El deseo de William de ver bailar a Fanny dejó en su tío una huella más que momentánea. La esperanza que entonces había expresado sir Thomas de que tuviera una oportunidad no quedó en mera intención. Siguió firmemente dispuesto a complacer tan amable sentimiento… a complacer a todo el que quisiera ver bailar a Fanny, y a dar gusto a los jóvenes en general; meditó el asunto y llegó él solo a una decisión, que anunció a la mañana siguiente, cuando, después de recordar y aprobar durante el desayuno lo que su sobrino había dicho, añadió:
—No quiero que te marches de Northamptonshire, William, sin darte esa satisfacción. Será un placer para mí veros bailar a los dos. Has hablado de los bailes de Northampton. Tus primas solían asistir a ellos de vez en cuando; para nosotros, ahora, sería excesivo. Sería demasiado cansado para tu tía. Creo que no debemos pensar en un baile de Northampton. Sería más deseable uno en casa; y si…
—¡Ah, mi querido sir Thomas! —le interrumpió la señora Norris—. Ya lo sabía yo. Ya sabía yo lo que iba a decir. Si estuviese la querida Julia en casa, o nuestra amada señora Rushworth en Sotherton, para dar motivo y ocasión para una cosa así, se sentiría usted tentado de brindar a los jóvenes un baile en Mansfield. Sé que lo haría. Si estuvieran ellas para dar distinción al baile, tendríais ese baile estas mismas Navidades. Así que da las gracias a tu tío, William.
—Mis hijas —replicó sir Thomas, interrumpiéndola gravemente— tienen ocasión de disfrutar en Brighton, y espero que sean muy felices; pero el baile que pienso dar aquí en Mansfield será para sus primos. De haber podido estar todos juntos, nuestra satisfacción habría sido sin duda más completa; pero la ausencia de algunos miembros no debe privar de diversión a los demás.
La señora Norris no dijo una palabra más. Vio la decisión en su semblante, y necesitó unos minutos de silencio para sosegar su sorpresa y su desagrado. ¡Un baile ahora! ¡Con sus hijas ausentes, y sin consultarla a ella! Pero había algo que la iba a consolar muy pronto. Sería ella la que se encargaría de todo; naturalmente, ahorraría a lady Bertram toda preocupación y esfuerzo, y lo asumiría todo ella. Tendría que hacer los honores de la velada, y esta idea le devolvió rápidamente el buen humor, al extremo de permitirle compartirlo con los demás, antes de que los demás expresasen su alegría y agradecimiento.
Edmund, William y Fanny, cada uno a su modo, exteriorizaron con el gesto y las palabras su agradecimiento y su júbilo por el baile prometido, tal como sir Thomas había esperado. Edmund se sentía emocionado por los otros dos. Jamás había concedido su padre un favor ni había mostrado una atención más a su satisfacción.
Lady Bertram, totalmente contenta y tranquila, no puso ninguna objeción. Sir Thomas se comprometió a causarle muy pocas molestias, y ella le aseguró «que no la asustaban en absoluto las molestias; en realidad, no imaginaba que hubiera ninguna».
La señora Norris estaba preparada para sugerir a sir Thomas las habitaciones que consideraba más convenientes para la ocasión, pero se encontró con que estaba ya todo pensado; y cuando quiso insinuar y proponer alguna fecha, se encontró con que estaba fijada también. Sir Thomas se había entretenido en elaborar el plan de manera muy completa; y en cuanto lo hubo oído en silencio, la señora Norris pudo leer la lista de las familias a las que se iba a invitar, con cuyos jóvenes calculaba sir Thomas que se podrían formar —con la precisión que permitía el corto plazo de la notificación— doce o catorce parejas; y detalló las consideraciones que le habían inclinado a elegir el día 22 como la fecha más idónea. William tenía que estar en Portsmouth el 24; por tanto, el 22 sería su último día de estancia. Y aunque sería muy, muy al final, no era discreto celebrarlo antes. La señora Norris tuvo que contentarse con pensar lo mismo, y con haber estado a punto de proponer también esa misma fecha como la más conveniente para dicha celebración.
