La señorita Crawford sintió muy aliviada su inquietud tras esta conversación, y regresó a casa con el humor suficientemente alto para resistir, de haberlo puesto a prueba, casi otra semana de la misma exigua compañía con el mismo mal tiempo; pero dado que esa misma tarde trajo a su hermano de Londres otra vez con bastante o más que bastante de su habitual alegría, no tuvo que forzar la suya propia. El que su hermano siguiera negándose a contarle a qué había ido a Londres no hizo sino aumentar su buen humor; un día antes podría haberla irritado, pero ahora lo tomó como una gracia: sólo sospechó que ocultaba algún plan para darle una sorpresa agradable. Y en efecto, el día siguiente le trajo una sorpresa: Henry le dijo que se iba a acercar a saludar a los Bertram, y que estaría de vuelta en diez minutos; pero se ausentó más de una hora. Y cuando su hermana, que le había estado esperando para dar un paseo por el jardín, le recibió impaciente delante de la casa, y exclamó: «Mi querido Henry, ¿se puede saber dónde has estado todo el rato?», él se limitó a decir que había estado con lady Bertram y Fanny.
—¿Con ellas hora y media? —exclamó Mary. Pero esto sólo fue el principio de la sorpresa.
—Sí, Mary —dijo, cogiéndole el brazo, pasándoselo por debajo del suyo, y echando a andar por la avenida como si no supiese dónde estaba—. No he podido marcharme antes… ¡Qué preciosa estaba Fanny! Estoy decidido, Mary. He tomado la determinación. ¿Te sorprenderá? No, seguramente te has dado cuenta de que estoy decidido a casarme con Fanny Price.
La sorpresa ahora fue total; porque a pesar de lo que su actitud podía sugerir, jamás le había pasado por la imaginación a su hermana semejante posibilidad; y fue tan sincero el asombro que mostró, que Henry se vio obligado a repetir lo que había dicho de manera más completa y solemne. Una vez aceptada la convicción de su decisión, no la acogió mal. Incluso tenía algo agradable la sorpresa. Mary se hallaba en una disposición de ánimo tal que se alegraba de emparentar con la familia Bertram, y no le disgustaba que su hermano se casara con alguien un poco por debajo de su nivel.
—Sí, Mary —concluyó Henry con determinación—. Me han atrapado bien. ¡Ya sabes con qué frívolas intenciones empecé… pero se han terminado! He hecho (y me congratulo de ello) un avance sensible en su afecto; en cuanto al mío, está totalmente confirmado.
—¡Afortunada, afortunada muchacha! —exclamó Mary en cuanto pudo hablar—. ¡Qué unión para ella! Mi queridísimo Henry, ése es mi primer sentimiento; pero el segundo, que debo expresarte con igual sinceridad, es que apruebo tu elección con toda el alma, y vaticino tu felicidad con el mismo calor que quiero y deseo que se cumpla. Vas a tener una esposa dulce, toda gratitud y devoción. Exactamente lo que te mereces. ¡Qué unión más asombrosa para ella! La señora Norris habla a menudo de la suerte que tiene; ¿qué dirá ahora? ¡Será una alegría para toda la familia! ¡Y en ella tiene amigos fieles! ¡Cómo se van a alegrar! Pero cuéntamelo todo. Cuéntamelo de una vez. ¿Cuándo empezaste a pensar en ella en serio?
Nada había más imposible que contestar a tal pregunta, aunque nada podía ser más grato que el que se la hicieran. No sabía decir «cómo se había apoderado de él la deliciosa infección»; y antes de que hubiera expresado por tercera vez este mismo sentimiento con escasa variación de palabras, su hermana le interrumpió ansiosa con:
—¡Ah, mi querido Henry, entonces es eso lo que te ha llevado a Londres! ¡Ése era el asunto! Decidiste ir a pedir consejo al almirante, antes de dar el paso.
Pero él negó esto vigorosamente. Conocía demasiado bien a su tío para consultarle ningún proyecto matrimonial. El almirante detestaba el matrimonio y lo consideraba imperdonable en un joven de fortuna independiente.
—Cuando conozca a Fanny —prosiguió Henry—, la adorará. Es exactamente la mujer que disipa cualquier prejuicio de un hombre como el almirante, porque es exactamente el tipo de mujer que él cree que no existe en el mundo. Es la misma imposibilidad de mujer que él describiría, si es que tiene ahora la suficiente delicadeza de lenguaje para expresar sus propias ideas. Pero hasta que esté absolutamente arreglado, arreglado sin posibilidad de impedimento, no sabrá nada del asunto. No, Mary; estás completamente equivocada. ¡Aún no has descubierto cuál es el asunto!
