Al llegar a casa, subió inmediatamente a guardar su inesperada adquisición —este dudoso bien del collar—, en cierta caja favorita de la habitación del este donde guardaba sus pequeños tesoros. Pero al abrir la puerta, ¡cuál no fue su asombro al encontrar a su primo Edmund ante la mesa, escribiendo! Como era la primera vez que sucedía esto, fue casi tan maravilloso como agradable.
—Fanny —dijo inmediatamente, dejando la silla al mismo tiempo que la pluma, y yendo a su encuentro con algo en la mano—, perdona que esté aquí. He venido a buscarte; después de estar un rato esperando, he echado mano de tus cosas de escribir para explicarte mi visita. Ahí te dejo el principio de la nota; ahora puedo decírtelo de palabra; era para pedirte que aceptes esta pequeñez: una cadena para el crucifijo de William. Hace una semana que te la debía haber dado; pero ha habido un retraso porque mi hermano tardó en llegar a la capital unos días más de lo que yo pensaba. Acabo de recibirla de Northampton. Espero que te guste. He procurado tener en cuenta tu gusto sencillo; en todo caso, sé que comprenderás mi intención; considéralo, como es en realidad, una prueba de cariño de uno de tus más viejos amigos.
Y dicho esto se marchó a toda prisa, antes de que Fanny, dominada por mil sentimientos de dolor y de felicidad, pudiese hablar; pero acuciada por un inmenso deseo, exclamó:
—¡Primo, espera un momento, por favor!
Edmund regresó.
—No es para darte las gracias —prosiguió ella en tono muy nervioso—. Por supuesto que te lo agradezco. Siento mucho más de lo que soy capaz de expresar. Tu bondad al pensar en mí de ese modo va más allá…
—Si es eso todo lo que tienes que decir, Fanny —dijo sonriendo, y dando media vuelta otra vez.
—No, no es todo. Quiero consultarte una cosa.
Casi sin darse cuenta, había desenvuelto ahora el paquete que él acababa de ponerle en las manos; y al ver ante sí, en medio de la delicada envoltura del joyero, una cadena de oro sencilla y sin adornos, no pudo evitar exclamar otra vez:
—¡Ah, es preciosa de verdad! ¡Exactamente lo que yo quería! Es el único adorno que siempre he deseado tener. Y llega también en un momento de lo más oportuno. ¡Ay, primo, no sabes qué oportuno es!
—Mi querida Fanny; das excesiva importancia a estas cosas. Me alegro muchísimo de que te guste, y de que haya llegado a tiempo para mañana. Pero tu agradecimiento sobrepasa con mucho el motivo. Créeme, para mí no hay mayor placer en este mundo que contribuir al tuyo. Sí, puedo decir con toda seguridad que para mí ninguno es más completo. Más sin defecto.
Ante esta expresión de cariño, Fanny podía haber estado una hora sin decir una palabra; pero Edmund, tras esperar un momento, la obligó a bajar de su vuelo celestial, diciendo:
—Bueno, ¿qué querías consultarme?
Era sobre el collar que ahora estaba vivamente deseosa de devolver; decisión que esperaba que él aprobara. Le contó el episodio de su reciente visita. Y aquí terminó su arrobamiento; porque Edmund estaba tan sorprendido por el detalle, tan complacido con lo que la señorita Crawford había hecho, tan satisfecho de haber coincidido con ella en este gesto, que Fanny no pudo por menos de reconocer en él un placer más fuerte que su razón, aunque quizá contenía algún defecto. Tardó unos momentos en hacer que se enterara de su propósito, y en recibir respuesta su solicitud de consejo: Edmund, transportado en cálidos ensueños, se limitaba a murmurar de vez en cuando alguna frase de elogio. Pero cuando volvió en sí, y comprendió, se opuso terminantemente a lo que Fanny pensaba hacer.
—¿Devolver el collar? No, mi querida Fanny, de ninguna manera. Eso sería humillante para ella. No hay nada tan desagradable como que nos devuelvan una cosa que hemos regalado con la razonable esperanza de contribuir al bienestar de un amigo. ¿Por qué privarla de un placer del que se ha mostrado merecedora?
—Si el regalo me hubiese llegado a mí de primera mano —dijo Fanny—, no se me ocurriría devolverlo. Pero dado que se trata de algo que le ha regalado su hermano, ¿no es acertado suponer que preferirá no quedarse sin él, puesto que ya no lo necesito?
