Todo el mundo tiene la obligación de procurarse lo mejor para sí. El hijo de sir Thomas es una persona importante; y ahora, es de la profesión. El padre de ellas es sacerdote y el hermano también; se mueven en el mismo mundo. De manera que es de su legítima propiedad, les pertenece. Usted no dice nada, Fanny… señorita Price… No dice nada. Pero sinceramente: ¿no espera eso, más que otra cosa?
—No —dijo Fanny rotundamente—; no lo espero en absoluto.
—¿En absoluto? —exclamó la señorita Crawford con presteza—. Me deja sorprendida. Pero quizá conoce la situación con exactitud (siempre he pensado que la conoce); quizá no cree probable que se case… al menos de momento.
—No, no lo creo —dijo Fanny con suavidad, esperando no equivocarse en su convicción, y en manifestarla.
Su compañera la miró con atención; y animándose al observar el inmediato rubor que producía esa mirada, se limitó a decir:
—Está mejor como está —y cambió de conversación.