—Bien, bien; me conformo. Ahora que sé con quién tiene que ver, no tengo ninguna prisa en lo demás. Fanny Price. Maravilloso… ¡Realmente maravilloso! ¡Que Mansfield haya hecho tanto… que hayas encontrado tu destino en Mansfield! Pero tienes mucha razón: no podías haber elegido mejor. No hay mejor muchacha en el mundo, y tú no tienes necesidad de fortuna; y en cuanto a sus parientes, son sobradamente buenos: los Bertram son sin duda una de las primeras familias de esta comarca. Es la sobrina de sir Thomas Bertram; eso será suficiente ante el mundo. Pero sigue, sigue. Cuéntame más. ¿Cuáles son tus planes? ¿Está enterada ella de su propia felicidad?
—No.
—¿Y a qué esperas?
—Espero a tener poco más que una oportunidad. Mary, ella no es como sus primas; pero creo que no la pediré en vano.
—¡Ah, no, claro que no! Aunque fueras menos agradable… Aun suponiendo que no estuviera ya enamorada (cosa de la que tengo poca duda), no habrá peligro. La dulzura y gratitud de su naturaleza la harían tuya inmediatamente. Estoy segura de que sin amor no se casaría contigo; o sea, si existe una muchacha en el mundo capaz de no dejarse influir por la ambición, creo que es ella. Pero pídele que te ame, y no tendrá valor para negarse.
Tan pronto como Mary pudo acallar su impaciencia, Henry fue tan feliz contando como ella escuchando, y siguió una conversación casi tan interesante para ella como para él; aunque en realidad no tenía otra cosa que contar que sus propios sentimientos, ni nada en que demorarse sino en los encantos de Fanny: la belleza de rostro y figura de Fanny, la gracia de modales y bondad de corazón de Fanny, eran su tema inagotable. Se extendió fervientemente en la mansedumbre, modestia y dulzura de su carácter, en esa dulzura que es parte tan esencial de toda mujer a juicio del hombre, que, aunque a veces ama donde no está, nunca llega a creerla ausente. Tenía buenas razones para confiar en su carácter, y alabarlo. Había visto muchas veces cómo lo ponían a prueba. ¿Había alguien en la familia, exceptuando a Edmund, que de una u otra manera no la hiciera ejercitar a diario su paciencia y circunspección? Era mujer de afectos evidentemente fuertes. ¡Había que verla con su hermano! ¿Qué otra cosa podía probar más deliciosamente que el calor de su corazón era tan grande como su dulzura? ¿Qué más estimulante para el hombre que aspiraba a su amor? Luego, su agudeza era rápida y clara sin la menor duda; y sus modales eran espejo de su espíritu modesto y elegante. Pero eso no era todo. Henry Crawford tenía demasiado sentido común para no comprender el valor de los buenos principios en una esposa, aunque estaba demasiado poco acostumbrado a reflexionar seriamente para conocerlos por su nombre. Pero cuando decía de ella que tenía una conducta tan firme y ordenada, un concepto tan alto de la honra y una observancia del decoro que garantizaban a cualquier hombre la más absoluta confianza en su fe e integridad, expresaba lo que le inspiraba el saberla religiosa y dotada de principios.
—Confiaría total y absolutamente en ella —dijo—; y eso es lo que quiero.
Bien podía su hermana alegrarse de las perspectivas de Fanny Price, creyendo como creía que la opinión de su hermano apenas superaba a sus méritos.
—Cuanto más lo pienso —exclamó—, más convencida estoy de que haces bien; y aunque jamás habría pensado que fuera Fanny Price la que probablemente te iba a conquistar, ahora estoy segura de que es exactamente la que te puede hacer feliz. Tu malvado plan para arrebatarle la paz se revela como una idea verdaderamente sutil. Los dos saldréis beneficiados de él.
—¡Estuvo mal, muy mal por mi parte, tramar nada contra un ser como ella! Pero entonces no la conocía. Y no tendrá ningún motivo para lamentar la hora en que se me ocurrió tal idea. La haré muy feliz, Mary; más feliz de lo que ha sido nunca, o de que haya visto serlo a nadie. No me la llevaré de Northamptonshire. Dejaré Everingham, y alquilaré una casa cerca de aquí, quizá Stanwix Lodge. Arrendaré Everingham por siete años. En cuanto quiera tengo un excelente arrendatario. Ahora mismo podría nombrar tres personas que aceptarían encantadas mis condiciones.
—¡Ah! —exclamó Mary—; ¡establecerte en Northamptonshire! ¡Sería maravilloso! Estaríamos todos juntos.
Nada más decirlo, se calló, recapacitó, y deseó no haberlo dicho; pero no había nada que temer: su hermano la veía sólo como presunta habitante de la casa parroquial de Mansfield, y se limitó a invitarla cariñosamente a vivir en su casa, y a proclamar que tenía todo el derecho.