—No debe suponer que no lo necesitas, que no se lo aceptas al menos. Y como no significa nada el que haya sido originalmente un regalo de su hermano, puesto que a ella no le ha impedido ofrecértelo, ni a ti aceptarlo, no tiene que ser obstáculo para que te lo quedes. Evidentemente, es más bonito que el mío, y más apropiado para un baile.
—No, no es más bonito; no es más bonito como collar. Y para lo que yo lo quiero, ni la mitad de apropiado. La cadena va con el crucifijo de William infinitamente mejor que el collar.
—Por una noche, Fanny; sólo por una noche, aunque sea un sacrificio… Estoy seguro de que, cuando lo hayas meditado, harás ese sacrificio, antes que causarle una decepción a la persona que ha estado tan pendiente de darte gusto. Las atenciones que la señorita Crawford ha tenido contigo (ni más ni menos que las que justamente mereces, sería la última persona en pensar lo contrario) han sido constantes; y devolvérselas con lo que podría tener cierto aire de ingratitud, aunque sé que no tiene en absoluto ese significado, no es propio de ti, por supuesto. Ponte el collar mañana por la noche, como es tu obligación, y deja la cadena, que no tiene nada que ver con el baile, para ocasiones más corrientes. Ése es el consejo que te doy. No quiero que haya la menor sombra de frialdad entre las dos personas cuya creciente amistad he venido observando con la mayor alegría, y en cuyos modos de ser hay tanta coincidencia en cuanto a sincera generosidad y delicadeza natural, que las pequeñas diferencias, derivadas sobre todo de la situación de una y otra, no son siquiera mediano impedimento para una perfecta amistad. No quisiera que surgiese la menor sombra de frialdad —repitió, apagándosele un poco la voz— entre las dos personas que más quiero en este mundo.
Se marchó en cuanto hubo terminado de hablar, y Fanny se quedó para tratar de serenarse. Era una de las dos personas que más quería… Eso debía sostenerla. Pero ¿y la otra? ¿Y la primera? Nunca le había oído hablar tan claramente; y aunque no había dicho sino lo que ella había notado hacía tiempo, fue una puñalada. Porque revelaba cuáles eran sus convicciones y sus propósitos. Estaban decididos. Se casaría con la señorita Crawford. Era una puñalada, a pesar de que era lo que esperaba desde hacía tiempo; y tuvo que repetirse una y otra vez que era una de las dos personas que más quería, antes de que las palabras le produjeran alguna sensación. Si pudiera convencerse de que la señorita Crawford le merecía, sería… ¡Ah, qué diferente sería!… ¡Cuánto más soportable! Pero Edmund estaba engañado con ella: le atribuía méritos que no tenía; y tenía los defectos de siempre, aunque él ya no los veía. Hasta que no hubo derramado abundantes lágrimas por este engaño, no fue capaz Fanny de reprimir su agitación; y sólo logró disipar el desaliento que siguió con fervientes plegarias por que fuera feliz.
Era su intención —y creía que era su deber— intentar vencer todo lo que era excesivo, todo lo que rayaba en el egoísmo, en su afecto por Edmund. Llamarlo o considerarlo una pérdida, un desengaño, habría sido una presunción para la que no tenía palabras lo bastante fuertes que apaciguasen su propia humildad. Pensar en él del mismo modo que la señorita Crawford tenía derecho a pensar, sería una locura. Para ella, Edmund no podía ser nada en absoluto… nada, sino un amigo. ¿Por qué se le ocurría entonces una idea que tenía que reprobar y prohibir? No debía haberle tocado los confines de la imaginación. Se esforzaría en ser razonable, y merecer el derecho a juzgar el carácter de la señorita Crawford y el privilegio de la verdadera solicitud por él mediante un entendimiento sano y un corazón honesto.
