La relación de las dos familias en esta época casi se acercaba a lo que había sido en el otoño, más de lo que ningún miembro del antiguo grupo habría creído posible. El regreso de Henry Crawford y la llegada de William Price tuvieron mucho que ver en esto, pero también se debía a la más que tolerancia de sir Thomas para con los esfuerzos de buena vecindad de la casa parroquial. Su espíritu, ahora libre de los cuidados que le agobiaron al principio, gozaba del suficiente sosiego para juzgar que valía la pena visitar a los Grant y a sus jóvenes huéspedes; y aunque infinitamente lejos de pensar o planear el compromiso matrimonial más ventajoso entre las posibilidades evidentes de alguien muy querido para él, y rechazando incluso como una mezquindad el mostrarse perspicaz en esto, no podía por menos de observar, de manera altiva e indiferente, que el señor Crawford distinguía a su sobrina en cierto modo… ni contenerse —aunque inconscientemente— de dar por tal motivo muy gustoso consentimiento a las invitaciones.
Su presteza, sin embargo, en aceptar ir a cenar a la casa parroquial cuando finalmente decidieron invitarlos a todos, tras muchas deliberaciones y dudas sobre si valía la pena, «¡porque sir Thomas parecía tan poco inclinado y lady Bertram era tan indolente!», se debió sólo a la buena educación y voluntad, y no tuvo nada que ver con el señor Crawford, salvo el hecho de ser uno más del agradable grupo; porque fue en el transcurso de esta misma visita cuando empezó a pensar que cualquiera habituado a este tipo de observaciones ociosas habría creído que el señor Crawford era admirador de Fanny Price.
A todo el mundo le pareció una reunión agradable, proporcionalmente formada por un grupo que hablaba y otro que escuchaba; y la cena misma fue elegante y copiosa, conforme al usual estilo de los Grant, y demasiado acorde con los hábitos de todos para suscitar ninguna emoción salvo en la señora Norris, que no podía ver con paciencia la amplia mesa ni el número de platos que había encima, y que siempre se las arreglaba para notar algún defecto cuando un criado pasaba por detrás de su silla, y encontrar alguna nueva prueba de que era imposible, entre tantos platos, que no se sirviera alguno frío.
En la velada, según habían previsto la señora Grant y su hermana, se encontraron con que después de formarse la mesa de «whist» quedaban suficientes para otra mesa, y todo el mundo sin excepción estuvo dispuesto a jugar, como siempre ocurre en tales ocasiones. Así que, casi a la vez que al «whist», se decidió jugar a la «especulación»; y lady Bertram se encontró ante el dilema de escoger entre uno y otro juego, y de decidir si coger cartas para el «whist» o no. No sabía qué hacer. Afortunadamente, estaba a mano sir Thomas.
—¿Qué hago, sir Thomas? ¿Escojo el «whist» o la «especulación», cuál me divertirá más?
Sir Thomas, tras meditar un momento, le recomendó la «especulación». Él era jugador de «whist», y quizá pensó que no le iba a resultar divertido tenerla de compañera.
—Muy bien —contestó conformada su señoría— entonces escojo la «especulación», señora Grant. No sé nada de ese juego, pero Fanny me enseñará.
Aquí terció Fanny con atropelladas protestas de que lo ignoraba también: nunca había jugado a ese juego, ni lo había visto jugar en su vida; y lady Bertram volvió a experimentar un momento de indecisión… Pero como todo el mundo le aseguró que no podía ser más sencillo, que era el juego de cartas más fácil de todos, y Henry Crawford se acercó con el ruego más formal de que se le permitiese sentarse entre su señoría y la señorita Price, y enseñar a las dos, todo quedó arreglado. Y una vez sentados sir Thomas, la señora Norris, el doctor y la señora Grant ante la mesa de principal dignidad y estado intelectual, se acomodaron los otros seis alrededor de la otra bajo la dirección de la señorita Crawford. Fue un arreglo de lo más conveniente para Henry Crawford, que así estuvo junto a Fanny, y con las manos totalmente ocupadas, puesto que tenía que atender a las cartas de otras dos personas además de las suyas… Porque, aunque era imposible que Fanny no dominara las reglas de dicho juego a los tres minutos, aún tenía que animarla él, estimularle la avaricia y endurecerle el corazón, lo cual, sobre todo en un enfrentamiento con William, era tarea bastante difícil; y tocante a lady Bertram, tuvo que seguir encargándose de su fama y fortuna durante toda la velada; y aunque estaba lo bastante alerta para impedir que mirase sus cartas al principio del juego, al terminar tenía que señalarle lo que debía haber hecho con ellas.