El baile era ahora cosa decidida y, antes de acabar el día, anunciada a todos los interesados. Se enviaron las invitaciones con premura, y muchas jóvenes se fueron a dormir esa noche con la cabeza llena de felices cuidados, igual que Fanny. Para ella, esos cuidados iban a veces casi más allá de la felicidad; porque, joven e inexperta, con pocas posibilidades de elección y ninguna confianza en su propio gusto, el «cómo ir vestida» era un asunto de angustiosa preocupación; y el casi único adorno de su propiedad, un precioso crucifijo de ámbar que William le había traído de Sicilia, era su más grande motivo de angustia, porque no tenía sino un trocito de cinta con que atárselo; y aunque ya lo había llevado así una vez, ¿estaría bien llevarlo así en esa ocasión, junto a los ricos adornos con que imaginaba que aparecerían las otras damas? Pero ¿cómo no llevarlo? William había querido comprarle una cadena de oro también, pero no se lo había podido permitir; así que no llevar el crucifijo podía deprimirla incluso con la perspectiva de que el baile se diera principalmente para su satisfacción.
Entretanto proseguían los preparativos, y lady Bertram continuaba sentada en el sofá sin que nada fuese molestia para ella. Tuvo alguna visita extra del ama de llaves, y a su doncella le tocó darse bastante prisa en coserle un nuevo vestido; sir Thomas daba órdenes y la señora Norris corría de aquí para allá. Pero nada la incomodaba; y como había previsto, «no había prácticamente ninguna molestia en todo ello».
A la sazón, Edmund estaba abrumado de preocupaciones; en particular, le absorbían profundamente dos importantes acontecimientos que muy pronto debían decidir su destino en la vida: la ordenación y el matrimonio; acontecimientos lo bastante serios como para hacer que el baile —al que seguiría inmediatamente uno de ellos— tuviese menos trascendencia a sus ojos que a los de cualquier otra persona de la casa. El 23 iría a visitar a un amigo de Peterborough que se hallaba en la misma situación que él: iban a recibir la ordenación en el transcurso de las Navidades. La mitad de su destino estaba, pues, determinada; pero la otra mitad no estaba tan serenamente encauzada. Sus deberes estarían bien establecidos, pero quizá la esposa que debía compartir, animar y recompensar esos deberes se hallaba aún fuera de su alcance. Conocía su propia decisión, pero no siempre estaba seguro de conocer la de la señorita Crawford. Había cuestiones sobre las que no coincidían por entero, había momentos en que ella no parecía favorable; y aunque confiaba totalmente en el afecto de ella al extremo de estar dispuesto —casi dispuesto— a tomar una decisión a muy corto plazo, en cuanto quedasen resueltos los diversos asuntos que tenía por delante y supiera qué podía ofrecerle, le asaltaban muchos desasosiegos y tenía muchas horas de dudas en cuanto a las consecuencias. Su convencimiento de que le quería era a veces muy firme; podía recordar un largo período alentador en el que ella dio muestras de un afecto totalmente desinteresado y demás. Pero otras veces, las dudas y el recelo se entremezclaban con sus esperanzas; y cuando pensaba en su confesada aversión al retiro y al aislamiento, en su decidida preferencia por la vida londinense, ¿qué podía esperar, sino un decidido rechazo? Eso si no se resolvía ella por una aceptación aún más lamentable, una aceptación que le exigiera a él sacrificios de posición y trabajo que su conciencia le debía prohibir.
Todo el asunto dependía de una pregunta: ¿le amaba lo bastante como para renunciar a lo que habían sido cuestiones esenciales, le amaba lo bastante como para que dejaran de ser esenciales? Y esta pregunta, que él se repetía continuamente, aunque la contestaba casi siempre con un «sí», a veces tenía que contestarla con un «no».
La señorita Crawford iba a irse pronto de Mansfield; y debido a esta circunstancia, el «no» y el «sí» se habían estado alternando últimamente. Edmund había visto cómo le brillaban los ojos al hablarle de la carta de una querida amiga que le pedía que fuera a Londres a pasar con ella una larga temporada, y de la amabilidad de Henry, que le había prometido no marcharse hasta enero para llevarla él. Edmund la había oído hablar del placer de tal viaje con una animación que contenía el «no» en cada palabra. Pero eso fue el primer día de decidirlo, durante la primera hora de entusiasmo, cuando no tenía en la cabeza otra cosa que los amigos que iba a visitar. Después, la había oído expresarse de manera diferente, con otros sentimientos, con sentimientos más varios; la había oído decir a la señora Grant que la dejaría con pesar, que empezaba a creer que ni los amigos ni los placeres a los que iba valían los que dejaba atrás; y que, aunque pensaba que debía ir, y sabía que lo pasaría bien una vez que estuviera lejos, ya estaba deseando encontrarse de vuelta en Mansfield. ¿No había un «sí» en todo esto?