Fanny tenía todo el heroísmo de los principios, y estaba decidida a cumplir su deber; pero como tenía también muchos sentimientos juveniles y naturales, no es de extrañar que, tras haber tomado todas estas buenas resoluciones en cuanto a dominarse a sí misma, cogiera el trozo de papel en el que Edmund había empezado a escribirle la nota como un tesoro sin esperanzas, y después de leerlo con tierna emoción: «Queridísima Fanny: quiero que me hagas el favor de aceptar…», lo guardara bajo llave, junto con la cadena, como la parte más apreciada del regalo. Era lo único aproximado a una carta que recibía de él. Jamás le había escrito, y era imposible que recibiera otra más absolutamente gratificante en cuanto a ocasión y estilo. Jamás salieron dos líneas más apreciadas de la pluma del más distinguido escritor…, ni fueron más completamente bendecidas las investigaciones del más cariñoso biógrafo. El entusiasmo del amor femenino va mucho más allá incluso que el del biógrafo. Para ella, la escritura misma, independientemente de lo que pueda comunicar, es en sí una bendición. ¡Jamás hubo caracteres trazados por un ser humano, como los de la más rutinaria escritura de Edmund! Estas palabras, escritas a toda prisa como estaban, eran impecables. Había una felicidad en la fluidez de las tres primeras palabras, en la disposición de «Mi queridísima Fanny», que habría podido seguir contemplándolas eternamente.
Después de moderar sus pensamientos y sosegar sus sentimientos con esta mezcla feliz de entendimiento y debilidad, pudo bajar al cabo de un rato, reanudar sus quehaceres junto a su tía Bertram, y tributarle el habitual acatamiento sin aparente falta de ánimo.
Llegó el jueves destinado al gozo y la esperanza, y empezó para Fanny con mejores auspicios de los que a menudo ofrecían esos días obstinados e inmanejables; porque poco después del desayuno llegó una nota amabilísima del señor Crawford para William, informándole de que, como a la mañana siguiente tenía que ir a Londres por unos días, no podía por menos de intentar procurarse un compañero; así que esperaba, si William se decidía a marcharse de Mansfield medio día antes de lo que había pensado, que aceptase una plaza en su coche. El señor Crawford tenía intención de estar en la ciudad a la hora de cenar habitual de su tío, por lo que invitaba a William a cenar con él en casa del almirante. El ofrecimiento agradó a William: le encantó la idea de ir en coche de cuatro caballos y en compañía de un amigo tan jovial y simpático; y el parecido a viajar en coche expreso sugería a su imaginación que iba a ser un viaje alegre y digno. Y Fanny, por diferente motivo, se sintió sumamente complacida: porque el plan original era que William se fuera en el correo de Northampton a la noche siguiente, lo que no le habría permitido una hora de descanso antes de coger la diligencia de Portsmouth; y aunque este ofrecimiento del señor Crawford le robaría muchas horas de estar con su hermano, se sentía demasiado contenta de que se ahorrase a William el cansancio de ese viaje para pensar en otra cosa. Sir Thomas lo aprobó por otra razón. La presentación de su sobrino al almirante Crawford podía ser de utilidad. Creía que el almirante tenía influencia. En general, fue una nota portadora de alegría. Animó a Fanny durante media mañana, además de traerle la satisfacción adicional de que su autor iba a marcharse.
En cuanto al baile inminente, Fanny tenía demasiadas tribulaciones y temores para disfrutar de antemano la mitad siquiera de lo que debía, o de lo que suponían muchas jóvenes que esperaban el mismo acontecimiento en posición más cómoda, aunque con menos expectación, con menos interés y con menos gratificación especial de la que le atribuían a ella. La señorita Price, a la que conocían por su nombre sólo la mitad de los invitados, iba a hacer ahora su primera aparición, y debía ser considerada la reina de la velada. ¿Quién podía ser más feliz que la señorita Price? Pero la señorita Price no había sido educada para este asunto de debutar; y si hubiese sabido qué importancia se daba a ella respecto a este baile, habría menguado mucho su tranquilidad al aumentarle el temor que ya tenía de equivocarse y ser el blanco de las miradas. Bailar sin que se fijasen en ella y sin cansarse demasiado, tener fuerzas y pareja durante la mitad de la velada, bailar un poco con Edmund y no mucho con Crawford, ver disfrutar a William, y poder estar lejos de su tía Norris, era lo que más ambicionaba, y lo que parecía comprender su mayor máxima. Dado que éstas eran sus mayores esperanzas, no todas podrían cumplirse; y a lo largo de esa larga mañana, pasada principalmente con sus dos tías, estuvo a menudo bajo el influjo de visiones mucho menos halagüeñas. William, decidido a hacer de su último día un día de completo disfrute, salió a cazar agachadizas; Edmund —tenía motivos de sobra para suponerlo— estaba en la casa parroquial; y Fanny, sola frente a las impertinencias de la señora Norris, que estaba enojada porque el ama de llaves pretendía imponer su criterio sobre la cena, y a la que ella no podía evitar, aunque el ama de llaves sí, empezó a pensar finalmente que todo iba mal por culpa del baile; y cuando, con una última zozobra, la enviaron a vestirse, se fue con paso lánguido a su habitación, incapaz de sentir alegría, como si no la permitieran participar de ella.