Henry Crawford estaba eufórico, haciéndolo todo con alegre desenvoltura y mostrándose brillante en todas las estratagemas ingeniosas, rápidos recursos y descaro humorístico que podían dar lustre al juego; y la animación de la mesa redonda contrastaba llamativamente con la imperturbable seriedad y ordenado silencio de la otra.
Dos veces había intentado saber sir Thomas si su esposa disfrutaba y tenía algún éxito, aunque en vano: ninguna pausa era lo bastante larga para el tiempo que su talante reposado requería; y pudo averiguar muy poco sobre su estado, hasta que, al final de la primera mano, la señora Grant se acercó a ella para dirigirle un cumplido.
—Espero que su señoría esté disfrutando con el juego.
—Dios mío, sí. Es muy entretenido, desde luego. Es un juego muy raro. Aún no sé de qué se trata. No puedo ver mis cartas, y el señor Crawford se encarga de hacerlo todo.
—Bertram —dijo Crawford poco después, aprovechando que el juego había decaído un poco—: aún no le he contado lo que me ocurrió ayer cuando volvía a caballo. —Habían estado cazando juntos; y en mitad de una buena batida, a cierta distancia de Mansfield, se dio cuenta de que su caballo había perdido una herradura, y tuvo que abandonar y emprender el regreso—. Ya le he contado que me extravié después de pasar esa vieja casa de campo de los tejos, porque no soporto preguntar. Pero no le he contado que, con mi habitual buena suerte, porque nunca me equivoco sin conseguir algo con ello, me encontré, al cabo de un rato, en el mismísimo lugar que tenía curiosidad por visitar. De repente, al torcer la esquina de un prado, vi que estaba en un pueblecito aislado entre suaves colinas; ante mí tenía un riachuelo que debía vadear, con una iglesia que se alzaba sobre una especie de loma, a mi derecha… iglesia que era sorprendentemente grande y bonita para el lugar, cuando no se veían casas nobles, salvo una (probablemente la casa parroquial), a un tiro de piedra de la dicha loma e iglesia. En resumen, me encontraba en Thornton Lacey.
—Eso parece —dijo Edmund—; pero ¿qué dirección tomó después de pasar la granja de Sewell?
—No contestaré a tan insidiosa y poco pertinente pregunta; aunque le contestase a todas las preguntas que pudiera hacerme en una hora, jamás podrá demostrarme que no era Thornton Lacey… porque lo era con toda seguridad.
—Entonces, ¿preguntó?
—No, yo jamás pregunto. Pero le dije a un hombre que estaba reparando una cerca que era Thornton Lacey, y me lo confirmó.
—Tiene usted buena memoria. Yo ya no me acordaba de que le había hablado de ese lugar.
Thornton Lacey era la parroquia de la que Edmund tomaría posesión muy pronto, como la señorita Crawford sabía bien; y el interés de ésta en negociar una «jota» de William Price aumentó.
—Bueno —prosiguió Edmund—, ¿y le gusta lo que ha visto?
—Mucho, desde luego. Es usted un hombre con suerte. Habrá trabajo durante cinco veranos lo menos, antes de que el lugar sea habitable.
—No, no; no está tan mal. Habrá que cambiar de sitio el corral, eso lo admito; pero no sé que haya que hacer nada más. La casa no está en mal estado ni mucho menos; y cuando quitemos el corral, tendrá un entorno bastante pasable.
