ACTO IV.

ESCENA IV.

[ La escena pasa en la calle.
ANTÍFOLO DE ÉFESO y UN SARGENTO. ]
ANTÍFOLO.

No tengáis ninguna inquietud; no me escaparé; te daré como caución, antes de dejarte, la cantidad por la cual estoy preso. Mi esposa está hoy de mal humor, y no querrá fiarse ligeramente al mensajero, ni creer que haya podido yo ser prendido en Éfeso; dígote que esta nueva sonará en sus oídos de una manera extraña. (Entra Dromio de Éfeso, con un pedazo de soga en la mano.)

ANTÍFOLO DE ÉFESO.

He aquí á mi criado, creo que traerá el dinero. ¡Y bien! Dromio, ¿traes lo que te he mandado á buscar?

DROMIO DE ÉFESO.

He aquí, os lo garantizo, con qué pagar á todos.

ANTÍFOLO.

Pero el dinero ¿dónde está?

DROMIO.

Por supuesto, he dado el dinero por el cordel.

ANTÍFOLO.

¿Quinientos ducados, tunante, por un pedazo de soga?

DROMIO.

Yo os daría quinientas, señor, por ese precio.

ANTÍFOLO.

¿Pues para qué te mandé correr á toda prisa al alojamiento?

DROMIO.

Para traeros un pedazo de soga, señor; y con este he vuelto.

ANTÍFOLO.

Y con este fin, voy á recibirte como mereces.

(Le golpea.)
EL OFICIAL.

Paciencia, señor.

DROMIO.

Verdaderamente yo soy quien debe ser paciente: me acosa la adversidad.

EL OFICIAL.

(A Dromio.) Es bastante: cállate ahora.

DROMIO.

Persuadidle más bien para que haga callar sus manos.

ANTÍFOLO.

¡Bastardo! ¡Bribón insensible!

DROMIO.

Quisiera ser insensible, señor, para no sentir vuestros golpes.

ANTÍFOLO.

No eres sensible sino á los golpes, como los asnos.

DROMIO.

En efecto, soy un asno; podéis probarlo por mis grandes orejas. Le he servido desde la hora de mi nacimiento hasta este instante, y jamás he recibido de él por mis servicios, sino golpes. Cuando tengo frío, me calienta con golpes; cuando tengo calor me refresca con golpes; con golpes me despierta cuando estoy dormido; con ellos me hace levantar si estoy sentado; con golpes me despide cuando salgo de la casa, y con golpes me acoge cuando estoy de vuelta. En fin, llevo sus golpes en las espaldas como un mendigo tiene que llevar su pequeñuelo; y creo que cuando me haya invalidado, me será preciso ir á mendigar con ello de puerta en puerta. (Entran Adriana, Luciana, la cortesana, Pinch y otros.)

ANTÍFOLO.

Vamos, seguidme, he allí á mi esposa que llega.

DROMIO.

Ama, respice finem, respetad vuestro fin; ó más bien la profecía, como el loro, «¡cuidado con la soga!»

ANTÍFOLO.

(Golpeando á Dromio.) ¿Y hablarás todavía?

LA CORTESANA.

(A Adriana.) ¡Y bien! ¿qué pensais ahora? ¿Está loco vuestro marido?

ADRIANA.

Su incivilidad no prueba menos. Buen doctor Pinch, vos que sabéis exorcisar, restablecedle en su buen sentido, y os daré cuanto pidiéreis.

LUCIANA.

¡Ay! ¡Qué chispeantes y furiosas son sus miradas!

LA CORTESANA.

¡Ved cómo tiembla en su enagenación!

PINCH.

Dadme vuestra mano; dejadme sentir vuestro pulso.

ANTÍFOLO.

Tomad, he aquí mi mano, y que la sienta vuestra oreja.

PINCH.

Te adjuro, Satanás, ya que habitas dentro de este hombre, ceder la posesión á mis santas oraciones y hundirte al instante en tus dominios tenebrosos; te adjuro por todos los santos del cielo.

ANTÍFOLO.

Silencio, brujo chocho; silencio; no estoy loco.

ADRIANA.

¡Oh! ¡Pluguiese á Dios que no lo estuvieses, alma desventurada!

ANTÍFOLO.

(A su esposa.) Y vos, favorita, ¿son estos vuestros compinches? ¿Es este compañero, cara de azafrán, quien estaba de gala y fiesta hoy en mi casa, mientras que las puertas estaban criminalmente cerradas, y que se me rehusaba la entrada?

ADRIANA.

¡Oh! esposo mío, Dios sabe que habéis comido en casa; ¡y ojalá hubiéseis permanecido hasta ahora al abrigo de esta difamación y de este público oprobio!

ANTÍFOLO.

¿He comido en casa? Tú, tunante, qué dices tú?

DROMIO.

Para decir la verdad, señor, no habéis comido en el alojamiento.

ANTÍFOLO.

¿Mis puertas no estaban cerradas y yo fuera?

DROMIO.

¡Por Dios! Vuestra puerta estaba cerrada y vos fuera.

ANTÍFOLO.

¿Y ella misma no me ha colmado de injurias?

Te adjuro, Satanás, ya que habitas dentro de este hombre...

DROMIO.

Sin mentir, os ha dicho injurias ella misma.

ANTÍFOLO.

¿Su cocinera no me ha insultado, zaherido, despreciado?

DROMIO.

Cierto, lo ha hecho: la vestal de la cocina os ha rechazado injuriosamente.

ANTÍFOLO.

¿Y no me he ido todo enagenado de ira?

DROMIO.

En verdad, nada más cierto: mis huesos son testigos de ello, que han sentido desde entonces toda la fuerza de esta rabia.

ADRIANA.

(A Dromio.) ¿Es bueno darle razón en sus contradicciones?

