Su tío y sus dos tías estaban en el salón cuando Fanny llegó abajo. El primero se volvió interesado hacia Fanny, y observó complacido la elegancia de su aspecto y su notable belleza. Todo lo que se permitió alabar en su presencia fue la pulcritud y corrección del vestido; pero cuando, poco después, volvió a ausentarse de la habitación, comentó su belleza con decidida admiración.
—Sí —dijo lady Bertram—; está muy guapa. Le he mandado a la señora Chapman.
—Ya lo creo que lo está —exclamó la señora Norris—; no faltaría más, con tantas cosas favorables a su disposición: educada en esta familia como ha sido, y con la ventaja de tener delante los modales de sus primas. Piense, mi querido sir Thomas, en las enormes facilidades que usted y yo le hemos proporcionado. Hasta el vestido que lleva se lo regaló usted generosamente para la boda de nuestra querida señora Rushworth. ¿Cómo habría sido si no la llegamos a coger nosotros en nuestras manos?
Sir Thomas no dijo nada más; pero cuando se sentaron a la mesa, las miradas de los dos jóvenes le confirmaron que podía abordar de nuevo el tema con más éxito cuando se retirasen las damas. Fanny notó su aprobación; y el saber que su aspecto agradaba la hizo sentirse aún mejor. Por diversos motivos era feliz, y pronto la hicieron aún más; porque cuando sus tías abandonaron la habitación, Edmund, que sostenía abierta la puerta, le dijo al salir ella también:
—Tienes que bailar conmigo, Fanny; tienes que reservarme dos bailes; los dos que quieras, salvo los primeros.
Fanny no deseaba otra cosa. Nunca se había encontrado en un estado tan cercano a la felicidad. Ya no le sorprendía la antigua alegría de sus primas, el día de baile; se daba cuenta de que era efectivamente delicioso; y se puso a practicar sus pasos en el salón, ahora que no se fijaba en ella su tía Norris, dedicada de momento a reordenar y lastimar el espléndido fuego que el mayordomo había preparado.
Siguió media hora que en cualquier otra circunstancia habría transcurrido lánguidamente; pero en Fanny aún predominaba la dicha. No tenía más que pensar en su conversación con Edmund, y ¿qué más daba la impaciencia de la señora Norris? ¿Qué importaban los bostezos de lady Bertram?
Se les unieron los caballeros; y poco después empezó la dulce espera de los coches, cuando pareció difundirse un clima general de bienestar y alegría, y todo el mundo estaba de pie, y charlaba y reía, y cada momento traía su gozo y su esperanza. Fanny se daba cuenta de que Edmund se esforzaba en estar contento, pero la aliviaba ver que hacía ese esfuerzo con éxito.
Cuando se oyeron de verdad los carruajes, cuando empezaron a llegar de verdad los invitados, decayó sensiblemente la euforia de su corazón: el ver tantos desconocidos la hizo replegarse hacia adentro de sí misma; además de la gravedad y el formalismo del primer gran círculo, que ni los modales de sir Thomas ni los de lady Bertram lograban disipar, se encontraba con que de vez en cuando la llamaban a soportar algo peor. Su tío la presentaba aquí y allá, y se veía obligada a escuchar, hacer la reverencia y responder. Era una ardua tarea, y nunca acudía a cumplirla sin mirar a William, que andaba a sus anchas por el fondo de la escena, deseando estar con él.
La entrada de los Grant y los Crawford supuso una transición favorable. Enseguida desapareció el envaramiento de la reunión ante sus modales corrientes y su familiaridad general: se formaron grupitos, y todo el mundo empezó a sentirse a gusto. Fanny notó la ventaja; y una vez abandonado el penoso deber de la cortesía, habría vuelto a sentirse dichosa si hubiera podido evitar que sus ojos vagaran entre Edmund y Mary Crawford. Ella estaba bellísima. ¿Qué no podía ocurrir al final? Su meditación concluyó al descubrir ante sí al señor Crawford, y sus pensamientos tomaron otro derrotero al pedirle éste, casi inmediatamente, los dos primeros bailes. Ahora su felicidad tuvo un sabor agridulce. Tener asegurada la pareja al principio era esencial, porque se estaba acercando gravemente el momento de empezar, y comprendía lo bastante poco sus derechos como para pensar que si el señor Crawford no se lo hubiera pedido, habría sido la última en ser solicitada, y habría conseguido pareja sólo mediante una serie de averiguaciones, tanteos e intromisiones que habrían sido terribles; pero al mismo tiempo había una intencionalidad en su manera de solicitarla que no le gustaba, y vio que su mirada se detenía un instante en el collar, con una sonrisa —a Fanny le pareció una sonrisa— que la hizo ruborizarse y sentirse mal. Y aunque no hubo una segunda mirada que la turbara, aunque el propósito de él parecía ser entonces meramente el de agradar, no logró sobreponerse a su confusión, acentuada como estaba por la conciencia de que él se daba cuenta, y no se serenó hasta que él la dejó para saludar a alguien. Entonces pudo alcanzar poco a poco la satisfacción sincera de tener una pareja, una pareja voluntaria, antes de que empezara el baile.