—El corral habrá que eliminarlo por completo, y poner árboles para ocultar la herrería. Habrá que hacer que la casa dé al este en vez de al norte… Pienso que la entrada y las habitaciones principales deben dar a ese lado, donde la vista es realmente preciosa; estoy seguro de que puede hacerse. Y ahí es donde debe tener el camino de acceso… a través de lo que es ahora el jardín. Hay que hacer un jardín nuevo en lo que es ahora la parte de atrás de la casa; lo que le dará la mejor orientación del mundo: en pendiente hacia el sudeste. El terreno parece hecho a propósito para eso. Me adentré unos cincuenta metros sendero arriba, entre la iglesia y la casa, para echar una ojeada alrededor; y vi cómo podía ser. Nada habrá más fácil. Los prados que están más allá de lo que será el jardín, y de lo que es ahora, y que se extienden del camino donde yo estaba hasta el nordeste, es decir, hasta el camino principal que cruza el pueblo, deberán unirse, naturalmente; son unos prados preciosos, deliciosamente salpicados de árboles. Supongo que pertenecen a la parroquia. Si no, deberá comprarlos. Luego está el río; hay que hacer algo con él; aunque no lo he decidido del todo. Tengo dos o tres ideas.
—Yo también tengo dos ideas o tres —dijo Edmund—, y una de ellas es que muy poca parte de sus planes sobre Thornton Lacey se llevarán a la práctica. Me voy a contentar con menos adornos y bellezas. Creo que pueden acondicionarse la casa y las dependencias, y darle el aire de residencia de un caballero sin necesidad de meterse en gastos excesivos. Eso será suficiente para mí; y espero que también para los que sienten algo por mí.
La señorita Crawford, algo recelosa y ofendida por el tono de voz y la mirada de soslayo que acompañaron a la última manifestación de la esperanza de Edmund, se apresuró a cerrar sus negociaciones con William Price; y quedándose con su «jota» a un precio exorbitante, exclamó:
—¡Venga, apostaré lo que me queda como una mujer decidida! A mí no me vale la fría prudencia. No he nacido para estarme sentada sin hacer nada. Si pierdo, no será por no haber luchado.
La mano fue suya, sólo que no recuperó lo que había pagado para asegurársela. Siguió otro reparto de cartas, y Crawford empezó otra vez con Thornton Lacey.
—Puede que mi plan no sea el mejor de los posibles; no tuve demasiados minutos para meditarlo, pero hay muchas cosas que hacer. El lugar lo merece, y no se sentirá satisfecho haciendo menos de lo que es capaz (perdone su señoría, pero no debe mirar las cartas. Debe dejarlas a un lado). El lugar lo merece, Bertram. Usted habla de darle un aire de residencia de caballero. Eso lo conseguirá eliminando el corral; porque independientemente de ese tremendo estorbo, jamás he visto una casa de ésas que tuviera tanto aire de residencia de caballero, un aspecto tan por encima de la mera casa parroquial, del presupuesto de unos centenares al año. No es un montón de habitaciones bajas y aisladas, con tantos tejados como ventanas; no tiene el vulgar apelotonamiento de una casa de labranza; es un edificio sólido, espacioso, de aspecto señorial, como el que cabe suponer que habría habitado una respetable familia de campo generación tras generación, durante dos siglos por lo menos, y que ahora tendría un presupuesto de dos a tres mil al año. —La señorita Crawford escuchaba; y Edmund estuvo de acuerdo—. Así que, a poco que haga, no podrá por menos de darle el aire de una residencia de caballero. Pero es susceptible de mucho más. (Veamos, Mary: lady Bertram te ofrece doce por esa reina. No, no: doce es más de lo que vale. Lady Bertram no te ofrece doce. No tiene nada que decir a eso. Adelante, adelante). Con algunas mejoras como las que le sugiero (no le estoy coaccionando para que actúe de acuerdo con mi plan; aunque, todo sea dicho, dudo que nadie le proponga algo manifiestamente mejor), puede conferirle otro carácter. Puede elevarla a la categoría de sitio. De ser sólo la residencia de un caballero se convierte, con una reforma juiciosa, en la morada de un hombre de cultura, de gusto, de hábitos modernos y buenas relaciones. Todo eso puede reflejarse en ella; con lo que la casa adquiere un aire que revela al viajero que pasa que su propietario es el gran terrateniente de la circunscripción parroquial; sobre todo, teniendo en cuenta que no hay ninguna casa verdaderamente señorial que le dispute ese puesto; detalle, entre nosotros, que realza el valor de tal situación, en punto a privilegio e independencia, más de lo que pueda calcularse. Espero que piense como yo. —Volviéndose, con voz suavizada, a Fanny—: ¿Ha visitado alguna vez el lugar?