PINCH.

No hay mal en eso: este mozo conoce su humor y cediendo le lisonjea en su frenesí.

ANTÍFOLO.

Has conquistado al platero para hacerme prender.

ADRIANA.

¡Ay! al contrario: os he mandado dinero para rescataros, por mano de Dromio que, vedle aquí, había corrido á buscarle.

DROMIO.

¿Dinero? ¿Por mi mano? Buen corazón y buena voluntad, podría ser; pero ciertamente, mi amo, ni una partícula de dinero.

ANTÍFOLO.

¿No has ido á encontrarla para pedirle una bolsa de ducados?

ADRIANA.

Ha venido y se la he entregado.

LUCIANA.

Y yo soy testigo de que se la entregó.

DROMIO.

Dios y el cordelero me son testigos de que no se me ha mandado á buscar otra cosa que un pedazo de soga.

PINCH.

Señora, el amo y el criado están poseídos ambos. Lo veo en sus semblantes pálidos y cadavéricos. Es necesario atarlos y ponerlos en algún cuarto oscuro.

ANTÍFOLO.

Responded; ¿por qué me habéis cerrado la puerta hoy? Y tú, (á Dromio) ¿por qué niegas la bolsa de oro que te han dado?

ADRIANA.

Mi buen esposo, no os he cerrado la puerta.

DROMIO.

Y yo, querido amo, no he recibido oro; pero confieso, señor, que sí os han cerrado la puerta.

ADRIANA.

¡Hipócrita villano, dices una doble mentira!

ANTÍFOLO.

Prostituta hipócrita, mientes en todo; y has hecho liga con una banda de forajidos para llenarme de afrentas y desprecio; pero, con estas uñas arrancaré tus pérfidos ojos, que se complacen en verme en tal ignominia. (Pinch y su gente amarran á Antífolo y Dromio de Éfeso.)

ADRIANA.

¡Oh! ¡Amarradle, amarradle; que no se acerque á mí!

PINCH.

¡Más gente! El demonio que lo posee es fuerte.

LUCIANA.

¡Ay! ¡Qué pálido y desfigurado está el pobre hombre!

ANTÍFOLO.

¡Qué! ¿Queréis asesinarme? Tú, carcelero, yo soy tu prisionero; ¿sufrirás que me arranquen de tus manos?

EL OFICIAL.

Señores, dejadle; es mi preso y vosotros no lo tendréis.

PINCH.

Vamos, que se amarre á este hombre, pues es frenético también.

ADRIANA.

¿Qué quieres decir, rencoroso sargento? ¿Tienes gusto de ver á un infortunado hacerse mal y daño á sí mismo?

EL OFICIAL.

Es mi preso; si le dejo ir, me exigirán la suma que debe.

ADRIANA.

Te eximiré de ello antes de dejarte; condúceme al instante donde su acreedor. Cuando sepa la naturaleza de esta deuda, la pagaré. Mi buen doctor, ved que sea conducido en seguridad hasta mi casa. ¡Oh desventurado día!

ANTÍFOLO.

¡Oh, miserable prostituída!

DROMIO.

Amo, heme aquí apresado por causa de vos.

ANTÍFOLO.

¡Enhoramala para ti, bandido! ¿Por qué me haces encolerizar?

DROMIO.

¿Queréis, pues, que os amarren por nada? Sed loco, amo; gritad, el diablo...

LUCIANA.

¡Dios les asista, pobres almas! ¡Cómo desvarían!

ADRIANA.

Vamos, sacadle de aquí. Venid conmigo, hermana. (Salen Pinch, Antífolo, Dromio, etc.—Al oficial.) Decidme, ahora, ¿á requisición de quién está preso?

EL OFICIAL.

Sobre la demanda de un tal Angelo, un platero. ¿Le conocéis?

ADRIANA.

Le conozco. ¿Qué cantidad le debe?

EL OFICIAL.

Doscientos ducados.

ADRIANA.

¿Y por qué se los debe?

EL OFICIAL.

Es el valor de una cadena que vuestro esposo ha recibido de él.

ADRIANA.

Había encargado una cadena para mí, pero no se le ha entregado.

LA CORTESANA.

Cuando vuestro esposo, todo enfurecido, vino hoy á mi casa, se llevó mi sortija, que he visto en su dedo, hace poco, y momentos después le he encontrado con mi cadena.

ADRIANA.

Eso puede muy bien ser; pero no la he visto nunca. Venid, alcaide, conducidme á casa del platero. Estoy impaciente por saber la verdad de esto con todos sus detalles. (Entran Antífolo de Siracusa con la espada desnuda y Dromio de Siracusa.)

LUCIANA.

¡Oh Dios, tened piedad de nosotros! ¡Heles aquí de nuevo en libertad!

ADRIANA.

¡Y vienen con la espada desnuda! ¡Pidamos socorro, para hacerlos amarrar de nuevo!

EL OFICIAL.

Escapémonos; nos matarían.

(Huyen.)
ANTÍFOLO.

Veo que estas brujas tienen miedo de las espadas.

DROMIO.

La que quería ser vuestra esposa ahora poco, os huye ahora.

ANTÍFOLO.

Vamos al Centauro. Saquemos nuestros equipajes; no veo la hora de estar sano y salvo á bordo.

DROMIO.

No, quedaos aquí esta noche; seguramente no se nos hará mal alguno. Véis que se nos habla amistosamente, que se nos ha dado oro; me parece que son unas buenas gentes; y sin esta montaña de carne loca, que me reclama para el matrimonio, me sentiría con bastante ganas de quedarme aquí siempre, y de hacerme brujo.

ANTÍFOLO.

No me quedaría esta noche ni por el valor de la ciudad entera: vámonos á hacer llevar nuestro equipaje á bordo. (Salen.)