Cuando los invitados se dirigían al salón donde iba a tener lugar el baile, Fanny se encontró por primera vez junto a la señorita Crawford, cuyos ojos y sonrisa fueron más inequívocamente directos que los de su hermano. Y empezó a hablar del particular, cuando Fanny, deseosa de poner fin a la historia, se apresuró a explicarle el porqué del segundo collar: la verdadera cadena. La señorita Crawford la escuchó, y se olvidó de todos los cumplidos e insinuaciones que pretendía hacerle; no se daba cuenta más que de una cosa; y al tiempo que sus ojos, que ya tenía brillantes, se encendían aún más, exclamó con vivo placer:
—¿De verdad? ¿Ha hecho eso Edmund? Muy propio de él. Ningún hombre habría caído en un detalle así. No tengo palabras para expresar mi admiración.
Y miró a su alrededor como deseosa de decírselo. No estaba cerca; se hallaba con un grupo de damas fuera del salón; y la señora Grant se acercó a las dos jóvenes, cogió a una y a otra del brazo, y siguieron a los demás.
A Fanny se le encogió el corazón, pero no había tiempo para pensar demasiado siquiera en los sentimientos de la señorita Crawford. Estaban en el salón del baile, sonaban los violines, y su espíritu experimentaba una agitación que le impedía fijarse en nada serio. Debía observar la disposición general y ver cómo se hacía todo.
Unos minutos después se le acercó sir Thomas y le preguntó si tenía comprometido el primer baile; y el «Sí, señor; con el señor Crawford» fue exactamente lo que él había esperado oír. El señor Crawford no estaba lejos; sir Thomas le llevó junto a ella, diciendo algo que reveló a Fanny que iba a ser ella la que iría a la cabeza y abriría el baile, idea que ni se le había ocurrido hasta ahora. Cada vez que había pensado en los detalles de la velada, había considerado como cosa natural que fuera Edmund quien empezara, con la señorita Crawford; y la impresión fue tan fuerte que, aunque su tío dijo lo contrario, no pudo reprimir una exclamación de sorpresa, unas palabras sobre su incapacidad, una súplica, incluso, de que se la excusara. Sostener su opinión frente a la de sir Thomas era la prueba de la extremidad del caso, pero sintió tal horror ante la noticia que incluso fue capaz de mirarle a la cara, y decir que esperaba que pudiera disponerlo de otro modo; pero fue inútil: sir Thomas sonrió, intentó darle ánimos, y a continuación se puso demasiado serio y dijo con demasiada determinación: «Tiene que ser así, querida», para que Fanny se atreviera a decir una palabra más; y un momento después se encontró con que el señor Crawford la conducía a la cabecera del salón, deteniéndose allí para que se les unieran las demás parejas, una tras otra, a medida que se iban formando.
No acababa de creérselo. ¡Ponerla por encima de tantas jóvenes elegantes! Era demasiada distinción. ¡Era tratarla como a sus primas! Y sus pensamientos volaron hacia esas primas ausentes con el más sincero y tierno pesar por que no estuvieran en casa para ocupar el sitio que les correspondía, y participar de un placer sin duda muy delicioso para ellas. ¡La de veces que las había oído desear que se celebrase un baile en casa como la mayor de las felicidades! Y tenerlas lejos cuando se celebraba… y ser ella la que abría el baile… ¡y con el señor Crawford, además! Esperaba que no le envidiaran esta distinción ahora; pero al recordar cómo estaban las cosas en el otoño, cómo se habían portado los unos con los otros, cuando bailaron una vez en esta casa, casi no podía entender la actual decisión.
Comenzó el baile. Fanny se sintió más honrada que dichosa, al menos en la primera danza; su pareja estaba de excelente humor e intentaba hacerla partícipe, pero ella estaba demasiado asustada para encontrar ningún placer, hasta que creyó que ya no se fijaban en ella. Joven, dulce y bonita, no cometía una torpeza que no fuera como una gracia, y pocas eran las personas presentes que no estuvieran dispuestas a alabarla. Era atractiva, era modesta, era la sobrina de sir Thomas, y no tardó en decirse que era admirada por el señor Crawford. No hacía falta más para ganarse el favor general. El propio sir Thomas observaba con gran complacencia sus evoluciones en el baile; estaba orgulloso de su sobrina; y sin atribuir toda su belleza personal, como hacía la señora Norris, a su trasplante a Mansfield, estaba contento consigo mismo por haber aportado lo demás: la educación y los modales se los debía a él.