Fanny negó vivamente, y trató de ocultar su interés en el tema atendiendo ansiosa a su hermano, que le estaba pidiendo mucho y se aprovechaba de ella lo que podía; pero Crawford prosiguió:
—No, no; no debe desprenderse de la reina; la ha comprado demasiado cara, y su hermano no le ofrece ni la mitad. No, no señor; déjela ahí… déjela ahí. Su hermana no se desprende de la reina. Decididamente. El juego será suyo —volviéndose hacia ella otra vez—; será suyo, seguro.
—A Fanny le encantaría que ganase William —dijo Edmund, sonriéndole a ella—. ¡Pobre Fanny! ¡No ha podido dejarse estafar como quería!
—Señor Bertram —dijo la señorita Crawford unos minutos después—, le hago saber que Henry es un paisajista excelente, y que no tiene usted posibilidad de hacer nada de cierto nivel en Thornton Lacey a menos que acepte su ayuda. ¡Piense en lo útil que fue en Sotherton! Piense en las cosas grandes que surgieron allí con nuestra visita, un día caluroso de agosto, mientras recorríamos el parque, y veíamos inflamarse su genio. Fuimos y volvimos; ¡y la de cosas que hicimos allí!
Los ojos de Fanny se volvieron hacia Crawford un momento con una expresión más que grave de reproche; pero al captar los de él, los bajó. Él negó con la cabeza mirando a su hermana, algo turbado, y contestó riendo:
—No puedo decir que se hiciera mucho en Sotherton; pero sí que fue un día de calor, y anduvimos buscándonos los unos a los otros, y desorientados. —Tan pronto como el murmullo general le brindo protección, añadió en voz baja, dirigiéndose únicamente a Fanny—: Sentiría que se juzgase mi capacidad para los proyectos por aquel día en Sotherton. Ahora veo las cosas muy diferentes. Creo que no soy como debí de parecer entonces.
La señora Norris captó la palabra Sotherton, y dado que en ese momento se hallaba en la pausa feliz que siguió a la consecución de la primera baza, por el excelente juego de sir Thomas y ella, frente a las manos espléndidas del doctor y la señora Grant, dijo en voz alta de muy buen humor:
—¡Sotherton! Sí, una buena mansión; ¡qué día más maravilloso pasamos allí! William, no has tenido suerte; pero la próxima vez que vengas, espero que nuestros queridos señor y señora Rushworth estén en casa, porque te garantizo que los dos te acogerán con inmenso cariño. Tus primos no son de los que olvidan a sus parientes, y el señor Rushworth es una persona de lo más amable. Ahora están en Brighton, en una de las mejores casas de allí, como les da derecho a ocupar la magnífica fortuna del señor Rushworth. No sé exactamente a qué distancia está, pero cuando vuelvas a Portsmouth, si no está muy lejos, deberías ir a presentarles tus respetos; y yo podría aprovechar para darte un paquetito que quiero hacerles llegar.
—Me encantaría, tía; pero Brighton está casi en Beachy Head; de todos modos, si fuera, no creo que una mansión tan elegante abriera sus puertas a un tosco guardia marina como yo.
