Bien, queridos nobles, estamos aquí reunidos para alcanzar un acuerdo sobre la coronación. En nombre de Dios, ¿cuándo será tan señalado día?
¿Está todo listo para ese momento?
Lo está, sólo falta la fecha.
Mañana debería ser tan feliz día.
¿Quién conoce la opinión del noble protector? ¿Quién goza de su máxima confianza?
Sois quien mejor le conoce.
Nos conocemos las caras, pero en cuanto a nuestras almas, él no sabe más de la mía que yo de la vuestra, o yo de la suya que vosotros de la mía. ¡Noble Hastings, sois amigos íntimos!
Os lo agradezco, señoría; sé que él me quiere. Pero con respecto a la coronación, ni le pedí opinión ni él me la dió. Aún así, señores, podéis dar una fecha, que yo hablaré por él. Presumo que aceptará lo que yo diga.
A tiempo entra el propio duque.
¡Buen día, nobles señores y primos! Me quedé dormido, pero espero no haber entorpecido con mi ausencia ningún proyecto que requiera mi presencia.
De no haber entrado a pie, mi señor, el noble Hastings os habría representado... es decir, habría hablado en vuestro nombre sobre la coronación del rey.
No hay hombre más atrevido que Hastings. Su señoría bien me ama y me conoce. Mi querido arzobispo de Ely, cuando estuve en Holborn por última vez vi fresas muy apetitosas en vuestro jardín; os ruego encarguéis que me traigan algunas.
Así lo haré, mi señor, de todo corazón.
Primo Buckingham, quiero hablaros. Catesby le pidió opinión a Hastings sobre nuestros planes, y el irritante caballero es tan cabezota que prefiere perder la cabeza antes que consentir que el hijo de su señor, tan devotamente le nombra, pierda la corona.
Retiraos un momento; os seguiré.
No hemos fijado aún la gloriosa fecha, pero en mi opinión mañana es demasiado pronto. Yo estaría mejor dispuesto si fuera retrasada.
¿Dónde está el duque de Glóster? Le hice traer estas fresas.
El duque parece contento hoy. Alguna feliz idea debe tener cuando nos saluda de tan buen humor. No hay cristiano que menos pueda disimular su amor o su odio: su cara es el espejo de su alma.
¿Qué observáis hoy en su cara que refleje su alma?
Que aquí nadie le ofende, o su cara lo acusaría.
¡Pido a Dios que así sea!
¡Os ruego me digáis qué merecen quienes conspiran diabólicamente contra mí con actos de brujería, echando maldiciones infernales sobre mi cuerpo!
El tierno amor que os profeso me hace el más indicado entre todos los nobles presentes para condenar a quienes os ofendan. Sean quienes sean, señor, merecen la muerte.
¡Que sean vuestros ojos testigos de su maldad! ¡Ved cómo me han embrujado! ¡Fijaos en mi brazo, retorcido como un árbol podrido! Esto es obra de la reina Isabel, la esposa de Eduardo, esa bruja infame. (conchabada con esa ramera de Shore, que con su brujería me han dejado marcado.)
Si fuera ella quien lo hizo, mi noble señor...
¿Si fuera? ¿Proteges a esa maldita ramera diciendo: "si fuera"? Tú eres un traidor. ¡Que le corten la cabeza! No cenaré hasta que la vea. Vosotros dos (Lovell y Ratcliffe), ocupaos de eso; los demás que me queréis, levantaos y seguidme.
Llorad por Inglaterra, pero no derraméis ni una lágrima por mí, estúpido, que pude haberlo evitado. Stanley soñó que el jabalí le arrancaba el casco y yo me burlé porque quería huir. Tres veces tropezó mi caballo al venir a la Torre, como si quisiera alejarme del matadero. (Ahora sí necesito un sacerdote). Me arrepiento por haber celebrado (tan triunfalmente con el heraldo), desde la seguridad de mi posición, el asesinato de mis enemigos en Pomfret. ¡Oh, Margarita, Margarita, ahora cae tu cruel maldición sobre la mísera cabeza del pobre Hastings!
¡Vamos, vamos, acabad, que el duque quiere cenar! ¡Aligerad la confesión, lo que espera es vuestra cabeza!
¡Oh, efímera gloria de los mortales, más codiciada por muchos que la gloria de Dios! Aquél que edifica castillos en el aire de las apariencias vive como un marinero borracho en lo más alto del mástil, y puede, con cada vaivén, caer en las fatales entrañas del océano.
¡Vamos, acabad de una vez! Ya de nada sirven los lamentos.
¡Oh, sanguinario Ricardo! Auguro peores tiempos para ti ahora, triste Inglaterra, que en cualquier otra desdichada época anterior. Llevadme al cadalso y cortadme la cabeza. Pronto morirán quienes de mí hacen befa.