—Tendrás que concedernos más de la mitad de tu tiempo —le dijo—; no puedo admitir que la señora Grant tenga el mismo derecho que Fanny y yo, porque tendremos derecho a tenerte. ¡Fanny será una verdadera hermana para ti!
Mary se limitó a darle las gracias y a hacer una vaga promesa; pero ahora estaba totalmente decidida a no ser la invitada de su hermana ni de su hermano muchos meses más.
—¿Repartirás el año entre Londres y Northamptonshire?
—Sí.
—Así me gusta; y en Londres, naturalmente, tendrás casa propia; ya no con el almirante. Mi queridísimo Henry, ¡cuánto ganas al alejarte del almirante antes de que tus modales se contagien de los suyos, antes de que contraigas ninguna de sus opiniones insensatas, o de que aprendas a considerar la cena como la mayor bendición de la vida! Tú no te das cuenta porque el cariño que le tienes te lo impide; pero pienso que casarte pronto puede ser tu salvación. Me habría partido el corazón ver que te ibas pareciendo cada vez más al almirante de palabra u obra, de mirada o gesto.
—Bueno, bueno; en esto no opinamos igual. El almirante tiene sus defectos, pero es muy buena persona, y ha sido más que un padre para mí. Pocos padres me habrían dejado ir a mi capricho como ha hecho él. No predispongas a Fanny contra él. Tengo que conseguir que se quieran.
Mary se abstuvo de decir lo que pensaba: que no había dos personas en el mundo cuyos caracteres y costumbres fueran más dispares; el tiempo se encargaría de descubrírselo. Pero no pudo por menos de hacer este comentario a propósito del almirante:
—Henry, conceptúo tan alto a Fanny Price que si pensase que la próxima señora Crawford iba a tener la mitad de los motivos que tuvo mi pobre y maltratada tía para odiar el apellido mismo, impediría el matrimonio si pudiese. Pero te conozco, y sé que la esposa a la que ames será la más feliz de las mujeres y que, aun cuando dejases de amarla, encontraría en ti la liberalidad y la buena crianza de un caballero.
Naturalmente, el eje de su elocuente respuesta fue la imposibilidad de no hacer todo en el mundo para que Fanny fuese feliz, y de dejar de amar a Fanny Price.
—Si la hubieses visto esta mañana, Mary —prosiguió—, atendiendo con indecible dulzura y paciencia a todas las exigencias estúpidas de su tía, trabajando con ella, y para ella, con los colores hermosamente encendidos al inclinarse sobre la labor, y luego volver a su silla a terminar la nota que estaba redactando por encargo de esa estúpida, y todo con la mayor sencillez, como si fuese lo más natural no disponer de un instante siquiera para sí misma, con el cabello cuidadosamente ordenado como siempre, y un ricito colgándole delante, mientras escribía, que periódicamente se echaba para atrás; y a todo esto, hablando conmigo de cuando en cuando, o escuchando como encantada lo que yo decía. Si la hubieses visto así, Mary, no se te ocurriría insinuar que pueda cesar alguna vez su dominio sobre mi corazón.
—Mi queridísimo Henry —exclamó Mary, deteniéndose de repente y sonriéndole a la cara—, ¡cuánto me alegra saberte enamorado! Para mí es una delicia. Pero ¿qué dirán la señora Rushworth y Julia?
—Me da igual lo que digan o lo que piensen. Ahora se darán cuenta de la clase de mujer que puede ganar mi afecto, que puede ganar a un hombre con sensibilidad. Ojalá el descubrimiento les sirva de algo. Y ahora verán a su prima tratada como debe ser; y ojalá se sientan sinceramente avergonzadas de su detestable desatención y falta de amabilidad. Se enfadarán —añadió tras un momento de silencio, y en tono más frío—: La señora Rushworth se pondrá furiosa. Será una píldora amarga para ella; es decir, como todas las píldoras, tendrá dos momentos: al principio le sabrá amarga, luego se la tragará y se olvidará de ella; porque no soy tan fatuo como para suponer sus sentimientos más duraderos que los de otras mujeres, aunque fuera yo su destinatario. Sí, Mary, mi Fanny notará una diferencia, una diferencia día tras día, hora tras hora, en la actitud de todos respecto a ella; y la culminación de mi felicidad será saber que soy el autor de ese cambio, que soy la persona que la ha puesto en el lugar que en justicia se merece. Ahora carece de independencia, de amparo, de amigos, y está desatendida y olvidada.
—No, Henry; no todos la tienen así; no todos la tienen olvidada; no está sola y olvidada. Su primo Edmund no la olvida nunca.
—Edmund, es cierto. Creo que, en términos generales, es amable con ella; y lo mismo sir Thomas, a su manera; aunque es la manera de un tío rico, superior, campanudo y arbitrario. ¿Qué pueden Edmund y sir Thomas juntos, qué hacen por su felicidad, su bienestar, su honra y su dignidad en el mundo, comparado con lo que haré yo?