La señora Norris había empezado a asegurarle que podía confiar en que le acogerían con cariño, cuando la interrumpió sir Thomas diciendo con autoridad:
—No te aconsejo que vayas a Brighton, William; porque tengo la certeza de que pronto habrá mejores ocasiones para visitarlos, aunque mis hijas se alegran de ver a sus primos en todas las circunstancias, y encontrarás al señor Rushworth muy sinceramente dispuesto a considerar a todos los miembros de nuestra familia como los suyos propios.
—Preferiría conocerle como secretario personal del primer lord que otra cosa —fue la única respuesta de William, en voz baja para que no llegara lejos, y dejaron el tema.
Hasta ahora, sir Thomas no había visto nada digno de notar en la conducta del señor Crawford; pero cuando se disolvió la mesa de «whist», al final de la segunda partida, dejó que el doctor Grant y la señora Norris discutieran sobre la última mano, y se convirtió en espectador de la otra, observando que su sobrina era objeto de atenciones, o más bien de manifestaciones bastante significativas.
Henry Crawford se había empezado a entusiasmar con otro plan sobre Thornton Lacey; y dado que no había conseguido captar el interés de Edmund, se lo estaba detallando a su hermosa vecina con expresión seria. Su plan era alquilar él la casa al invierno siguiente, a fin de tener residencia propia en la vecindad, no para utilizarla sólo durante la temporada de caza —como le estaba diciendo a ella—; aunque no carecía ese aspecto de cierto peso, puesto que se había dado cuenta de que, pese a la inmensa hospitalidad del doctor Grant, le era imposible instalarse con sus caballos donde ahora estaba sin ocasionar alguna molestia material. Pero su apego a esta vecindad no obedecía a la diversión, ni a la época del año: estaba decidido a tener aquí un sitio al que poder ir en cualquier momento, una casa donde poder pasar sus vacaciones, y desde la que poder continuar, mejorar y perfeccionar esta amistad e intimidad con la familia de Mansfield Park, cuyo valor aumentaba para él cada día. Sir Thomas lo oyó sin ofenderse. No había falta de respeto en las palabras del joven; y Fanny las acogía con expresión tan apropiada y modesta, con tanto sosiego y pasividad, que no veía nada que le pareciese censurable. Fanny hablaba poco, se limitaba a asentir de vez en cuando, sin manifestar inclinación en uno u otro sentido, y sin atribuirse a sí misma parte alguna del cumplido, ni alentar las expectativas en favor de Northamptonshire. Al descubrir Henry Crawford que le estaba observando sir Thomas, le dirigió estas mismas palabras en un tono más rutinario, aunque con sentimiento.
—Quiero ser su vecino, sir Thomas, como quizá me ha oído decir a la señorita Price. ¿Puedo esperar su aquiescencia, y que no predispondrá a su hijo en contra de este inquilino?
Sir Thomas inclinó cortésmente la cabeza, y replicó:
—Ésa es la única forma, señor, en que no desearía que se estableciera como vecino permanente; pero espero, y confío, en que sea Edmund quien ocupe esa casa de Thornton Lacey. Edmund, ¿estoy diciendo demasiado?
Edmund, ante esta llamada, quiso saber primero de qué hablaban; y al oír la pregunta contestó sin vacilar:
—Desde luego, señor, mi idea no es otra que la de ocuparla. Pero aunque no se la alquile, Crawford podrá venir como amigo. Considerarla como suya todos los inviernos. Ampliaremos las cuadras según su propio plan de mejora, junto con todas las mejoras de su plan mejorado que se le ocurran esta primavera.
