ANTÍFOLO de Siracusa solo.
No encuentro un solo hombre que no me salude, como si fuese un amigo familiar, y todos me llaman por mi nombre. Unos me ofrecen dinero, otros me invitan á comer; estos me dan las gracias por servicios que les he hecho; aquellos me ofrecen mercaderías en venta. Hace un momento un sastre me ha llamado á su tienda y me ha mostrado sederías que había comprado para mí; y á renglón seguido ha tomado la medida de mi cuerpo. Seguramente que todo esto no es sino encanto, ilusiones, y los hechiceros de Laponia habitan aquí.
(Entra una cortesana.)
Amo, he aquí el oro que me enviásteis á buscar..... ¡Qué! ¿Habéis hecho vestir de nuevo el retrato del viejo Adam?
¿Qué oro es ese? ¿De qué Adam quieres hablar?
No del Adam que habitaba el paraíso, sino del Adam que mora en la cárcel; de aquel que anda uniformado con piel del ternero muerto para el hijo pródigo; aquel que vino tras de vos, señor, como un ángel malo, y que os ha ordenado renunciar á vuestra libertad.
No te entiendo.
¿No? Y, no obstante, es una cosa bien sencilla: este hombre que andaba como un violón en un estuche de cuero; el hombre, señor, que, cuando los caballeros están cansados, les da un chasco y los arresta; aquel que tiene piedad de los hombres arruinados, y les da un vestido de cárcel; aquel que tiene la pretensión de hacer más hazañas con su maza que una lanza morisca.
¡Qué! ¿Quieres decir un sargento?
Sí, señor, el sargento de las obligaciones: aquel que obliga á cada individuo que falta á sus compromisos, á responder de ellos; hombre que cree que uno está siempre á punto de acostarse y dice: «¡Dios os dé buen descanso!»
Vamos, amigo, dejémonos de locuras. ¿Hay algún barco que salga esta noche? ¿Podemos partir?
Sí, señor; he venido á daros la respuesta hace una hora; la barca Expedición partirá esta noche; pero estabais impedido por el sargento y obligado á retardaros más allá del tiempo fijado. He aquí los dineros que me habéis mandado á buscar para libertaros.
Este mozo está loco y yo también; no hacemos sino errar de ilusiones en ilusiones. ¡Que alguna santa protección nos saque de aquí!
¡Ah! ¡Cuánto me alegro de encontraros, señor Antífolo! Veo que habéis, en fin, hallado al platero: ¿es esa la cadena que me prometísteis hoy?
¡Atrás, Satanás! Te prohibo tentarme.
Señor, ¿es esta la señora de Satanás?
Es el demonio.
Es aún peor, es la señora del demonio; y viene aquí bajo la forma de una moza ligera de cascos; y por esto las muchachas dicen: ¡Dios me condene! lo cual significa: ¡Dios me haga una moza de la vida airada! Está escrito que se aparecen á los hombres como ángeles de luz. La luz es un efecto del fuego y el fuego quema. Ergo, las mozas de placer quemarán; no os aproximéis á ella.
¡Vuestro criado y vos, señor, estáis de un humor maravilloso. ¿Queréis venir conmigo? Recobraremos aquí la comida que no hemos podido tomar en casa.
Amo, si debéis probar la sopa, pedid de antemano una cuchara larga.
¿Pues para qué, Dromio?
Verdaderamente, es menester una cuchara larga al hombre que debe comer con el diablo.
(A la cortesana.) ¡Atrás, pues, demonio! ¿Á qué vienes á hablarme de cena? Eres como todas las demás, una bruja. Conjúrote á que me dejes y te vayas.
Dadme el anillo que me habéis tomado en la comida; ó en cambio de mi diamante, la cadena que me habéis prometido; y entonces me iré, señor, y no os importunaré más.
Hay diablos que no piden sino el recorte de una uña, un junco, un cabello, una gota de sangre, un alfiler, una nuez, una semilla de cereza; pero esta, más codiciosa, quisiera tener una cadena. Amo, tened cuidado: si le dáis la cadena, la diabla la sacudirá y nos espantará con ella.
Os ruego, señor, que me déis mi sortija ó mi cadena. Espero que no tenéis intención de defraudarme de este modo.
¡Fuera de aquí, gitana! Vamos, Dromio, partamos.
Huye del orgullo, dice el pavo; ¿sabéis eso, señora?
Ahora está fuera de duda que Antífolo está loco; de otro modo jamás se habría conducido tan mal. Me tiene una sortija que vale cuarenta ducados y me había prometido en cambio una cadena de oro: y ahora me niega la una y la otra, lo que me obliga á concluir que se ha vuelto loco. Además de esta actual prueba de su demencia, me acuerdo de los cuentos extravagantes que me ha endilgado hoy en la comida, como el de no haber podido entrar en su casa, porque le habían cerrado la puerta. Probablemente su esposa, que conoce sus accesos de locura, le ha cerrado, en efecto, la puerta intencionalmente. Lo que tengo que hacer ahora, es llegar pronto á su casa, y decir á su esposa, que en un acceso de locura ha entrado bruscamente en mi casa, y me ha quitado de viva fuerza una sortija que se ha llevado. He aquí el partido que me parece mejor escoger, pues cuarenta ducados son demasiado para perderlos.