La señorita Crawford adivinó muchos de los pensamientos de sir Thomas, allí de pie; y movida por un deseo de congraciarse con él, pese a todas sus injusticias con ella, aprovechó una ocasión para acercarse a decirle algo agradable de Fanny. Fue un cumplido cálido, y él lo recibió como la señorita Crawford había deseado, confirmándolo en la medida en que la discreción, la mesura y la lentitud en el habla lo permitían; y desde luego, con mucho más conocimiento de la materia que su esposa, cuando, poco después, Mary, al verla en un sofá cercano, se volvió hacia ella antes de empezar a bailar, para felicitarla por la belleza de la señorita Price:
—Sí, está muy guapa —respondió plácidamente lady Bertram—. La ha ayudado a vestirse la señora Chapman. Se la he mandado yo.
No era sino que estaba tan sorprendida de su propia amabilidad al mandarle a Chapman, que no se le iba de la cabeza.
La señorita Crawford conocía demasiado bien a la señora Norris para pensar en congraciarse con ella halagando a Fanny; a ella, cuando se presentó la ocasión, le dijo: «¡Ah, señora, cuánto echamos de menos esta noche a Julia y a la señora Rushworth!». Y la señora Norris la recompensó con todas las sonrisas y palabras corteses que le dio tiempo, en medio de las muchas ocupaciones que asumía, organizando mesas de juego, brindando sugerencias a sir Thomas y tratando de llevarse a todas las señoras de compañía a una parte mejor de la habitación.
En su afán de agradar, la señorita Crawford erró estrepitosamente con la propia Fanny. Quería comunicar a su corazoncito un temblor de felicidad e infundirle una deliciosa sensación de importancia; e interpretando equivocadamente su rubor, pensó que debía hacerlo así, cuando fue a ella después de los dos primeros bailes, y dijo con una mirada significativa:
—Tal vez pueda decirme usted a qué va mañana mi hermano a la ciudad. Dice que tiene que ocuparse de un asunto, pero no me ha dicho cuál. ¡Es la primera vez que me niega su confianza! Aunque eso es algo que nos llega a todos. Tarde o temprano, a todos nos sustituyen. Ahora, para informarme, debo acudir a usted. Dígame, por favor, ¿a qué va Henry?
Fanny proclamó su ignorancia con toda la firmeza que le permitía su confusión.
—Está bien —contestó la señorita Crawford riendo—; tendré que suponer que es meramente por el gusto de llevar a su hermano, y hablar de usted por el camino.
Fanny se quedó confusa; pero era una confusión de desagrado, en tanto la señorita Crawford se extrañaba de que no sonriera, y la creyó demasiado nerviosa, o la creyó rara, o la creyó cualquier cosa, menos que fuera insensible a las atenciones de Henry. Fanny había disfrutado mucho en el transcurso de la velada; pero las atenciones de Henry habían tenido muy poco que ver. Hubiera preferido que él no le hubiese pedido tan pronto bailar otra vez, y deseó no haber sospechado que sus preguntas a la señora Norris, antes, sobre la hora de la cena eran para darle a entender que estaría en esa parte de la velada. Y no podía evitarlo; el señor Crawford hacía que se sintiera blanco de todas las miradas; aunque no podía decir que fuera desagradable, que su comportamiento fuera indelicado u ostentoso. Y a veces, cuando hablaba de William, no carecía de cierta simpatía, y manifestaba incluso un corazón entusiasta que le honraba. Sin embargo, sus atenciones no contribuían a la alegría de Fanny. Era feliz cuando miraba a William, y veía lo mucho que disfrutaba, durante los cinco minutos que de vez en cuando pasaba con él, y le oía contar cómo le había ido con sus parejas; era feliz cuando se sabía admirada, y era feliz pensando que aún le quedaban los dos bailes con Edmund durante la parte más importante de la velada, siendo su mano tan ansiosamente solicitada, que constantemente posponía su compromiso con él. Y fue feliz cuando tuvieron lugar los dos bailes: aunque no por alguna efusión emocional por parte de él, o alguna frase de tierna galantería como las que le habían iluminado la mañana. Edmund tenía la mente cansada, y la felicidad de ella provenía de ser la amiga en la que podía encontrar descanso.
—Estoy cansado de cortesía —dijo—. Llevo toda la noche hablando sin parar, y sin tener nada que decir. En cambio contigo, Fanny, puedo descansar en paz. No necesitas que te hablen. Permitámonos el lujo del silencio.
Fanny murmuró a duras penas unas palabras de coincidencia. Debía respetar de manera especial este cansancio, que sin duda le venía en gran medida de los sentimientos que le había confesado por la mañana; y bailaron sus dos bailes con tan grave tranquilidad que cualquier observador podía llegar a la convicción de que sir Thomas había educado a una esposa para su hijo más joven.