Mientras subía despacio, iba pensando en el día anterior: era la misma hora más o menos en que había regresado de la casa parroquial, y había encontrado a Edmund en la habitación del este. ¡Ojalá le encontrara hoy otra vez!, se dijo, permitiéndose un pensamiento de afecto.
—Fanny —dijo una voz en ese momento cerca de ella. Se sobresaltó; y al alzar los ojos, vio en el otro extremo del pasillo al que acababa de llegar por la otra escalera, al propio Edmund. Venía hacia ella—. Pareces cansada, Fanny. Has andado demasiado.
—No. Ni siquiera he salido.
—Entonces te has cansado dentro de casa, lo que es peor. Debías haber salido.
Fanny, que no era aficionada a quejarse, encontró más fácil no contestar; y aunque él la miraba con su habitual amabilidad, se dio cuenta de que había dejado de fijarse en su cara enseguida. No le notaba muy animado; sin duda le pasaba algo que no tenía nada que ver con ella. Siguieron subiendo juntos, dado que sus habitaciones estaban en el mismo piso.
—Vengo de casa del doctor Grant —dijo Edmund un momento después—. Puedes adivinar a qué he ido. —Parecía tan absorto, que a Fanny sólo se le ocurrió un único recado; y le produjo tal malestar que fue incapaz de hablar—. Quería pedirle a la señorita Crawford los dos primeros bailes —explicó a continuación; con lo que devolvió a Fanny a la vida, permitiéndola, al comprender ella que esperaba que hablase, expresar algo así como una pregunta acerca del resultado—. Sí —contestó él—. Me los ha reservado; pero —con una sonrisa que no le sentaba bien— dice que es la última vez que bailará conmigo. No hablaba en serio, creo, espero… Seguro que no hablaba en serio. Pero preferiría no habérselo oído. Dice que nunca ha bailado con un sacerdote, y que nunca lo hará. Por mi parte, hubiera querido que no se celebrase ningún baile precisamente en… en esta semana; quiero decir, en este día… ¡Me marcho mañana!
Fanny hizo un esfuerzo en hablar, y dijo:
—Siento mucho que haya ocurrido algo que te disgusta. Hoy debería ser un día de alegría. Era lo que pretendía mi tío.
—¡Ah, sí, sí! Y será un día de alegría. Acabará bien. Mi malhumor es sólo momentáneo. En realidad, no es que considere inoportuno el baile; ¿qué más da eso? Pero, Fanny… —la detuvo cogiéndole la mano y hablándole con voz baja y seria—, tú sabes lo que significa todo esto. Tú sabes lo que pasa; y quizá puedes decirme, mejor de lo que podría decírtelo yo a ti, cómo y por qué me he puesto de malhumor. Deja que te hable un poco. Eres una amable, una amabilísima oyente. Me ha sentado mal su actitud esta mañana, y no consigo levantar el ánimo. Sé que su carácter es dulce e irreprochable como el tuyo; pero la influencia de sus antiguas compañías da a veces a su conversación, a las opiniones que expresa en público, un sesgo equivocado. No piensa equivocadamente, pero sí habla así en broma; y aunque sé que es broma, me duele profundamente.
—Es efecto de la educación —dijo Fanny suavemente.
Edmund no pudo por menos de estar de acuerdo.
—¡Sí, sus tíos! ¡Ellos han estropeado el espíritu más exquisito! Porque te confieso, Fanny, que a veces parece que es algo más que la educación; parece que tuviera corrompido el espíritu.
Fanny pensó que le pedía su opinión; así que, tras meditar un momento, dijo:
—Si sólo quieres que escuche, primo, seré lo más útil del mundo. Pero no estoy capacitada para aconsejar. No me pidas consejo. No soy competente en eso.
—Haces bien en negarte a ejercer esa función; pero no tienes por qué temer. Es un asunto sobre el que nunca pediría consejo. Es la clase de asunto sobre el que es mejor no consultar; e imagino que pocos lo consultan, salvo los que quieren que se les incline contra su conciencia. Yo sólo quiero hablar contigo.
