Acto V

Escena I

[Salisbury]
[Entran el ALGUACIL con SOLDADOS y BUCKINGHAM hacia su ejecución.]
BUCKINGHAM.

¿No da su permiso el rey Ricardo para que hable con él?

ALGUACIL.

No, mi buen señor, así que resignaos.

BUCKINGHAM.

¡Hastings, hijos de Eduardo, Grey y Rivers, rey Enrique y tu hijo Eduardo, y todos los desaparecidos bajo mano por algún acto de sucia y corrupta injusticia! ¡Si vuestras tristes almas aún pueden contemplar a través de las nubes este momento, aunque sólo sea por venganza burlaos de mi destrucción! ¿Hoy es el día de las ánimas, no?

ALGUACIL.

Lo es.

BUCKINGHAM.

Pues el día de las ánimas es el día del juicio final de mi cuerpo. ¡Ojalá hubiera sido el día de mi juicio final cuando yo traicioné a los hijos del rey Eduardo y a los aliados de su esposa, el día que juré morir por aquel en quien más confiaba y que ahora me traiciona! Pero es éste, justo este día de las ánimas cuando recibo el castigo aplazado a mis infamias. El Altísimo que todo lo ve y de quien yo me burlaba vuelve mi falsa plegaria contra mí, dándome de veras lo que le pedí de broma. Él hace que las espadas de los malvados tuerzan sus puntas contra el pecho de sus dueños. La maldición de Margarita se estrecha alrededor de mi cuello: "Cuando él te destroce de dolor el corazón, recuerda que Margarita lo presagió". Llevadme, oficiales, al tajo de la vergüenza. El crimen con crimen se paga, la culpa con culpa se salda.