La velada proporcionó poca alegría a Edmund. La señorita Crawford había estado alegre cuando bailaron juntos la primera vez, pero no era su alegría lo que podía ayudarle a él; más que animarle, le deprimió; y después —porque se había sentido impulsado a buscarla otra vez—, le había dolido su manera de hablar del ministerio al que ahora estaba a punto de pertenecer. Habían hablado, y habían guardado silencio; él había razonado, ella se había burlado, y finalmente se habían separado molestos el uno con el otro. Fanny, incapaz de abstenerse totalmente de observarlos, había visto lo bastante para sentirse relativamente satisfecha. Era cruel alegrarse cuando Edmund estaba sufriendo. Sin embargo, alguna satisfacción debía venirle, y le venía de esa misma convicción de que sufría.
Al terminar sus dos bailes con él, a Fanny se le habían acabado las ganas y las fuerzas para más; y sir Thomas, que la había visto más deambular que bailar entre el grupo cada vez más reducido, con la respiración agitada y una mano en el costado, le ordenó que permaneciese sentada. Desde ese momento, el señor Crawford permaneció sentado también.
—¡Pobre Fanny! —exclamó William, acercándose un momento a visitarla, y manejando el abanico de su pareja como si fuera una cuestión de vida o muerte—; ¡qué pronto ha caído! Y eso que la diversión no ha hecho más que empezar. Espero que nosotros podamos continuar las dos próximas horas. ¿Cómo es que te has cansado tan pronto?
—¿Tan pronto? Mi querido amigo —dijo sir Thomas, sacándose el reloj con la debida precaución—, son las tres, y tu hermana no está acostumbrada a estas horas.
—Bueno, Fanny, mañana no te levantes cuando yo me vaya. Duerme todo lo que puedas; no me importará.
—¡Ah, William!
—¿Cómo? ¿Pensaba estar levantada antes de que te fueras?
—¡Sí, señor! —exclamó Fanny, abandonando ansiosamente su silla para acercarse más a su tío—. Tengo que levantarme a desayunar con él. Será la última vez, la última mañana.
—Será mejor que no lo hagas. A las nueve y media tiene que haber desayunado y estar preparado. Señor Crawford, ¿le parece pasar por él a las nueve y media?
Pero Fanny insistió demasiado, y tenía demasiadas lágrimas en los ojos, para negársele; y el asunto acabó en un benévolo «Está bien, está bien», que significó la concesión del permiso.
—Sí, a las nueve y media —dijo Crawford a William, cuando éste se alejaba—; seré puntual, porque no habrá ninguna hermana cariñosa que se levante por mí. —Y en tono más bajo dijo a Fanny—: Sólo habrá una casa desolada de la que huir. Mañana, su hermano encontrará muy diferentes su noción del tiempo y la mía.
Tras meditar un momento, sir Thomas pidió a Crawford que se reuniese a desayunar con ellos, por la mañana temprano, en vez de hacerlo solo; él estaría también; y la presteza con que fue aceptada su invitación le confirmó lo bien fundada que era la sospecha que —debía confesarse a sí mismo— este baile había generado en gran medida. El señor Crawford estaba enamorado de Fanny. Tuvo una grata visión de lo que podía representar. Su sobrina, entretanto, no le agradeció lo que acababa de hacer. Había esperado tener a William para ella sola la última mañana. Habría sido una dicha inefable. Pero aunque se habían desbaratado sus deseos, carecía de espíritu para murmurar. Al contrario, estaba tan poco acostumbrada a que la consultasen, o a que se hiciera algo para complacerla, que estuvo más dispuesta a sorprenderse y alegrarse de haber logrado lo que había logrado, que a quejarse de la contrariedad que siguió a continuación.
Poco después, sir Thomas volvía a estropear un poco su esperanza, al aconsejarle que se fuera inmediatamente a la cama. «Consejo» fue el término que empleó, pero fue un consejo absolutamente coercitivo, y no tuvo más remedio que levantarse y, con una muy cordial despedida por parte del señor Crawford, se fue en silencio, deteniéndose en la puerta «un momento nada más», como la señora de Branxholm Hall, para contemplar la feliz escena, y echar una última mirada a las cinco o seis parejas decididas que aún seguían incansables; luego subió lentamente la escalera principal, perseguida por la incesante contradanza, febril de esperanzas y temores, de sopa y vino caliente con especias, cansada, con los pies doloridos, agitada y nerviosa, y pensando pese a todo que el baile era algo delicioso.
Quizá no pensaba sir Thomas solamente en su salud para enviarla así a la cama. Quizá se le ocurrió que el señor Crawford había estado con ella suficiente tiempo, o quizá pretendía recomendarla como esposa mostrando lo fácil que era de convencer.