—Una cosa más: perdona la franqueza, pero ten cuidado de lo que me vas a contar. No vayas a decir ahora nada de lo que puedas arrepentirte después. Puede que llegue el momento…
—¡Mi queridísima Fanny! —exclamó Edmund, cogiéndole la mano y besándosela casi con el mismo ardor que si fuera la de la señorita Crawford—. ¡Eres toda discreción! Pero aquí no hace falta. No llegará ese momento. Jamás llegará el momento al que te refieres. Empiezo a creer que es muy poco probable; las probabilidades van siendo cada vez menores. Y aunque así fuera, no habrá nada que tú o yo tengamos miedo de recordar, porque jamás me avergonzaré de mis escrúpulos; y si los pierdo, se deberá sólo a los cambios que engrandezcan su carácter más que al recuerdo de los defectos que tenía antes. Tú eres la única persona del mundo a la que le diría lo que he dicho; pero siempre has sabido la opinión que tengo de ella; tú eres testigo, Fanny, de que nunca he andado a ciegas. ¡Cuántas veces hemos hablado de sus pequeños errores! No tienes por qué temerme. Casi he renunciado a todo serio pensamiento con relación a ella; pero seré un zoquete si, me ocurra lo que me ocurra, alguna vez recuerdo tu amabilidad y comprensión sin la más sincera gratitud.
Edmund había dicho lo suficiente para hacer estremecer la experiencia de dieciocho años. Había dicho lo suficiente para transmitir a Fanny sentimientos mucho más dichosos que los que ella había abrigado últimamente; y ahora ya más animada, contestó:
—Sí, primo, estoy convencida de que tú eres incapaz de otra cosa, aunque quizá hay otros que no lo son. No me da miedo escuchar lo que quieras decirme. No te dé apuro. Cuéntame lo que quieras.
Estaban en el segundo piso, y la aparición de una criada les impidió seguir hablando. Para satisfacción de Fanny, se interrumpió quizá en el momento más feliz; de haber seguido hablando Edmund cinco minutos más, no sabemos si no se habría puesto a disertar sobre los defectos de la señorita Crawford y de su propio desaliento. En cambio así se separaron con una mirada de agradecido afecto en él, y un sentimiento sumamente precioso en ella. Hacía horas que Fanny no sentía nada parecido. Desde que se le desvaneció la primera alegría que le había traído la nota del señor Crawford a William, había permanecido hundida en el estado contrario, sin hallar sosiego dentro de ella, ni a su alrededor. Ahora, todo volvía a sonreírle. Otra vez le vino al pensamiento la suerte de William, y le pareció de más valor que al principio. También el baile: ¡qué acontecimiento placentero tenía ante sí! ¡Ahora era animado de verdad! Y empezó a vestirse para él con la feliz emoción que corresponde a un baile. Todo estaba bien: no le desagradó su aspecto. Y cuando llegó otra vez a los collares, su suerte fue completa; porque si bien lo intentó, no hubo forma de que el de la señorita Crawford pasara por el aro del crucifijo. Había decidido ponérselo para complacer a Edmund; pero era demasiado grueso. De modo que tendría que llevar la cadena. Y tras combinar con ilusionada ansiedad la cadena y el crucifijo, recordatorios de los dos seres más cercanos a su corazón, prendas hechas la una para la otra con todo lo real y todo lo imaginario, colgarse ambos objetos alrededor del cuello, y ver y sentir cuán impregnados estaban de William y de Edmund, fue capaz de decidir sin esfuerzo que se pondría el collar de la señorita Crawford también. Reconoció que estaba bien. La señorita Crawford tenía su derecho; y dado que ya no iba a usurpar, a interferir con más fuertes pretensiones, la más sincera amabilidad del otro, pudo hacerle justicia incluso complacida. En realidad, le sentaba muy bien; y Fanny abandonó finalmente la habitación, satisfecha de sí misma y de cuanto la rodeaba.
A todo esto, su tía Bertram se despertó con un inusitado grado de lucidez. El hecho es que se le había ocurrido, sin que nadie le dijese nada, que quizá le viniera bien a Fanny, que se estaba preparando para el baile, contar con una ayuda mejor que la de la criada de arriba; así que una vez vestida ella, mandó a su doncella para que le echase una mano. Naturalmente, fue demasiado tarde. La señora Chapman llegó al ático justamente cuando la señorita Price salía de su habitación completamente vestida, y sólo fueron necesarias las palabras de cortesía… Pero Fanny apreció la atención de su tía casi tanto como lady Bertram o la señora Chapman.