—Nosotros saldremos perdiendo —prosiguió sir Thomas—. Su marcha, aunque sea a quince kilómetros, será una penosa reducción de nuestro círculo familiar; pero me dolería profundamente si cualquiera de mis hijos se conformara con menos. Es perfectamente comprensible que no haya pensado usted mucho en el asunto, señor Crawford. Pero una parroquia tiene carencias y exigencias que sólo llega a conocer el sacerdote que reside en ella de manera ininterrumpida, y a las que ningún poder es capaz de dar respuesta del mismo modo. Edmund podría cumplir con sus obligaciones en Thornton, esto es, leer las oraciones y predicar, sin tener que marcharse de Mansfield Park; podría acudir los domingos a una casa teóricamente habitada, y celebrar el servicio religioso; podría ser el pastor de Thornton Lacey un día a la semana, durante tres o cuatro horas, si se conformase con eso. Pero no será así. Sabe que la naturaleza humana necesita más lecciones de las que puede transmitir un sermón semanal, que si no vive entre sus feligreses y demuestra con una constante atención que es su aliado y amigo, hará muy poco por el bien de todos ellos y por el suyo propio.
El señor Crawford asintió con aquiescencia.
—Y repito —añadió sir Thomas—: Thornton Lacey es el único lugar de la vecindad en donde no me gustaría acoger al señor Crawford como inquilino.
El señor Crawford le dio las gracias con una inclinación de cabeza.
—Sir Thomas —dijo Edmund— ha comprendido evidentemente las obligaciones de un párroco. Esperemos que su hijo demuestre conocerlas también.
Fuera cual fuese el efecto de la pequeña arenga de sir Thomas en el señor Crawford, produjo cierto embarazo en otras dos personas que también estaban pendientes de sus palabras: la señorita Crawford y Fanny; una de ellas, ignorante hasta ese momento de que Thornton iba a convertirse tan por completo en el hogar de Edmund, meditó ahora con los ojos bajos cómo sería la vida sin verle a diario; la otra, arrancada de repente de las deleitosas fantasías en que la habían sumido las descripciones de su hermano, incapaz ya de eliminar la iglesia y borrar al sacerdote del cuadro que se había estado forjando de Thornton, y de ver sólo la residencia respetable, elegante, modernizada y ocasional de un hombre de fortuna independiente, miraba a sir Thomas con decidida malevolencia, como el destructor de todo esto, y le producía tanto más dolor cuanto que esa contención involuntaria de sí misma que su carácter y su educación le imponían hacía que no se atreviese a desahogarse siquiera con un intento de ridiculizar la causa de él.
Se le había acabado todo el placer de su especulación durante esa hora. Era momento de terminar con las cartas, si iban a pasar a los sermones, y se alegró de decidir terminar, y refrescar el ánimo con un cambio de lugar y de vecino.
La mayoría de los reunidos estaban sentados ahora de manera irregular alrededor de la chimenea, y esperaban la decisión de despedirse. William y Fanny se habían quedado apartados. Estaban junto a la mesa de juego que habían dejado los otros, hablando plácidamente y sin pensar en el resto, hasta que uno de los otros pensó en ellos. La primera silla en desplazarse hacia donde estaban Fanny y William fue la de Henry Crawford, que estuvo observándolos unos minutos en silencio. A su vez, era observado por sir Thomas, que se hallaba de pie, charlando con el doctor Grant.
—Ésta es la noche del gran baile —dijo William—. Si estuviera en Portsmouth, tendría que asistir, quizá.
—Pero tú no quieres estar en Portsmouth, ¿verdad, William?
—No, Fanny; claro que no. Ya tendré Portsmouth de sobra, y bailes también, cuando no pueda estar contigo. Y no sé de qué me serviría asistir a la fiesta, si no tengo pareja. Las chicas de Portsmouth le tuercen el gesto a todo el que no es oficial. Ser guardia marina es como no ser nada. Y efectivamente, uno no es nada. ¿Recuerdas a las Gregory? Se han vuelto unas muchachas muy guapas; pero a mí casi no me hablan porque Lucy tiene un novio teniente.
—¡Qué vergüenza! Pero no te importe, William. —Las mejillas de Fanny se habían encendido de indignación mientras hablaba—. No vale la pena enfadarse. No es por ti; no es ni más ni menos que lo que han sufrido los más grandes almirantes en sus tiempos. Eso es lo que tienes que pensar; debes procurar sobrellevarlo como una de las pruebas por las que tiene que pasar todo marino… Como el mal tiempo y las penalidades; sólo que con la ventaja de que se acabará, de que llegará un momento en que no tendrás que soportar nada de eso. ¡Cuando seas teniente! Piensa, cuando seas teniente, en lo poco que te importarán todas esas bobadas.