Con todas estas cuestiones que meditar, ordenar y reordenar, Edmund no podía pensar mucho en la velada que el resto de la familia esperaba más o menos con igual interés. Aparte del disfrute que iba a suponer para sus dos primos, la velada no tenía para él más valor que el que pudiera tener cualquier reunión de las dos familias. En cada reunión había una esperanza de recibir nueva confirmación del afecto de la señorita Crawford; pero quizá no era el torbellino de un baile el ambiente más favorable para suscitar o expresar sentimientos serios. Pedirle pronto los dos primeros bailes fue la única medida de felicidad individual que consideró en su poder, y el único preparativo para el baile en el que fue capaz de intervenir, a pesar del ajetreo que había a su alrededor al respecto, desde la mañana a la noche.
El día del baile era jueves; y el miércoles por la mañana, Fanny, todavía dudosa sobre lo que debía llevar, decidió pedir consejo a personas más entendidas, y acudir a la señora Grant y su hermana, cuyo gusto juzgaba irreprochable; y como Edmund y William se habían ido a Northampton, y tenía motivos para creer que el señor Crawford estaba fuera también, bajó a la casa parroquial sin temor a importunar a las dos mujeres con una consulta en privado. El carácter privado de tal consulta era de lo más importante para Fanny, dado que se sentía más que medianamente avergonzada de su propia inseguridad.
Se encontró con la señorita Crawford a unos metros de la casa parroquial: acababa de salir para ir a verla; y como le pareció que su amiga, aunque obligada a insistir en volver, prefería no perderse el paseo, le explicó enseguida el motivo de su visita y le dijo que si tenía la amabilidad de darle su opinión, le daba igual que lo hiciese dentro o fuera de la casa. La señorita Crawford se sintió halagada de que acudiese a ella. Y tras meditar un momento, insistió en volver mucho más cordialmente que antes, y le propuso subir a su habitación, donde podrían hablar a gusto sin molestar al doctor y a la señora Grant, que estaban en el salón. Era precisamente el plan que convenía a Fanny; y con gran gratitud por su parte, por tan dispuesta y amable atención, volvieron a la casa y subieron; y no tardaron en entrar en tan interesante materia. La señorita Crawford, complacida de que recurriese a ella, le brindó sus mejores consejos y gustos, haciendo con sus sugerencias que todo fuera fácil, y procurando con su aliento que todo fuera agradable. Una vez resuelto el vestido en todos sus principales aspectos:
—Pero ¿qué collar llevará? —dijo la señorita Crawford—. ¿No va a ponerse el crucifijo de su hermano?
Y mientras hablaba, se puso a deshacer un paquete que Fanny le había visto en las manos en el momento en que se encontraron. Fanny le confesó sus deseos y sus dudas al respecto: no sabía cómo llevar el crucifijo, o si renunciar a él. Recibió la respuesta en forma de un estuche que la señorita Crawford le puso delante, al tiempo que le pedía que escogiese entre los diversos collares y cadenas de oro. Tal era el paquete que la señorita Crawford llevaba, y tal el objeto de su proyectada visita. Y con la mayor amabilidad, instó a Fanny a que escogiera uno para el crucifijo, y se lo quedase, diciendo todo lo que se le pudo ocurrir para disipar los escrúpulos que hicieron que Fanny retrocediese al principio con una expresión de horror ante semejante ofrecimiento.
—Ya ve la cantidad que tengo —dijo—; más de la mitad de los que puedo llevar en la vida, o pensar llevarlos. No se los ofrezco como nuevos. Son todos collares usados. Perdone mi libertad, y deme ese gusto.
Fanny aún se resistía, y de corazón. Era un regalo demasiado valioso. Pero la señorita Crawford insistió, y expuso con tan afectuosa seriedad todas las razones, William y el crucifijo, y el baile, y ella misma, que finalmente consiguió su propósito. Fanny se vio obligada a ceder, para que no se la acusase de orgullo, indiferencia o alguna otra mezquindad. Y una vez dado su consentimiento con modesta renuencia, procedió a escoger. Miró y miró, deseando saber cuál sería el menos valioso, y finalmente se decidió por uno, al parecerle que era el que más a menudo le colocaba delante. Era de oro, y estaba primorosamente labrado. Y aunque Fanny lo habría preferido más largo, y de cadena más sencilla, esperó, al decidirse por éste, haber escogido el que menos deseaba conservar la señorita Crawford. Ésta sonrió con total aprobación; se apresuró a completar el regalo poniéndoselo alrededor del cuello, e instándola a que comprobara lo bien que le iba.
Fanny no tuvo una palabra que decir en contra; y, salvo cierto reparo que aún tenía, se sintió indeciblemente contenta con tan oportuno regalo. Quizá hubiera preferido recibirlo de otra persona. Pero éste era un sentimiento indigno. La señorita Crawford se había anticipado a su necesidad con un tacto que demostraba que era una verdadera amiga.
—Cuando lleve este collar, pensaré siempre en usted —dijo—; y recordaré lo amable que es.
—Debe pensar en otra persona, también, cuando lleve ese collar —replicó la señorita Crawford—. Debe pensar en Henry. Porque fue él quien lo eligió en primer lugar. Él me lo regaló. Y con el collar, le traspaso todo el deber de recordar a su donante original. Se constituirá en un recordatorio familiar. No debe tener presente a la hermana sin recordar al hermano también.
Fanny, presa de gran asombro y confusión, habría querido devolver inmediatamente el regalo. Aceptar lo que había sido regalo de otra persona, de un hermano, además… ¡Imposible! ¡No podía ser! Y con un impulso y un embarazo divertidos para su compañera, volvió a dejar el collar en el algodón, dispuesta a escoger otro, o ninguno. La señorita Crawford pensó que jamás había presenciado un movimiento de conciencia más bonito.
—Querida criatura —dijo riendo—, ¿de qué tiene miedo? ¿Cree que Henry va a proclamar que el collar es mío y a suponer que se ha apoderado de él de forma ilegal? ¿O imagina que se sentirá demasiado halagado al ver en su cuello precioso un adorno que su dinero compró hace tres años, antes de saber que existía tal cuello en el mundo? ¿O tal vez —mirando con picardía— sospecha alguna connivencia entre él y yo, y que lo que yo estoy haciendo ahora es con su conocimiento y su deseo?
Fanny rechazó tal idea con las mejillas completamente encendidas.
—Pues entonces —replicó la señorita Crawford más seria, pero sin creerla en absoluto—, para convencerme de que no recela ninguna estratagema, y de que es persona confiada, como la he hallado yo siempre, acepte el collar y no hablemos más. El hecho de que sea un regalo de mi hermano no tiene absolutamente nada que ver con que lo acepte, y le aseguro que no afecta para nada a mi deseo de desprenderme de él. Él siempre me está regalando cosas. Tengo tal cantidad de regalos suyos que ni yo podría valorar, ni él recordar, siquiera la mitad. Y en cuanto a este collar concreto, creo que no me lo he puesto ni media docena de veces. Es muy bonito… pero jamás pienso en él. Y aunque le ofrezco gustosamente cualquiera del joyero, ha ido a escoger precisamente el que, de haber sido yo, le habría regalado, y le habría visto llevarlo con más agrado. Y no ponga más objeciones, por favor. Una pequeñez como ésta no merece ni la mitad de palabras.
Fanny no se atrevió a seguir oponiéndose; y aceptó el collar otra vez con renovado pero menos entusiasta agradecimiento, porque en los ojos de la señorita Crawford había una expresión que no la dejaba convencida.
Le era imposible ser insensible al cambio de actitud del señor Crawford. Hacía tiempo que se había dado cuenta. Evidentemente, él trataba de agradarla: era galante, era atento y se comportaba algo así como se había comportado con sus primas; supuso que quería quitarle la tranquilidad, como lo había hecho con ellas; ¿y no tendría algo que ver con este collar? No acababa de creerse que no fuera así, porque la señorita Crawford, hermana complaciente, era despreocupada como mujer y como amiga.
Reflexionando y dudando, y con la conciencia de que la posesión de lo que tanto había deseado no le producía mucha alegría, regresó a casa ahora… no con menos preocupaciones, sino con otras distintas de las que traía en el camino de ida.