—Empiezo a creer que nunca llegaré a teniente, Fanny. Todo el mundo lo consigue menos yo.
—¡Ay, William, cariño, no hables así, no seas pesimista! Mi tío no dice nada, pero estoy segura de que hará lo que esté en su mano para que lo consigas. Él sabe tanto como tú lo importante que es.
Al ver a su tío más cerca de lo que había imaginado, se calló; y uno y otro consideraron necesario cambiar de conversación.
—¿Te gusta bailar, Fanny?
—Sí, mucho… Aunque me canso enseguida.
—Me gustaría ir a un baile contigo, y verte bailar. ¿Nunca tenéis baile en Northampton? Me encantaría ver cómo bailas; y bailar contigo, si me dejases, porque nadie sabría aquí quién soy, y me encantaría ser tu pareja una vez más. Solíamos bailar a menudo, ¿te acuerdas?, cuando pasaba un organillo por la calle. Soy bastante buen bailarín, a mi manera; aunque seguramente tú serás mejor. —Y volviéndose hacia su tío, que ahora estaba junto a ellos—: ¿Baila bien Fanny, señor?
Fanny, asustada ante tan inopinada pregunta, no supo adónde mirar, ni cómo prepararse para la respuesta: alguna grave censura, o una fría respuesta, podía afligir a su hermano, y hundirla a ella. Pero sir Thomas se limitó a decir:
—Siento no poder contestar a tu pregunta. Nunca he visto a Fanny bailar desde que era niña; pero espero que coincidamos los dos en que se defenderá como una verdadera dama cuando la veamos, cosa que quizá ocurra antes de que pase mucho tiempo.
—Yo he tenido el placer de ver bailar a su hermana, señor Price —dijo Henry Crawford, inclinándose hacia adelante—; y me comprometo a responder, a su entera satisfacción, a cuantas preguntas desee hacerme al respecto. Pero creo —al observar el apuro de Fanny— que será mejor en otra ocasión. Hay presente una persona a la que no le gusta que se hable de la señorita Price.
Era verdad que había visto bailar una vez a Fanny; y era igualmente cierto que estaba dispuesto a jurar ahora que tenía una elegancia silenciosa y sosegada y un ritmo admirable al deslizarse; pero en realidad no lograba recordar cuál había sido el baile, por mucho que se esforzaba; y dio por sentado que ella había estado presente, aunque no la recordaba en absoluto.
Pasó, sin embargo, por un admirador de su manera de bailar; y sir Thomas, lejos de mostrar desagrado, prolongó la conversación sobre el baile en general, y se extendió tan bien describiendo los que se daban en Antigua, y escuchando lo que su sobrino contaba sobre los diferentes modos de bailar que había tenido ocasión de presenciar, que no se enteró del anuncio de que había llegado su coche, y lo primero que le hizo darse cuenta fue la agitación de la señora Norris.
—Vamos, Fanny. Fanny, ¿qué haces? Nos vamos ya. ¿No ves a tu tía que se marcha? Anda, date prisa. No soporto tener esperando al viejo Wilcox. Deberías tener siempre en cuenta al cochero y los caballos. Mi querido sir Thomas, hemos dispuesto que el coche vuelva a recogerlos a usted, a Edmund y a William.
Sir Thomas no podía disentir, ya que había sido decisión suya, comunicada de antemano a su esposa y a su cuñada; aunque al parecer la señora Norris lo había olvidado, e imaginaba que lo había dispuesto ella.
La última impresión que Fanny se llevó de esta visita fue de decepción… Porque el chal que Edmund cogía tranquilamente del criado para ponérselo a ella alrededor de los hombros se lo arrebató el señor Crawford con mano más viva, y Fanny tuvo que darle a él las gracias por su más diligente atención.